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Radhamés Mejía transita en la holgada plenitud de su carrera artística
lo demuestra una breve exposición de sus obras presentada en La Galería, de Santo Domingo.
Por plenitud creativa podríamos
entender ese momento en que la obra manifiesta ya el sello
inconfundible y propio del artista y el instante a partir del cual las
influencias recibidas se transforman en formas poderosas, capaces de
influir otros creadores.
La muestra, que es en realidad un sosegado
homenaje a Van Gogh, toma como pretexto creativo aquel tema anecdótico
de la pérdida de la oreja izquierda del famoso holandés.
Con una mezcla de humor y asombro Mejía
desata la medusa de su imaginación y propone múltiples y novedosas
formas de mirar aquella ingrata ocurrencia.
Sin embargo, a pesar de lo exótico del
asunto, Radhamés no deja nunca de ser él mismo, ni de ser un artista
caribeño, dominicano o latinoamericano, o como queramos llamarle. Lo
importante es que sus raíces están allí. Surgen en todo lo que tocan
sus manos privilegiadas de artista pleno, maduro. De artista que
transforma la materia en imagen memorable y palpitante. Porque hay
vida, rastro y asomo de vida en la que se entremezclan la imaginación
pura y la realidad tangible.
Y sin embargo, Radhamés Mejía no inventa
nada. Sus símbolos siguen siendo los mismos, aquellos ancestrales, los
misterios que no cambiarán mientras exista el hombre: El fuego, el
agua, el dolor, la telúrica angustia del ser y del no ser, el ansia de
volver, de renacer. Mejía renueva y refresca a su modo, esas antiguas
memorias humanas, y estas se apoderan del nervio y la epidermis de sus
esculturas, de sus lienzos y de sus papiros. Danzan.
Porque Radhamés Mejía no pinta otra cosa que
seres enmascarados para un ritual de pasiones. Caras pintadas para el
amor o para la guerra, para exorcizar el hechizo de la muerte y
ahuyentar el mal. Las máscaras suelen ser para el artista ese tema
inagotable, cromáticamente explosivo, mágico y sugestivo que convoca
tanto la algarabía como los miedos del aquelarre.
Esa fascinación se transmite al espectador de
manera eficaz, quien sucumbe a sus alborozadas irreverencias, a sus
encandilados ritos, a los juegos y encantamientos que propone el
artista desde el refugio de su serenidad.
Pero cuidado. Es posible que usted quede
literalmente hipnotizado por ciertas ondulaciones pendulares que se
advierten. Sinuosidades aparentemente inocuas que surgen dentro del
campo visual solo cuando se queda uno absorto en la contemplación de
las minúsculas claves de su taumaturgia.
Y es que cada obra suya refleja ese trabajo
paciente y consciente del artista en el que, sin embargo, el
subconsciente (propio y colectivo) fluye y se desborda, inundado los
intersticios y las ranuras, los vasos capilares de una superficie
enriquecida continuamente por sus grafías.
FERNANDO UREÑA RIB