Carlos Valenti, aproximación a una
biografía
Wa l d a V a l e n t i
Hacer un itinerario aproximado de la corta vida de
Carlos Mauricio Valenti es difícil por los pocos datos
conocidos envueltos en nieblas de lejanía, que hay acerca
de él. De ahí la razón de llamar a este trabajo
aproximación a una biografía.
La desaparición de todas las personas relacionadas en una
u otra forma con el artista, es otro de los motivos, y
también digámoslo sinceramente, la indiferencia de los
hermanos (mi padre y mi tía) al no haber conservado y
coleccionado parte de su obra, ni apreciado en todo su
valor el talento del inquieto joven, atormentado, en
aquellos aciagos años de principios de siglo.
Hoy, como su única sobrina carnal, que aún no había nacido
cuando él murió –pues de haberlo conocido mi recuerdo
sería personal- me he dedicado a la tarea, ardua y
añorante, de querer hilvanar algunos hitos de su vida,
con la doble responsabilidad de rescatar al hombre del
olvido y presentar al autentico artista, rebelde ante lo
estancado e inmutable de la pintura de inicios del siglo
en Guatemala, a la cual, con genuina pasión hace despertar
a corrientes estéticas nuevas y técnica diferente de las
que habrán de nutrirse los artistas guatemaltecos de
entonces a nuestros días.
La recopilación de algunos episodios expuestos en estas
páginas y dados a conocer a los estudiosos de la plástica
nacional, me han llevado tiempo, indagaciones personales
en el seno de mi propia familia y con muchas personas, ya
fallecidas, con las cuales pude dialogar al respecto, como
D. José Herrarte Sagastúme, compañero de Valenti en el
colegio Villatoro; con el doctor Manuel Morales, su médico
de cabecera desde tiernos años, y con mi propio padre;
además de los aún presentes, como Carlos Mérida, el
entrañable amigo y principal exaltador de sus méritos y a
quien en el año de 1966 grabé una entrevista en visión
retrospectiva de los años de estudio y camaradería con
Valenti. Escribí a México solicitando datos al crítico de
arte Luis Cardoza y Aragón, que brevemente respondió no
recordar nada al respecto, por la corta edad que él tenía
al fallecer Valenti; igual respuesta de Juan Olivero.
Otros artistas contemporáneos de Carlos Valenti –los De la
Riva, Rodríguez Padilla, González Goyri - sólo nos dejaron
memorias borrosas de su trato con aquél, repetidas hoy
débilmente por deudos indiferentes.
En el año 1979 hice viaje a Francia instalándome algunos
meses en París con objeto de consultar archivos. Fue ésta
una experiencia muy interesante, la de encontrarme en los
Anciennes Archives de Paris, situados en el muelle
Henri IV; en los de la imponente iglesia de La Magdalena
(construida según los planos de Vignon, en estilo
académico, por orden de Napoleón I y destinada a ser
originalmente el Templo de la Victoria, abierta al culto
después de la caída del emperador, el 14 de febrero de
1816); en los diversos cementerios del perímetro citadino,
incluyendo los de Montmartre y Bagnieux; en los archivos
de la Morgue de la Policía de París, situada en la rue des
Carmes, en los cuales quedaron asentados los nombres y
descripciones del hallazgo de cadáveres y muertes
irregulares desde los años 1910 al 12, enfrentándome
dolorosamente a las tragedias allí descritas... Hasta el
momento he perseverado en buscar datos específicos de los
acontecimientos de entonces, en publicaciones conservadas
en la Hemeroteca Nacional. He hecho nuevos contactos con
quienes puedan aportar algo de sus recuerdos y también
escribí a Barcelona en busca de pormenores de la vida de
Jaime Sabartés, personaje influyente en las ideas
revolucionarias delos jóvenes artistas de principios de
siglo; de manera que creo haber agotado casi todos los
recursos de investigación en este caso, por lo que
principiaré a narrar los hechos.
Carlos Mauricio Valenti Perrillat nació en
París el 15 de noviembre de 1888. Tercer hijo de don
Carlos Valenti Sorié, de nacionalidad italiana, y de
Helena Perrillat-Bottonet, nacida en Saboya, Francia. El
padre llegó a Guatemala en el año de 1888. Había conocido
a don José María Reyna Barrios en Europa[1],
y años después, este, al ser presidente de la republica,
en 1892, le guardó amistad y más tarde le invitó a
participar en la famosa Exposición de 1897. Los
preparativos de dicha Exposición empezaron un años antes,
por lo cual don Carlos Valenti Sorié viajó de regreso a
Francia y adquirió mobiliario ad hoc para una
lujosa barbería: sillones de hierro y peltre blanco,
reclinables; enormes espejos venecianos, así como un
laboratorio de productos químicos para el cabello, y un
gramófono para entretener a la clientela; tal aparato,
marca Víctor, con el famoso perrito escuchando al amo[2].
Además contrató dos o tres fígaros de primera clase, de
los cuales no tenemos sino el nombre del señor Godoy, que
más tarde estudió en esta capital teneduría de libros y
formó numerosa familia. En el ínterin, doña Helena, su
esposa, llegó al país en 1891 acompañada de sus tres
hijos: Emilio, el mayor; Blanca, la segunda, y el
pequeñito Carlos Mauricio, que tenía tres años de edad.
Carácter del Artista
Carlos M. Valenti Perrillat, de escasos cinco o seis años
de edad, se distinguió como una criatura sumamente
paciente, de frágil salud y carácter suave. Era el
preferido de la madre, con la que le uniera lazos de
profundo amor, por el desbordado afecto que ella le
profesaba. Aún ya crecido, su diminutivo era el de “bebé”,
cuando le mencionaba a otras personas. Le orientó en el
camino de la rectitud con sentido ético determinado y
determinante. Su primer colegio fue el Villatoro[3]
hasta aproximadamente la edad de trece o catorce años.
Dicho centro cantaba entonces con capacidad para 120
alumnos. Plantel donde regía estricta disciplina militar,
forjadora de rigores y obediencia. Valenti dejó fama de
estudioso. Sobresalió por sus modales correctos y buen
comportamiento, mereciendo la medalla de oro al mejor
alumno, a asimismo otra distinción al ganar un campeonato
de fútbol con su equipo. Ya mayor pasó a ser estudiante
del Instituto Nacional Central de Varones, entonces
Instituto Normal de Varones, hasta obtener su diploma de
bachiller. Don Manuel Estrada Cabrera había traído al país
varios educadores, entre ellos los pedagogos belgas León y
Julio Connerot. Nombro al primero director del Instituto,
y al segundo, director de la Escuela Normal de Varones.
El medio guatemalteco de la época era pacato y dominaba la
influencia de la religión católica. Prevalecía la
educación formal y escrupulosa, dándose la prioridad a la
urbanidad y sus tabúes tantas veces mojigatos. La
formación moral era preferentemente dirigida por los
padres dentro del hogar, aunque con poco o ningún diálogo;
mas bien se esperaba mutismo y obediencia absoluta de
parte de los hijos, privando en tal forma la autocracia
paterna. No obstante, en el hogar Valenti-Perrillat, la
madre, de refinada educación y pulcros modales, orientaba
a los hijos dulcemente, enseñándoles pautas en un trato
hogareño, social y estético, pues era dama elegante;
motivos característicos del ambiente europeo de aquélla
familia en cuanto a costumbres y manifestaciones.
Cuando asistía al Colegio Villatoro recibía también clases
de piano con el distinguido maestro Herculano Alvarado[4]
y estudiaba en casa con empeño durante largas horas, mas,
dejaba escuchar sus adelantos únicamente en el círculo
familiar, por que era tímido y no gustaba del elogio
(merecido por sus afanes), ni el pregón actitud derivada
asimismo de su modestia, cualidad que le caracterizó en
toda su vida. Contaba trece años cuando oía los
entusiasmos del hermano mayor, Emilio, por su asistencia,
con otros jóvenes, a la Academia de Bellas Artes, dirigida
por D. Santiago González[5],
escultor y pintor venezolano, contratado por el gobierno
de Estrada Cabrera para decorar el Templo a Minerva, por
lo cual, uno o dos años después abandono el piano y se
inscribió en dicha Academia.
Cabe decir que se aplicó en ella tanto, que el propio D.
Santiago se maravilló de su disposición para el dibujo y
luego, el alumno resulto mejor dibujante que el maestro,
como puede apreciarse en los diseños guardados por la
familia del doctor Manuel Morales, que en vida siempre
estuvo dispuesto a mostrarlos gentilmente. En ellos se
admira gran delicadeza y nitidez de línea. Don Santiago
fue su profesor hasta 1909, cuando se retiró de sus
actividades docentes y falleció, causando en el joven
Valenti un doloroso impacto.
Adolescencia
Bajo la dictadura de Estrada Cabrera, el medio artístico
era inmutable a principios de siglo. No obstante, se
recibían del exterior algunas publicaciones y revistas,
como: Le Mercure, Juan Blas, El Fígaro Literario, Le
Petit Journal Illustré, La Presse Médicale, de
Francia; El Estudio, una publicación bilingüe
–inglés-español- e ilustrada con lo último en bellas artes
y artes plásticas. Naturalmente, fuera de tales
esporádicos contactos con el extranjero, que llegaban bien
atrasados a Guatemala, poco o casi nada era conocido en
cuanto a los movimientos relativos que estaban agitando en
Europa en el mundo de las artes. En ese tiempo, entre 1905
y 1906, cuando el grupo de amigos, alumnos de D. Santiago
González, sensibles al arte y ya con ímpetu hacia un
cambio se encuentran con un señor llamado Jaime Sabartés[6],
venido de Barcelona a trabajar al lado de un tío suyo, D.
Francisco Gual, que no teniendo herederos, pensó que este
joven de veintiocho años podría serle de alguna utilidad,
llevándole al negocio de ultramarinos situado en el
entonces Portal llamado “El Tigre”, sobre la plaza
central.
Vale la pena hacer un paréntesis sobre este personaje. Sus
datos biográficos hechos llegar de Barcelona dicen:
“Jaime Sabartés Gual, nació en 1881 y murió en París en
1968. Era escultor y escritor. Pasa a Llotja (escuela) y
allí aprende con Manuel Fuxá. En aquel tiempo firmaba sus
poemas y prosas con el nombre de Jacobus Sabartés. Algunas
de esas obras fueron musicadas por Narcisa Freixas,
colaboradora a la sazón con “Juventut”, periódico
catalanista que trataba ciencia, arte y literatura. En el
año 1901, expone “Cabezas de Niño”, en la sala Parés.
Asiduo de “Les Quatre Gats” (Los cuatro gatos), bar de
intelectuales de Barcelona y así forma parte de esa
ciudad, y en París del grupo Picasso, que ya conocía desde
1899. Uno de los más grandes propagandistas de la obra
picasiana. En 1904 va a América y se establece en
Guatemala dirigiendo un periódico en Quetzaltenango. En
1935 se instala en París y se reencuentra con Picasso, de
quien fue secretario particular. Publicó en ese mismo año
y en Madrid, “Picasso y su obra”; en 1937 y en la ciudad
de Milán, “Picasso 1937”; en París y en 1946 hace
detallada biografía en “Portraits et souvenirs”. En esos
momentos prepara también otros escritos. Fue un eficaz
enlace entre Picasso y Cataluña. En el años 1953 donó al
Museo de Bellas Artes de Málaga su colección bibliográfica
picasiana con cerca de 400 títulos y más tarde por
indicación del propio Picasso donó la rica colección que
poseía del extinto artista malagueño, en número de 600, al
Ayuntamiento de Barcelona para crear el Museo de Picasso,
inaugurado en el año de 1963”.
[7]
En estos datos no se hace mención de su matrimonio en
Guatemala en 1908 con estimable dama de la sociedad, doña
Rosa Robles, con quien procreó un hijo. Al crecer el niño
dio muestras de retraso mental, lo que ensombreció
grandemente a sus progenitores y aunque le llevaron a
Barcelona en consulta con especialistas, nada pudo hacerse
por él. La madre y el hijo regresaron a Guatemala, donde
éste murió años después, siendo adolescente. Doña Rosa le
sobrevivió hasta mediados de siglo. Y Jaime Sabartés,
instalado en París vivió con su antigua novia catalana
hasta la muerte de ella en 1954.[8]
Así pues, la trayectoria artística de Sabartés era
conocida desde su juventud y nada de extraño tenía que al
llegar a esta tranquila ciudad en 1904 conociera a los
artistas guatemaltecos, ansiosos de nuevos horizontes, los
cuales se agruparon pronto a su derredor; plenos de
inquietudes intelectuales se acercaban a aquella fuente de
conocimientos, por lo que no era raro que le buscasen aún
en horas de trabajo en la trastienda del negocio. Este
maestro les hablaba de la evolución de la pintura y los
nuevos logros; del impresionismo y otros movimientos, como
el del mismo Picasso que entonces empezaba a indagar algo
que luego se llamó Cubismo, ya ensayado por Braque y por
Cézanne. Tales charlas promovían ansias en los jóvenes
estudiantes, y Sabartés se convirtió para ellos en el mago
de un mundo maravilloso, y le buscaban insistentes,
deseosos de hablar de arte y también para pintar.
Siempre lo hacían cautelosamente por el cascarrabias del
tío Gual, dueño del almacén, y además por que cualquier
movimiento fuera de lo común sería visto con desconfianza
por el gobierno presidido por Estrada Cabrera.
No obstante, poco a poco fueron saliendo de la sombra,
digamos, y las tertulias se llevaron a cabo en distintos
sitios, como el Gran Hotel; alguna fonda, o en el Hotel
Unión, del italiano Antonio Marinelli. Creo que debe darse
a Sabartés in memoriam el mérito de haber prendido
en aquellos espíritus inquietos, como el suyo, la chispa
de la renovación plástica, en sus críticas incisivas, en
sus consejos lapidarios e irónicos, que sacudieron con
luces de su intelecto a los talentos adormecidos prontos a
despertar y convertirse en lo que fueron: los
revolucionarios, descubridores de una nueva técnica
artística en el mundo centroamericano.
Cuando Sabartés dispuso viaje a Quetzaltenango hacia el
años 1910, el grupo de artistas –Carlos Wyld Ospina,
Rafael Rodríguez Padilla, Rafael Arévalo Martínez, Rafael
Yela Günther, los hermanos De La Riva y Carlos Mérida, se
reunían en torno a Valenti. Le buscaban especialmente en
su casa, donde las tertulias literarias y artísticas
constituían el tema diario; los pintores trabajaban bajo
su dirección. Podemos decir que los jóvenes guatemaltecos,
habían recibido un legado de arte añoso y caduco, y Carlos
Valenti, impulsado por la orientación de Sabartés, conjugó
su talento creador y su premura por generar aspectos
innovadores en la pintura. El campo experimental se abre
con él, ilimitado; así podemos apreciar en sus cuadros las
diferentes etapas de su busca, de su inconformidad, de su
ansia por asir nuevas formas, luces, colores, y perseguir
diferentes corrientes en las cuales realizarse.
Febrilmente investigaba con lápiz, crayón, acuarela y
óleo, la mejor forma de plasmar la exigencia de la visión.
Lejos de ser embrionario de afortunados tanteos,
rebuscaba, experimentaba, rompía, borraba, sin satisfacer
jamás su anhelo de perfección, razón por la cual se negó a
firmar sus obras, con escasas excepciones.
En un principio sus investigaciones parece inclinarlo al
impresionismo, del cual eran innovadores Sisley, Monet,
Cézanne, Renoir, etcétera, aún desconocidos en el medio
guatemalteco. Puede ser que en alguna revista española
enviada a Sabartés haya conocido pintura del catalán
Eliseo Mainfrén, amigo de éste; artista que ama la vida al
aire libre y la plasma en sus lienzos, muy cerca del
impresionismo. Ello desde luego, en suposición, pues nada
nos lo confirma, salvo la forma análoga de pintar.
Breves años de actividad.
Físicamente, como puede apreciarse en el retrato expuesto
en el Museo de Bellas Artes de la ciudad de Guatemala
–obsequiado por Carlos Mérida, sesenta años después-
Valenti era un hombre hermoso. Rafael Arévalo Martinez le
llamaba “El Príncipe de la Casa de Orange”, referencia a
un poema de Manuel Machado. Cabello castaño claro, un
tanto largo; ojos soñadores; labios bien trenzados.
Educado; grata personalidad; pulcro en el vestir de oscuro
casimir; corbatines de seda leve, y fieltro flexible en el
sobrero de ancha ala. Introvertido, silencioso y
ocasionalmente huraño, quizás por algún trauma psíquico,
que muchas veces le inducía a refugiarse en el
aislamiento. Mi madre recuerda – aun vive sus noventa años
bien llevados, y fue su cuñada- que ella solía visitar a
los suegros en su casa de habitación, hogar del propio
Carlos, y ocasionalmente le encontraba recostado en el
sofá[9] de la
sala, leyendo, o meditando cerca del caballete, como le
vemos en una de sus fotografías. Siempre educado, se
levanta a saludarla. Luego doña Helena, su madre, con suma
prudencia tomaba a la joven nuera del brazo y la conducía
amablemente al corredor, donde le recibía la visita,
sentadas en cómodas sillas de mimbre, a fin de no
interferir en las lecturas, o cavilaciones del hijo
querido, o molestarle en sus estados depresivos.
Naturalmente, Valenti gozaba de ratos humorísticos,
propios de sus años, como lo demuestra este episodio: en
ese tiempo vivían los Valenti en la 9ª Calle entre 8ª y 9ª
Avenidas de la actual zona 1, donde hoy se encuentra uno
de los almacenes Paíz. Todo el frente de la casa era
utilizado como local del famoso cine Valenti, contando con
el primer patio cubierto, y la parte de atrás convertida
en un acogedor hogar amueblado lujosamente por doña
Helena. Un día llegaron las jóvenes cuñadas de Carlos,
Inés y Aída Doninelli, a visitar a la madre de éste. La
primera toda pizpireta, sombrero alado de cimbreante paja
de Italia, vestida de falda vaporosa, que descubría al
caminar botines de fina cabritilla gris. El artista se
encontraba frente al caballete pintando en el patio,
cuando Inés, llegada recientemente de Milán, y que aún no
manejaba bien el español, muy coqueta e insinuante le
preguntó: -¿Qué cosa está facendo Carlo? –Acércate y
veras, le respondió. Y cuando la chica estuvo a su
alcance, le apretó en la nariz un pomo de pintura azul,
riéndose a carcajadas de verla embadurnada y oírla
exclamar: -¡Uh, qui bárbaro¡.
Valenti frecuentaba a esta chica y a su grupo y sabía reír
y bromear con cada una de ellas, pues, como era natural,
él y sus amigos no sólo trabajaban en la plástica, sino se
divertían y salían de juerga. Era sobrio en la bebida;
mientras los otros se daban a la borrachera, Carlos los
acompañaba divertido; mas como detestaba la vulgaridad,
seleccionaba discretamente sus aventuras y las guardaba en
reserva. Su desapego a tales desórdenes se pueden
interpretar como entrega plena al arte con el cual estaba
obsesionado, según lo expresa en carta de 24 de diciembre
de 1910 a Agustín Iriarte, que a la sazón se hallaba en
Roma, dice así: “...porque hay entre nosotros algunos
que tienen la verdadera fe –el arte- al cual hay que
sacrificarse pasando sobre todo, rendirle culto como a una
divinidad, privarse de todo por él; vivir sólo para la
obra; depositar en el lienzo la vida entera, todo nuestro
amor; pasar al cuadro todo lo que no puede explicarse;
vivir en él y volcar allí nuestro ser, todas las más
santas emociones que experimenta el corazón del artista”;
o como lo expresa Stefan Swing: “para el verdadero
poeta cualquier pasión que no sea la de crear, soñar, es
una aberración”.
Inclinación amorosa la tenía por la pelirroja Inés
Doninelli, sentimiento jamás expresado, pero visible en
más de un detalle –la pintó en un óleo, recostada en un
campo de ilusiones, mecidas por la brisa. Dicho cuadro fue
sustraído del corredor de la casa Doninelli hacía uno de
los años de la década del 30. Carlos Mérida bastante
prendado de ella también, extrovertido y bullanguero, le
decía en público: “Inés te amo. Eres una lindura; te
adoro”. En aquellos años de 1908 o 1909, Blanca
Valenti, hermana mayor de Carlos Valenti y de notoria
belleza, convivía con el magnate exportador de café
Federico von Gerlach, que profundamente enamorado de ella,
esperaba obtener el divorcio de su esposa alemana, para
casarse con aquélla.[10]
Nacido en una cuna noble, era hombre de buen gusto y
elegancia; acostumbrado a vivir regiamente, su mansión
hallaba situada en Los Arcos –nombre que aún se conserva
en la zona de la ciudad, ya completamente urbanizada, hoy
con el número 14; era tan grande que lindaba con la actual
20 Calle, de la zona 10; fraccionada después para
lotificación y parte vendida hoy al Club Universitario.
Todo ese vasto terreno era de su propiedad, e ir a
visitarlos constituía no sólo una deferencia, sino
disponer de todo un día, por la distancia y el difícil
medio de transporte, salvo si el invitado llegaba en un
carruaje de los de la Casa Schumann; o era recogido por
uno de los “landos” de los anfitriones. Algunas veces
iban hacía allá a pie los muchachos pintores, y recuerda
Mérida cómo los atendía la hermana de Carlos. Les servía
excelentes salchichas alemanas, así como buena cerveza
importada. Ellos aprovechaban llevar sus útiles para
dibujo o pintura, y copiaban las muchas bellezas
circundantes. En las caballerizas relinchaban los caballos
de raza importados de Perú y otros lugares, y a Valenti le
servían de modelo; en las enormes pajareras, colocadas al
centro de gramales extensos había pájaros de mil colores y
formas; venados domesticados corrían majestuosos entre el
encinar vecino (esto es parte ahora de la colonia “El
Campo”); Valenti les tomaba de modelos; también flores,
jarrones, estatuillas dispersas por los jardines. Cuando
declinaba el sol entraban en la residencia; ocasionalmente
subían al segundo piso, donde se hallaba el salón de
billar y practicaban un poco; otras veces descasaban en la
sala de fumar. Agradable olor de fino tabaco impregnaba el
ambiente y no sabían por qué decidirse: si esbeltos y
fuertes cigarrillos ingleses de las mejores mezclas y
brillantes boquillas, o por los habanos alineados en
morenas cajas de leve madera, macizos por su calidad de
oscura hoja bien madurada –que alhajados de anillos
rojo-dorados pregonaban su linaje. Los jóvenes tomaban uno
a fin de aspirar su aroma, moviéndolo de un lado a otro,
cerca del olfato, como vieran hacer al simpático D.
Federico. Se les ofrecían asimismo a la vista botes de
tabaco picado, cuya mezcla con miel daba tan exquisito
sabor al humo de la pipa; aunque al final, ninguna
tentación de fumar conmovía a Valenti, pues en reciente
visita había fumado dos o tres cigarrillos, que le
ocasionaron cierto malestar pocas veces sufrido. No sólo
fue un mareo profundo, sino un oscurecerse la vista,
perdió el equilibrio, y se vio obligado a sentarse en la
butaca más próxima, en la que pasó largos minutos
aletargado, con fuerte taquicardia, antes de reponerse de
tan desagradable efecto.
Como siempre, hacia las siete de la noche, al aviso del
cochero, los dos muchachos se dirigían al carruaje
dispuesto bajo el pórtico de la mansión para conducirlos
de regreso a la ciudad en recorrido por el entonces
Boulevard La Reforma, hoy Avenida, cubierto de frondas y
decorado con estatuas de mármol de tipo clásico, que
fueron desapareciendo, sin localizar su paradero.
Consultado el médico por doña Helena sobre la reacción al
cigarrillo en el organismo de su hijo, volvió a insistir
en “su diabetes” y en los estragos de la nicotina en la
circulación (lo que hoy se llamaría alergia a la misma).
Al parecer, durante los tiernos años de la primera década
del siglo se gestaba en él un gran anhelo de llegar a la
cumbre. Era como un volcán pronto a estallar en
explosiones internas, ya vibrante; ora irritado, luego
expansivo en gradual engendro creativo. Unos tras otros
salían los cuadros de sus manos con trazos decididos,
estudiados, captados por ese maravilloso don de la
percepción del artista. Vehemente en la continuidad de
plasmar multiplicidad de paisajes y figuras como si fuesen
pequeños escalones ascendentes hacía la perfección y el
triunfo, por que huía de la mediocridad; no deseaba ser
uno más, sino dejar una obra de proporciones universales
en los altos cánones de la estética. Pero también sufría
de angustias, depresiones y cierta misantropía apuntaba en
su temperamento atormentado por esa constante inquietud de
su espíritu y una salud precaria. Era entonces cuando sus
trazos manuales se identificaban con monstruos, fenómenos,
seres contrahechos o miserables; cuadros que hoy han dado
campo a algún crítico de arte para comparar la obra
esperpéntica de José Luis Cuevas con la de Valenti. La
mayoría de esos cuadros existen en la colección dejada por
el doctor Manuel Morales.
Por su delicada constitución, los médicos Sagrini y
Morales, le habían atendido desde su infancia, pero el
síntoma más desagradable en él era la disminución visual
que le atormentaba y aparecía cuando menos lo esperaba.
Los galenos diagnosticaron diabetes, lo cual le deprimía
mucho ocasionándole estados de inercia y de pesimismo. Le
recetaban dietas y medicamentos inocuos a los cuales se
sometió pacientemente, deseoso de curarse cuanto antes,
pues deseaba marchar a París a continuar sus estudios de
arte y lograr presentarse en la exposición de pintura a
realizarse allá en 1915. ¡Esa era la meta soñada¡ Traer a
la patria un galardón y darle renombre en Europa. Por
desgracia, su dolencia cedía temporalmente, mas no le
abandonaba de un todo; pese a ello continuó con sus
prácticas pictóricas hasta principios del año 1912.
Doliente intervalo.
A principios de 1911, dedicado enteramente al arte, le
encontramos instalado, en compañía de su madre, en una
casa (que todavía existe) situada en el llamado Callejón
de Dolores, hoy 9ª Calle “A” 3-61, zona 1, donde habitaban
desde algún tiempo solos, por el regreso de su padre a
Italia debido al fracaso, tanto de la barbería como del
cine. Aún se daban algunas funciones en otro local llamado
Cine Olimpia y según rezan los anuncios publicitarios en
el Diario de Centro América, su regente era Emilio
Valenti (hermano mayor de Carlos). Me cuenta el licenciado
Ernesto Viteri que en ese entonces él asistía a dicho
cine, donde era mudo, cuando los soldados disparaban,
había detrás del telón un empleado encargado de tocar
tambor, a fin de hacer más realista la película.
El dolor se hacía presente en la vida de Valenti causado
por la gravedad de la salud de su madre, cuya enfermedad
incurable avanzaba hacia la agonía. Por su estado
debilísimo no podía levantarse de la cama y este hijo
amado se pasaba tiernamente las horas cerca de ella.
Cuando moribunda abría los ojos y le reconocía, sólo le
estrechaba las manos, con las que él acariciaba las suyas
y apenas murmuraba “mi pequeño bebé...” como si preguntase
cuál sería su destino al faltar ella.
Infortunadamente el 25 de febrero de 1911 dejó de existir
la bondadosa dama. No se encuentran palabras para expresar
el dolor mudo y desgarrante de aquel joven, cuyo ánimo
destrozado se reflejaba en todo su ser mustio y deprimido.
El mausoleo de los Doninelli nuevamente se abrió para
darle cristiana sepultura.
Sus hermanos, Blanca y Emilio, le ofrecieron hospitalidad,
pues su situación económica no le permitía conservar el
hogar paterno para él solo. Reiterado pesar le ocasionaba
el desbaratarlo, por haberlo compartido con el ser más
amado en su vida, y aceptó la invitación del hermano y su
esposa Anita Doninelli, por quedar la casa de ellos más
céntrica, en le 9ª Avenida y 12 Calle (más o menos) y
hacia ella se trasladó bastante consternado.
Además del dormitorio, le cedieron otra habitación grande
en el segundo patio, destinado a taller de pintura, donde
el grupo de amigos artistas reanudarían sus sesiones hasta
nueva disposición del guía.
Esta casa de estilo colonial está plasmada en la pintura
“Patio” y en la cual Mérida recuerda con nostalgia
las diabluras cometidas, cuando de pronto se
descarrilaban. Como no tenían dinero para pagar modelos,
se servían de amigos, parientes y pordioseros sucios y
desarrapados que pasaban pidiendo limosna. Estos últimos a
cambio de una taza de café caliente y un inflado mollete,
sentaban sé quietos ante los artistas. Uno de los
resultados es el cuadro en mi poder, llamado “El Viejo
o El Anciano”. Existe en la colección Morales un
ingenuo desnudo de niña bañándose frente a un balde con
agua. Era la pequeña hermana de su cuñada, llamada Marina.
Además de trabajar en el taller, a veces, entraban
botellitas de licor, bebían, cantaban y bromeaban. En un
atardecer, Carlos Wyld Ospina y Alberto Aguilar Chacón,
sintiéndose alondras subieron al techo de tejas, del cual
resbalaron y cayeron en una pila, con la consiguiente
algazara de los muchachos. Al hermano no le gustaban tales
desórdenes, por lo que indignado les reprendió y les echó
a la calle de malas maneras. De temperamento sensible, los
exabruptos violentos de Emilio irritaban a Carlos, tanto
por la descortesía a sus amigos, como por la molestia
ocasionada a los anfitriones, pero no había más remedio
que soportar, por lo cual había escrito a su padre, a
Roma, exponiéndole el deseo de trasladarse a su lado. La
respuesta fue evasiva, pues le sugería esperar hasta que
él, por su parte, formalizara ciertos contratos de trabajo
pendientes en laboratorios de productos de belleza.
Así transcurrían los días. El pesar de Carlos Valenti por
su luto interno estaba presente, no obstante los esfuerzos
de sus compañeros para alegrarle. Es más, el dolor se
ahondaba ante la indiferencia y dificultades con la
familia, pese a que –por lo reservado- jamás se confió a
los amigos. Le faltaba sentir el calor de un hogar hasta
poco antes disfrutado, así como de la ternura de quien ya
no podía sustituir con ningún otro ser.
Así fue como algunos meses después, a finales de 1911, su
hermana Blanca y el propio D. Federico Gerlach, le
convencieron de trasladarse a “Los Arcos”, donde estuvo
unos meses más, precursores de tan deseado viaje a Europa.
No obstante el temor generalizado a los viajes marítimos,
por el reciente hundimiento del famoso “Titanic” –en el
cual viajaban cientos de pasajeros, entre ellos el
millonario Alfredo Vanderbilt y Benjamín Guggenheim, el
famoso coleccionista de obras de arte, y uno de los
señores Castillo de Guatemala. Valenti descartó peligros y
continuó preparándose para la travesía.
Por otra parte, el medio guatemalteco permanecía inerte en
cuanto a cambios fundamentales en la estructura política y
reinaba el temor y lo estático, salvo algunos cambios en
el campo pedagógico, pues se había dotado a centros de
enseñanza media y escuelas primarias de modernos equipos;
mas, en cuanto al arte, apneas sise contaba con dos o tres
de ellas, una dirigida por el maestro Ernesto Bravo. Otro
acontecimiento progresista de la época fue la fundación de
la Academia de Aviación, organizada por el aviador Luis E.
Ferro, que había pedido unidades, poderosas entonces, de
la clase “Blériot”, las cuales operarían en el Campo de
Marte.
En relación al viaje de Carlos Valenti, no se sabe cómo lo
financió: si su madre había dejado algo para él (la señora
poseía muy buenas alhajas); o si la hermana proporcionó
los medios; sin embargo, en cierto momento comunicó a su
hermano Emilio y cuñada, y a Mérida, su determinación de
partir en fecha próxima y exhortó a este último a
acompañarle.
No le faltó entusiasmo al camarada, pero carecía de
recursos para seguirlo, pues ingresos eran precarios: solo
ganaba unos cuantos pesos dando clases de pintura a
algunas señoritas de sociedad. Sintióse desanimado al
pensar en perder al generoso amigo, animador de todo el
grupo, y quedo alicaído. Por una coincidencia, llegó el
padre de Mérida, don Serapio Santiago Mérida, en uno de
esos días de su ciudad quezalteca a visitar al hijo,
casualidad aprovechada por Valenti para exponerle y
sugerirle la inminencia de una travesía, oportunidad única
para el desarrollo intelectual y artístico del hijo. Larga
y paciente charla logró convencer al señor Santiago, tal
era su apellido, a que costease, aunque fuera con mucho
sacrificio el viaje a Europa y sus estudios. A Valenti,
Blanca, su hermana, le había prometido –un tanto insegura-
enviarle, por su parte, una pensión mensual, pese a la
costumbre de su adinerado compañero de hogar, de
autorizarla a pedir a crédito cualquier capricho de compra
en los mejores almacenes y tiendas de moda, pues
sabiéndola manirrota, le daba en efectivo únicamente para
“sus dulces”. Esa posición de completa dependencia a su
hermana humillaba la dignidad del joven artista,
causándole mella y cierta inseguridad en el futuro. Alta
cifra de cien dólares por persona era el precio del
pasaje, cantidad difícil de reunir. Pero, la resolución
estaba ya tomada... Lo único pendiente, para Valenti, era
despedirse de Inés Doninelli y declararle su amor nunca
confesado y restringido a fuerza de voluntad, antagónico a
su idea de entrega absoluta y única al arte.
Sorpresa intensa causó en la graciosa muchacha la
inesperada confesión, que ni siguiera requería una
respuesta de reciprocidad. Se dejó besar la mano en un
romántico y emocionado adiós y lo vio partir plena de
confusión. Moría también dentro de él ese reprimido y
platónico amor.
Euforia pasajera
He ahí a los artistas inquietos en Puerto Barrios,
embarcándose en el buque “Odembalt”[11],
carguero con capacidad para doce o quince pasajeros
únicamente. El grupo de amigos inseparables los había
acompañado hasta allá, llevando guitarras y botellas,
embargados de tristeza y alegría a la vez.
Recomendaciones, cantos, abrazos y bromas, convencidos de
que comenzaba a desintegrarse la peña de compañeros en la
plástica guatemalteca, todavía en agraz. Era el 20 del
bello mes de mayo de 1912 y los jóvenes emprendían esa
maravillosa aventura apenas creíble en aquellos lejanos
tiempos. El barco –lenta ballena fumante- costeó hasta
Panamá y luego deslizándose sobre las agua del Caribe fue
haciendo altos en las islas de San Thomas, Guadalupe,
Trinidad, etcétera, hasta tomar el largo trecho entre
verdes turquesas de días ondulantes y brisas caprichosas.
Numerosas auroras y crepúsculos marcaban las jornadas de
viaje, y paulatinamente Valenti sentíase convalecer
estimulado por el ámbito marino, paliativo de abscónditos
traumas y sufrimientos por la incomprensión del medio, y
en especial por el reciente pesar de la madre
desaparecida; de conflictos sentimentales y situaciones
familiares poco gratas dejados atrás. Absorto ante la
inmensidad, aprendía gamas luminosas dentro del manso o
encabrió lado azul desplegadas ante el mirar intenso de y
captativo. Dibujaba bocetos de la propia nave, marineros,
jarcias, chimeneas, y de las islas, alejándose en su
dimensión visual. Fueron más de treinta días de travesía,
plenos de impresiones nuevas y remozamiento, hasta su
arribo por el canal de La Mancha al puerto de Le Havre, en
Francia.
Ámbito artístico que encontraron a su llegada.
Los movimientos revolucionarios pictóricos que habían
empezado a mediados del siglo XIX, ya se habían extendido
por Europa, dándose a conocer por medio de exposiciones en
galerías e intercambio de arte, especialmente francés, que
Valenti conocía en parte dada su formación intelectual.
Salones y galerías cautelosos a las innovaciones modernas
eran visitados por los dos artistas en la Ciudad Luz.
Entre éstas se encontraban también en Londres la Galería
Tate, inaugurada 1897; su mecenas, Sir H. Tate,
comerciante en azúcar, decidió un año más tarde anexarle
ocho salones más y vestíbulos para escultura. En Alemania,
la Kunstakademie. En París mismo el famoso Salón
Charpentier, donde tanto estímulo dieron sus propietarios
a Renoir, Degas, Sisley; la Galería Vollard, patrocinadora
de Cézanne, Van Gogh, Matisse, Picasso y otros muchos,
como Seurat, Monet (el iniciador del impresionismo),
Gauguin y Toulouse-Lautrec. Además, su curiosidad se
proyectaba al “Art Nouveau” de tendencia decorativa y
ampulosa línea; surgido a principios del siglo XX les
parecía bastante artificial, en variedad de colores, con
un despliegue de sinuosos y abundantes dibujos. Empero, no
llegó a saber que Holder (austriaco) y Kleint, eran ya
representativos valiosos y que cuando este movimiento
llegó a América hispana se le conoció como “modernismo”.
Se puede decir que de Francia irradió el movimiento
impresionista, de los “fauves” y muchas de las tendencias
innovadoras. Entre los “fauves” (fieras) coloristas
feroces; nombre derivado de la expresión despectiva del
crítico de arte Louis Vauxelles, descollaron pintores como
Gauguin, Matisse, Vlaminck, Roault, Van Dongen, Marquet y
otros, que pintaron cuadros en los cuales la superficie de
colores puros choca brillantemente entre sí, sirviendo el
blanco para impactar la composición.
Como se sabe, los primeros impresionistas con sus técnicas
fecundas encontraron discípulos en diversos países de
Europa: Lieberman, Slevogth y Vogel, en Alemania; Breitner,
Gabriel y hermanos Maris, en los Paises Bajos; Steer y
Sockert, en Gran Bretaña. Surgen otros movimientos como el
expresionismo, cuyo germen nació en Alemania, cuando en
1905 se funda un grupo de artistas llamado “El Puente” (Brücke).
Sus iniciadores fueron Kichner, Heckel y Schmit-Rotluff, a
los que se unieron Pecjsterin y Otto Müeller. Todos eran
jóvenes impetuosos, palpitantes, plenos de amor a la vida
y querían empezar “desde el principio”, como quién dice
“borrón y cuenta nueva” con la pintura, tomando la pauta
de “el lema es la vuelta a lo primitivo” a lo elemental, a
lo auténtico, y en esta forma fueron influidos por algunos
elementos de la plástica negra y arte primitivo del
Pacífico, lo que ya había sido descubierto por Gauguin.
Nolde es uno de ellos y así escribe en sus memorias:
“...queremos colores con su vida propia, que lloren y rían
ensueño y dicha, ardientes y sagrados, como canciones
amorosas y erotismo, como cánticos, magníficos corales”.
Pero lo principal es la aspiración de expresar el
sentimiento producido en el hombre, algo más allá de la
línea y el color, sobre la sociedad circundante, y los
problemas del ser. Ellos quieren unir el arte académico
con una nueva creación de lo emotivo, que da por resultado
el “expresionismo”. En tanto el entusiasmo causado por los
anhelos y metas de los jóvenes pintores, a los que se les
unen muchos más y en perfecta armonía trabajan con sentido
colectivo hasta llegado el año 1910. Pero en 1907 o 1908
nacía en París el cubismo, hallazgo de Picasso enraizado
en Cézanne, que secundado por Juan Gris (íntimo amigo),
Braue, Léger y otros, fueron exploradores interesados. De
tales movimientos, poco o nada se sabía en regiones
centroamericanas, salvo la comunicación directa que
tuviera Sabartés con Picasso –supónese- o por que, como
expongo al principio, circulaban en Guatemala algunas
revistas y publicaciones venidas del exterior, bastante
retrasadas por las lentas vías de comunicación. En 1909
el pintor italiano Marinetti había firmado en Le Figaro
Litteraire, un manifiesto futurista, poético y a la
vez rebelde y político, en franca oposición a los valores
establecido, apuntando a nuevas proclamas en el arte. “Los
elementos esenciales de la poesía –dice- tienen que ser el
valor, el reto y la rebelión”. “Queremos destruir los
museos, las bibliotecas; pelear contra el moralismo, el
feminismo y todos los oportunistas y utilitarias vilezas”,
y sigue una serie de conceptos más, que dan origen al
movimiento futurista, del cual fue gran admirador Giovanni
Papini y a la vez propagandista al analizarlo en su
revista “Bacerba”. En un artículo titulado “El día
y la noche”, Papini compendia “los remanentes del hombre
primario original a cinco especimenes: el salvaje, el
niño, el delincuente, el loco y el genio, como los únicos
que aún conservan la verdadera percepción, la auténtica
intuición y la originalidad, valores que el hombre tiene
el deber de recuperar. El futurismo ha hecho reír a la
gente, gritar y escupir. Veamos si les puede hacer
pensar”.
Antes de que Picasso descubriese el cubismo era catalogado
como “expresionista”, movimiento al que está íntimamente
ligado Valenti, según podemos confirmar en la mayor parte
de sus últimos cuadros y apuntes. Dice el crítico Jean
Laude en su libro sobre Picasso, que: “el expresionismo
sustituye la búsqueda de la belleza por la de la verdad;
es en este sentido como la deforma” . Precursores de
tal movimiento expresionista fueron Van Gogh, Munich,
Kokoska, etc. Tal sucedió con Valenti dos o tres años más
tarde: a veces ridiculiza; otras da emotividad dramática o
un halo, una expresión que caracteriza a la persona
retratada; o el humor del propio artista cuando pintaba.
Como él mismo escribió en una carta en 1911:
[12] “...al
pintar se vuelca al lienzo la propia vida y sentimientos”.
Habla del artista a través del color oscuro de sus
sufrimientos; grises, sus dudas o temores; imparten luz en
segundos de entusiasmo, según le dicte la atmósfera
espiritual y la necesidad interna que le empuja a
expresarse y que se tona en efecto psicológico producido
en cierta vibración anímica receptiva al color y a
determinadas formas; por que, aunque quisiera copiar con
la exactitud del sujeto u objeto, no puede hacerlo con la
exactitud de una cámara fotográfica; no puede sustraerse a
involucrarlo en su estilo, expresión en la forma, como sus
ojos le miran y su pincel lo plasma. Si observamos los
paisajes de Carlos Valenti, comprobaremos que casi ninguno
es abierto en horizontes ni en profundidad. En casi todos
surge el obstáculo central de un árbol, un grupo de ellos,
o la reja de troncos esbeltos a través de los cuales se
divisa espacio, luz, o montaña; lo que nos hace pensar en
los laberintos psíquicos del artista, ansioso de amplitud;
de premuras refrenadas, sea por el ambiente hostil
circundante; por educación reprimida, o por un deseo
subyacente de destruir en algún momento esas barreras que
aprisionaban su alma fecunda, amante de libertades y de
grandeza estética, que se estrellaba con un medio nefasto,
receloso a mutaciones e incursiones novedosas.
Valenti, un visionario
Valenti
era considerado “un visionario dentro de su fecunda
condición de artista”, dedicado apasionadamente a su
quehacer artístico; a plasmar en el lienzo lo que el ojo
captaba, pleno de luminosidad algunas veces; vibrante de
color otras, tonos suaves y grises; la mayor parte
sombríos, oscuros, inquietantes. Al crear daba lo mejor de
sí mismo: alma, poesía, todo su sentimiento, por que
odiaba la mediocridad. Algunos de sus paisajes aún
demuestran plenamente lo señalado, y a los setenta años de
distancia, guardan todavía sus brillantes colores y
belleza. Así me lo hizo notar Carlos Mérida, cuando un día
de 1978 me mostraba algunos de ellos, conservados por él
con devoción y que representan los Llanos de Gerona y el
Potrero de Corona, pintados en los pocos años de su
creación en Guatemala, comprendida entre 1908 y 1912.
“Tu tío –me dijo- no era hombre normal en el sentido de su
genialidad. Nos dejaba a todos sorprendidos con sus
teorías y observaciones, mientras pintábamos. Hablaba lo
necesario y sin jactancia sobre sus conceptos estéticos y
apreciaciones, que compartía con nosotros. Una
demostración más de la gran generosidad que le
caracterizaba en diferentes aspectos de la vida, y como
era natural, le adornábamos y tomábamos sus palabras como
savia nutricia, originadora de nuevas formas y rumbos a
nuestras inquietudes”.
Carlos Valenti era auténtico en su pensamiento. Al decir
de Carlos Rendón Barnoya –en uno de sus escritos- cuando
algún amigo le llamaba la atención sobre los cánones del
academismo pictórico prevaleciente, su respuesta era
serena, pero justiciera para su labor: “No discutamos –decía-
así lo siento yo y así lo pinto”. Como quien
respondiera “¿De que valen las teorías si estoy creando
una obra estética? ¿Cuál la necesidad de la palabra ante
la realidad expresiva y la audacia de la innovación? Así
como era de modesto, era orgulloso en otros aspectos:
prefería el silencio que no da razones ni exige disculpas
cuando alguna vez se hablara controversialmente de su
persona e ideas.
La obra dejada en Guatemala –en la colección de las
familias Garavito, Morales, Valenti, Doninelli y otras,
evidencian su genio. Pinta lo que ve (cualquier cosa o
persona que abarque su campo visual), observándolo desde
su soledad angustiada. Se entusiasma por los colores
lóbregos, azules, verdes, tierras tenebrosas en contraste
con u cielo celeste, transparente, nublando, cremoso. Le
agrada el azul; ultramar oscuro es el color del ensueño
con que subraya sus personajes. Los reflejos de luz se
fijan en su empasto borroso con colores de cal o ladrillo.
Pareciera que en cada tela quisiera trascender al
descubrir algo nuevo; algo de sí mismo; la conquista de un
sueño, o el éxtasis de auto liberación. Lastima grande que
lo realizado en el poco tiempo que estudió en París
(aproximadamente cinco meses) y los bosquejos hechos
durante la travesía marítima fuese recogido por las
autoridades y luego entregado a un emisario de su padre.
Carlos Valenti Sorié, que a la sazón se encontraba en
Roma, desconociéndose el paradero de su obra, hasta la
fecha. Por lo demás, continúa siendo la figura cumbre de
principios de siglo en la plástica guatemalteca.
Pero, volvamos a nuestros viajeros...
Los dos artista pisaron tierra firme eufóricos, contentos
de saberse ya en suelo francés, en la desembocadura del
río Sena, no lejos de la Ciudad Luz. Valenti volvió a oír
el suave idioma materno, escuchando desde siempre de sus
labios, y nuevamente ducho en la lengua gala, que hablaba
a la perfección, se constituyó en el amigo guía de Mérida.
Se dirigieron a la estación a fin de adquirir boletos
ferroviarios, y como no había trámites de migración, ni
aduanas, tomaron el tren ya dispuesto –entre resoplidos y
campanazos- a conducirlos a lo largo de sesenta y tres
kilómetros hacia París, llegando a la gran estación del
Norte. Los dos provincianos transportados desde la
minúscula república centroamericana “du Guatemala”,
como dicen los franceses, apenas si llevaban en la mano
una valija cada uno, aunque su equipaje de sueños era
voluminoso. Una vez en la calle quedaron absortos,
sorprendidos, aturdidos ante el París acariciado en
conversaciones lejanas, que se les abría estupendo,
soberbio, aplastante. Pensaron pronto en el amigo al que
iban buscando, Ricardo Castillo, estudiante de música, con
quien los unían lazos de amistad y ahora recomendaciones
de los propios padres radicados en Xelajú. Con gran
camaradería los recibió Ricardo, alojándolos temporalmente
en pequeña buhardilla. Impacientes empezaron en su
compañía a visitar aquel fantástico mundo. Conocieron, por
medio de él, anfitrión ocasional, a jóvenes de ambos
sexos, latinos y franceses, del medio inquieto del arte y
al final de algunas jornadas encontraron lugar
habitacional de la 32 Rue des Fossés, Saint Bernard,
Paris [13],
vecino al de otros estudiantes de pinturas, como el
mexicano Roberto Montemayor y Tito Leguizamón, argentino;
el primero habría de ser después uno de los grandes de su
país; así como muchos chilenos, argentinos y de otros
países latinoamericanos.
Esa vivienda-estudio constaba de una amplia habitación
dividida en la parte alta, por lo que hoy se llama
“mezanine”. Valenti habitaba el cubículo bajo donde se
encontraba el lecho, y Mérida se instaló en la parte
superior. Los cincuenta dólares mensuales enviados a cada
uno de ellos por las respectivas familias, les alcanzaban
para compartir gastos de renta y lo esencial de su
sencillo transcurrir. Escribe Carlos a Agustín Iriarte,
que se hallaba en Italia, la siguiente carta:
París 20 de Junio de 1912.
Sr. Dn. Agustín Iriarte. Roma, Italia.
Estimado amigo:
Por fin ya puedo decirte que me encuentro en París
habiendo llegado a esta el 15 del presente mes, en
compañía de mi amigo Carlos Mérida, también estudiante de
pintura, compatriota nuestro.
Por encargo de tu apreciable hermano Pancho, te remito las
presentes cartas y fotografías. Por tu casa todos están
perfectamente de salud; tuve el gusto de verlos la víspera
de mi salida de Guatemala y puedes estar tranquilo por lo
que a ellos toca.
No se si te gustaría venir a París, pues aquí se puede
encontrar un campo más grande de estudio y conocimientos.
Así, pues, te convendría mucho venir y para mí sería muy
grato el que nos viéramos después de tanto tiempo de
separación.
Debes de tratar de conseguir de pensión unos 350 francos,
pues así se hace mucho más, contando también con que yo
creo que es más cara la vida en Roma.
Te recomiendo no digas a mi papá que me encuentro aquí
porque ya le escribiré, pero cuando hayan pasado algunos
meses, porque quiero que me encuentre entregado a mis
estudios.
No puedo extenderme como yo lo desearía por estar bastante
ocupado en arreglarme, etcétera.
Espero me contestes. Mi dirección es 32 Rue des Fossés-Saint
Bernard. Paris.
Recibe un abrazo de Carlos Mauricio.
En esta misiva se comprueba la renuencia de hacer
partícipe a su padre de la determinación tomada de viajar
al Viejo Continente para proseguir estudios de pintura.
Con discreción propia de su carácter y maneras, quería
comunicarle de su estadía en París, cuando decididamente
hubiese alcanzado algún logro.
Era la época de Clemanceau, presidente del Consejo, que en
esos momentos fundaba en París el Diario Le Suffrage
Universel. Se daban como acontecimientos importantes
las dificultades de Marrakech y la evacuación de las
tropas francesas. Aumentaba la agitación en Mogador.
Valenti leía y oía noticias y se involucraba en el nuevo
medio, pleno de su libertad y atmósfera bohemia. Viva
impresión le causó su primera visita a Montmartre y
conocer los sitios de reunión, o residencias de los que,
como Renoir, Utrillo, Toulouse-Lautrec, Dégas y otros,
habían sido los primeros en descubrir tan bello lugar. A
veces les veía desplazarse modestos y entrados en años,
admirándolos de lejos respetuosamente, como a pintores ya
logrados.
Fecundas experiencias
Los amigos le orientaron en cuanto a la escuela a la cual
ellos asistían, dirigida por Cornelius Van Dongen, que se
había alineado con los fauvistas de principios de siglo,
siguiendo la línea expresionista, que hasta el año de 1920
habría de llegar a la fama, dentro de su propio estilo:
cierto patrón de figuras alargadas. Dongen entonces hacía
partícipes a sus alumnos de la libertad cromática y
expresiva y continuaba nuevos experimentos en el
desenvolvimiento artístico. En ese tiempo, Valenti conoció
a Braque, a Juan Gris, Léger, Matisse, Diego Rivera y al
italiano Modigliani, dedicado más que todo a la escultura;
así como a Piet Mondrian –holandés- fundador del
movimiento estético y de la revista De Styl.
En 1910, entre la infinidad de buscas, surge Vasily
Kandinsky con sus cuadros de lo abstracto, en franco
antagonismo con las ideas de Gustavo Voubert, y expone “La
representación gráfica es un estado de animo y No la
representación de objetos”. Prevalecía también el
simbolismo, cuyos representantes eran Gauguin, ante todo,
Pubis de Chavanne, Bernar, Gustave Moreau, hablándose
asimismo de la tendencia onírica. En es misma época,
Kandinsky termina De lo espiritual en el arte, una
serie de notas a lo largo de diez años, publicadas en 1912
y que produce un impacto de gran efecto en el medio
artístico. Ya entonces en Alemania se había formado el
grupo El Caballero Azul, vanguardia en el arte, y
al cual pertenecía Kandinsky. En la primera exposición de
este grupo ya presenta dos cuadros abstractos, entre los
exhibidos por Derain, Le Fresnije, Paul Klee, Braque,
Picasso.
Valenti tuvo oportunidad de leer esas teorías y
observancias poéticas sobre la pintura, estando de acuerdo
con la mayor parte de ellas y pareciéndole original la
similitud que el autor encontraba entre el color y la
música; ideas que el compositor Shoenberg aplica a una
composición musical que tituló Sonido Amarillo (así
lo comenta en carta a su hermano Emilio). Se recordará que
el propio Valenti había estudiado piano en su infancia,
siendo alumno brillante; lo cual le sirvió en este caso
para aprehender con mayor interés las especulaciones de
Shoenberg.
Invadido por oleadas innovadoras palpables, Valenti
encauzó su apasionado ritmo ante el caballete, y muy
pronto se acopló –adaptabilidad propia de la juventud- al
frenético ambiente artístico, pleno de conceptos
antitéticos que representaban variedad de corrientes en
las que trataban de unirse algunos artistas a fin de
hallar un arte relativo a las inquietudes de su tiempo. Se
sentía identificado con el ambiente conocido desde su
infancia por las narraciones añorantes de su madre, y le
parecía que su presencia le acompañaba por doquier.
Una carta de Sabartés le presentó a Picasso, que se
hallaba instalado en el Bateau-Savoir, Rue Ravignan, en
una casucha bastante destartalada, donde docenas de
lienzos colocados por todos lados, daban fe de la
incansable busca pictórica de aquel bohemio; pero
conociendo Valenti, él mismo, de esa pasión, no lo
sorprendió tanto afán. Mérida recuerda, a propósito, que
hablaron largamente sobre el amigo Sabartés, y Picasso
mostró curiosidad por saber algo relativo al medio
guatemalteco y de los grupos étnicos. No se sabe si la
amistad continuó, aunque el grupo de maestros y alumnos se
reunía casi diariamente en el Bar Boulier, en el cual la
tertulia se prolongaba hasta avanzadas horas de la noche.
Allí llegaba también Piet Mondrian, acerca del cual algo
se ha dicho.
En misiva de Valenti a Blanca, su hermana, le habla
también de su “impasse” al verse frente al Museo de Louvre,
antigua residencia de los reyes de Francia, donde le dice,
pasa algunas veces cierto tiempo visitando sus
interminables salas de amplios ambientes, cargadas de obra
de arte pictórico y escultórico, recolectadas en todo el
mundo. Manifiesta en dicha carta sentir nuevas molestias
visuales, por lo que temía un renovado ataque diabético,
obligándole a consultar a especialista francés,
recomendado por uno de los amigos. Con su acostumbrada
reserva no habló de su cita médica a los compañeros y a
costa del sacrificio de su escasa asignación, acudió al
facultativo. Infortunadamente se desconocían entonces las
bondades de la insulina obtenida hasta en 1922 por los
doctores Banting y Best, y su médico no pudo recetarle más
que descanso absoluto y abandono inmediato de la
pintura a fin de evitar el más mínimo esfuerzo
visual.
Prematuro ocaso de una vida que pudo haber sido genial
Los amigos observaron que pasados los primeros meses de
entusiasmo, Valenti empezaba a decaer físicamente, a
apagarse y enflaquecer. Mérida, en especial, tan dado a
ala diversión propia de los bohemios de esa época,
comprobó en el colega clara indiferencia a la fiesta;
estados emocionales de irritabilidad y depresión. Sus
trabajos ante el caballete despedían a veces tonalidades
sucias, resultado de retinas dañadas, que actualmente se
diagnostican como trastornos del sistema vegetativo y
funcional. Mas, a principios de siglo ¿qué podría hacer
Mérida, tan joven y poco sagaz al hacer algunas tímidas
observaciones sobre su estado de nerviosismo?, que sabría
del infierno de dolor y abatimiento por el que pasaba su
amigo?[14]
Este sólo respondía: “Me siento defraudado en mis
propósitos; frustra el hecho de comprobar día a día la
disminución de mi campo visual...”. En otros desahogos
expresaba: “Cuando veo retrospectivamente me convenzo
de haber perdido el tiempo; de no haber llegado a
realizarme en todo lo que podía dar a causa de mi precaria
salud, la ingrata diabetes que no me abandona; del medio
árido de nuestra patria y de mis sentimientos de hijo
apegado a su madre...” –“Pero acá puedes consultar a los
mejores oculistas”- respondía Mérida, en aparente
olvido de sus escasas posibilidades económicas.
¿Qué estaba sucediendo en su delicado espíritu, cuya
capacidad emotiva ninguno conoció a fondo?. Sólo él lo
sabía. Sin embargo sus compañeros comprobaban su
quebrantamiento, pues empezó a bajar de tono en el
trabajo; no quería ya asistir al estudio ni a las
tertulias; ensimismamientos y silencios se prolongaban. A
veces le animaban a retornar a su inquietud artística,
como ellos continuaban haciéndolo; pero su espíritu no
reaccionaba, parecía aniquilado, pues sólo él sabía del
tempestuoso y avasallador impulso que trizaría el más
elemental instinto de conservación, obsesionado por el
diagnóstico del oculista, que requerido en segunda
consulta por él mismo a darle franca opinión sobre su mal,
había pronosticado ceguera absoluta, si no dejaba de
forzar la vista, cuando menos durante dieciocho meses.
Mérida nada supo al respecto por la conocida introversión
de Valenti, pero me cuanta: “Esa mañana estábamos
trabajando en la escuela todos reunidos, cuando me percaté
de su ausencia al no verle frente a su caballete, ante el
cual se había sentado una hora antes. No obstante, seguí
pintando, sin recelo, por que había amanecido
aparentemente tranquilo. Mas, sucede que yo desde joven
tengo presentimientos: me ocurre muy a menudo sentir
reacciones extrañas en el plexo solar cuando algo va a
sobrevenir, e impulsado por estos fenómenos, salí de clase
y rápidamente me dirigí a casa. Llegué y tembloroso abrí
la puerta, dándome cuenta de que la cortina de su cubículo
estaba corrida. Su sombrero sobre el caballete, como solía
dejarlo siempre que regresábamos de la calle. Se acentuó
mi duda, ansia e incertidumbre, y me acerqué a indagar y a
abrir la cortina esperanzado de poder aliviarlo en alguna
súbita enfermedad, pero desgraciadamente ¡había llegado
demasiado tarde! Horrorizado comprobé al verle tendido en
la cama con un revólver en la mano, que se había disparado
al corazón. ¿Cuándo adquirió el arma? No puedo imaginarlo,
pues nunca vi semejante adminículo en su poder. Presumo
salió a comprarla esa misma mañana al dejar el estudio.
Estaba inmóvil y una serena expresión invadía ahora su
hermoso rostro. Cuando llegaron las autoridades y amigos,
verificaron su muerte causada por dos disparos en el
pecho...”. “Puedes imaginarte la congoja –continúa-
avisé desesperado a Roberto Montenegro y Tito Leguizamón,
que a su vez llamaron a otros amigos
[15] y nos
ocupamos de enterrarlo previo permiso de la autoridad.
Esta tomó posesión del estudio; de los contratos de la
casa firmados por él, de manera que el estado cerró el
taller y a mí me pusieron preso dos o tres días , hasta
comprobar mi inocencia. Una tragedia horrible como para
que yo hubiese tomado el mismo camino” –prosigue
Mérida, quien reconoce a Valenti una superioridad tan
elevada sobre sus compañeros, que sólo la hace comparable
a los grandes- Le enterramos en el cementerio de
Montparnasse una lluviosa y fría mañana del día 2 ó 3 de
noviembre de 1912. Íbamos adelante del carro fúnebre
cuatro o cinco amigos, hasta dejarlo en una tumba que no
volví a visitar. Desde nuestro arribo a la soñada urbe
habría transcurrido tan sólo cinco meses”.
Hasta aquí su relato sobre aquel tempestuoso y trágico
fin.
Así terminó la vida de Carlos Mauricio Valenti, otro
artista atormentado, cuyo genio desbordó los límites
impuestos por la naturaleza debilitada desde la infancia
por la enfermedad. Sucumbió ante la evidencia del fracaso
al no haber tenido tiempo para encontrar su propio camino.
Su punzante inquietud se resistió a la actividad; a frenar
el trabajo creativo; a negarle a sus ojos ávidos de luz el
despliegue del arco iris en busca de soluciones al
problema tridimensional de espacio, tiempo y corporeidad.
Se rindió al golpe asestado a la urgencia apasionada de
cabalgar en el Pegaso de su genialidad, que
interponiéndose en su carrera hacia el triunfo, le dejó
inmerso en el sueño de la eternidad...
Notas:
[1] El general José María
Reyna Barrios, que en el gobierno de su tío, el general
Justo Rufino Barrios, tuvo oportunidad de viajar a
Europa y los Estados Unidos. Hombre de sensibilidad,
buen gusto y ciertas inquietudes intelectuales, inicia
un período de intenso intercambio con el mundo, con
motivo de la Exposición Centroamericana. Hace de la
Avenida La Reforma, entonces Boulevard “30 de Junio”,
una modesta réplica de Champs Elisées, remodela el
Teatro Colón y promueve la afluencia de compañías
operáticas italianas; de teatro y zarzuela; contrata
pintores, escultores, y arquitectos; recibe bien a los
poetas que se acercan a su círculo; patrocina
publicaciones de diversa índole.
[2] Todavía hoy (1980)
existen algunos de esos sillones de la ex-barbería
Valenti en una peluquería situada en la 5ª Calle y 3ª
Avenida de la zona 1. Por cierto, parece que son de
fabricación norteamericana; hechos, según consta en los
mismos, en 1878. Fueron seis los importados, así como
los grandes tremoles, de los cuales luce uno en la casa
de la familia Bran Azmitia, pues D. Juan Francisco Bran
–padre de Rigoberto de los mismos apellidos-, que a la
vez era hijo de D. Gregorio Bran, propietario del
entonces llamado “Potrero de los baños de los padres”,
fue émulo de Carlos Valenti Sorié, y aprendió a
barbero-peluquero desde los dieciocho años en aquel
centro de estética masculina.
[3] Aún existe la casa de
altos donde funcionó este colegio, situado en la 10ª
Calle y 12 Avenida, esquina frente a la basílica de
Santo Domingo.
[4] Famoso pianista y
compositor –1873 a 1921-, nacido en la ciudad de
Totonicapán. Uno de los mejores alumnos del
Conservatorio Nacional de Música; enviado en goce de una
beca otorgada por el gobierno del general José María
Reyna Barrios a Italia, donde fue alumno de los maestros
Nicola D’Arienzo y de Beniamino Cesi. Después de ocho
años de arduos estudios y riguroso examen, obtuvo el
título de pianista del Conservatorio de Nápoles.
Director del Conservatorio Nacional de cual fue alumno.
Actuó como solista en el Teatro Colón, en Estados Unidos
y en Europa.
[5] Santiago González, escultor venezolano.
Llegó a Guatemala, según algunas personas, a fines del
siglo pasado. Alumno de Rodin. Conoció a D. Antonio
Doninelli cuando éste –muy joven, acompaño a su padre a
la ciudad de París, provenientes de Milán. Especialista
en fundición escultórica, este último, es llamado por
Rodin. Desde entonces nace la amistad entre D. Santiago
y el joven Doninelli. Cuando González llega a Guatemala,
Doninelli estaba instalado y le invita como huésped a su
casa. A solicitud de González le cede una habitación
dentro del propio taller de escultura, donde vivió
durante algunos años hasta que se le declaró la
tuberculosis pulmonar y se separó de la casa alrededor
de 1908. En el ínterin imparte clases en su propia
Escuela de Bellas Artes y poco tiempo después falleció
–3 de octubre de 1909- y es inhumado en el panteón de
los Doninelli. Tengo a la vista el certificado de
defunción de este artista. Es interesante recordar que
entre las maquetas y moldes que existían en el taller
Doninelli había un Rosetón –motivo decorativo- del Arco
del Triunfo de París, que a la muerte de Antonio
Doninelli fue solicitado por Rafael Yela Günther a la
viuda, y ésta gustosamente se lo obsequió.
[6] Originario de la Ciudad Condal.
Bautizado en la catedral de dicha ciudad (Barcelona) con
los nombres de Jaime Ernesto Luis, el 16 de junio de
1880. Hijo legítimo de C. Francisco Sabartés, maestro de
primera enseñanza, natural de Oliana, y de doña María
Gual, originaria de la capital de Cataluña. En Guatemala
casó con doña Rosa Robles Corzo en enero de 1908. (Datos
obtenidos por gentileza de Edgar Aparicio y Aparicio,
Marqués de Vistabella).
[7] Datos enviados
gentilmente por el señor Cónsul General de Guatemala en
Barcelona D. Francisco Soriano Delgado.
[8] Datos proporcionados por D. Joaquín
Robles Klee, que en 1935 viajó a París y visito a
Sabartés, pues era sobrino de doña Rosita y don Jaime le
veía con simpatía.
[9] Este sofá de medallones
era parte de los muebles traídos por doña Helena de
Valenti desde Francia; aún se encuentran muy bien
conservado en el seno de la familia Llarena Doninelli,
así como dos sillones de medallón.
[10] El
matrimonio Gerlach-Valenti se efectuó dos años más tarde
en 1914, cuando iba a nacer el hijo primogénito
Federico, que falleció en Caracas, Venezuela en 1968.
[11]
“Odembalt” después de la primer guerra mundial fue
entregado a los ingleses como compensación de gastos.
Comprado más tarde por la HAPAG (Hamburg American Line),
estuvo en servicio hasta 1936.
[12] En esta
misma carta le afirma su devoción al arte, cuando le
dice así mismo: “!Ah, que felicidad para un mortal
ser artista¡ ¡Ah, Yo no se qué daría por serlo¡ Daría
todo, todo. Bienaventurado sean los que tienen fe,
porque sólo ellos conocen la verdadera felicidad”. Y
mas adelante, refiriéndose a su madre exclama: “...se
encuentra grave, me siento muy solo, no sé como. Sólo
Dios puede juzgarme, vivo como un mueble, animalmente,
por el dolor creo que el espíritu se ha evaporado de mi
cuerpo, que no tengo alma, soy un mísero animal
viviente...”.
[13] Durante
mi estadía en París (1979) busqué en unión de Jorge
Arturo Taracena A. Amigo que conoce perfectamente la
ciudad, el número 32 de la Rue de Fossés, Saint Bernard,
y aunque el edificio existe todavía, reconstruido
después de la primera Guerra Mundial, el portero no
podía ser el mismo el mismo para informarnos
naturalmente.
[14] En carta
de doña Blanca Valenti v. de Gerlach, escrita a la
autora desde caracas en 1969, recuerda que a los tres
meses de estar su hermano Carlos en París le escribió
angustiado que por falta de visibilidad ocasionalmente
se perdía en las calles cuando salía solo, por lo cual
debía de recurrir a algún transeúnte amable, o policia,
en busca de orientación, o salir salir siempre
acompañado de sus condiscípulos.
[15] El
artista Rafael Rodríguez Padilla relató a su hijo
Jacobo, también artista, que hallándose en un café
cercano, en compañía del maestro Ricardo Castillo,
aquella mañana de noviembre, pasó Carlos Mérida
corriendo y agitado, con voz quebrada por el llanto y
los sollozos les dijo: “Valenti se ha matado”
Patético anuncio que circuló muy pronto entre compañeros
de estudio y amigos.
Origen Documento:
Valenti, Walda. “Carlos Valenti: aproximación a una
Biografía”. Serviprensa Centroamericana, 1983.