Brigitte Potter Mal camina descalza en la
blanca playa de Las Terrenas y recoge caracoles marinos, piedras, arena
blanca y cernida por las olas del mar embravecido. Luego vuelve al
poblado de pescadores y se acerca a la iglesia, olvidada quizás por los
feligreses quienes se ocupan más en sus noches de bachata y ron que en
la plegaria o en los sutiles placeres del espíritu.
Brigitte Potter Mal ha improvisado un andamio dentro de esa pequeña
capilla y ahora pinta murales que surgen, luego de la caminata por la
playa, de una larga meditación sobre la vida y sus símbolos. Muchos años
después y a miles de kilómetros de distancia esa memoria permanece y
crece en Brigitte, quien ahora trabaja en la isla Victoria, en las
proximidades de Vancouver. Allí trabaja Brigitte sus grabados
manipulados e intervenidos, sus pinturas y sus dibujos.
El aspecto ritual de las imágenes de Brigitte Potter Mal se hace cada
vez más fuerte a medida que ella inserta caligrafías, ralladuras,
incisiones, punzadas sobre el papel anhelante. Un sabor a incienso
y a mirra emana de sus lienzos que es preciso ver y observar con
reverencia, con unción y sobre todo, con esperanza.
FERNANDO UREÑA RIB