Los elementos compositivos propios de la abstracción se
regodean con aspectos oníricos y simbólicos en la obra de la pintora
argentina Nana Tolosa. Parece como si entráramos de pronto a un
claustro medieval y descubriéramos en sus muros enmohecidos los
rastros, las inscripciones y las plegarias secretas de monjes
olvidados. Y parece, por tanto, como si el tiempo también hubiera
trabajado las imágenes de esta artista contemporánea y les
hubiera otorgado esa calidad táctil de la erosión ,de la corrosión que
se apodera de la superficie y hace que reflexionemos hondamente ante
las imágenes propuestas.
De manera simultánea, Nana Tolosa fragmenta y une visualmente sus
espacios pictóricos. Esa unidad y fragmentación nos enfrenta a dos
niveles de percepción. Uno primario, en el que sus pinturas nos dejan
experimentar las texturas, los grumos y el limo reseco que se adhiere
a esos muros y que invitan a tocar con la yema de los dedos esas
aparentes asperezas que son trabajadas, sin embargo, con unción
ritual.
Pero el segundo nivel de percepción nos lleva más lejos y más hondo
en esa aventura tejida de tiempo que es el arte. Lo importante
no es ya la materia, calcinada o devorada por la mano sabia de la
artista, sino ese espíritu inenarrable y puro que se eleva y
trasciende los ismos y las modas, y que nos acerca a un mundo de
creación pura, de deleite creativo, más bien; en el que es posible
adentrarnos tanto como queramos, y soñar.
Entonces las distancias, los antípodas, los mapas, los catálogos,
las bibliografías o las críticas sobran, están demás, porque la obra
misma canta su canción silente y atrapa la mirada y la envuelve y hace
que se nos escape el alma a parajes remotos y al mismo tiempo
cercanos, que guardamos en algún lugar desconocido, de aquí dentro,
muy dentro.