LITERATURA DOMINICANA

 

MARÍA UGARTE

LA PASIÓN DE UNA PERIODISTA DOMINICO ESPAÑOLA

LUIS BEIRO

 

 

 

 

 

 

María Ugarte
El periodismo atrae mucho:
es un vicio...



En entrevista exclusiva para A Primera Plana doña María Ugarte monologa sobre cómo y en qué condiciones ejerció el periodismo en el país, así como parte de su historia de inmigrante. Actualmente, con 87 años de edad, escribe libros y lee intensamente todo material de interés que cae en sus manos.

Por Luis Beiro

Yo conocí a Rafael Herrera casi a mi llegada al país, en 1940. Trabajaba entonces con Julio Ortega Frier, una personalidad muy destacada. Cuando yo lo conocí era Rector de la Universidad. Fue quien reactivó ese alto centro de estudios. Al llegar los exiliados españoles, se integraron a la docencia en la Facultad de Filosofía y Letras que había sido creada, pero no puesta en marcha. Yo trabaja específicamente en tareas de investigación histórica y después de haber pasado una temporada en Sosúa dando clases de español, vine a Santo Domingo a trabajar en la colección del Centenario de la República.

Entonces en Interior y Policía estaba Peña Batlle y me nombró en una comisión para trabajar con él. Yo recuerdo siempre muy interesante aquella comisión. Estaba formada por los más notables intelectuales del país. Se publicaron 19 volúmenes en 1944, y seguí trabajando dando clases y en el Archivo General de La Nación.

En esa época. Rafael Herrera era allí uno de los empleados, y como yo tenía conocimientos de organización de Archivos y Bibliotecas ya que había estudiado esa carrera en España, me propusieron que diera clases sobre esa materia, y Rafael Herrera fue mi alumno que se sentaba en primera fila porque tenía las piernas tan largas que era en esa posición donde podía estirarlas, no en segunda ni en tercera. Nos conocimos y fuimos muy buenos amigos.

Después comencé a trabajar en Relaciones Exteriores para hacer la colección Trujillo, que es una colección de documentos históricos de la República, así como algunas antologías muy buenas de literatura en prosa y verso. Tenía a mi cargo la organización del archivo y la parte de publicaciones. Ahí estuve hasta que el que era mi esposo entonces tuvo un problema político y renuncié.

Estuve varios meses dando clases particulares. Poco después salió El Caribe y nombraron a Rafael Herrera como Jefe de Redacción y de Director a aquel señor norteamericano que renovó el periodismo dominicano: Stanley Ross. Un día me encuentro con mi antiguo alumno, ahora jefe de Redacción de El Caribe, y me invita a trabajar con él.

Crímenes en los barrios

Mis estudios en España fueron de Filosofía y Letras, pero de periodismo nada. Tampoco había en las universidades españolas de entonces cursos de periodismo. Yo antes había colaborado en el Boletín del Archivo General de La Nación con artículos históricos, y en el periódico La Nación en su muy conocida página "Cívica", donde publicaban también muchos de los españoles exiliados y firmas extranjeras.

Al entrar en El Caribe y presentarme a Stanley Ross, éste me preguntó qué experiencia tenía yo, a lo que le dije que era colaborada de La Nación y había publicado varios artículos en revistas y era especializada en historia. Y entonces él me dice que el simple colaborador no puede decir jamás que es periodista. Los colaboradores no son periodistas. Entonces me ponen a prueba, pero en un trabajo muy fuerte: ir a cubrir crímenes en los barrios altos de Santo Domingo. Yo lo hice porque necesitaba trabajar y lo hice.

No fui ni con carro ni con fotógrafo, pues en esa época el periodista trabajaba con más dificultad que hoy. Tuve que pagar mi carrito de concho para ir a cubrir la noticia.

Entonces había un solo fotógrafo para todo el periódico. Era muy limitado el personal entonces. Estábamos en la calle El Conde número 1.

La primera y la única mujer reportera

Después de ponerme varias pruebas fuertes, el señor Ross entendió que yo tenía condiciones y me dejó. Yo entré como reportera. Era la primera mujer que entraba en la redacción de un periódico como reportera. En aquella sala enorme de la redacción de El Caribe todos eran hombres. Las otras mujeres que trabajaban allí era en áreas administrativas. Yo traté de demostrar que las mujeres podíamos hacer lo mismo que los hombres. Fue el 14 de abril de 1948.

No me sentí rara, sino con el interés de no quedar mal. Yo quería demostrar que las mujeres estaban capacitadas para cualquier cosa. Yo no estaba preparada en periodismo, pero sí en historia. Siempre digo que la historia y el periodismo tienen algo en común. Cuando los periodistas somos historiadores somos más cuidadosos en investigar los antecedentes que el periodista que no tiene esa preparación. El periodismo gana mucho si la persona que trabaja con él es historiador.

La mayoría de mis compañeros eran muy colaboradores. Siempre había algún que otro machista que decía "¿qué hace una mujer aquí?" , pero eran los menos.

Antes del año Rafael Herrera sale de la jefatura de Redacción del Caribe por razones políticas y pusieron como director a Anselmo Paulino, uno de los hombres de Trujillo, y me hicieron algunas preguntas un poco desagradables, como que si prefería la anterior dirección a ésta... pero como mi respuesta sólo mostró un interés profesional, continué en mi puesto.

Entró el doctor Ornes como jefe de redacción y nos entendimos muy bien, me nombró su ayudante, lo que quería decir que cuando él no estaba yo tenía que asumir bastantes

Responsabilidades. Entonces me dieron para que yo llenara, diariamente, la llamada página escolar. Eso me daba la oportunidad de ofrecer colaboraciones a los muchachos de bachillerato. Me iba a todas las escuelas a buscar colaboraciones y la trabajé con un interés extraordinario. Llevé a colaborar allí a un grupo de muchachos que formaban entonces la llamada Generación del 48: Lupo Hernández Rueda, Abelardo Vicioso, Víctor Villegas, Máximo Avilés Blonda, Rafael Varela Benítez y otros. Después ellos pasaban a la página literaria. Avilés Blonda fue mi gran ayuda.

Así estuve hasta 1950 en que me casé y me alejé del periodismo hasta la muerte de mi esposo en 1966. Ornes fue a darme el pésame y entonces él me preguntó que si yo quería volver. Volví a El Caribe en calidad de directora del suplemento. Cuando yo lo cogí el suplemento era el depósito de todos los sobrantes del periódico y yo lo transformé. Pero nunca dejé de trabajar en el periódico diario, tanto en temas culturales como arquitectónicos, como en campañas.

Era de Trujillo

Cuando ocurre el desembarco de Maimón y Estero Hondo fueron días muy tristes para mí porque sentí la muerte de tantos revolucionarios. Fui personalmente con Ornes a ver los cadáveres, pues él creía que entre los muertos estaba su hermano, y su hermano no había muerto. Y todas aquellas tensiones eran muy fuertes porque no era fácil hacer periodismo en la era de Trujillo, cualquier desliz, un elogio a un enemigo de Trujillo, ya era un problema.

Decirle a alguien Don aquí es sólo para las personas mayores, y a mí me decían doña siendo joven y hasta se tuteaba a las trabajadoras de la casa. Eso me gustaba mucho: 50 años atrás, yo era joven, pero todos me llamaban Doña María. Ornes, hasta antes de morir me llamaba así. Era una forma de ser respetada. Eso me gustaba mucho. Yo nunca le di confianza a nadie. Nadie me llamó nunca por mi nombre a secas. Me sentí muy apoyada por todos. Yo llegué muy natural, sin estridencias de ninguna clase. Y no me vieron ni como mujer, ni como española, sino como una compañera más, haciendo mi trabajo y respetando el de los otros; y si podía ayudar, ayudaba.

Salarialmente ganaba lo mismo que los hombres. En aquel momento el salario no era muy alto. Pero al ascenderme a ayudante de Ornes, me aumentaron y ganaba más que los hombres. Por eso no puedo decir que me haya sentido discriminada jamás. Me daban los trabajos interesantes del periódico, es decir, no me dejaban lo que nadie quería y las sociales. Los hombres jóvenes hacían las sociales.

Ya cuando volví en 1966, había varias mujeres periodistas y recuerdo que un compañero me dijo: "Nunca pensé ver mujeres periodistas y sucede que las mujeres son mejores que los hombres".

Remembranzas

Yo vine a República Dominicana como refugiada, porque no tenía para donde ir. Estaba casada entonces con Constant Brusiloff, un ruso que venía también exiliado de España. Yo vine con mi pequeña hija Carmenchu.

Tuve la mala suerte de llegar después de todos los españoles. Por eso todos los trabajos que podía realizar ya estaban cubiertos. Imagínese a mil personas de golpe en un país pequeño como éste. Cogieron a un grupo y nos enviaron a diferentes puntos. Nos enviaban a unos campos, yo viví cuatro o cinco meses en la colonia Medina, pero pude salir adelante gracias a la gran generosidad del dominicano.

La familia Piantini me acogió en su propia casa mientras mi esposo se quedaba en Sosúa. Y ellos fueron los que me contactaron con Julio Ortega Frier. Por eso fue que decidí quedarme y no partí a otros países como lo hicieron muchos de mis compatriotas. Había una tiranía tremenda, es cierto, pero la seguridad que encontraba entre las gentes me hizo quedarme; eso compensaba. Me sentía muy bien con los dominicanos. Yo no hacía vida con la colonia española, sino con los dominicanos. El dominicano, sin ser rico, ayuda a los demás.

El periódico atrae mucho. Es un vicio y se aguantan muchísimas cosas. Es de las profesiones más difíciles. Mientras una lo ejerce, no puede tener siquiera un plan de vida privada, pero produce una gran satisfacción.


Luis Beiro es Subeditor de Listín Diario, destacado columnista, premio Canoabo 2000, escritor y poeta. Miembro del Consejo Periodístico Asesor de A Primera Plana.


Investigar y crear: armas para comunicar

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ESCRITORES DOMINICANOS

 

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POESÍA DOMINICANA

 

franklin mieses burgos

CANCIÓN DE LA VOZ FLORECIDA

 

 

 

 

 

La poesía del dominicano Franklin Mieses Burgos sobresale en el ámbito de la poesía hispanoamericana por las sutilezas de su musicalidad, la rica profundidad de sus imágenes y la identificación plena entre los mundos físico y espiritual, que coinciden y se transubstancian creando hilos finísimos, vasos comunicantes que conducen a una eclosión etérea y al mismo tiempo apasionada. Esa conjunción abre espacios, sin embargo, para innumeras posibilidades expresivas. El asombro del poeta de ojos ardientes se pasea sobre su propia voz, que personifica y transforma en árbol o en llanto o en canción. Franklin Mieses Burgos es uno de los poetas más sólidos y conmovedores de toda la poética latinoamericana.

 

Fernando Ureña Rib


 

 

 

CANCIÓN DE LA VOZ FLORECIDA

Yo sembraré mi voz en la carne del viento
para que nazca un árbol de canciones;
después me iré soñando músicas inaudibles
por los ojos sin párpados del llanto.

Colgada sobre el cielo dolido de la tarde
habrá una pena blanca, que no será la luna.

Será una fruta alta, recién amanecida,
una fruta redonda de palabras
sonoras, como un canto:

maravilla sonámbula de un árbol
crecido de canciones, semilla estremecida
en la carne florecida del viento:
-mi voz.




ESTA CANCIÓN ESTABA TIRADA POR EL SUELO

Esta canción estaba tirada por el suelo,
como una hoja muerta, sin palabras;
la hallaron unos hombres que luego me la dieron
porque tuvieron miedo de aprender a cantarla.

Yo entonces ignoraba que también las canciones,
como las hojas muertas caían de los árboles;
no sabia que la luna se enredaba en las ramas
náufragas que sueñan bajo el cristal del agua,
ni que comían los peces pedacitos de estrellas
en el silencio de las noches claras.

Yo entonces ignoraba muchas cosas iguales
que eran todas posibles en la tierra del viento,
en donde la leyenda no es una hierba mala
crecida en sus riberas, sino un árbol de voces
con las cuales dialogan las sombras y las piedras.

Yo entonces ignoraba muchas cosas iguales
cuando aún no era mía
esta canción que estaba tirada por el suelo,
como una hoja muerta, sin palabras;
pero ahora ya sé de las formas distintas
que preceden al ojo de la carne que mira,
y hasta puedo decir por qué caen de rodillas,
en las ojeras largas que circundan la noche,
las diluidas sombras de los pájaros.




 

Franklin Mieses Burgos

 

 

Franklin Mieses Burgos
(1907 – 1976)



Nació y murió en la ciudad de Santo Domingo. Autor de una breve e intensa producción poética. Resalta por su exactitud a la técnica, su profundo lirismo y conceptos filosóficos de tinte existencial. Mieses Brugos fue uno de los iniciadores del movimiento literario de su país llamado "Poesía Sorprendida". Se determina por el acendrado Surrealismo y por su posición antidictatorial, en este caso, contra el gobierno del dictador Rafael Trujillo. Otros poetas que formaron parte de este grupo otros autores como Freddy Gastón Arce, Aída Cartagena y Gilberto Hernández Ortega, entre otros.

Fue, con el crítico y poeta chileno Alberto Baeza Flores y los poetas dominicanos Mariano Lebrón Saviñón y Freddy Gatón Arce, uno de los fundadores de La Poesía Sorprendida (1943-1947). Como anunció Alberto Baeza Flores en el primer número de la revista, “No sabemos si la poesía nos sorprende con su deslumbrante destino, si nosotros la sorprendemos a ella en su silenciosa y verdadera hermosura”. Ya en la contracubierta, se anuncia “estamos por una poesía nacional nutrida en lo universal, única forma de ser propia; con lo clásico de ayer, de hoy y de mañana; con la creación sin límites, sin fronteras y permanente; y con el mundo misterioso del hombre, universal, secreto, solitario e íntimo, creador siempre”. Así, por las páginas de la revista, pasaron Jules Supervielle, Paul Eluard, Robert Desnos, Pierre Reverdy, André Gide, Paul Claudel, James Joyce, George Santayana... para sólo mencionar los autores que aparecieron en los primeros tres números.

        Mieses Burgos fue, también, director ejecutivo del Instituto Dominicano de Cultura Hispánica y dirigió su revista, Hispaniola. Codirigió también la colección "La Isla Necesaria", la cual editó varios volúmenes de autores dominicanos.

        La poesía de Franklin Mieses Burgos, está caracterizada por un profundo lirismo: a veces existencial, otras veces política... y casi siempre surrealista. Su producción poética podía dividirse en tres categorías: la hermética, donde se manifiesta la influencia surrealista; la que sigue modelos clásicos (los sonetos); y la de temas populares. La primera, creemos, contiene quizás sus mejores poemas.
 

Podemos citar, entre sus múltiples obras poéticas, cronológicamente, las siguientes: Torre de voces (1929 –1936), Trópico íntimo (1930 –1946), Propiedad del recuerdo (1940 – 1942), Clima de eternidad (1944), 12 sonetos y una canción a la rosa (1945 – 1947), Seis cantos para una sola muerte (1947 – 1948), El ángel destruido (1950 –1952) y Al oído de Dios (1954 – 1960). Aquí presentamos un florilegio entresacado de varios de estos libros.

En cuanto a su poesía resumir algunas de las características que se encuentran en su poesía. Escribe al estilo tradicional con la misma facilidad con que escribe de acuerdo a la vena modernista y posmodernista. Al lado de una poesía sumamente elaborada y difícil encontramos poesía de formato popular, extremadamente musical y fácil. Puede seguir los moldes métricos de los antiguos como incurrir en los del momento vanguardista, etc.

Pero lo más admirable es que, bien escriba de una u otra manera, siempre se muestra auténtico en sus metros y temas. Emplea a veces metáforas sorprendentes, hasta llegar a lo audaz. Se nota con frecuencia mucho colorido sensual como substrato de lo onírico y psíquico y surrealista. Pero sobre todo ello, sobresale su apego al trópico: el sol, la vegetación exuberante y el mar. El mar es la marca común de casi todos los poetas isleños

Las nuevas formas de poesía tendrían en Franklin Mieses Burgos (1907-1976) a su figura puente. Mieses, autor de Sin mundo ya y herido por el cielo (1944), Clima de eternidad (1947) o Presencia de los días (1949), se caracterizó por su musicalidad lírica. Más sensual e imaginativo, casi lorquiano, fue Rafael Américo Henríquez (1899-1969), quien dirigió la revista La poesía sorprendida, editada de 1943 a 1947 y en torno a la cual se integraron importantes personalidades literarias dominicanas; además, escribió Rosa de tierra (1944).
 

 


LITERATURA

ANTONIO FERNÁNDEZ SPENCER

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LITERATURA

 

 

 

 

Ureña Rib has seen his work exhibited around the World and holds a prominent position on the Art scene in his own country, but he admits to be particularly drawn to Montreal, which he visits annually. Renting a studio in the downtown Belgo Building, he immerses himself enthusiastically in the creative and diverse atmosphere of Montreal producing here his works.

FERNANDO URENA RIB

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Revisado: January 01, 1901
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