Durante
años, Fernando Ureña Rib no dejó de volver intencionalmente al
realismo, a través del retrato real o imaginario, rostros (incluyendo
a un esporádico autorretrato), bustos o medios cuerpos, figura
aisladas a veces combinadas con follaje o en pareja
repentinamente, reminiscencia soterrada de Adán y Eva. Es probable
que, tanto en el dibujo como en la pintura, él no abandonará
totalmente esa tendencia, de la misma manera que, "convertido" al
abstraccionismo, emprenderá retornos ocasionales a la figuración.
Nos consta que el artista,
siendo uno de los más duchos en el oficio entre los pintores
dominicanos, se complace en probar de nuevo la docilidad de la mano y
de la inspiración. Sin embargo, la pasta y el temperamento siempre
están allí para la receptividad perceptiva como aspecto de la
representación. Recuerdo las afirmaciones de León Degand: "A las
fuerzas que líneas, formas y colores producen según el objeto
representado se agregan las fuerzas que esas líneas, formas y colores
producen entre sí, w3tún las relaciones de los objetos entre ellos.
" Para tomar el ejemplo más
sencillo, el impacto de áreas y manchas de color luz es
mayor en la confrontación de una muchacha joven con ramilletes de
hojas, que en la asociación de dos personajes, concentrándose entonces
más la atención del pintor en los rasgos físicos de ambos, en sus
expresiones introspectivas.
Al mencionar la palabra
"introspección" abordamos simultáneamente los mundos interiores que
sugieren las fisionomías absortas de ciertos protagonistas y los
mundos interiores del propio artista o más bien sus necesidades
interiores. Esa incursión de la intimidad psicológica e intelectual,
de los sentimientos y de la fantasía se traduce en la obra de Fernando
Ureña Rib, por u tipo de discurso onírico, emitido hasta el 1986
aproximadamente, y que constituye el cimiento de la producción ya
madura.