N
o
han soltado las aguas. Nubes rojas se retuercen en silencio contra
una pared albuminosa que segrega un líquido iridiscente y viscoso.
Mi mano empuña una antorcha que busca imágenes en el infinito. Me
siento pequeño y obedezco con toda sumisión impulsos desconocidos.
El olor es dulce y penetrante. La habitación sigue inexplicablemente
en penumbras. Tropiezo con el baúl y caigo. En el pasillo iluminado Dionis lee en voz alta, con esporádicos estallidos de risa, mientras
camina hacia el punto de fuga de una perspectiva imposible como las
de Eyscher.
No han soltado los vientos.
La casa se llena poco a poco de un vapor tangible en el que se
mezclan los olores del vino, el vaho de coles fermentadas, el aroma
de la majorán, mejorana, de la yerbabuena y de almácigas. El
silencio se convierte en un vacío inmenso y agobiante. Siento la
presión en mis tímpanos. Mi mano izquierda ha encontrado tu mano.
Aura tiene los ojos
cerrados, cubriéndose el rostro con las manos, temblando. No han
cerrado las puertas y sin embargo esta muy oscuro. Solo tengo la
antorcha y tu mano. Hemos sacado del baúl viejas bufandas, pulóveres,
guantes, sobretodos, medias de lana, botas y nos hemos acurrucado
usando mantas y cobijas. Comienzan los vientos. Los primeros, los
glaciales. Cortantes, afiladísimos, silbantes, rugientes, amenazan
derribarnos. Primero cayeron los anaqueles con mis libros, luego tus
caracoles recogidos con paciencia en caminatas solitarias por las
playas del mundo. Vi rodar mis pinturas. Retratos de la muchedumbre
innominada, rostros de viajeros desconocidos. Muchachas desnudas que
pude haber amado si tal vez hubiera dicho una palabra.
Noto con qué facilidad
pueden desmoronarse los ideales de libertad. Hay que cerrar las
puertas. Caminamos con dificultad espantosa, de espaldas al viento,
empujándonos con las manos, revolcándonos, asiéndonos a los
entrepaños del corredor, sobrecogidos de angustia.
Dionis, de regreso, ha
cerrado las puertas. Aliviados empezamos a despojarnos de las ropas
de invierno y a buscar agua tibia para los pies helados. Dionis
manipula sin prisa palancas, timoneles, brújulas y bielas, aun con
el libro debajo del brazo. Él ha dicho que abrirá las puertas de
todos los vientos. Los del Norte y del Sur, los alisios, los
terrales, que soltará las corrientes de agua y el harmatán. Que
dejará escapar tifones, ciclones, tornados, remolinos.
Aun tengo tu mano, pero te
siento distante. Respondes con un ademán de la cabeza cuando Dionis
advierte que debemos permanecer dentro de los límites. Descubro en
tu rostro una serena melancolía que hace que tus ojos naveguen en
una secreta luz interior que no alcanzaría a describir. Permaneces
tranquila, lejana. Tan lejana que no sé si estas aquí conmigo y dudo
ahora de si es tu mano la que tengo entre las mías en esta oscuridad
que reempieza.
Se escucha un rumor
inmenso, sordas detonaciones y un rugido amplio y grave que inunda
los sentidos. Han soltado las aguas.