La obra de Enrique Tábara (Guayaquil, 193O)
es, sin duda, una de las más eminentes de la pintura americana
sigloventina y, por mérito propio, invaluable aporte a las artes
visuales del mundo.
Creo que seguirá siendo aforístico el que la expresión 'gran arte'
quede reservada para el arte metafísico, es decir, para ese arte cuyas
realizaciones (creaciones) visibles revelan la realidad subyacente. Y
ésta es la lectura (la única) que puede darse a la obra de Tábara. Es
así mismo inapelable el que toda representación que no es precisamente
autotrascendente, todo cuanto se difumina en meros trabajos
decorativos, todo ejercicio que se inclina servil siempre sólo a
complacer los sentidos, no puede llegar más allá de destrezas técnicas
vaciadas de contenidos filosóficos. Y esto ocurre siempre que la
estética se ha divorciado de los conceptos metafísicos.
En la vasta obra de Enrique Tábara, jamás sucede este fenómeno, ni
siquiera en sus tramos iniciantes, cuando con pasión intensa pinta
personajes marginales (prostitutas, sobre todo). 'Tendencia al
grotesco' ve en este período uno de sus críticos. Tal vez, en unas
pocas piezas, pero, de ser así, ¿disminuye la frescura (consistencia y
ternura) de las mismas? En este período inaugural hay la anunciación
de un extraordinario creador, pues las figuras que la conforman
(recuérdese sus antológicas La solterona, 1951, Mujer arreglándose el
cabello, 1952, Niños carboneros, 1952 o Retrato de Pichuza, 1950, por
citar unas pocas) exhalan ya una poética adensada de lucidez y
profundidad que serán, entre otras, constantes de la obra de este
artista. ¿Influencias del realismo social? Muy posible. Pero este
ciclo de Tábara no tiene que pedir favor a los de los maestros de ese
entonces; pienso, es más, que la obra inscrita en esta etapa no ha
sido suficientemente valorada. Tábara es un pintor hecho desde sus
inicios, y este valor lo poseen pocos. Desde sus primeros trabajos
hallamos en él motivos muy bien definidos (ideas matrices), y éstos
resueltos a través de cualidades abstractas: movimiento, fuerza
interior, armonía en los trazos o desplazamientos, imágenes
figurativistas las de Tábara, que acceden a la excelencia plástica.
Como quiera que fuese, Tábara apenas alcanzó a aprobar los estudios
primarios, pues lo suyo, desde siempre, fue la pintura. Así lo asumió
él mismo toda la vida. Si en 1945 concluyó la escuela, en 1946 ingresó
en Bellas Artes. En la hora de las gratitudes, Tábara nombra
invariablemente a Hans Michaelson y a Luis Martínez Serrano como los
dos maestros que en este tiempo lo marcaron profundamente, los dos
pintores, pero antes que nada maestros, en esa connotación noble y
proverbial de enseñar, con amor y sin reticencias, todo lo que se
sabe. Y en el horizonte más remoto de la sangre de Tábara ardiente,
apasionada, tumultuosa bulle el recuerdo de su madre, pues fue el
aliento más vivo y fresco que tuvo para perseverar en el duro, ímprobo
oficio de pintor. Entre búsquedas, hallazgos y consagraciones
inaugurales
Carlos A. Aerán 'culpa' el paso de Tábara a la neofiguración por el
acercamiento con César Andrade Faini. No coincido con opinión de tan
ilustre crítico. Tábara es un buscador consuetudinario, él está
condenado a buscar, nunca a hallar; es decir, pertenece a esa raza de
artistas que no se represa en tal o cual cantera, sino que va siempre
en pos del arte y, sabido es que éste (¿como el amor, la verdad, la
libertad, la paz?) apenas se lo encuentra, se escapa de las manos de
su hacedor. Sin embargo, hay un hilo conductor sabio y misterioso
que hilvana toda su ingente producción. El abstracto mágico-mítico,
que es otra de las vertientes de su obra, aparece en este ciclo de su
vida, en forma, si se quiere, insinuativa, pero ya está instalada en
el mundo de su creación.
Por 1955 viaja becado a España y es en este país que empiezan a
reconocer sus dones excepcionales. Juicios críticos de Moreno Galván,
Teixidor, Crilot o Círice, convienen en que Tábara es una revelación
como artista. Hallan en él a un creador cuajado precozmente y no una
'promesa' como se habla de los más. ¿Por qué en nuestro medio no se
dio la resonancia que merecían estos primeros pasos consagratorios del
pintor, así como poco o nada trascendió su estupendo Premio
Internacional de Pintura Abstracta en 196O, convocado por Georges
Kaspers y la promoción que de él obtuvo logrando éxitos sucesivos en
Europa? Prefiero creer que fue por el peso del realismo social me
refiero a su ominoso dogmatismo y por la indiferencia en nuestro país
a las expresiones culturales, mas no a mezquindades de grupúsculos de
intelectuales empeñados en marginar a Tábara y a otros que siguieron
su camino libertario. Pero Tábara continuó ascendiendo, nada ni nadie
sería capaz de detenerlo. Fue André Breton quien lo invitó para que
represente a España ironía impensable que refrenda el enorme valor de
Tábara en el Homenaje al Surrealismo, junto a figuras de la talla de
Salvador Dalí, Eugenio Granell y Joan Miró.
Enrique Tábara es, en su estructura más íntima, hombre sobre todos los
planos humanos, nunca antepuso a la responsabilidad social los fueros
legítimos de sus secretos individuales. Sí, sobre todo, Tábara ha sido
un rastreador de los trasfondos del arte, también lo ha sido de la
vida, del amor, temerario peregrino de los meandros más ocultos del
tránsito existencial en suma. "Los amorosos buscan, / los amorosos son
los que abandonan, / son los que cambian, los que olvidan. / Su
corazón les dice que nunca han de encontrar / no encuentran, buscan"
Ahora, a sus setenta años altivo y enhiesto huayacán florecido
mantiene un episodio afectivo reposado y profundo junto a Dolores
Castro, con quien se halla unido desde 1975. Sus once hijos son otra
de las siembras de su reciura de hombre que ha vivido y vivirá
intensa, plenamente, sensual y hondo, abominando convencionalismos y
pacaterías.
MARCO ANTONIO RODRÍGUEZ