Quizás
ningún otro pintor dominicano se haya enfrascado en la temática
mística como
Fernando Peña Defilló. La famosa serie "Sobre la materia y el
espíritu" fue una de sus primeras aventuras en ese mundo de lo
mítico y lo sobrenatural. Las imágenes se desintegraban y
reintegraban en una dinámica intensa producida por partículas de
color atomizadas. Ondas expansivas dejaban un rastro de salpicaduras
plenas de color que semejaban una visión macroscópica de los seres
del universo.
Fernando Peña
Defilló es, entre
los pintores dominicanos, lo más cercano a un ermitaño. Un reducido
círculo de amigos lo frecuenta en su retiro de las montañas. Allí se
hunde el artista en los arcanos de su propio universo, Alejado del
mundanal ruido, la obra va surgiendo paciente y pura, sin que los
vendavales del mercado o de la contemporaneidad le inmuten. Su
exaltación del Paraíso, de un mundo angelical, su búsqueda quizás
del Nirvana y de lo trascendente va muy bien en las alturas de esas
hermosas sierras de Jarabacoa, donde vive rodeado de verdor, cerca
de los manantiales que riegan en hondo valle, cerca del cielo.
Allí, en ese Parnaso se supone
residan las musas y muchos artistas y poetas acuden a ese lugar a
beber de sus fuentes. Y a propósito de leyendas, encontramos en las
pinturas de
Fernando
Peña Defilló
una intención simbólica y paradigmática ya que el artista
elige modelos que tienden a representar algunas de las fases
criticas de la trascendencia humana a partir, quizás, de los chacras
o puntos que concentran la energía vital que mueve al ser humano, de
acuerdo a antiguas tradiciones de la India y de la Grecia del
periodo minoico. De las pinturas de
Defilló se
puede deducir una cierta eufonía, acordes cromáticos que vulneran
gratamente no solo el ojo, sino todos los sentidos, estremecidos por
vibraciones energizantes.