Poesía racionalizada
POR FÉLIX ÁNGEL
Eduardo Ramírez Villamizar, continúa ocupando junto con
Edgar Negret el
lugar más privilegiado de la escultura colombiana. Sus comienzos, sin
embargo, no se realizaron dentro de la escultura, sino dentro de la
pintura, de orientación geométrica, como lo ilustra la obra
Amarillo-Rojo-Negro, óleo sobre lienzo de 1954 que se incluye en la
exposición. La pintura sería la que llevaría al artista paulatinamente a
pasar del espacio virtual al espacio tridimensional. La coherencia y
consistencia de dicho proceso, en todas sus etapas, le confieren a la
obra de este artista una solidez poco frecuente dentro de la mayoría de
los escultores de éxito pertenecientes a la segunda mitad del siglo XX.
Nacido en la ciudad de Pamplona, en 1923, Ramírez Villamizar parecía
estar destinado a la arquitectura, carrera que inició en 1940 en la
Universidad Nacional, en Santafé de Bogotá. Después de algunos
semestres, el artista eligió el camino de las Bellas Artes y, como ya se
ha indicado, comenzó a participar con regularidad en la actividad
artística de la capital de Colombia.
El inicio de la década, un momento importante para su desarrollo, lo
representa el viaje a Francia efectuado en 1950. Allí permanece hasta
1952. Tienen lugar continuos viajes a Nueva York, París, Madrid y Roma,
a veces con motivo de presentaciones, hasta que en 1957 acepta dictar
clases en la Escuela de Bellas Artes de Bogotá. En este mismo año
aparecen los primeros relieves, usualmente blancos, algunos de ellos con
reminiscencias de la obra de Anthnoy Caro, pero también con una marcada
orientación arquitectónica espacial. En general la obra de Ramírez
Villamizar exuda un carácter arquitectónico inconfundible, como lo
indica la pieza Arquitectura Vertical Inclinada, realizada en
1995 y aquí presente.
Le han sido concedidas varias distinciones, entre ellas, el premio
Guggenheim por Colombia en 1958, y al año siguiente el primer premio de
pintura en el XII Salón de Artistas Colombianos. En el mismo año,
Ramírez Villamizar representa a Colombia en la V Bienal de São Paulo
junto con otros artistas entre los cuales se incluyen Obregón y
Wiedemann, y en la exposición "South American Art Today" del Museo de
Dallas, en compañía de
Alejandro Obregón,
Grau y Negret, además de Fernando Botero quien, nueve años más joven que
Ramírez Villamizar, es otra estrella ascendente en el panorama del arte
colombiano del momento.
Pero indudablemente el hecho más importante en la carrera de Ramírez
Villamizar lo representa su ingreso a la escultura, refrendado en 1958
por la comisión de un mural para el Banco de Bogotá. En su solución, el
artista realizó una ingeniosa y sensible combinación entre elementos de
estructura geométrica con marcada impronta precolombina diseñados por él
mismo, y la magnificencia espacial y textural de los altares barrocos
propios de la arquitectura colonial hispano-colombiana. La obra fue
construida en madera, recubierta con hoja de oro. El resultado fue un
relieve espectacular que, gracias al talento innovador de Ramírez
Villamizar, permitía observar la contraposición de elementos del pasado
artístico colombiano con un lenguaje totalmente contemporáneo.
Desde los años sesenta y todavía, Negret y Ramírez Villamizar lideran
sin oposición la escena artística de Colombia en lo que se refiere a la
escultura. Negret recibió en 1963 el premio de escultura en el XV Salón
Nacional de Artistas, y en 1966, el mismo premio fue concedido a Ramírez
Villamizar en el XVII Salón. Como Obregón antes que él, Villamizar
representó en 1969 a Colombia en la X Bienal de São Paulo con una sala
entera, y allí recibió el segundo premio de escultura concedido en la
sección internacional.
Durante la segunda mitad de la década del sesenta y parte de la del
setenta, la asociación de Ramírez Villamizar con el movimiento
escultórico internacional emplazado en Nueva York fue constante,
exponiendo en galerías comerciales, en museos como el de Arte Moderno y
el Guggenheim, y recibiendo comisiones monumentales de corporaciones
privadas e instituciones públicas. El artista ensayó nuevos materiales
aunque en los últimos años su predilecto ha sido el hierro. De este
período son Relieve Vertical y Relieve Horizontal,
acrílicos de 1967.
Ocasión especial en la carrera de Ramírez Villamizar fue la
colocación en los jardines exteriores del Kennedy Center, en Washington,
D.C., de la obra From Colombia to John F. Kennedy, regalo de
Colombia a dicho centro de las artes, donde aún se encuentra colocada
sobre el costado este. Dos piezas más fueron emplazadas ese año en el
Fort Tryon Park y la Beach High School de Nueva York.
Para el comienzo de los años setenta, una nueva generación posterior
a la de estos cuatro maestros se encontraba emplazada dentro del arte
colombiano con firmeza propia. Algunas figuras comenzaban asimismo a
tener relevancia internacional, como por ejemplo el pintor y dibujante
bogotano Luis Caballero.
Puede aseverarse sin ligereza que dicha generación, como las que
surgieron posteriormente, no habrían podido afianzarse sin la existencia
de quienes son sujetos de esta muestra, disfrutar del clima de libertad
artística que existe hoy, entre otros medios, en la enzeñanza impartida
en las instituciones artísticas colombianas, o gozar del favor de
diferentes sectores del público cuya modificación del gusto está
estrechamente ligada a la obra pionera de estos cuatro artistas.
Asimismo, el éxito de algunos, como profesionales, no habría sido tan
permanente si el camino que desbrozaron Alejandro Obregón, Enrique Grau,
Edgar Negret y Eduardo Ramírez Villamizar no hubiera quedado lo
suficientemente despejado para que quienes les seguían pudiesen marchar
sin mayores obstáculos.
A pesar de la disimilitud de los trabajos y objetivos de los cuatro
artistas aquí considerados, ya se ha visto que no fue difícil para ellos
figurar conjuntamente en numerosas exposiciones, especialmente a nivel
internacional. Inclusive en Washington D.C., cuando durante los años
cincuenta la ciudad no contaba con el aire cosmopolita que al menos
superficialmente parece que impera en ella hoy día, era más frecuente
que tuviesen lugar exposiciones de arte contemporáneo de cierta
significación para el medio local. Tanto es así que, además del programa
sistemático de exposiciones de la Organización de los Estados
Americanos, instituciones como el Museo Corcoran, con la asesoría
obviamente de aquella, presentaron asimismo a Negret, Obregón y Ramírez
Villamizar en la muestra "From Latin America". El año fue 1957.
Sus obras representan realmente puntos de partida hacia otros ámbitos
del arte, que hicieron posible en gran parte la diversificación y
vitalidad que a pesar de muchos problemas en otros frentes mantiene el
arte colombiano.
Por ello Edgar Negret es Negret sea que se inspire en una kachina de
Norteamérica o en un diseño Inca; Villamizar lo es cuando deriva su
lenguaje de un Caracol precolombino Tairona, o una muralla en Machu
Pichu. Y un cóndor, un toro, una barracuda, y aun el retrato de su hijo
Mateo en El Pequeño Guerrero de Obregón, se entenderá siempre
como pintura y al mismo tiempo repertorio cultural, en Colombia y fuera
de ella. Junto con el humor extraño de Enrique Grau
y la exquisita factura técnica de sus mejores telas, la obra de estos
cuatro creadores se encuentra ya como parte de la historia artística de
Colombia, pero también tiene su lugar en la historia de las artes del
hemisferio.
Esta recurrencia en aparecer reunidos fue desapareciendo
paulatinamente con los años a medida que cada uno evolucionaba y
adquirían mayor personalidad sus trabajos. Debido a ello, el tenerlos
juntos de nuevo en esta exposición (la última tuvo lugar en 1985, en el
Museo de Arte Moderno de América Latina, de la OEA) convierte la ocasión
en un momento particular para el Centro Cultural de Banco Interamericano
de Desarrollo. Es especial también para Colombia, cuyas artes, en todos
los frentes, son las que continúan mostrando a nivel internacional la
verdadera sensibilidad de su pueblo.
Félix Ángel
Curador