El libro Yo estaba allí, de Jimmy Sierra, con su variedad de
contenido y la adopción de un estilo ágil y directo, es una lectura
interesante que por un lado resulta divertida y, por otro, aporta
información básica para entender un período importante en nuestro desarrollo
como país.
Por
Jeannette Miller
Jimmy Sierra es un registrador de la memoria
dominicana de los últimos cincuenta años, y esta condición aporta a su
trabajo literario un valor elemental, estrechamente ligado a esa búsqueda de
la identidad que nos acosa permanentemente, llevándonos a perseguir nuestros
referentes para poder crear lazos de pertenencia.
Jimmy Sierra participó en las jornadas dramáticas de la década de 1960, y
esa experiencia ha marcado su manera de ver el mundo y de existir, hasta el
punto de que todavía hoy, en una era llena de no-significados y por lo tanto
de claudicaciones, Sierra se empecina en impedir que se borre su pasado
inmediato, ese pasado que actúa como alerta para que los jóvenes de hoy no
repitan las faltas anteriores.
Y la lucha de Jimmy Sierra es doblemente dura en un momento histórico donde
las ideologías se han desvanecido y el ser humano pensante, en especial ese
doliente que todavía escribe, sólo cuenta con una especie de cabalgadura
quijotesca que convierte a Rocinante en un papel y una pluma, o para ser más
reales en una impresora y un computador, donde las ideas de siempre toman
forma a través de palabras actuales, para que la fe en el ser humano, con su
carga de esperanza y solidaridad, con su disposición a encontrarse en los
otros y padecer sus desgracias, pueda sobrevivir, aún en contra de los
nuevos molinos de viento que han tomado formas inconmensurables a través de
la globalización, pero que aún tan grandes, no resisten el enfoque
reflexivo, ni la penetración de los conceptos disidentes y por lo tanto
liberadores.
Sí, Jimmy Sierra ha llegado hasta aquí sin pasar factura y su arma, que es
la palabra, habla de los semejantes que le quedan al lado, de sus
conciudadanos de ayer y de hoy, de los personajes callejeros y de las
luminarias de la intelectualidad o de la historia, de esa gente que todavía,
al igual que creía Pedro Henríquez Ureña, es capaz de conformar la
dominicanidad a través de las particularidades que permanentemente la
definen.
CADA RELATO UNA MORALEJA
Activista cultural, profesor, cineasta, cuentista, periodista… en sus textos
dirigidos a niños, específicamente en Los cuentos de papá leche, cada relato
plantea una moraleja donde valores como honestidad, trabajo, sinceridad y
justicia emergen en los desenlaces, permitiendo a esos lectores incipientes
conocer las verdaderas alternativas para responder a una sociedad que
sucumbe ante el éxito fácil, la impunidad establecida, pero sobre todo ante
una marginalidad que penetra como modelo peligroso las mentes de los más
jóvenes, borrando de su perspectiva de futuro el esfuerzo honesto, el camino
estrecho y empinado que les permita alcanzar un éxito merecido, producto del
esfuerzo y el trabajo.
Y eso es importante porque en nuestro país apenas se empieza a difundir la
historia posterior al derrocamiento de Rafael Trujillo, y ese período, del
cual nosotros provenimos, comienza a iluminarse a través de textos como los
que hoy aparecen en este libro de Jimmy Sierra.
Sierra utiliza la escritura y la televisión como medios para difundir esa
reciente historia de violencia, que aparece como nueva ante muchos lectores
y televidentes. El autor ha realizado sus proyectos como artículos o
programas bajo el nombre Yo estaba allí, título que garantiza la veracidad
de lo narrado. Para completar la intención comunicativa del proyecto, Jimmy
Sierra agrega un toque de imaginación a esos artículos y cuentos que recrean
momentos importantes de nuestra historia reciente, con un equilibrado
sentido del humor que no permite que la verdad del hecho histórico
desaparezca.
Entre detalles conmovedores sobre los asesinatos y persecuciones de una
juventud heroica que hoy ni remotamente se conoce, salen los nombres de Los
Palmeros: Amaury Germán, Virgilio Perdomo, Leal Prandy; los ametrallamientos
a los manifestantes frente al Palacio Nacional, y las cacerías que
distinguieron una época a cuyo conocimiento debe tener acceso la juventud
actual. El libro también incluye cuentos jocosos sobre personajes populares,
costumbres arraigadas en ese estrato de nuestra cultura que se mantiene
oculto, anécdotas reales o inventadas sobre amistades y gente a la que el
autor conoce y aprecia.
Esta variedad de contenido y la adopción de un estilo ágil y directo
proponen el texto como una lectura interesante que por un lado resulta
divertida y, por otro, aporta información básica para entender un período
importante en nuestro desarrollo como país.
UNA ÉPOCA HEROICA
El surgimiento de una literatura histórica que trata de rescatar, mediante
la inclusión de detalles exactos, la Era de Trujillo, ha despertado en
algunos de nuestros intelectuales la disyuntiva de si en realidad se está
haciendo narrativa histórica o historia novelada. Una de las mejores
respuestas la encontré en Ángela Hernández cuando afirma en su libro La
escritura como opción ética: “Tal vez la imaginación, al operar sobre la
historia, no nos ofrezca una imagen real de las personas y aconteceres, pero
es una versión mucho más abarcadora y con mejor temperatura que lo
historiográfico, que nos reconcilia con nuestra humanidad, con nuestros
límites y esperanzas…”
Realmente los trabajos de Jimmy Sierra nos reconcilian con nuestra
humanidad, al ofrecernos una versión de los años post-Trujillo, y esa
versión nos permite que al actuar para el futuro lo hagamos en función de un
pasado que nos pertenece, y que si se echa de lado puede convertirse en un
pozo profundo, en una sombra que debemos aclarar para poder edificarnos en
función de lo que realmente somos.
A través de una exposición directa, fácil de entender, Jimmy Sierra logra el
retrato de sus personajes con pocas pinceladas, abordando la descripción con
sólo los detalles significativos, sin hacer enumeraciones exhaustivas que
podrían cansar al lector. Así mismo, sus personajes realmente se definen por
los tipos y niveles de lengua que utilizan y la mayoría de los trabajos se
manejan dentro de los linderos del realismo.
La caricatura, uno de los elementos propios de esta escuela y recurso ideal
para el manejo de lo tragicómico, también está presente en estos textos.
Desde antes de Calixto y Melibea, la tragicomedia es la condición
definitoria de la mejor literatura escrita en lengua española. Lo
tragicómico como espejo de la vida, de esa capacidad de reírse de la
desgracia sin que ésta pierda su estatura dramática.
Jimmy Sierra es un sobreviviente de los años sesenta, cuando los ideales
eran todo, tanto, que hombres y mujeres expusieron y ofrendaron sus vidas en
aras de lo que creían.
Semejante propuesta resulta peregrina en una época como la de hoy, donde la
complicidad, la traición y la mentira apuntalan un consumo galopante que se
vende como imagen de éxito, pero que al final es peor que la muerte
descrita. La de hoy es una muerte lenta del espíritu y la conciencia, en
vidas que son carreras locas de ilimitados disfrutes, y por lo tanto de
permanentes insatisfacciones.
Yo le doy gracias a Dios porque desde siempre he creído en los valores, con
una visión en la que la verdad y la bondad condicionan la modalidad de la
belleza.
Por eso repito que memoria y relación de pertenencia son los elementos
básicos de la identidad, y por lo tanto de una autoestima como conglomerado
humano que nos acerca a la felicidad.
Por eso creo que con la publicación de este libro Jimmy Sierra cumple con su
ya conocida afición de rescatar y difundir aspectos importantes de nuestro
devenir, regalándonos versiones enriquecidas de una realidad poco conocida,
y esa sola condición lo garantiza como una figura importante dentro de la
literatura dominicana del siglo XX.