NARRATIVA ANTILLANA

 

FERNÁNDEZ PEQUEÑO

EN EL PREMIO GACETA DE CUBA

 

 

Obra Orfica de Fernando Ureña Rib

 

 

Fernández Pequeño en el premio Gaceta de Cuba

 

La Gaceta de Cuba es posiblemente la publicación cultural más dinámica, polémica y demandada entre las que patrocina el sector cultural oficial dentro de la isla. Nadie interesado en la actualidad intelectual cubana puede prescindir de esta, órgano de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, y dirigida desde hace mucho por los escritores Norberto Codina y Arturo Arango.

Por oncena ocasión consecutiva, La Gaceta de Cuba convocó su premio de cuento, sin dudas el más importante que se realiza dentro de Cuba para concursantes con un texto narrativo único. Además del atractivo premio en metálico para el ganador (mil dólares, sin dudas tentador sobre todo para quienes viven en el país), el premio de cuento de La Gaceta de Cuba se ha convertido en un certamen dificilísimo de ganar, que todos siguen, y donde por más de una década ha tenido lugar una violenta pugna generacional. Obtener  este premio trae un indudable reconocimiento profesional y no son pocos los jóvenes (a veces muy jóvenes) escritores cubanos que han logrado llevarse el gato al agua, por encima de nombres muy reconocido y de mucha prosapia en las letras de la mayor de las Antillas. Precisamente para alentar a los nuevos, el premio confiere además un galardón a concursantes menores de 35 años, que consiste en una beca de creación por un año.

La Gaceta de Cuba dio a conocer los nombres de quienes actuarán como jurados en la oncena edición del concurso, entre los que se encuentra el ensayista y narrador radicado en la República Dominicana José M. Fernández Pequeño. Según una nota aparecida en el diario Granma: “precisamente, otro reciente suceso de la publicación viene junto al anuncio del jurado de su XI premio de cuento, el que integran la ensayista, poeta y profesora universitaria Mirta Yáñez; el narrador Raúl Aguiar y el ensayista y narrador nacido en Santiago de Cuba, pero radicado en República Dominicana, José Fernández Pequeño”. Fernández Pequeño acaba de publicar su libro de cuentos Un tigre perfumado sobre mi huella bajo el sello Plaza Mayor, título que será presentado el próximo 27 de octubre en Santo Domingo.

A la opción de abrir el concurso a los cubanos que deseen participar, no importa dónde vivan, que los organizadores instauraron desde hace unos años, ahora también se suma la invitación a escritores residentes fuera del país para que formen parte del jurado calificador. El año pasado fue invitada la escritora Achy Ovejas, quien vive en los Estados Unidos. Esto es, sin dudas, una señal interesante dentro de un sector tan atomizado como el de la intelectualidad cubana.

 


 


 

A. M. (fragmento)
José Fernández Pequeño

No había que darle muchas vueltas, las cosas pasaban y ya. Era así en aquella época. Además, las semanas siguientes anduve ocupado como nunca. No sólo tuve que aprender cada recoveco de la ruta y oírle decir a Sonny García, en todas las variantes posibles, que vender folletos en las guaguas era indigno para un intelectual. También se me impuso otra forma de nombrar. Y en ese trayecto, pescando en las caras de extrañeza que los pasajeros de las guaguas ponían a veces mientras les hablaba, aprendí que la papaya había cubierto la putería de su masa con el casto título de lechosa; la noble malanga ganaba punta y terminaba en yautía; la pimienta dulce, tan de mi gusto mosquita muerta, prefirió la vulgaridad de ser malagueta; la guitarrera naranja había tomado la contraseña exótica de china, tan falta de imaginación que ni siquiera llegaba al juguetón chinola; el boniato, dulce y buena gente hasta en sonido, ganó en batata arrogancia musical... y así, con la marcha de los días, fui cruzando un puente de palabras, acercándome a una mañana que por obligación debía parecerse a cualquier otra mañana. Eran las once más o menos, hacía un calor de apaga y vámonos, y yo esperaba frente a Plaza Central una guagua que sería la número dieciséis de la jornada y que, gracias al dios de los comerciantes nómadas, llegó sin gente de pie. Subí y me quedé en el último escalón, al lado del chofer. Era mejor que los pasajeros se acostumbraran a verme ahí, hablando con el chofer como si tal cosa, esperando en realidad que algo me diera un pie para soltar el discurso suavecito. Por ejemplo, un tipo joven y no muy bien vestido que fuera sentado mientras algunas mujeres viajaban de pie. Entonces arrancaba yo en el tono de quien cuenta un chisme, ¿Sabían ustedes que el ajo, bien suministrado, ayuda a la digestión y previene la arteriosclerosis? ¿No? De todo eso y más se enterarán en este folleto (aquí mostraba un ejemplar). La lectura de este folleto puede mejorar sus vidas (a estas alturas, ya me había puesto al lado del tipo). Miren, este joven es un caballero y probablemente no le ha cedido el asiento a las damas presentes porque padece de descalcificación en los huesos o se siente débil por hemoglobina baja o no tiene el tono muscular adecuado... todo eso puede resolverse sin ir a la farmacia, gastando nada más que unos chelitos, con el uso de productos naturales que todos tenemos en nuestras casas y que este folleto enseña a preparar por la módica suma de treinta pesos... a ver, ¿quién lo está pidiendo... usted, mi doña... allá atrás... usted caballero? El método fallaba pocas veces, y de paso me había dado fama entre los habituales de la ruta. Algunos me señalaban o comentaban bajito cuando subía a la guagua. Otros me hablaban como viejos conocidos y hasta ayudaban a proponer la mercancía. Yo les seguía el juego. Cuando sabía que estaban pendientes de lo que vendría, retardaba a propósito la función. Como hice la mañana aquella. En la Privada subió un tipo que también se quedó de pie, dos pasos más allá del chofer, aguantando el bamboleo sin sujetarse del tubo. A lo mejor fue el saco gris, lavado demasiadas veces pero impecablemente planchado, o algo prepotente en la actitud de aquel prieto con su barba larga, canosa y deshilachada, el caso es que no le podía quitar el ojo de encima. Algo en él me mantenía alerta, como a la espera del medio giro hacia el fondo de la guagua que el tipo dio, el dedo que levantó hacia el techo, la pregunta que yo hubiera podido decir a dúo, Hermanos, Cristo viene ya, ¿están ustedes listos para recibirlo? No hice coro; hice algo mejor. Agarré el segundo que él se dio en pausa dramática, y por ahí metí la voz, de carretilla, Verdad entre las verdades, y verdad también que debemos prepararnos por si Cristo demora algo más de lo previsto, cosa comprensible con los tapones de estos días. Es mejor estar saludables, en forma para aguantar el fin del mundo (ya tenía el folleto en la mano). Y para eso, aquí, a su disposición, está el mejor folleto del país sobre medicina natural. Me callé, disfrutando en la sorpresa y las sonrisas de algunos viajeros el reflejo de la cara con que el predicador dudaba si ofenderse o ignorarme, segurísimo de que trataría de continuar como si nada, Sólo los que vivan en Cristo serán salvados (subiendo el tono de momento). ¡Sólo los que abandonen las falsas promesas terrenales serán elegidos para el reino de los cielos...! Y yo, que ahora monté mi voz silbada sobre la agresividad de su voz, Claro, y como en el reino eterno no habrá farmacias, ya puede ir usted aprendiendo a curar las hemorroides con ají tití, la anemia con perejil, las heridas con llantén... todo a su alcance en este folleto corto, bien ilustrado y sobre todo baraaaaaato. Mientras decía, un dedo índice también en alto y la voz engolada, no dejaba de vigilar al tipo con el rabito del ojo, disfrutando de antemano el berrinche que le pondría la cara más arreguiñada que culo de vieja, ¡Dios será implacable con los blasfemos, alimentará el fuego eterno para los falsos profetas de los objetos terrenales, hará...! Era fácil, nada más dejar que llegara la tos que lo atragantó, y entonces rematarlo, Ninguna medicina sirve para las quemaduras del fuego eterno, ni el saúco, que baja la fiebre y previene todo tipo de calenturas; pero para la tos que lo hace pasar vergüenza en público, este folleto le enseña a descongestionar las vías respiratorias y limpiar la flema usando ese amigo de nuestro hogar que es el limón... son sólo treinta pesitos... Una voz de hombre, esa sí inesperada, vino desde el fondo, Señor, ¿y usted cree que Jesucristo va a ser tan pendejo de volver al mismo sitio donde lo crucificaron? Miiiiire. Indio, pásame el librito ese que aquí van los cuartos. Empecé a repartir folletos y a recoger dinero de prisa; la guagua bordeaba la rotonda y quería bajarme en Pinturas. Lo hice por la puerta delantera y enseguida me puse a buscar un alero contra el sol. No quería darle cuerda al principio de alarma que me picaba dentro. Un hombre me abordó allí mismo, a pleno sol, Caballero, excúseme, usted no es dominicano, ¿verdad? Traté de ubicar la camisa de rayas verdes, los modales que entonces parecían ecuánimes y después resultaron prefabricados, No señor, cubano. El hombre aprovechaba su menor estatura para ampararse en mi sombra, ¿Cubano de Cuba? Fingí un gesto de duda para apartar la cabeza y darme el gusto de verlo entrecerrar los ojos, Todos los cubanos son de Cuba, ¿o no? Mi voz sonó más agria de lo que habría querido. Él rió bajito, como si le hubieran contado un chiste de salón. Era casi blanco, de boca grande, dientes separados, y no parecía el tipo al que uno espera venderle un folleto de medicina natural en la guagua pública. Sacó una tarjeta brillante, grabada con letras en oro y rojo, Gerenteo una cadena para vender electrodomésticos. Si le conviene trabajar conmigo, llámeme y nos ponemos de acuerdo. Fue estando en la Electrodom de Herrera que conocí a Mariela mientras enamoraba a su hermana Ángela, una mulata bien clara y mejor plantada que ríe todo el tiempo, lo mismo si gana la Loto que si un motorista le arrebata la cadena en la calle. Me fascinó (y todavía me fascina) su auténtica confianza en que algo bueno está esperándola siempre. Pero Ángela resultó una gallina difícil. No rechazaba mis piropos; se reía, y en la superficie pulida de su risa resbalaban mis alardes. Yo quería parecer formal y terminaba siendo ridículo. Así que me quedé tieso la tarde que Ángela se asomó a la oficina de reclamaciones y me preguntó, riente, ¿Por qué no dejas de privar en trabajador, pides un taxi y me invitas a un lugar que yo sé? Fuimos al Cuba Libre Café, en el Malecón, donde nos estaba esperando Mariela. Más pequeña, más delgada, más mulata, con dos ojos oscuros y enormes, aquella noche Mariela fue la mujer del no. No quiso beber, no dijo más de diez palabras, no dejaba de mirarme y yo no podía determinar si lo hacía por inercia, atención o burla. Al servirnos los primeros tragos de Havana Club y mientras estrenaba una explicación telúrica de por qué a los cubanos nos gusta escribir en las paredes de los bares, hablaba para ver reír a Ángela. A media botella, cuando había gastado palabras como magia, mística, misterio, hasta la plebeya suin, para describir los paisajes de La Habana colgados por todas partes, me esforzaba por echar combustible a la mirada de Mariela. Con la botella en su último cuarto, el repertorio en decadencia y Celina cantando vivas a Changó por vigésima vez en la noche, dije En La Habana, cuando uno va entrando a la curva de la borrachera, le cuenta bretes al mar. Vayan ustedes (la risita de Ángela estaba algo fuera de revoluciones). Tengo pendiente un tour al baño; no me dilato. A pesar de mis alardes caballerescos, fue Mariela quien me ayudó a torear los carros en la avenida y a bajar hasta la baranda que nos dejó frente a la negrura murmurante. El mar era nada más movimiento sentido, roncar grueso que marcaba un tiempo propio, brillos sorpresivos, demasiado rápidos para mi torpeza alcohólica. Esa presencia vibrante recordaba a la conga oriental, sonaba con un no sé qué aplastante. Mar-ojeo, mar-veo, mar-eo... Quise decir algo profundo, como que el mar éramos nosotros, la conciencia del mar en nosotros, el alma limpia del mar... pero Mariela me salvó con su primera frase entera de toda la noche, Usted es un hombre raro, yo nunca había visto a alguien que hablara como usted. Las cosas no tomaron otro brillo. Fue dentro de mí que se abrió una claridad expansiva y de golpe perdí la borrachera. Sin mirarla, sin pensarlo, sin la menor duda de que decía lo que debía (más bien lo que ya había dicho) le pregunté ¿No sabes que eres hija de Yemayá? Era lógico que ella preguntara quién es Yemayá. No lo hizo y yo sabía que no lo haría, con la misma seguridad que extendí el brazo izquierdo y empecé a palparle los senos por encima del vestido azul y blanco. Eran (y son, incluso ahora, después de haber amamantado) chiquitos y tensos, con dos pezones como rosas en botón. Aníbal, yo soy virgen, dijo, los ojos oscuros hacia el oscuro espacio donde se suponía el mar, sin huir tampoco del contacto. Se me secaron las respuestas. El hilo se había roto con la misma rapidez que antes perdí la borrachera y yo trataba de mirar por una rendija, me preguntaba qué venía ahora. Quité la mano, de pronto preocupado no fuera a llegar Ángela, miré el perfil de la muchacha, y ensayé una escapada que todavía me da vergüenza, No hay que morirse por eso, a los veintiún años yo también era virgen. Juntos los tres alquilamos unos meses más tarde este apartamento.
 



Estos cuentos son un pequeño rosario de hábitos, rigores y temores, pero no hay duda de que marcan una vida. Espejos enfrentados, el lector se golpea contra ellos la cabeza. ¿El arco tendido que va de uno a otro cuento no es acaso como un túnel donde el silencioso sufrimiento del hombre es una lenta penumbra que no duele? Al final de ese túnel un tigre perfumado nos espera. Toda la gama de garras y rayas sorpresivas: el desengaño, el adulterio, el miedo, la abulia perpetua, la derrota. Y aún más: en la atmósfera de estas narraciones hay siempre algo que reclama una huida. Personajes y lectores quedan suspendidos de la espera deseante, del advenimiento teatral del fin. Y nunca sucede.
 

Andrés L. Mateo
 


 

José M. Fernández Pequeño

(Bayamo, 1953)
Narrador, crítico y ensayista, José M. Fernández Pequeño nació en Bayamo en 1953. Se graduó de Licenciatura en letras en la Universidad de Oriente, centro donde en distintos momentos impartió Literatura general, Teoría y crítica literaria, Historia del cine y Cine cubano. Estuvo entre los fundadores de la Casa del Caribe de Santiago de Cuba, centro donde trabajó durante 18 años, fundó y editó la revista Del Caribe. Comenzó su carrera de escritor como crítico literario, pero luego se fue desplazando hacia la narrativa y el ensayo. Ha recibido numerosos premios. Los últimos han sido: Premio Memoria, de la UNESCO, en ensayo (1997); Premio Internacional Casa de Teatro, en cuento (2001); y fue finalista en el Concurso Internacional de Literatura Infantil y Juvenil Libresa- Julio C. Coba (Ecuador, 2003). Actualmente reside en Santo Domingo, República Dominicana, donde imparte docencia en las universidades APEC e INTEC.
Obras:
Ensayos:
Periplo Santiaguero de Max Henríquez Ureña (1989) - En el espíritu de las islas: los tiempos posibles de Max Henríquez Ureña (2003)
Compilaciones:
Regino E. Boti: Cartas a los orientales (1990) - Lino Novás Calvo: Ocho narraciones policiales (1995)
Crítica literaria:
Las cosas de cierto mundo (1992) - Crítica sin retroceso (1994) - Cuba: la narrativa policial entre el querer y el poder (1994) - Caminos para llegar al héroe (1995)
Cuentos:
Un tigre perfumado sobre mi huella (1999) - Cuentos para Angélica (2003)
 

 

 

 

MÚSICA DOMINICANA

SOBRE EL AMONÍACO

Y LA TRANSPARENCIA DE LOS GOBIERNOS

FERNANDO UREÑA RIB

 

 

 

 

 
ALUCINANTE

Emotivo recital del maestro Molina, la OSN y Maridalia
 

Pachico Tejada - 6/26/2008




EL MOSAICO SONORO DE LA DOMINICANIDAD SE REALIZÓ CON EL AUSPICIO DE INDOTEL

El maestro José Antonio Molina, con la batuta, dirigiendo al principal grupo musical del país.
SANTO DOMINGO.- La Orquesta Sinfónica Nacional, dirigida por el maestro José Antonio Molina, ofreció la noche del martes una experiencia estética alucinante. El décimo aniversario de la Ley de Telecomunicaciones fue celebrado con el “Mosaico sonoro de la dominicanidad”, presentado con el auspicio del Instituto Dominicano de las Telecomunicaciones (Indotel) en la sala principal del Teatro Nacional Eduardo Brito.

La Sinfónica supo interpretar el “Bolero” de Ravel con gracia y maestría, como una pirámide invertida, desde la más mínima percusión, extendiéndose a los vientos y las cuerdas, hasta culminar en un apoteósico final en que toda la orquesta participa.

El emotivo concierto de gala concluyó con la magistral interpretación de la reconocida pieza de Ravel, que ratificó la calidad del maestro Molina y de nuestra Sinfónica.

Hubo una ovación de pie de la audiencia en un momento emocionante, al dejarse envolver por la magia de la música y la manera de llevar la batuta de Molina, como una danza, por momentos frenética y calmada, en otros instantes saltando, agachándose, dejando que la melodía lo llevara en su vuelo.

Dos horas antes, el evento había iniciado con imágenes de los puntos más bellos del país: playas, montañas, gente, al son del “Compadre Pedro Juan” de Luis Alberti.

Luego de la introducción audiovisual, la música dio inicio con “Porgy and Bess: un cuadro sinfónico”, del compositor norteamericano George Gershwin.

Los sutiles acordes del conocido “Summertime” llenaron de belleza sonora la sala entre vientos y cuerdas. En el segundo movimiento, el maestro Molina ejerció con energía la dirección y así respondió la percusión al entrar con su sonido fortalecido.

Antes del momento final, con la obra de Maurice Ravel, Molina condujo “Romeo y Julieta, Obertur a - f ant a s í a en Sí menor”, de Tchaikovsky, uno de sus autores más admirados.

Maridalia Hernández, la solista
La cantante Maridalia Hernández estuvo magnífica cuando interpretó dos momentos de “El amor brujo” de Manuel de Falla, esto es, “Canción del amor dolido” y “Canción del fuego fatuo”.

La cantante parece haber robado el duende gitano para realizar una interpretación llena del dramatismo que merece este tipo de canción.

De España, la noche se trasladó musicalmente a América del Sur. “Balada para un loco”, del argentino Astor Piazzolla fue la continuación del excelente programa pautado para el espectáculo.

La parte dominicana llegó con el “Popurrí de canciones románticas dominicanas”.

Maridalia hizo temas de, entre otros autores, Anthony Ríos, (“La distancia”), José Dolores Cerón (“Como me besabas tú”), Juan Lockward (“Luna sobre el Jaragua”) y Salvador Sturla (“Amorosa”). Por la familiaridad de los temas, Maridalia invitó al público a cantar con ella, pero al parecer la solemnidad de la sala pudo más que las ganas de acompañarla con las conocidas letras y solo unos pocos se animaron a hacerle coro.

Esta actitud de respeto no fue rota ni siquiera cuando, en la segunda parte de este segmento, Maridalia y la orquesta realizaron la interpretación de “Popurrí de merengues”, autoría de Julio Alberto Hernández, abuelo de la cantante.

Indotel
El secretario de Estado y presidente del Indotel, José Rafael Vargas, expresó que se trata de un majestuoso “concierto para el recuerdo”, mediante el cual la Indotel celebró los diez años de aplicación de esta ley que creó.

Sostuvo que en estos diez años de la Ley número 153- 98 “han dejado frutos positivos” que el país celebró en grande, con el exquisito concierto que ofreció la Orquesta Sinfónica Nacional, bajo la dirección del maestro José Antonio Molina, con Maridalia Hernández como solista.

Vargas manifestó que al patrocinar este concierto, el Indotel no solo se adentra en lo que han sido estos diez últimos años de telecomunicación en el país, sino que, además, reconoce el extraordinario talento musical que brota de las entrañas mismas del pueblo dominicano.




 

FERNANDO UREÑA RIB 

 

 

 



 

 

Ureña Rib has seen his work exhibited around the World and holds a prominent position on the Art scene in his own country, but he admits to be particularly drawn to Montreal, which he visits annually. Renting a studio in the downtown Belgo Building, he immerses himself enthusiastically in the creative and diverse atmosphere of Montreal producing here his works.

FERNANDO URENA RIB

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Revisado: July 31, 2008
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