arte argentino

 

unidad e innovación en

emilio pettoruti

Jacques Lassaigne
 

 

 

 

 

 

 

 

LA CRITICA

Prefacio
Jacques Lassaigne

En los distintos períodos de la obra de Pettoruti, encuentro una notable unidad, ya sea en Europa (Florencia, Roma y París - 1914 a 1924 -), en Argentina (1924 a 1952), en Italia o una vez más en París desde 1952. Su trabajo se desarrolló a un ritmo intenso, en amplios sectores de búsqueda coherente, con llamados constantes y prolongaciones lógicas. Pettoruti siempre permaneció fiel así mismo, tal como se definiera desde el primer momento. Fue un espíritu lúcido, sabio y reflexivo, un constructor poderoso, con una forma permanente de ver y decir.

Se mantuvo en contacto con los principales movimientos teóricos que marcaron varias décadas de éste siglo: futurismo, cubismo, abstracción. Pero avanzó en forma paralela, personal, sin plegarse jamás a una visión en común, sin hacer concesiones. En sus comienzos se preocupó por definir una dinámica de las formas, pero su interés por representar las deformaciones sucesivas del objeto fue menor que la representación del movimiento en sí y del ritmo. En éste sentido se distingue totalmente de sus primeros colegas italianos futuristas.

Por ejemplo cuando Balla yuxtapone como en el cine los estados sucesivos de una pierna en marcha, Pettoruti intenta definir una curva que sintetice éstas diferentes etapas. Se abstrae de toda figuración para otorgar un significado emocional y vivo a las formas geométricas. Propone de éste modo un verdadero lenguaje plástico en términos de figuras y colores. Los círculos y los ángulos se organizan sobre ejes precisos, por momentos se hunden sobre sí mismos como sobre un ojo profundo, o se transforman en flechas agudas dirigidas hacia un blanco externo.

Sus fuerzas ascendentes o descendentes toman un valor benéfico o maléfico. Los colores parecen concebidos para abolir toda margen de incertidumbre. Poseen la densidad o el brillo del esmalte; sus propios matices se inscriben en la escala de la conciencia. Tanto por su técnica como por su espíritu. El pintor se emparenta con los constructores del Renacimiento.

Cuando acepta utilizar los elementos de lo real y parece acercarse a la experiencia cubista final de los papeles colados y de las deformaciones planas de 1917 (Gris, Picasso, Herbin) Pettoruti combina dicha visión un tanto decorativa, con un sentido del espacio totalmente metafísico. Entre las superficies vencidas donde los objetos se alinean por altura, abre ángulos de perspectivas profundas, generadores de lo insólito y del ocultamiento.

El objeto o el personaje se representan con su entorno, su aura, su acompañamiento particular, con las fuerzas que se desprenden de ellas y le arman una defensa. Este entorno, por una suerte de transposición fundamental, en la base sólida, la roca sobre la cual se recorta el perfil del sujeto cuya silueta desbordada adquiere una postura formidable. Es esencial para mis ojos, la serie de los Soles Solidificados en la cual el foco de luz se concentra en piedra angular y llama sobre sí a sus rayos.

Nada más interesante que reconocer el uso de ésta segunda visión en las pinturas de la serie de los Arlequines iniciada en 1925 y afirmada poco a poco sobre sus propias raíces. En éstas figuras, la sombra alcanzada y la prolongación espiritual se funden para engendrar un solo cuerpo compacto, rígido, hierático, tan alejado del pretexto original como de cualquier representación simbólica. El tema se desarrolla, se profundiza, se desdobla , como si la pintura, magnética, emitiera ondas concéntricas al propagarse.

Pero el artista resiste toda tendencia a que las formas alcancen una proliferación azarosa o una tensión manierista. Pinta con gusto naturalezas muertas donde la distribución de los objetos se resume en un solo movimiento plástico, en un arabesco armonioso mientras que, a veces, un detalle característico clasifica a la composición del conjunto cuando se expresa con la verosimilitud de un TROPE-L'CEIL ("Dominó", "Los Tres Cigarrillos"). En la serie de las copas que se inscriben en una superficie cada vez más densa se instaura un equilibrio entre un número reducido de colores sostenidos.

En la nueva época parisina de Pettoruti culmina el estilo despojado. Sobre sus telas, cuyos formatos se agrandan a menudo en apaisados horizontales, evolucionan las formas abstractas puras dentro de un espacio que se hunde y se libera. Es un combate de ángulos y curvas cuya flexibilidad une los contrastes o es un simple juego de colores estridentes. Como en la serie de los Pájaros, los cuadros se clasifican por su carácter dominante: Bermellón, Negro, Blanco, Tropical. Este último posee la magia de la mariposa.

En lugar de éstas obras de un clasicismo casi perfecto, prefiero quizás las grandes composiciones más complejas donde se expresa la lucha fundamental de la luz y la sombra y se produce la unión de las fuerzas opuestas. En el "Soleil dans la Montagne" o el "Soleil d’ete" un anillo de oro de distintas intensidades enceguece las altas construcciones sombrías. En las Farfallas, se realiza la fusión de las fuerzas contrarias.

Entre los grandes brazos descuartizados, se distribuye armoniosamente la luz en toda la extensión de la tela. La misión del pintor está cumplida. Su obra está edificada con el silencio y la paz.


 





Emilio Pettoruti, la épica de lo clásico
Rafael Squirru

No es exagerado afirmar que desde su exposición en Witcomb a su retorno de Europa en 1924, las mejores plumas sobre el arte argentino se ocuparon de la obra de Pettoruti. Sin desmerecer a los más conspícuos, Pagano, Córdoba Iturburu, Chiabra Acosta (Atalaya), Estarico, Romero Brest o Brughetti me parece justo anotar algunos conceptos de la breve introducción que escribiera Julio Payró para su ya hoy clásico "Veintidós Pintores" de 1944.

Entre otras cosas anota Payró refiriéndose al maestro: ...una voluntad de perfección no inferior a los clásicos...Su oficio es impecable, matemática su composición...Sus figuras no pierden su vida esencial, acaso condensada y multiplicada. De ahí su profunda y eventualmente dolorosa humanidad...su emoción intensa...hombre lleno de sentimientos y de experiencia humana...algo más que cualidades intelectuales y emotivas. Pettoruti posee esa ciencia (de los grandes clásicos) y la usa para decir cosas de una poesía sin precedentes, absolutamente originales y profundamente bellas.

La vida de Emilio Pettoruti (La Plata 1892-París 1971) y su obra constituyen un todo armónico, que en una larga trayectoria alcanza el más alto nivel de la plástica de nuestro siglo.


Temprana Vocación

Conocida es su temprana vocación, sus años de aprendizaje italianos y su precóz maduración como creador, cada vez que pensemos en su ya abstractos dibujos de 1914-16, año en que ya había plasmado sus Construcciones que lo señalan en su faz americanista como auténtico precursor.

Desde su paisaje de la "Alta Córdoba" de 1912, Pettoruti posee esa calidad que marca el auténtico artista pintor. Pensemos que entonces apenas tenía 20 años, y que ya está presente la preocupación por el plano y lo que es aún más interesante su tratamiento de la luz. Ello es verdad también de sus estudios de desnudos al carbón. Es importante tener en cuenta que al igual que Piccasso en su período 1916-26, Pettoruti trabaja en simultaneidad en ambos estilos el figurativo y el abstracto-cubista.

"Las amigas de Florencia" de 1914 es ya una tela magistral, así como lo serán sus mosaicos, que no tienen menor calidad que los de Léger. De aquella época son también sus paisajes italianos, uno mejor que el otro, así como las pequeñas acuarelas con motivo de estilizados figurines.

Una obra fundamental de este período es el óleo abstracto "Vallombrosa" de 1916 que sin duda registra una inspiración paisajística. Se trata de un trabajo clave de 33 x 24 cm donde aparece dentro de una gama de marrones, unos segmentos, de los que años más tarde, Pettoruti identificaría como luz autónoma.

Sabemos que durante su extenso período cubista ya desde su "Retrato de Xul Solar", que tituló "Luce Elevazione" de 1916, se mantiene esta obsesiva preocupación lumínica. En las palabras del mismo Pettoruti, registrada en su valiosísima autobiografía "Un pintor ante el espejo" (1968) nos dice: "No sé por qué. O mejor dicho lo sé. Porque en el Sol y en la Luz, encontré desde pequeño los mayores misterios, y porque estos elementos naturales ejercieron sobre mí, en razón de su propio sigilo, una atracción muy extraña...de ahí a pensar en aferrar el sol y meterlo en el hogar, que ha sido siempre uno de los grandes propósitos del hombre, mediaba únicamente un paso, y lo franqueé con resolución en los bocetos de 1939. Pienso hoy todavía que fue una creación absoluta, y que de haberla desarrollado en otras latitudes, (no en otros tiempos) su aceptación y sobre todo su repercución hubieran sido mayores". Esta última, una reflexión que comparte con Torres García a propósito de su Universalismo Constructivo.


Triunfo de luz y abstracción

Al señalar el año 39 como el momento culminante de su hallazgo de la luz como ente autónomo, Pettoruti no está siendo plenamente justo consigo mismo ya que vimos que aunque fragmentada, esa luz esta identificada en el "Vallombrosa" del 16.

De todos modos ese tratamiento más concentrado precide toda su serie de Soles Argentinos, que dicen a las claras del diálogo íntimo que el artista siempre mantuvo con su propia tierra. Pero, con todo el respeto y entusiasmo que nos merece su período de los arlequines, pensamos que el gran hallazgo se corporiza en la última etapa abstracta de Pettoruti, aún no debidamente calibrada por la crítica, pese a los años que han pasado. Obras como "Serenite" (1959), "Silence dans la nuite" (1962) en que el haz luminoso acompaña a rectángulos verticales de azules y marrones, son apenas algunos de los ejemplos que corroboran y acompañan la "Grotta Azzurra" del 58 y toda la serie de las Farfallas (mariposas) de la década de los 60.

En todos y cada uno de estos casos la pintura deviene decididamente metafísica, esto es, que está cargada del espeso jugo de la meditación. Volviendo a Payró "las hondas vivencias intelectuales corren parejas con una apasionada emotividad". Es precisamente este equilibrio logrado al máximo en nivel-intensidad, lo que hace de Pettoruti uno de los grandes clásicos de nuestro tiempo, un pintor épico como corresponde a su condición americana, respuesta del pueblo-continente, como lo quiere un pensador peruano, al lirismo hondo de un Juan Gris. Clásico por vocación y por oficio, este maestro argentino nos habla de la aventura humana que se traduce en una historia que no cesa, aquí, en nuestra América.



Pettoruti y Xul Solar: Precursores de la Modernidad Argentina

Por Jorge López Anaya.

Hacia 1920, se produce en Europa el comienzo del fin del primer período de las vanguardias. El llamado retorno al orden triunfó en Francia, en momentos en que el cubismo, había finalizado su ciclo. En Italia, por otra parte, instalado el Estado fascista, los futuristas creen cumplida su revolución y se vuelcan hacia tendencias artísticas conservadoras. Como consecuencia de esa crisis de las vanguardias y sin renunciar totalmente a la libertad lingüística conquistada, muchos artistas intentaron hallar una nueva manera de confrontar con la representación figurativa.

Para algunos pintores e intelectuales, las consecuencias de las vanguardias de los años anteriores a la guerra de 1914 no podían ser más nefastas. Las vanguardias estaban ineluctablemente ligadas a la pérdida general de los valores de una civilización. Era la barbarie que había seguido al progreso. En 1926 Jean Cocteau escribió Le Rappel à l’ordre, y el título del ensayo ya entrañaba una definición del problema.

El arte argentino de avanzada, en los años 20 y 30, centró su renovación antinaturalista y antiimpresionista en la vía que se denominó retorno al orden. Las primeras manifestaciones de esa categoría artística se perciben en las obras de Emilio Pettoruti, Xul Solar, Norah Borges, Alfredo Guttero, Ramón Gómez Cornet y en las de los artistas del llamado Grupo de París (Butler, Badi, Bigatti, Spilimbergo, Basaldúa, Pisarro, Morera, Berni y Forner). Esta enumeración no agota la nómina.

El retorno al orden fue un modernismo que, como afirmaba Bissière, aspiraba a “la certidumbre, el orden, la pureza, la espiritualidad”. También, como escribió Severini, podría definirse, para un pintor, en una sola frase: “Crear una armonía”. Ello fue evidente en las intenciones implícitas de obtener un ponderado control racional sobre el resultado pictórico. Asimismo, en la consideración de las apariencias de seres y objetos, como el medio idóneo para llegar a una figuración esencial.

 



Emilio Pettoruti nació en La Plata el 1º de octubre de 1892; murió en París en 1971. Inició su aprendizaje artístico con el maestro platense Atilio Boveri y recibió durante un año lecciones del arquitecto Emilio Coutaret, en el Museo de Historia Natural. Sin guía alguna, dibujó en el Bosque o en las salas del museo donde copiaba pájaros, piedras o utilizaba como modelo al calco del Moisés de Miguel Angel.

En 1911, en las salas del diario Buenos Aires de La Plata, Pettoruti inauguró su primera exposición de caricaturas. Poco después, por mediación de Rodolfo Sarrat, un diputado de quien había realizado una caricatura, obtuvo una beca con la que viajó a Florencia en 1913. Contaba con poco más de veinte años de edad cuando desembarcó en Génova. Su meta era Florencia.

Recién instalado en esa ciudad, quiso el azar que adquiriera, en la librería de Ferrante Gonelli, un ejemplar de la revista Lacerba. En la portada, según testimonio del pintor, tenía un artículo de Papini, escritor cuyo nombre ignoraba. Allí se anunciaba con grandes letras: “Franqueza con los imbéciles ”. Más adelante el texto aseveraba que: “todos los hombres eran imbéciles, exceptuados los futuristas”. En las páginas interiores de la revista se publicaban “palabras en libertad” de Marinetti. “Los demás textos -comentaba Pettoruti- eran un canto a la fuerza nueva, el dinamismo de las formas pictóricas.”
La revista no tenía ilustraciones. Recién en el tercer ejemplar de Lacerba pudo ver un dibujo de Boccioni que representaba a un ciclista. Pettoruti, finalmente, conoció la nueva pintura en noviembre de 1913, cuando visitó, en Florencia, la Espossizione Futurista “Lacerba”. “Fue para mí un choque enorme -escribió-; piénsese que venía de La Plata, una ciudad donde reinaba el claro de luna, Vargas Vila y compañía, y que era la primera vez en mi vida que veía obras de vanguardia”.

En la muestra pudo leer el texto del Manifiesto publicado en la primera página de Le Figaro en 1909. Volvió una y otra vez a la exposición durante más de un mes.

Un mediodía, entraron en la sala Marinetti, Boccioni, Carlo Carrà y Luigi Russolo. Gonelli, quién le había hecho conocer tiempo atrás la revista Lacerba, le presentó al grupo.

Poco después Marinetti visitó el estudio de Pettoruti con otras personas. Era evidente que el joven pintor platense no podía congeniar con el poeta italiano que provenía del simbolismo francés radical y apuntaba al anarquismo universal de Laforgue. En realidad, estaba muy lejos de aceptar que los museos y las bibliotecas fueran cementerios del pasado que debían ser quemados. Nada más ajeno a su talante que el phatos anti-histórico y agresivo de la falange futurista.


En diciembre de 1914, Pettoruti participó de la Prima Esposizione Invernale Toscana con cuatro obras, dos óleos y dos dibujos. Es notorio, como se lo advierte en esas obras, que rápidamente asimiló del futurismo la problemática de la representación abstracta del movimiento. También aprendió de los cubistas -desde 1911 los futuristas estaban familiarizados con el cubismo parisino- que la forma no era una característica fija del objeto, definida de una vez y para siempre. También comprendió que todo es menos visual que conceptual. La mente del pintor es la que impone sus propias categorías de espacio y tiempo a los fenómenos percibidos, como se advierte en Vallombrosa (1916).
Empero el propósito de Pettoruti era “hacer un arte sólido como el que quería Cézanne”. La pintura del maestro de Aix posiblemente le reveló que cuando los datos visuales pierden su provisionalidad y su fugacidad, el cuadro adquiere una mayor solidez tectónica. El motivo es percibido por el espectador como una estructura coloreada en la que “no tiene que haber ningún hilo suelto, ningún agujero por el que se deslice la verdad”.

El pensamiento de Pettoruti no deja dudas cuando escribe: “no veía que el futurismo hiciese suyas mis aspiraciones”. La pintura según sus propósitos, “fue y sigue siendo construcción y color”. En esa vía, escribió, trabajaba “desarrollando, por una parte, la idea del movimiento sin basarme en motivos reales y, por la otra, ensayando la imbricación de las formas en el modo como yo interpretaba lo naciente, lo original, lo actual y lo inédito proyectado en la pintura.”

Pettoruti retomó la sugerencia de las categorías estereométricas de Cézanne. Por otra parte, sus temas predilectos -copas, botellas, sifones, manteles, fruteras, guitarras, arlequines y soles- se ofrecen con facilidad a las armonías abstractas. También sirven para su búsqueda del orden, del equilibrio y de las “invariantes plásticas”. En contra de las jerarquías semánticas del Futurismo, exalta la reflexión plástica dejando apenas algún margen para lo simbólico. Son todos temas pobres útiles para los motivos del orden, el espíritu de síntesis sintáctica y de armonía.

Entre octubre de 1916 y julio de 1917 residió en Roma. En este medio se relacionó con los grupos de las revistas Cronache d’Attualita, dirigida por Anton Giulio Bragaglia. Sus nuevos amigos, por otra parte, eran Arturo Tosi, Adolfo Wildt, Achille Funi, Margueritta Sarfatti, De Chirico. También en esa oportunidad inició su amistad con Mario Broglio, editor entre 1918 y 1921 de Valori Plastici. Estaba más cerca del “retorno al orden” que del futurismo.

Era evidente que, desde 1915 se percibía en Italia la necesidad de restablecer el orden y, en particular, la historia del propio arte. Fue Carrà quien repensó a Giotto y a Uccelo en términos de “valores cúbicos”.

En julio de 1916, época de su encuentro con Xul Solar, Pettoruti expuso individualmente por primera vez en la galería Gonelli de Florencia. Presentó quince pinturas, temperas y óleos, entre estos un estudio de retrato de Xul Solar conocido como Luce-Elevacione. También exhibió un collage, una monocopia, cartones para mosaicos y Meditazione, un mosaico emplazado en el patio central del Rectorado de la Universidad Nacional de La Plata.

En 1919 presentó su segunda muestra individual en las salas del Lyceum de Milán. Antes de su primer viaje a Munich, en 1921, participó en Milán en la 1ª Esposizione Cispadana, en la Famiglia Artistica y en otras muestras colectivas. En 1922 expuso en la Casa d’Arte de Roma invitado por Bragaglia. Este afirmaba en el texto del catálogo: “Del juego de ritmos plásticos usado por Pettoruti podemos decir que es clásico, si la palabra debiera significar una armonía sentida. (...) Todo esto es disciplina, además de temperamento. (...) He dicho ya que Pettoruti ama el orden y lo obtiene porque domina el oficio”.

En mayo de 1923, invitado por Herward Walden, director de la galería Der Sturm de Berlín y de la revista del mismo nombre, expuso 35 obras. En las salas adyacentes lo hacían Gleizes, Klee, Archipenko, Marcoussis, Zadkine, Jacques Villon, Moholy-Nagy y Schwitters. Nuevamente la crítica destacó algunos rasgos de la muestra: Vittorio Orazzi señaló que su obra poseía los signos característicos de nuestra raza: equilibrio, disciplina, claridad, simplicidad de medios en la concepción, sentido plástico, vivacidad e intensidad en los colores, orden”. Por su parte, Ruggero Vasari enfatizaba que “Nada es dejado al azar, todo se encadena. Ordena y construye sus cuadros”.

Poco después Pettoruti visitó París, oportunidad en la que conoció a Juan Gris. En las obras del español encontró la confirmación de una concepción de la pintura fundada en la búsqueda del equilibrio, entre las indagaciones geométricas del cuadro, y los requerimientos del mundo de la experiencia. Los medios debían reconducirse hacia el “objeto representado” sin renunciar a la autonomía formal. Lo objetivo se hace legible. Se trataba, como diría Gris, de la “arquitectura plana y coloreada”.

Pettoruti retornó a Buenos Aires en 1924, junto con Xul Solar. Inauguró su primera exposición en la galería Witcomb el 13 de octubre. Presentó ochenta y seis trabajos entre pinturas, dibujos, mosaicos, diseños y escenografías para teatro de títeres. La crítica y el público, frente al artista de avanzada que llegó inesperadamente de Europa con su futurocubismo, se bifurcaron en dos sectores. Como señaló José María Lozano Mouján, “se ha dividido en dos bandos apasionados. Uno de ellos, el reaccionario, ha dado algo así como un grito para que no se mate al arte nacional con extravagancias; el otro, que por el contrario considera enfermo a nuestro arte, deseó inyectarle ‘personalidad’ Todo esto pone en el tapete lo que debe entenderse por arte nacional.”
Leonardo Estarico, por su parte, anotaba: “La noticia de que un futurista (sic) exponía sus cuadros en la calle Florida recorrió como un estremecimiento eléctrico los nervios de la ciudad. Ya no fueron los artistas o los pseudo-artistas los únicos que se interesaron. Todo el mundo se apasionó. Todo el mundo concurrió a la extravagante exposición con el firme y edificante propósito de reír a mandíbula batiente y protestar a grito pelado. Hubo quien afirmó, con gravedad de presidente de asociación patriótica y lágrimas en los ojos, que la exposición de Emilio Pettoruti en la calle Florida constituía una grave ofensa inferida a la dignidad del país”. (Ver: Lacerba, 1915 y Pensierosa,1920)

Córdova Iturburu señaló que los cuadros de Pettoruti “plantearon ante la conciencia artística el problema sustancial de qué era, en definitiva, la pintura, convencieron a toda una generación de que la pintura era susceptible, también, de revelar la poesía y nos pusieron al día, de un salto, con cuanto estaba ocurriendo en los países más evolucionados de la tierra”.

Xul Solar, por su parte, en un artículo sobre Pettoruti, afirmaba que en el arte de la época existía “una tendencia bien definida hacia la simplicidad de los medios expresivos, la arquitectura clara y sólida, hacia la pura plástica que conserva y acentúa la significación abstracta de líneas, masa, color, todo dentro de una libertad de compresión y de composición”.

Para la crítica progresista de la época, el pintor platense encarnó la renovación formal. Era, en definitiva, la oposición tanto al naturalismo con rasgos impresionistas como al regionalismo pintoresquista.


 

 
 

FICHA DEL MUSEO

EMILIO PETTORUTI

 


Emilio Pettoruti nace en la ciudad de La Plata, el 1 de octubre de 1892.

A la temprana edad de 11 años y por iniciativa de su abuelo, pinta en lo alto de un muro, un gran canasto de flores, fruto exclusivo de su imaginación.
Más tarde, se inscribiría en la Academia de Bellas Artes de La Plata. Luego de realizar algunas muestras en La Plata, se embarca en el año 1913 rumbo a Italia.


Llega a Venecia con sus veinte años recién cumplidos; allí rápidamente toma contacto con la vanguardia artística italiana, los jóvenes artistas y el ya famoso Marinetti, autor cuatro años antes del célebre " Manifiesto del Futurismo " Viaja a través de Italia. En 1916 realiza su primera exposición individual en la Galleria Gonelli, que fuera uno de los bastiones del futurismo en Florencia.

En 1917 se instala en Roma. Durante la guerra realiza los más variados trabajos. Allí traba amistad con Soffici, Carrá y De Chirico, entre otros.
Luego de exponer colectiva e individualmente en distintas ciudades de Italia parte a Munich en 1921. Dos años más tarde es invitado por la Galería Der Sturm de Berlín, consolidada como la galería de la vanguardia alemana, donde también expusieron los futuristas italianos.

Luego de una breve estadía en París donde se hace amigo de Juan Gris y Gino Severini regresa a Buenos Aires.

En octubre de 1924 en el Salón Witcomb de Buenos Aires, realiza Pettoruti su primera muestra luego de once años de ausencia. Sus obras, decididamente vanguardistas para la época, provocan un escándalo de proporciones.

Con el correr de los años, Pettoruti se esfuerza por hacer conocer el arte de vanguardia a través de conferencias, revistas, diarios y frecuentes exposiciones. A fines de 1927 es nombrado Director del Museo Provincial de Bellas Artes de La Plata.

En 1940 Amigos del Arte de Buenos Aires organizan la primer muestra retrospectiva de Pettoruti, muchas de las obras antaño criticadas cruelmente son ahora admiradas por el público y la crítica.

Durante 1944 pasa ocho meses recorriendo museos y universidades de los Estados Unidos invitado por el Comitee for Interamerican Artistic and Intellectual Relations. Expone en el San Francisco Museum of Art y otros museos de los Estados Unidos.

Regresa en 1952 a Europa, luego de haber expuesto en 1950 en el Museo Nacional de Bellas Artes de Chile. Expone en Milán y en
Florencia luego de casi treinta años de ausencia.
Continúa exponiendo en años sucesivos; en 1953 en Roma, en 1954 en París, junto con Latour, Masson y Miró.

Recibe en 1956 el premio Continental Guggenheim de las Américas y con él el derecho a concurrir al Premio Mundial que se otorga en París; lo gana Ben Nicholson, la crítica mundial esperaba una decisión en favor de Beaudín, Tamayo o Pettoruti.

Continúa su obra a lo largo de los años y realizando con ellas notables exposiciones; en 1960 en la Molton Gallery de Londres, el Walker Art Center de Minneápolis, Denise René de París, etc.

En 1964 comienza a escribir sus memorias que publicará en 1966 con el título " Un pintor ante el espejo ".


El 16 de octubre de 1971, muere en París a la edad de 79 años, víctima de una afección hepatorrenal.


FUENTE FUNDACIÓN PETTORUTI

 

 

 

 

FERNANDO URENA RIB

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Pintura Orgánica de Fernando Ureña Rib

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Revisado: January 10, 2012
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