|
El
apresurado manuscrito del párrafo
siguiente acompañó el informe remitido por John García,
Mayor de una brigada de rescate de Nueva York, luego del
arresto y posterior enjuiciamiento de Joachim S. Bennazar
y Nathán Cirineo de Gaza en un parque de Brooklin la noche
del 13 de diciembre bajo la acusación menor de iniciar una
hoguera ilegítima en áreas públicas:
"Respondiendo a
una llamada urgente de Madame Eva Kozinska, en la Lorimer
Street, de Green Point, el barrio polaco de Brooklin,
procedimos a dar una orden de conducción policial a dos
vagabundos harapientos, de mayor edad, de escasa estatura,
(uno de ellos completamente ciego) desarmados, urgidos de
hipotermia y atacados por el reuma y la flebitis, quienes
no pudieron explicar satisfactoriamente ni su procedencia
ni la de ciertos libros, rollos y documentos encontrados
en alforjas bajo su poder y que utilizaban como pira en un
pronunciado declive del Green Point Park. La diestra de
quien llevaba la delantera estaba podrida, ennegrecida o
muerta, probablemente como resultado de quemaduras mal
cicatrizadas. Aun más extraño que su inglés o que su mano
tiesa resultaba la autoridad y el énfasis con que hablaba,
lo cual nos hizo sospechar que se trataba de políticos
expatriados y sin poder o de inmigrantes ilegales,
arribados por los muelles de Brooklin. El primero
renqueaba, arrastrando ambas piernas como si lo empujara
algún mecanismo de resortes. Los condujimos, no sin
resistencia y luego de asistirlos en un centro de ayuda
pasamos el caso al Ministerio Público y tramitamos las
copias de lugar al departamento de Migración. "
El día 21, cuando
ya el Mayor García había olvidado el incidente, fue
prevenido de que el caso había pasado a la jurisdicción
competente y recibió instrucciones estrictas de no
divulgar, ni consentir en que se difundiera, información
alguna sobre los acontecimientos del 13 de diciembre. El
testimonio que se suministra a continuación apareció entre
los escombros de una poderosa explosión y subsiguiente
fuego sin sobrevivientes ocurridos entre la noche del 31 y
la madrugada del 1 de enero. La información fue rescatada
por expertos gracias a una grabación realizada
simultáneamente en el disco duro de una red de informática
federal:
LA NEGACIÓN
"No soy
Omar.
Asumo mi propia defensa y la de Nathán, excelentísimo
Teófilo, que en realidad no será otra cosa que una
confesión de culpa. Hoy, viernes treinta y uno de
diciembre juzgas mi incontrolable pasión por el fuego y me
preguntas quién soy y exiges que pronuncie sobre esta
versión de El Libro Sagrado el juramento de veracidad.
Reconozco en tu voz al viejo Patriarca de Alejandría y
puedo oír todavía las reverberaciones de la ira de San
Juan Crisóstomo censurando tu ominosa lascivia. Ahora eres
tú mi juez, aquí, al pie de estas torres gemelas cuya
destrucción ansío tanto como la mía. Sí. Pido que un
estruendoso estallido nos consuma y que nuestra liberación
se confunda con el fósforo, la metralla, la pólvora y la
inútil extravagancia de estas falsas celebraciones de
final de milenio. Indagas sobre mi identidad como si no
conocieras la Historia de la que has huido tanto como yo y
de la que has sido por igual protagonista, enderezando o
torciendo caprichosamente su destino. Hoy habrás de
soportar mi locuacidad y la esquiva verdad en ella oculta.
De modo que es innecesario que pronuncie frente a ti
juramento alguno.
¡Que te baste mi
palabra! No soy
Omar.
¿Por qué habría de confundirte mi rostro bruñido? He
viajado como un náufrago, largas noches y días enteros,
arrastrado por el mar, en una yola infestada de isleños
menesterosos que no pocas veces estuvo a punto de
deshacerse. Sí. Vengo de abandonar una isla tan caliente
como la Alejandría de donde provienes, Excelentísimo
Teófilo. Huyo por última vez porque por enésima vez
quisieron elegirme Presidente. Huyo hacia mi destino.
Puedes comprobar que no asoma a mi rostro envejecido
ningún rasgo de aquel califa guerrero e iracundo. Lo
sabes, pero quiero que se registre hoy y aquí, en tus
sofisticados ordenadores, para siempre.
EL JURAMENTO
Sabes bien que
para negarme a extender mi diestra calcinada sobre esa
Versión del Rey Jaime con la que intentas imponerme
juramento, alego con sobrada justicia que esa traducción
misma precisa de revisiones previas que extirpen sus
numerosos errores y sus inserciones espúreas; tarea cuya
magnitud y minuciosidad podrían resultar en un proceso que
consumiría otro par de milenios. No creo en los libros
sagrados. Supuse con fervor que la verdad en ellos se
hallaría en los números que esconden, en las inextricables
relaciones binarias de la cábala. Hoy veo que lo único
sagrado en ellos es su destino: El fuego. Nada hay más
falso que un juramento a la verdad. La verdad nos
incrimina a todos, a jueces y a acusados. Tu mismo sabes
que miente quien afirma decir la verdad. Nadie tiene
derecho a jurar que posee la verdad. Tu mismo ya has sido
juzgado por Crisóstomo y por Arcadio y en aquel tiempo mis
palabras y sofismas te libraron de la muerte que merecías.
»
EL IMPOSTOR
En este momento
Joachim, asistido por notas que le susurraba al oído
Nathán, empezó una extensa disertación filosófica sobre
las contradicciones intrínsecas en el concepto de verdad
afirmando que el mero hecho de la utilización del lenguaje
invalidaba esa pretensión ya que el lenguaje refleja el
pensamiento, incapaz de sustraerse de la subjetividad que
lo define. Aunque no sería recomendable reproducir aquí su
perorata, Joachim se exaltaba incansable con una voz aguda
y altisonante, a la manera de los retóricos:
"Dime, ¿quién
percibe los infinitos detalles en los hechos y en las
cosas del mundo para que siquiera sueñe atraparlas en una
declaración que las comprenda con rigurosa exactitud? El
lenguaje no es sino una titubeante aproximación y la
realidad misma no deja de ser cambiante y variable. Lo que
le da razón de ser a la infinita realidad son las casi
infinitas percepciones humanas. La sociedad y el mundo no
son capaces de soportar verdad alguna. Yo que hablo tantas
lenguas y que he olvidado tantas otras, puedo dar fe de
las sutiles argucias del lenguaje. Si nadie posee la
verdad, no me la pidas a mí, un moribundo que se enfrenta
por última vez a la muerte, única verdad incuestionable
que numerosas religiones se empecinan en disfrazar o en
negar.
No soy
Omar.
Solo fui su ayudante circunstancial. Soy o fui semita, un
perseguido, un hebreo que hubo de disfrazarse
permanentemente para sobrevivir. Nathán se ha empeñado en
traer junto con algunos rollos mis numerosas máscaras y
mis rasgados hábitos de propiciación. Soy un Escriba y hoy
puedes juzgar, no sin honor, mi apostasía. Era yo en aquel
día la palabra de
Omar,
quien escribía en las penumbras de la Biblioteca sus
floridas y elogiadas arengas contra el miedo. Aprendí no
solo a espantar fantasmas sino a crearlos. Escribí los
textos que enardecían su muchedumbre eufórica.
Mi nombre actual,
Joachim S. Bennazar, es ostensiblemente falso y tampoco es
auténtico el de Nathán, apóstata fiel, traductor y copista
infatigable cuyos méritos no son nada despreciables. A
través de Nathán percibo el mundo. Mis sentidos me
abandonaron a la torpeza. No veo, no siento y apenas oigo.
Puedo pedir a Nathán que te aporte las pruebas de todo lo
que digo con documentos fehacientes de que no soy ario, de
que no soy
Omar.
No serviría de mucho, inferirás. Somos expertos en
elaborar falsificaciones auténticas. Por eso ha de
bastarte la franqueza del único miembro flexible de mi
cuerpo, el único que no exige del sacrificio del dolor ni
del calor del fuego para moverse con libertad.
Así que juzgas a
un impostor, te digo. Esa sola circunstancia trastocaría
tu veredicto e invalidaría tu juicio, tu sentencia y tu
condena a tal grado que podría desconocerse el derecho
sobre el cual los fundamentas. No solo porque todos de
alguna manera somos impostores, sino porque no ignoras que
fui yo quien estableció cuidadosamente la ley con que
habrías de enjuiciarme hoy. Pero estoy muy cansado. Mi
cuerpo no responde a ningún estímulo y procura el ardiente
final. Ya no busco ni el perdón ni el olvido para mi
apostasía ni para mis falacias.
La única
clemencia a la que apelo es a la de tu paciencia de modo
que escuches con atención mi testimonio y mi última
voluntad. Así no te temblará en las manos el ominoso
martillo al pronunciar contra mí una sentencia similar a
la que tu mereces. Mi condena es también la tuya, porque
nada puede resarcirnos ya de la culpa profunda de quien
pronuncia o ejecuta un veredicto mortal. Yo, que tantas
veces usé la negra toga, que tantas veces usurpé las
terribles funciones del juez, te cedo la rigurosa
indumentaria, las frías máscaras del estrado y si habrás
de ejecutarme finalmente, pido la inmolación, la suprema
bendición del fuego, único elemento capaz de oponerse con
lucidez a la eternidad.
Si adujera que
fui yo quien inició, con esta mano marcada para siempre,
aquella hoguera que arde todavía, vacilarías en creerme y
sin escucharme arrojarías mi cuerpo a la impaciente
antorcha de los verdugos. La Historia acusa a
Omar,
no a mí y de esa forma me exculpa y me vindica, pero me
obliga a quedar hacinado entre las sombras como una sombra
más. Nunca temí a la muerte más que a la verdad, palabra
que usé con extrema cautela, como se ha de tratar el
fuego. Quizás no me redima ya la gloria de haber salvado
para la posteridad siete libros apócrifos, un impenetrable
volumen de álgebra y nueve papiros de alquimia.
Solo el nórdico
Thor Arne, con su piel macerada por los helados mares de
Islandia logró destejer La la Historia una noche saturada
de vino verde frente al océano Atlántico. A ese vikingo
pelirrojo confesé el oráculo que se cumplirá hoy, la noche
de este día, con tu sentencia y mi ejecución inminente.
Porque has sido el juez predestinado por la Sibila te lo
confesaré a ti, con la frente en alto y los ojos abiertos
a la nada, como lo hice aquella vez antes de abandonar el
viejo continente en una sucia taberna del puerto lusitano
de Tarifa.
Me sorprende que
preguntes quién soy, Excelentísimo Teófilo y no quiénes he
sido. Alejandría lo ha olvidado o lo ignora todavía y ni
siquiera encontrarías allí una placa que lleve inscrito mi
nombre (o alguno de mis nombres) en una callejuela del
barrio judío. Tampoco hallarás que se haga referencia a mí
en la isla de Faro, en algún inmundo muelle, en un anden,
en un atracadero o en uno de sus antros más miserables de
la que un día fue la ciudad más luminosa del mundo.
¿Qué habré de
responderte si mentir fue la característica que
justificaba mi existencia? Mis sutiles argucias exigían
del hábil ejercicio de la memoria, que aun hoy no me
abandona. Una mentira se edifica pacientemente sobre otra
y sobre otra hasta que las delgadas capas se convierten en
una fortaleza inexpugnable. Tu y yo tenemos suficientes
años como para saber que el mundo está construido sobre
una superposición infinita e inextricable de mentiras.
Sabes bien que esas mentiras prevalecen gracias a que yo
las reforzaba o las trasformaba cuando se debilitaban. Era
la única manera de sobrevivir. Solo así entenderás las
razones que sustentan mis exilios, mis continuas
desapariciones, mi difícil clandestinidad y mis años
finales de poder y de mermada gloria. Una vida pública o
secreta cuyo pesado destino arrastraría tortuosamente a
través de los siglos sería insostenible en la estrechez de
una sola identidad.
Refresca mi
consciencia el saber que la Historia no ha sido jamás como
la escriben. Es preciso confesarlo sin dolor ni
arrogancia. Yo, jefe de los copistas, geómetra, estratega
de defensa, político, maestro de políticos, dictador y
pirómano lo sé. La Historia es siempre falsa. O lo que es
peor, su limitada capacidad de constatación ni siquiera
alcanza los confines del Estado. La Historia no es más que
eso, una invención del Estado. En mi caso la dulce
tentación del poder justificó la ignorancia balsámica que
induje en los pueblos, anestesiando su inestable memoria.
No debería quejarme. Sabía que los pueblos necesitan el
letargo y el olvido, sino fuera así la guerra cruenta
sería el estado permanente del hombre.
UN FARO ENTRE LAS
SOMBRAS
Por eso amé
siempre el ejercicio del poder desde las sombras. Y sin
embargo hube de participar, a veces contra mi voluntad,
como un actor bajo la luz de los reflectores. El hombre
político es siempre un actor. Y jugando en esa mascarada
di la cara como Consejero Real, como Primer Ministro, como
Juez de la Supremanumerosas cCortes y finalmente como
Presidente Jefe de Estado, dejando huellas de sangre en el
peligroso teatro de la Historia y transformando la
compleja articulación de sus escenas y sus actos. Pero mis
ojos enceguecían, hostigados por la fatiga de los siglos.
En mi despacho me sentía como el Rey del Salón Oscuro,
aquel viejo personaje del teatro hindú. La memoria era mi
antorcha. Reconocía lo que dicen y no dicen las voces, los
gestos, unos pasos que se acercan o se alejan. Cuando
gobiernas y no puedes ver tienes que dejar que intervengan
las reglas del azar y de lo inesperado.
No debería
lamentarme, te he dicho. En mis gobiernos Durante mi
ejercicio del poder no hice otra cosa que cubrir la patria
de monumentos y sembrarla por todos lados con las glorias
del pasado que se apoderaban obsesivamente de mi memoria.
Hice levantar mausoleos, fuentes, plazas, parques,
jardines y arcos conmemorativos con mis dioses favoritos.
Para aliviar mi adolorida conciencia construí bibliotecas
suntuosas y las repartí en barrios y ciudades arrasados
por el analfabetismo. Las bibliotecas son buenas para los
pueblos porque les hacen conscientes de la magnitud de su
ignorancia. No me importó eliminar la pobreza, que yo
mismo padecí tantas veces y que sufro hasta ahora. No me
mires de esa manera. Fue Jesús quien dijo que los pobres
siempre existirían. Me ocupé en erigir obeliscos, en traer
importar desde de Carrara cariátides y estatuas de
Minervas y de Apolos.
Aquel El último
pueblo que goberné con astucia durante décadas era manso y
alegre aunque tenía en sus fibras un espíritu indómito y
la reciedumbre física de los espartanos. En los carnavales
bailaban en las calles sin comer, olvidando los dolores
del hambre. Para rememorar mis días gloriosos de
Alejandría hice edificar un enorme faro yacente, en el
Este de la ciudad, de luces altas y potentes que arañaban
un cielo poblado siempre de cúmulos y nimbos. Pretendí
redimirme con aquel Faro cruciforme que abrigaba
fastuosamente la reverencia de una pirámide reclinada.
Construí aquel faro bajo el augurio de la cábala;
apuntando hacia los cuatro puntos cardinales: A la cabeza
tendida de la cruz quedaba el Oriente, como tiene que ser,
la diestra al Norte y la siniestra al Sur. A los pies el
Poniente, siguiendo la elíptica trayectoria del sol, hasta
el Palacio. La construcción duró muchos años y para
llevarla a término me fue preciso valerme de trampas, y
agotar una cadena de períodos. Los obreros, debilitados
por el hambre se desplomaban de los altos andamios. Nunca
pude ver aquel faro, pero al entrar en sus atrios se me
hinchaban los pulmones del aire glorioso de otros tiempos.
Nadie entendía. Los monumentos son la verdadera memoria de
los pueblos. No me importaba la muerte de los detractores
y de los infelices porque yo mismo la buscaba ávidamente
para mí, sin hallarla. A eso quizás se deba la crueldad
que intentas achacarme. Haces bien. Yo que fabriqué a mi
alrededor una inextricable coraza de impunidad estoy
asqueado de mí mismo hasta tal punto que añoro tanto la
ignorancia como anhelo la muerte."
EL APÓSTATA
El mayor John
García, quien había sido convocado como testigo de aquel
extraño juicio, pasaba un tumultuoso 31 de diciembre.
Temprano en la tarde sus brigadas no lograron rescatar del
suicidio a una joven mujer dominicana en Washington
Heights. Acudieron a Columbus y la 72 en un caso de
crueldad sádica y maltrato. Debido a las aglomeraciones de
tránsito en el Rockefeller Center, llegaron demasiado
tarde a la calle 42 donde un lío de buscones y prostitutas
dejó cinco muertos. Estaba fresca en su mente la imagen de
los cuerpos desnudos de tres muchachas (adolescentes,
probablemente tailandesas) y dos estrafalarios
delincuentes blancos, cuando entró en la sala de
audiencias del Downtown, en el número 38 de la calle
Broward. Eran las primeras horas de la noche y la ciudad
era ya presa de una euforia incontenible. A las ocho el
caos era incontrolable. Al entrar no recordó de inmediato
la figura pequeña, encorvada ni la voz altisonante y
retórica del inculpado que vestía traje oscuro, de muy
buen corte y que figuraba en los registros como Joachim S.
Bennazar. Un secretario copiaba aquel monólogo en
dactilografía y un circuito cerrado de televisión gravaba
los detalles de su defensa:
"Me preguntas qué
hacía, Excelentísimo Teófilo, como si lo ignoraras. A
pesar de las máscaras y de las papalinas no podrás haber
olvidado mi posición de Escriba y nuestra enconada
rivalidad por el favor de aquel invasor tan venerable como
implacable,
Omar.
Si la justicia persigues deberías condonar a mis copistas
y a mis escribas que adaptaron y fundieron las doctrinas
cristianas con el espíritu y el pensamiento musulmán de
aquellos días. No solo deberías exculparnos, sino loarnos,
erigirnos un altar, un templo, una pirámide o un obelisco
memorial tan alto como la Babel de Sinar. Deberías
situarnos junto al dios Tamús o al Ra, no en algún
desierto perdido de la Mesopotamia, no en la lejana
Constantinopla, sino aquí en el centro financiero del
mundo, entre estos horribles rascacielos cúbicos que
merecen como tú y como yo ser consumidos en las ansiosas
fauces de un océano de llamas.
Los escribas
construíamos el mundo. Creábamos y destruíamos dioses,
reyes, pueblos, héroes y monstruos. La fantasía no era un
pecado, era la fe de entonces, la ígnea fuerza que movía
la delirante rueda de la fortuna. No inventamos nosotros
la cruel economía de la guerra, solo la alimentábamos con
sutiles falacias. Sabíamos que no existen guerras justas
ni santas, que toda guerra se basa en mentiras
contradictorias.
Pero la religión,
el arma más peligrosa de la historia era una afilada
espada en nuestras manos, que blandíamos contra el miedo a
la muerte. Gracias a
Omar
comprobé que todas las religiones giran al rededor de la
muerte y concluí que si ésta no existiera tampoco
existiría religión alguna y por consiguiente es la muerte
la que engendra y otorga a la religión el dulce privilegio
de su existencia. Yo conocí el intrincado mecanismo de la
devoción y a partir de religiones mayores creaba, como un
artífice, denominaciones menores, manejables, que
socavaran el creciente poder de las instituidas. Fui un
maestro de la disensión. Sabía cómo mover los intereses
humanos y cómo destruir al enemigo desde dentro de sus
propias filas.
Admito que a
veces fui un vil mercenario, un sectario sedicioso., pero
sin demagogias aAceptarás como compensación, en cambio,
que aquello era una necesidad de la época. Era preciso. La
formula clave consistía en utilizar dos o tres dogmas
esenciales que consecutivamente provocaran temor,
protegieran, absolvieran y recompensaran al creyente.
Sabía, desde mis lejanos días en Alejandría, que toda
religión ha de contar con sus escogidos, con sus mártires
y sus víctimas propiciatorias. Que ha de exigir
sacrificios y suplir a cambio la recompensa de un credo
fidedigno al que habríamos de darle cuerpo con ceremonias
que si bien fueran ampulosas no carecieran de rigurosa
solemnidad y de poder simbólico. Teníamos que mantener
aceitado el engranaje de las creencias, eludir toda
vaguedad y prevenir cualquier posible disgresión
aniquilando a los que disentían. Cuando los mitos paganos
se hicieron obsoletos adaptamos el portento y la
revelación y adoptamos el milagro cristiano.
Nada liga tanto a
los hombres como una fe común. La religión implica un
hábil manejo de las liturgias. Los verdaderos antídotos
contra el miedo son la respiración y el canto. Entra en
los pulmones y va directamente al alma. Ruah! Ruah! Era
preciso insuflar el espíritu de los feligreses,
infundirles aliento, entonando al unísono los profundos e
impenetrables cánticos sagrados. La religión no es preciso
entenderla. Te viene desde dentro, desde las entrañas y
sube por el diafragma y vibra en tu garganta y sale hasta
llegar a Dios como súplica o como alabanza. El canto los
reconfortaba en el dolor como el caldo al hambriento. Toda
música sagrada busca siempre asemejarse a los ritmos
corporales, a los latidos del corazón, a las inflexiones
de la respiración. Paulatinamente sustituimos el arpa y la
cítara por la trompeta y la flauta, hasta que vino el
órgano que era como la voz de Dios, solemne y poderoso en
los inmensos atrios.
Omar,
empero, desconocía la sofisticación de los valores del
espíritu. Hoy pienso que no tuvo otra fe que la de la
espada. Nathán y yo, sin escrúpulos, pero con sumo
cuidado, diseñábamos la espléndida indumentaria de los
oficiantes, los símbolos y la instrumentación de los
ungidos. Los templos y los ritos que diseñábamos y
erigíamos respondían a un estudio meticuloso de la
mentalidad y las costumbres. La buena religión induce a
una conciencia tranquila, a un espíritu apacible y a un
corazón calmado.
Un alto precio
debe pagarse por alcanzar ese estado de gloria.
Sabes bien,
Excelentísimo Teófilo, que nunca hubo ni habrá mercadería
que pague mayores dividendos que la religión. Aquí en Wall
Street compras y vendes el azúcar o el oro a el precio que
tendrá mañana. el azúcar o el oro. Nosotros vendíamos lo
invaluable, el perdón. Imagínate lo remunerador de
venderle la paz del perdón a las conciencias atormentadas.
¡Ah! ¡Traficábamos con la gloria inmarcesible! Muchos
querían comprar a Dios y nosotros les aceptábamos el pago
y la propina. Recuerdo que los feligreses y los prosélitos
venían a nosotros con las manos cargadas de presentes y
con vehemencia, gratitud y celo recibían por un precio
alto la hostia de la fe, harina y agua, símbolo de lo más
preciado: El perdón.
Aunque supimos
ser misericordiosos y muchas veces financiábamos el perdón
con el cómodo sistema de los diezmos. También pudimos ser
implacables. Muchos pagaron con sus vidas. Una religión no
prevalecería a menos que contara con un sistema efectivo
de propagación y el más efectivo es y siempre ha sido el
ejército. Las armas son el instrumento de conversión por
excelencia. A sangre y fuego reclutábamos los adeptos y
luego los bendecíamos con la misericordia. Les otorgábamos
lo que no les debíamos: la vida. Si mencioné que la fe se
opone al miedo has de saber que la una y el otro se
compensan. Nosotros atezábamos el arco, dirigíamos con
palabras resonantes la saeta y el arcabuz. Patriarca
Teófilo, no ignoras que la religión y el Estado dependen
de las alianzas que acuerdan. Y esas relaciones cambian
constantemente y has de saber nadar con las corrientes.
Por eso me llamaban el Apóstata.
Me odias. Lo sé.
Juzgas a un adulador servil, a un paria renegado que se
mueve veloz y certero como el áspid. Te traicioné. Esa es
la verdadera razón por la que me juzgas. Y esa razón hace
de tu juicio un acto de venganza que lo invalida. Sé que
no habría yo de esperar imparcialidad en tus decisiones.
Pero quiero que sepas que he traicionado a muchos con el
solo propósito de enseñarles el valor de la desconfianza.
Ningún gobernante que confía en sus subalternos permanece
en el poder. Por eso en mis gobiernos conduje
terriblemente los juegos de la traición y del miedo.
Conocía a los conspiradores al primer guiño. Los atraía,
los encumbraba y les daba poder, atizaba las rivalidades,
les dejaba podrirse de celos, disfrutaba viéndoles caer en
las trampas que ellos mismos tendían y al final los partía
de un tajo. Pero no me juzgas por asesinato ya que tus
propias manos están ensangrentadas.
LA QUEMA DE
ALEJANDRÍA
No habría pasado
media hora desde que entrara al juzgado, cuando John
García recibió instrucciones del servicio secreto para
llamar con urgencia la patrulla especializada en
explosivos. Al poco rato hicieron inspeccionar
cuidadosamente el pequeño y viejo edificio del juzgado y
las áreas contiguas, incluyendo los sótanos de las torres
gemelas. El examen se hizo sistemática y rápidamente,
utilizando equipos de detección recientemente estrenados.
La cámara de gas en un sellado caserón del traspatio
estaba dispuesta para ejecuciones sumarias, pero como
hacía años que no se utilizaba desistieron de requisarla.
En un cuarto de lúgubre apariencia y de gruesas paredes,
los dispositivos de una silla eléctrica parecían estar a
punto para ejecutar a los condenados que no se
beneficiaran del perdón presidencial ni de la amnistía que
el Presidente dispuso como gracia para honrar la memorable
fecha de aquella última noche del siglo.
Antes de
retirarse de esos recintos, John García advirtió que había
algo demasiado familiar en la voz y en los exagerados
ademanes del inculpado. Fue entonces cuando lo reconoció,
recordando el incidente de la pira en Green Point.
"Examinas mi
labor de Escriba en Alejandría, Excelentísimo Teófilo,
como si aquella actividad te fuera desconocida.
Escribíamos y rescribíamos. Eso era todo.
Omar,
en cambio, no produjo jamás un solo renglón. Antes del
fuego que atribuyen a
Omar
hubo otros dos que devoraron terrazas enteras y de los que
nadie habla ya. Yo estuve presente, pero no alcé mi mano.
En realidad yo amaba la Biblioteca aunque el penetrante
olor de la mierda de los murciélagos y del papel
envejecido y de los papiros húmedos me provocaban insomnes
ataques de asma y noches tormentosas. Pero los monarcas y
los emperadores temían la Biblioteca y desconocían la
riqueza de sus secretos. En el 272 A. D fue Lucio Domition
quien ordenó la hoguera. No toleraban los emperadores a
los escolásticos, ni la luz intensa que emanaba de
Alejandría porque ésta hacía que el pueblo reclamara sus
derechos. Alejandría no fue, como se propaga hoy, una
pacífica ciudad de sabios. Aquello era un hervidero de
ideas. Hindúes, griegos, egipcios, judíos y romanos
convergíamos allí para compartir los secretos de la
novedad. Los hindúes eran particularmente generosos.
Abrían sus fajos y empeñaban o trocaban sus conocimientos
y sus poemas por pan y trigo o por una tinaja de agua
fresca. Nos enseñaron que el saber no está en el saber, ni
está en los libros. Que el saber está en el cuerpo, en la
pasión de la carne que goza y que padece. Los alemanes lo
entendieron mucho tiempo después y la llamaron
Leidenschaft. No hay pasión sin dolor. No hay dolor sin
cuerpo. No hay sabiduría sin dolor. Eso era Alejandría, la
probeta del dolor.
LA AMPLIACIÓN DEL
INFIERNO
De Hesíodo
habíamos aprendido que algo había que hacer para llenar
página tras página con las intolerables presunciones del
Faraón, del Emperador o del Cesar de turno. Los nobles,
obispos y pontífices eran insaciables en su vanidad y tu
sabes bien que la vanidad es la negación del saber. Lo
sugirieron Sócrates y Salomón y sin embargo, todos querían
reservarse un nicho de honor en el inútil mausoleo de la
Historia.
Por eso trajimos
los gusanos. Los importábamos del Asia Menor y de las
regiones lacustres de Etiopía. Los gusanos fueron los
verdaderos verdugos de la Historia. Luego de las crecidas
del Nilo los instalábamos en sitios estratégicos hasta que
pululaban las cresas, los gusanos y las crisálidas en los
anaqueles superiores de la Biblioteca, mientras que las
polillas y las termitas devoraban página tras página de
volúmenes enteros en los pisos medios. Pensé en lo fútil
de pretender almacenar el conocimiento. La sequedad de los
terrales y del harmatán hacía lo suyo hacia el final del
verano: crujía el maderamen de cedro de los estantes aun
en las frescas bóvedas inferiores. Luego de esas
devastaciones no nos era difícil reconstruir la Historia a
nuestro antojo y a favor de los vencedores, ni enaltecer
los que ostentaban el cetro y el báculo.
El Pontífice
Máximo fue inaguantable. Antes de
Omar,
en el siglo tercero, Nathán y yo hubimos de rescribir toda
la Historia, adaptándola al nuevo credo de Constantino sin
que cardenales y obispos nos dejaran inventar a nuestro
antojo otros monstruos que no fueran los del infierno. No
nos importó. Moldeábamos fieras horrendas con cada oscura
pasión humana. Dante visitó nuestro bestiario y bebió
tranquilamente de nuestra fuente siglos después, cuando ya
habíamos abandonado el efod y el pectoral y cuando
cambiamos los hábitos coptos y nos trasladamos cabizbajos,
con lúgubres túnicas, a los conventos y a los claustros
católicos. Huimos al Norte. Primero nos refugiamos en la
Toscana, en una torre etrusca abandonada, cerca de Siena.
Yo cargaba pesados fajos en mulas robustas, ayudado como
siempre por el fiel Nathán. Volúmenes encuadernados en
cuero repujado o en lotes atados con cordel de soga. Luego
fuimos más al norte y durante casi un siglo permanecimos
ocultos rehaciendo pergaminos en Borgo de la Valsugana, en
un asilo cercano a Trento. El camuflaje no nos sirvió de
mucho y allí también fuimos víctima del saqueo, del
ultraje y de la expoliación. Tuvimos que rescribir legajos
y legajos enteros rememorando, pegando parches, juntando
lo que quedaba de lo aprendido de memoria con lo mucho que
la imaginación aporta en estos casos. Con todo nuestra
fama corrió.
Uno de los
proyectos más apasionantes fue el de la ampliación del
infierno. Nos tomó casi un siglo. Al infierno de Dante le
agregábamos enormes salones de recepción y corredores
insondables y cámaras de torturas que hicieran aun más
miserable la vida de los infieles. Cambiamos la
arquitectura de los círculos inferiores y establecimos
lugares transitorios donde se alternaban y se sucedían
infinitamente el dolor y el placer. El placer era el peor
de los castigos, el más doloroso. Inventamos la recámara
de las Orgías Perpetuas.
No es preciso
resaltar que
Omar
ignoraba todas estas cosas desde antes, allá en el 640, lo
ignoraba. Me caben mas honores y más horrores que a él. Le
precedí y le sobreviví muchos siglos después hasta estos
días aciagos en los que Cirineo y yo ansiamos la
liberación vertiginosa de la muerte, aquí en medio de
estos rascacielos que amenazan con estallar y desmoronarse
irremisiblemente. Pero en aquellos oscuros pasadizos de la
Biblioteca era yo el único visionario.
Afuera me
ignoraban, sí. Sistemáticamente me ignoraban y eso solo
justificaría que hoy reclame mi inmolación y tu sentencia.
No lo entenderías: los que procuramos la inmolación no
buscamos la simpleza, la torpeza del olvido. Los suicidas
sí.
Ellos no buscan
ni merecen perdón, solo el olvido. Al final, la ira que
nos nutre contra el mundo nos glorifica y nos une.
Entiéndase bien, somos nosotros quienes al partir para
siempre levantamos el índice y quienes acusamos. Jueces,
testigos y verdugos son culpables aunque nadie sea capaz
de verles los pies debajo del estrado y nadie advierta en
sus sandalias resecas manchas de sangre.
Me preguntas
quién soy. No quién o quienes he sido. Hoy, frente a ti,
me obliga a relatar mi Historia el hecho de que nadie
escribió las laboriosas hazañas que tejí en secreto, en la
penumbra de la inmensa Biblioteca. Yo, quien forjó tantos
héroes con estas manos ennegrecidas y que erigí tantas
estatuas y plazas y monumentos.
Yo que induje la
reverencia, la adoración y la obediencia, me resisto a
desaparecer sin que el mundo me nombre.
Ignoran
graciosamente que fui yo el geómetra que sentó para
Alejandro los cimientos del Faro sobre la roca virgen, que
fui de los pocos que supo escapar de los horrores de la
masacre de Caracalla en el 215, cuando apenas se salvaron
las mujeres y estos libros mohosos que yo atesoré con
fervor y que hoy de alguna manera lo atestiguan. Nunca
pudieron aniquilarme. Suponían que hacerlo habría sido
asesinar la Historia, el único asesinato venerable.
LOS ESCRIBAS
En el primer
siglo no hubo tentación ni delito más dulce y temible que
violar, bajo pena de muerte, la odiosa ley de los
copistas. Cada infracción era parte de un juego fatídico,
lo sé. Mis subalternos a pesar de la inquina y del odio
conocían perfectamente el juego y sabían que estaban
vedadas en las reglas la delación y la ignominia.
Supongo que
silenciosamente me admiraban porque yo conocía los sutiles
artificios de la persuasión, de la calumnia y la juiciosa
iniquidad de los anatemas. Fui maestro laudado del
escarnio. No dudo que me temían. Aprendí los resbalosos
trucos de la suplantación y me hice pasar por rabino y
cardenal y tahúr. Pero hoy no deseo más que la fulminación
ardiente y el dulce e infinito letargo de la muerte.
Si no me fue
difícil embaucar a mis vulgares verdugos es porque mi hora
no había llegado aun. Frente al cadalso, después de
proclamar centenares de veces mi última voluntad a los
esbirros les temblaba la mano y eran incapaces de alzar el
hacha y dejar caer sobre mi cerviz todo el peso del
afilado acero o de amarrar a mi cuello la áspera cuerda.
Como
Omar,
ellos desconocían la distinción entre un acento y una
tilde. Les deslumbraba el misterio de los libros pero
ignoraban que los papiros de Alejandría estaban plagados
de omisiones, de relatos falsos y de ilícitas
sustituciones.
Tuvimos que
reescribir las matemáticas de Diofanto de Alejandría con
inmedibles márgenes de error. De Pitágoras puedo afirmar
que lo poco que se salvó es auténtico. Era de dominio
público que la polilla, la traza y los vituperios
contaminaban los volúmenes y los inmensos predios y que no
merecían otro destino que el que presagió la Sibila. Nada
deberías de lamentar, en realidad nada se perdió. El fuego
de Alejandría no fue un crimen sino una virtud por eso mi
sola confesión me honra y me absuelve: ¡Fui yo y no
Omar
quien encendió la antorcha!
EL NILO
DESBORDADO
¡Ah!, Es que los
que me acusan no recuerdan que en los inviernos el moho
del Nilo primero y las aguas viscosas de las crecidas de
primavera después, se apoderaban de los textos en las
recámaras más profundas de la Biblioteca. No mencionan que
cerrábamos las compuertas inferiores sellándolas con betún
y argamasa, que abríamos las que daban al mar. Pero las
lodosas aguas burlaban las trampas de arena y entraban
mansamente por las cloacas y subían y subían por los
túneles arrastrando consigo anaqueles y salas completas y
dejando un ocre sedimento en los muros vacíos y sobre el
piso una gruesa capa de arcilla pastosa. Los copistas y yo
nos refugiábamos en los pisos superiores y descendíamos a
finales de mayo, lumbres en mano, a recontar las pérdidas
y a despojar la mugre acumulada. Los techos destilaban
agua toda la noche y las goteras caían sobre los rollos
más antiguos. Era una batalla que no ganábamos. Impotentes
veíamos flotar los tomos en los oscuros corredores de
piedra recubiertos de barro y de limo.
No pocas veces
esquivé las fauces de cocodrilos voraces y braceé en las
aguas malolientes para salvar los folios. Así fue como el
detestable código de Amurabí cayó en mis manos. Lo sacamos
de un pozo de grasa negra y tuvimos que reconstruirlo
tabla por tabla. Yo apacigüe su ira, endulcé la violencia
y el encono de aquellos fárragos. Quiero pedirte que se
registre en mi sentencia que merced a estas manos se
conocen las iluminadas profecías de Ezequiel con sus
carruajes de fuego y sus arcángeles videntes. Los profetas
me fascinaban, los tratábamos con una mezcla de temor y
respeto. Les pedíamos que ocuparan el cenáculo, las
recámaras privadas del Cesar, pero preferían dormitar
afuera, sobre las piedras, junto a los baños del Nilo. De
esa misma manera he visto aquí a los profetas y a los
poetas, echados a las orillas del Hudson como pordioseros
y como miserables sin hogar o sobreviviendo de los
desperdicios en el Central Park.
LOS POETAS
ALEJANDRINOS
Pide a tu
secretario que escriba que los poetas fueron mi debilidad
favorita. Les invitábamos. Venían a las libaciones del
Cesar en los pisos superiores de la Biblioteca y el vino
fluía como el verbo florido. Dependiendo de lo refinada de
las adulaciones al Cesar se mantenían sus papiros arriba y
luego de cada era imperial los arrojábamos al limbo de los
primeros pisos. Como poesía y profecía eran las dos caras
del doblón, al envejecer la poesía la transformábamos en
Historia. Nos divertía pensar que la imaginación tiene un
lugar que no puede serle negado en los predios de la
Historia o mejor, que la Historia no era otra cosa que
pura imaginación. Solo la buena poesía ha sobrevivido,
aquella enloquecida de futuro y solo la buena profecía
sobrevive aun, aquella cargada de imágenes pavorosas. El
resto era vacuidad y adorno que apenas merecía el
privilegio del fuego. Hoy pienso que la poesía es
definitivamente La Historia, cuánto mejor si liberada de
nomenclaturas, de genealogías espúreas y de fechas. A los
iracundos profetas menores y a Virgilio los llevaba en mi
alforja. Aquí los llevo todavía y conmigo se consumirán en
las glorias del fuego. No pensaba quemarlos en el parque
de Green Point.
Pero en
Alejandría quizás debí dejar que se hundieran en el fango
los puranas y los sánscritos Vedas. Una vez proyecté sin
éxito liberar esos textos de su veneno, de su detestable
nomenclatura de castas. Aún hoy dudo de si debí haber
salvado de las aguas negras y del fuego las teorías
algebraicas de Abdul Abennázar porque allí estaban las
simientes de la cibernética y del sistema binario y la
secreta fórmula del pentium. No sin escrúpulos rescaté del
fango los libros de Xenón de Elea pero rechacé las
incoherencias de Jenófanes de Colofón y las absurdas
teorías de Empédocles de Akragas. Aunque hoy dudo si fue
mejor así, deseo que se entienda que no era esa una
censura arbitraria, sino administrada por la ira de los
elementos. Las monótonas lluvias, las filtraciones y las
inundaciones también habrían de ser juzgadas. Muy pocas
veces fingí no poder alcanzar los volúmenes que se
precipitaban irremisiblemente en las turbulentas
corrientes del Nilo.
EL MERCADO DE LAS
PALABRAS
Omar
ignoró lo de Sócrates, por ejemplo, que se perdió en
aquellas aguas asquerosas, porque yo lo quise, sí y no por
el fuego limpio y sagrado que yo mismo planeé con
cuidadoso esmero, apilando viruta, astillas de pino y
rastrojo saturado de azufre en las recámaras. Yo dejé que
se hundieran sus dudas atroces. Sócrates solo sabía dudar.
Hoy afirman los inadvertidos que él nunca escribió una
palabra. Nada más horrorosamente falso. Falso y vil.
Asquerosamente vil. Platón y los demás plagiaron sin
escrúpulos el documento maestro que yo guardé con celo en
un estante sellado de la sección 1306 del pasillo 9.
Venían ellos directamente o enviaban emisarios disfrazados
de emires sefarditas. Eran espías, traficantes del saber,
rastreadores de ideas que arriesgaban la barba por
encontrar una palabra nueva. En el Ágora recitaban los
diálogos de Sócrates como si fueran propios y en el
Sanedrín los rabinos lo remodelaban clandestinamente. Soy
judío en el fondo, no en las apariencias, y sé que nuestra
misión ha sido la de proveer un eslabón entre el oriente y
el occidente. Pero no se nos ha comprendido ni de un lado
ni de otro. Por eso yo dejé hundir aquel manuscrito con
malicioso agrado. Era yo quien sabía los secretos.
Omar
lo ignoraba, todo lo ignoraba como un necio fuerte y
arrogante. Mi última voluntad, Teófilo, es que me condenes
a la hoguera y que me permitas que sea yo mismo el que la
encienda. Nadie ha de privarme del esplendor supremo. ¡Oh,
yo adoraba al inolvidable Nerón tanto como él adoraba el
fuego!
LA SIBILA
Porque no sin
malicia se ignora que fui yo quien asistió a Hesíodo
mientras inventaba su oscura teogonía y su demiúrgia.
Huraño y taciturno, él pasaba los días y las noches en la
recámara dieciséis. Vivía como un asceta, en el piso
antepenúltimo, con su criadero de dioses. Él sostenía que
todo ha de tener un dios y lo inventaba. Los creaba
abrumadoramente y en todas las formas imaginables. Su
bestiario superaba su teogonía y poco a poco se confunde
con ella.
Desde la
dieciséis se divisaba la isla de Faro y su torre luminosa.
Le visitaban al atardecer las musas, pero no le bastaba.
Yo le traía personalmente los rollos, el candil, el pan y
el vino. Pero no le bastaba. Era yo quien espantaba con mi
antorcha los hambrientos reptiles y los sinuosos áspides
cuando él descendía a las apestosas galerías inferiores a
buscar alimañas que le sirvieran de modelo para sus nuevos
dioses.
Eran estas manos
hoy temblorosas y secas las que endulzaban sus labios con
duraznos y miel silvestre y las que sazonaban la flor de
su trigo con perejil y sésamo y albahaca. De vez en cuando
él pedía discretamente una hembra que arropara su
insomnio.
Yo le procuré con
diligencia la única mujer que conocía de oráculos y a
cuyos ojos claros el futuro era una flor abierta: La
Sibila de Eritrea. A su llegada él se lavó y se cubrió de
afeites. Ella tomó las recámaras quince y la dieciocho y
en la diecisiete improvisó los baños. Fue entonces cuando
empezó mi envidia. Se amaban en silencio por las noches y
durante el día recomponían el mundo, ella con su visión
del porvenir y él con su fardo de pasado. Tan pronto se
sintió dueña de su amor la Sibila pidió mantas de Corinto,
sedas de oriente, servidumbre de Etiopía.
Mucho antes de
Omar,
el centurión ordenó que trajeran a Cirineo, un eunuco alto
y bello, delgado como junco oriundo de Palestina. Con él
vinieron siete mozas de tez de oliva y ojos rasgados como
dátiles. El centurión obedecía ciegamente la Sibila y todo
lo que pedía le era concedido a pesar de que predijo que
su nombre sería chamuscado por el fuego. En el fondo la
Sibila me odiaba. El último día de aquel año se acercó
diciéndome: "Pide un deseo". "La muerte", dije sin
titubear. "Te llegará en una gran ciudad, en el último día
del penúltimo siglo, pero no la verás. Una enorme
explosión y un ruido de voces y de luces ahogarán tu
último suspiro. Mientras tanto te premio con una larga
vida y te condeno al olvido y muy pocos recordarán tu
verdadero nombre. " Dijo aquello y aquí estoy ciego, manco
y cauterizado frente a ti Teófilo, corroído por el hastío
y la fatigada espera de los siglos.
EL ALQUIMISTA
LIBERADO
No me quedó otro
remedio que jugar a ser y a hacer la La Historia. Era un
escondite. No me es dado cambiar el futuro pero la La
Historia se fabrica y se transforma si se tiene un ápice
de autoridad o de ingenio. La Historia muda sus hábitos de
modo que lo que ocurrió en el siglo tres ya no se verá de
igual manera en el seis ni en el veinte y qué importa.
Cuando llegaron los cristianos los ultrajábamos
llamándoles ateos, gente sin dios. Recuerdo que antes lo
contrario de la idolatría era un pecado, o un error. Antes
de los cristianos no conocíamos el pecado y ni la
inmortalidad., Nno la eternidad, que era una fórmula de
mortero alcanzable sin sacrificio ni redención.
Sepas Haz de
saber Teófilo, que fui yo quien inventó el sistema de
índices y referencias y quien sabía la ubicación exacta de
los cánones, y yo quien sabía de memoria los registros y
los códices. Que fue a mí y no a
Omar
a quien visitaban Euclides Apolonio y Eusebio de Nicomedia
y Aristarcus de Samos y Arquímedes y Erastóstenes y
Anaximandro. Todos me buscaban a mí. Todos buscaban la
inmortalidad en la palabra y en el signo. Y la buscaban
sobre todo en las piedras. Debes recordar aquellos
alquimistas que pululaban en Alejandría desde los primeros
días de la era cristiana. A todos dejé que se alimentaran
de la falacia y de inútiles sueños. Solo un alquimista
olvidado, que trabajaba sin prisa en la recámara 13 halló
la fórmula de la inmortalidad y murió ese mismo día. Una
certera estocada a manos de Cirineo (o Nathán de Gaza)
liberó su conciencia de todo el posible mal que su
descubrimiento hubiera causado al hombre. Yo me robé sus
libros. Cirineo y yo probamos su menjurje ardiente. Sabía
a cianuro, a hiel de ratas, a retama, a cicuta. Parecía
estar hecho de la misma sustancia de la muerte.
Desde entonces
padezco de una incontrolable pasión por el fuego y de un
desprecio mordaz por la Historia. Extraños horrores
transitan mis frecuentes y extendidos insomnios. He pasado
años enteros sin dormir. Sí. Es por eso que empecé y
alimenté tanto las herejías como la inquisición. Aunque
también nutrí la fe de los pueblos ideando y documentando
candorosos milagros. Eran las nuevas mitologías. ¿Quién si
no vigorizaría la perplejidad de los pueblos? ¿Qué sería
de los hombres sin el mito? Jefes de bandas contrarias
venían a mí pidiendo que les inventara proezas con
irrefutables pruebas y así fabriqué cuidadosamente tanto
los héroes como el fervor que los pueblos demandaban para
sus luchas atroces. Era yo quien dibujaba los símbolos con
compases de precisión y no pocos escudos, blasones y
estandartes pasaron por estas manos calcinadas. Me hice
formulador de enigmas y acertijos, experto en las cábalas
y en el primer sistema binario del I Chin. Alimenté las
contradicciones heréticas, hice circular falsos credos,
instigué las sediciones de los arrianos; a los sabianos y
a los gnósticos propuse un Sínodo similar al de Éfeso.
Confieso haber sido el más honorable y desleal consejero
secreto de Felipe II. Echemos la culpa de su desgracia y
de la derrota de su Armada Invencible al temor mórbido que
me produce el agua y a mi maliciosa pasión por el fuego.
No, no fue aquella batalla un cálculo desventurado sino
una estocada pacientemente calculada. Aunque nadie me
descubrió no pude menos que cambiar de Emperador y Reino.
Cumplí después con un fervor ya cercano al delirio, la
profecía mesiánica que Nathán de Gaza pronunciara bajo mi
propio influjo en la primavera de 1665 de modo que ya en
el siglo XVII nadie podía atreverse a obviar mi nombre:
Joachim Zvi. Me llamaron apóstata y sin embargo todos me
creyeron. Yo dirigí la diáspora desde España hasta
Flandes, en el bajo y lluvioso reino de Holanda. Cuando
las profecías fallaron me inventé lo de los gnomos y viví
largos años recluido en la bruma de bosques pantanosos.
Cuando resurgí, ordené y establecí la ley de Amberes, el
mismo sistema de bancas, de apuestas y de valores bajo
cuyas torres enjuicias hoy mis actos, en esta Babel de
Hierro, excelentísimo Teófilo.
EL VEREDICTO
¿Que cómo llegué
aquí? Para todos los bandos fui espía y traidor. Después
de la quema de la Biblioteca y por mucho tiempo tuve que
refugiarme en el harén de Azif, en el desierto del Negueb.
Pasé a Tánger en el siglo X y a Salamanca en el XII. Viví
rodeado de moras y de pelirrojas raptadas en el navío de
Thor Arne. Eran unos burdos vikingos que atracaron en
Tarifa huyendo de los temporales de nieve y hielo de
Terranova, de Bergen y de los arrecifes blancos de
Islandia. Con los vikingos de Thor Arne viví muchos años
escondidos en las tundras heladas y en las boreales
tierras de Lapland. Me rescataron intrépidos marineros
portugueses, viví con murciélagos en cuevas tenebrosas de
Tailandia ( la oscuridad no me importaba) y en los
prostíbulos de Macao. Llegué a descubrir la gente alegre y
musical de las islas de Cabo Verde. Desde entonces amé las
islas y ya no soporté vivir en ningún lugar que no tuviera
cerca el mar.
Aunque dicen los
libros que fue
Omar
quien encendió aquella llama, has de saber que fui yo
quien instauró la hoguera y esta declaración conjurará la
infamia. Mis pestañas, quemadas para siempre, lo
confirman. No puedo cerrar los ojos. He sobrevivido porque
aprendí de los estoicos la apatía, esa liberación suprema
del dolor; y de los epicúreos la dulce ataraxia. Hay un
último recuerdo que lacera mi memoria más que el fuego:
Omar
solo coleccionó los honores de la conquista islámica y su
pecho ardía con una fe que yo moldeé a mi antojo,
secretamente, interpretando la palabra de Alá y de Mahoma.
Le besaban los pies. Le festejaban a él con flautas y
pífanos y danzas del vientre. Yo solo cumplí una profecía:
La Sibila anunció que su nombre habría de ser chamuscado
ignominiosamente por el fuego.
Aquí, en Wall
Street, al pie de estas torres gemelas recuerdo con placer
a Heráclito, mi maestro en las diáfanas artes del fuego
primordial que todo lo consume, el único purificador
verdadero de la Historia. Mi plan infalible que había
perdurado con los siglos llega hoy a su culminación,
Excelentísimo Teófilo: He imaginado un enorme fuego
liberador que abrasara los registros y las deudas que
sofocan el mundo. Cirineo (Nathán) y yo esperamos tu
veredicto, aunque la sentencia ya ha sido pronunciada y tú
y yo sabemos que se cumplirá hoy al toque de la
medianoche.
En Alejandría
escapé por el delta del Nilo entre juncos ardientes en un
barco fenicio que desembarcó en el Líbano. Las llamas de
la Biblioteca resplandecían como la gloria desde Tarifa
hasta Estambul. Nunca hice hazaña ni sacrificio mayor.
Intentaron quemarme sin juicio en un oasis de mercaderes
en el Negueb. Me salvaron mis veintisiete lenguas una de
las cuales entendió el Califa Azif, hombre sabio y
generoso quien me oyó proclamar inocencia. «¡Fue
Omar,
fue
Omar!» Grité frente al patíbulo. «Solo cumplí
órdenes. « Y así ha quedado escrita la historia. »
LA EJECUCIÓN
A las once y
treinta y tres Joachim terminó su defensa. Nathán
(Cirineo) no abrió la boca durante todo el proceso con la
excepción de débiles susurros. A las once y cuarenta y
tres el Mayor John García dijo al honorable Juez Teófilo
haber terminado satisfactoriamente la inspección del
recinto y de las torres gemelas y se alejó para vigilar
otros controles de seguridad de la zona. A las once y
cuarenta y cinco el Mayor García abandonaba rápidamente el
área urgido por otra llamada de socorro esta vez en el
puente de Brooklin.
Teófilo, mudó sus
vestimentas de juez por las de Patriarca y Sumo Sacerdote
a la manera copta y proporcionó a Joachim un báculo que
este logró empuñar con su mano izquierda y un efod. A
Nathán le adornó con una tiara y vestiduras talares. El
Patriarca entonó cantos extraños y prendió sin ayuda un
incensario, luego pronunció unas palabras ininteligibles
para la pequeña audiencia, compuesta por una señora
polaca, Madame Eva Kozinska, y varios grises agentes
federales de inmigración.
A las doce en
punto de la medianoche el Mayor John García comprobó desde
el puente que la ciudad estallaba de júbilo en vistosos
fuegos artificiales por las celebraciones carnavalescas de
fin de año y que sobre el puente la multitud enardecida y
ebria bailaba desaforadamente. A las doce y un minuto, el
Mayor John García alcanzó a ver en el sur de Manhattan la
más vistosa conflagración y fue sacudido por la más
contundente explosión que hubiera presenciado jamás.
Fernando Ureña
Rib
|
| |
|