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arte colombiano
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NUESTRA américa en la obra
de
alejandro obregón
José María Salvador
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Alejandro Obregón Medio siglo de genio
José María Salvador
Este texto es una reedición parcial del de la monografía Alejandro
Obregón.
Obras Maestras 1941-1991, editada por el Centro Cultural Consolidado
de Caracas,
por cuya gentil cortesía lo publicamos en este catálogo.
Desde hace ya más de tres décadas, Alejandro
Obregón es, por derecho propio, referencia obligada en el universo del
arte latinoamericano. Personalidad íntegra de recio y vigoroso
temperamento, anticonvencional e individualista a ultranza, supo
labrarse un sendero muy suyo y una trayectoria original en el campo de
la creación plástica. Autodidacta intuitivo, huérfano de verdadera
escuela y maestro, se constituyó pronto —por extraña paradoja— en guía
y mentor de numerosas generaciones de artistas en su país. Sus
innovadores aportes en el lenguaje pictórico provocaron, en el
anquilosado universo cultural colombiano, una auténtica subversión de
los valores estéticos, al tiempo que produjeron el impulso modélico
necesario para que otros se aventurasen en experiencias desconocidas y
en derroteros sin desbrozar. Con sus novedosas propuestas esté-ticas,
estilísticas y conceptuales, Obregón llegó —contra su voluntad y para
su consternación— a generar incluso una larga cohorte de epígonos e
imitadores.
Interesa destacar que Obregón conquistó su lenguaje singular con
recursos puramente pictóricos, sin subterfugios ni interferencias de
otros materiales, técnicas o géneros: simples pinceles y pigmentos
convencionales fueron suficientes para un talento natural tan vivaz e
intuitivo como el suyo.
A semejanza de cualquier otro creador, Obregón no fue inmune a
influencias en los inicios de su carrera, y necesitó vivir por su
cuenta búsquedas y tanteos de variada índole antes de conseguir por
fin un modo de expresión personal. En las diferentes variantes
estilísticas y morfológicas adoptadas por él durante su trayectoria
creativa, se aprecia no obstante, una notable coherencia de principio
que permite hablar de "un-modo-de-representar-obregoniano", por mucho
que éste haya cristalizado en el tiempo según diversas modulaciones
estilísticas. Y es que, con tozuda independencia de criterio y enorme
honestidad, nuestro artista buscó siempre —en confiante andadura en
solitario— expresar lo más medular y auténtico de su sentir profundo,
sin atenerse a modas ni a veleidades externas.
Exploraciones por senderos indecisos
Más bien elementales y nada sistemáticos son los conocimientos que
adquiere Obregón durante su breve permanencia de casi un año (1941-42)
en la Escuela de Bellas Artes del Museo de Boston: formación
encorsetada que, mediante ejercicios rutinarios de copia y
transcripción mimética de modelos naturalistas, a duras penas le
facilita el recetario básico del oficio pictórico mientras lo mantiene
dentro de los estrechos márgenes de las convenciones. Obregón absorbe,
sin embargo, tales enseñanzas con una pasión de recién convertido, y
con eficiencia nada desdeñable. (...)
Cuando en 1944, cumplidos ya los 24 años, regresa por fin a Colombia
(donde sólo había vivido en su niñez, de los 6 a los 9 años), Obregón
trae consigo una paleta muy europea, básicamente española, de sordas
tonalidades ocres, sienas, azules oscuros, severos grises y negros.
Afianzado aún en esta perspectiva europea, y sin haber todavía
sintonizado su sensibilidad con el ambiente lumínico y cromático del
trópico, el pintor produce en Colombia, durante los cinco años
subsiguientes, una serie de pequeños óleos oscuros, de formas
sintéticas y monumentalizadas, en el marco de escuetas composiciones
de progresiva sistematización geometrizante. Abundan entonces las
naturalezas muertas, pero son también frecuentes los temas dramáticos,
columbrados bajo la fuerte óptica de Goya. (...)
La disciplina de una geometría cúbica
En el otoño de 1949, luego de renunciar a la rectoría de la Escuela de
Bellas Artes de Bogotá, cargo que había desempeñado por un año,
Obregón se traslada a Francia. Tras un breve paso por París, se
establece en Alba-la-Romaine, pequeña localidad al Sur de Francia.
Allí permanecerá hasta 1954 alternando el oficio pictórico con la
pedestre tarea de recorrer la comarca haciendo lápidas funerarias para
poder atender las necesidades de su creciente familia (a Diego, el
primogénito, habían venido a sumarse otros dos hijos, Silvana y
Rodrigo, nacidos ambos en Alba-la-Romaine).
Durante este su período francés (1949-54), Obregón acentúa aún más la
síntesis geometrizante en sus composiciones, bajo el decidido influjo
del cubismo sintético, contemplado en especial desde la sensible
mirada de Braque: talla las formas en pulidas facetas, aplana los
volúmenes, uniformiza las parcelas cromáticas, aplica los pigmentos en
capas lisas y uniformes, y termina por ensamblar, a modo de
caprichosos rompecabezas geométrico-cromáticos, los cristalinos
fragmentos de esos objetos estenográficos y de ese distorsionado
espacio. Al yuxtaponer y solapar con firmeza estos fragmentos
multicolores, el artista obtiene a la postre una composición
decorativa de sólida vertebración y vigorosa consistencia
constructiva.
Deslindándose, sin embargo, de Braque y sus epígonos, Obregón busca un
camino propio en estas obras por la vía de un colorido cálido y
vibrante, mucho más alegre y desinhibido —incluso en los grises— que
el de sus mentores cubistas. En los trabajos de este período el color
casi siempre se autonomiza de las formas, desde el momento en que los
tonos se extienden a capricho más allá de sus límites "naturales",
contaminando así otros objetos heterogéneos o el espacio circundante:
en esta autonomía del color respecto a las formas está ya en germen la
libertad absoluta frente al color, que proclamará el pintor en su
etapa de madurez. (...)
Cuando, por fin se reinstala definitivamente en Colombia en 1955
vivirá en un primer momento (de 1955 a 1958, aproximadamente) una
situación ambigua en la que estará sometido a un doble desgarramiento.
Desde la vertiente del lenguaje formal, la rígida sistematización
geometrizante (de formas afacetadas, planas y frontalizadas) del
período francés, que todavía conservará durante algún tiempo por
fidelidad a los cánones cubistas, entrará en pugna con una incipiente
expresión más libre y desinhibida de su gesto y de su sentimiento: con
el tiempo, ésta última irá paulatinamente ganando terreno, hasta
desembocar hacia 1958 en la modalidad estilística más "abstractolírica"
de Obregón. En segundo lugar, desde el punto de vista del contenido,
los objetos simbólicos, más o menos universales, que arrastra el
artista desde Francia (flores, palomas, naipes, copas, corazones,
peces, martillos, tenazas, candados, llaves) irán siendo substituidos
poco a poco por otras imágenes más propias del ámbito latinoamericano
(cóndores, barracudas, alcatraces, garzas, iguanas, volcanes,
eclipses).
A pesar de semejante doble desgarramiento, esta primera etapa de
producción colombiana de Obregón (1954-58) se manifiesta como una
continuación natural de su período francés, por el hecho sustantivo de
que en estas obras inaugurales de su trayectoria colombiana aún
perduran la sólida construcción geométrica y la racional disciplina
cubista. De todos modos, con su reencuentro gozoso con el trópico tras
su reinstalación en Barranquilla y Bogotá, Obregón colma su paleta de
colores centelleantes, con tonos cada vez más meridianos y exultantes,
en gamas de progresiva esplendencia y fastuosidad.. (...)
Conviviendo con la abstracción lírica
Hacia 1958 comenzó a hacerse manifiesta en la producción obregoniana
una tremenda soltura en el trazo, con la progresiva aparición de
espesos brochazos gestuales que desagregaban la cada vez más laxa
estructura geométrica de la composición. Esa libertad instintiva en el
gesto ya había, poco antes, comenzado a vislumbrarse tímidamente en el
desgarrador lienzo Velorio. Estudiante muerto, de 1956 (Col. Museo de
Arte Latinoamericano de la OEA), y en algunas otras obras, como
Greguerías y un camaleón, de 1957. Pero en 1958, tras un breve viaje a
Europa y los Estados Unidos, donde tuvo la oportunidad de apreciar
obras de los informalistas europeos y de los abstracto-expresionistas
norteamericanos (sobre todo, de los cultores de la Action Painting),
Obregón comenzó a atacar sus lienzos con pinceladas más desinhibidas,
con gestos de cada vez mayor desenfreno, tal como se aprecia, por
ejemplo, en Aves fulminadas por un rayo, Bodegón y cráter o Fraile,
todas ellas de 1958. En Homenaje a Figurita, también de 1958, Obregón
se permite incluso el recurso del dripping, descubierto sin duda
durante su reciente periplo por Estados Unidos y Europa.
Es oportuno precisar que esta modalidad "abstracto-lírica" obregoniana,
que se extiende, más o menos, entre 1958 y 1964, convive en perfecto
paralelismo y contubernio con su simétrica modalidad
"figurativo-expresionista" (desarrollada también desde 1958, y que se
continúa aún hoy), a la que nos referiremos más tarde.
A partir de 1958 Obregón se entrega con entusiasmo al furor del gesto,
a la fogosa vehemencia de su temperamento caligráfico, que se traduce
de inmediato en briosos trazos alargados, a veces rectilíneos, a veces
en comba, en trepidantes brochazos plenos de materia pictórica y
pregnados de humores instintivos. Semejante desenfreno expresivo del
trazo lo conduce sin remedio al abandono definitivo de la disciplinada
estructura geometrizante, que, en los años inmediatamente
subsiguientes, sólo aparecerá discreta y algodonosa en algunos
esporádicos trabajos, como Niña del coleocanto, de 1959.
Liberado por fin de coerciones constructivas, Obregón se entrega con
entusiasmo a la expresividad del gesto espontáneo. Da entonces rienda
suelta a esos trazos fulgurantes, al propio tiempo explosivos y
temperados, simultáneamente caóticos y sabiamente ritmados, que serán
el sello más distintivo del Obregón de madurez. Y es que, la audacia
de esos relampagueantes brochazos de nuestro artista va secretamente
gobernada por su exquisito sentido del dibujo y por la elegancia
natural de su caligrafía pictórica, que le permiten realizar sus
pinturas abordando directamente con el pincel el lienzo virgen, sin
servirse de bocetos previos ni de dibujos subyacentes.
En este primer período de verdadera madurez, que podríamos calificar,
muy inadecuadamente, como su período "abstracto-lírico" o
"abstracto-expresionista" (1958-64), Obregón lleva su reencontrada
ansia de libertad creativa hasta límites extremos: embriagado por la
reciente conquista de su subjetividad expresiva, olvida incluso la
relación con la objetividad del mundo fáctico, llegando así a
composiciones ya casi del todo abstractas, en las que el devaneo de
libérrimas pinceladas de pigmentos jugosos y generosas texturas apenas
concede delgado margen a raras referencias al mundo reconocible. Esos
rasgos son apreciables en muchas de las obras de 1958 a 1964, de modo
especial en las series Volcanes y Zozobras.(...)
La figura como expresividad desgarrada
A partir de 1958, junto a las mutaciones estilísticas, en la
producción de Obregón se manifiestan asimismo cambios radicales desde
el punto de vista temático: comienzan a brotar entonces con creciente
pujanza los temas, imágenes y símbolos de Latinoamérica y, en
especial, los de su propio país, Colombia. Estos habían estado en
algún grado presentes en casi todas sus etapas previas, aunque
combinados con otros temas e imágenes de índole más universal. Sin
embargo, hacia 1958 el artista se deja atrapar por la exuberancia, la
agresividad y el violento desorden de la naturaleza física de su país,
emblemáticamente representada en la pujante flora tropical, en la
fauna salvaje y en el agreste paisaje de la alta montaña y de la costa
tórrida. Pero, casi como si a ello le llevase por simbiosis esa
violencia física, Obregón se siente también entonces solicitado con
renovado brío por la violencia política y social de su patria, en
trepidante ebullición tras la caída de la dictadura militar de Gustavo
Rojas Pinilla (10 de mayo de 1957): regresan así con fuerza esas
imágenes —ya recurrentes en su producción anterior— de masacres,
genocidios, estudiantes muertos, mujeres asesinadas.
Surgen de ese modo numerosas obras aisladas, como La garza y la
barracuda, 1959,o Aves cayendo al mar, 1961, y, sobretodo, ciertas
series temáticas, como los Cóndores (iniciada en 1958), las Mojarras
(a partir de 1959), el Toro-Cóndor (comenzada en 1960), las Barracudas
(desde 1963), y otras variadas series con las que Obregón intenta
expresar a cabalidad los temas de la Latinoamérica andina y tropical.
Aguijoneado por esa doble terrible violencia, la geofísica y la
humana, Obregón siente la necesidad de traducirlas a través de un
lenguaje plástico lo suficientemente dotado de referencias objetivas,
fácilmente reconocibles por parte del público, aun cuando éstas se
hallen moduladas por altas cotas de arbitrariedad expresiva del
artista. El maestro cartagenero adopta así, a partir de 1958, una
nueva modalidad estilística de índole abiertamente
"figurativo-expresionista", que, como ya dijimos, convive en feliz
armonía con su simultáneo estilo "abstracto-lírico". Sólo que la
figuración expresionista que Obregón desarrolla entre aproximadamente
1958 y 1966 es tan apocopada y subjetiva que en ella las formas e
imágenes del mundo exterior se reducen por lo general a meros
fragmentos etéreos, dispersos y descompuestos. Estos fungen apenas
como meras elipsis o anotaciones estenográficas, simples atisbos que
nos permiten sospechar —y, en última instancia, re-crear— la presencia
del tema aludido en el título de la obra: un cóndor se esconde muchas
veces en un par de aceradas garras y en un desordenado revuelo de
cortas pinceladas-plumas; una barracuda se resume en unas fauces
abiertas o en unas aletas ríspidas; la vegetación tropical crece
furtiva en una enmarañada madeja de largos brochazos retorcidos,
amplias manchas cortas y cursivas pinceladas filiformes.
Obregón lleva ahora hasta las últimas consecuencias su habitual
técnica de construir las formas con el mero color. En sus precedentes
etapas, de mayor racionalidad geométrica, se había visto constreñido a
someter en buena parte sus pigmentos a las pautas previamente marcadas
por el diseño constructivo de la composición. Liberado ahora de tales
coerciones, Obregón construye-destruye las imágenes directamente con
el color, (des)componiendo formas y espacio con unas cuantas
pinceladas magistrales, con unas pocas manchas vigorosas.
Ya desde muy temprano en su trayectoria artística, el catalán de
Cartagena había comenzado la doble tarea de sintetizar y desarticular
las formas en fragmentos cada vez más abstractos e irreconocibles. A
partir de 1958, sin embargo, Obregón desintegra las imágenes con una
furia incontenible en elípticos fragmentos, y los desparrama luego a
voleo, haciéndolos flotar en un espacio neutro como nubes borrascosas.
De hecho, el espacio obregoniano posterior a 1958 carece de límites y
referencias, es del todo abierto e indefinido, y, en cuanto tal, es
terreno abonado para la ambigüedad y el ensueño.
Es destacable al respecto la violenta tensión que, en estas obras, se
genera entre el calmo y homogéneo fondo neutro y la maraña de
enérgicas pinceladas, en forma de manchones amplios y alargados, de
trazos filiformes e incluso de puntos o vírgulas. Los cuadros de
Obregón se resumen de este modo en una palpitante erupción de
pigmentos y retazos morfológicos, los cuales, a pesar de su aparencia
de caos magmático, se sedimentan al final en discreto orden,
sometiéndose a cierta estructura escondida que los relaciona e
integra. Dando muestras de una gran habilidad compositiva, en efecto,
Obregón organiza el fragoroso caos de sus cuadros en torno a una
robusta construcción. Sobre una ortogonal trama de coordenadas (la
horizontal del mar; la vertical del hombre y del vegetal), el maestro
de Cartagena entreteje sus pinceladas conforme dicta el tema
representado, mientras ritma el espacio compositivo con fulgurantes
trazos briosos que distribuyen con justeza equilibrios y tensiones a
lo largo y ancho del cuadro.
El "expresionismo figurativo" de Obregón podría, a su vez, dividirse
en dos subperíodos sucesivos. Uno inaugural, que intercorre grosso
modo de 1958 a 1966, se diferencia del subsiguiente por tres rasgos
fundamentales. Es manifiesta en él, ante todo, una mayor libertad
expresiva en la interpretación de las formas que —salvo raras
excepciones, como La Victoria de Samotracia, 1961, La Violencia, 1962,
y El Caballero Mateo,1964— lindan ya con la semi-abstracción; en la
producción posterior a 1966, por el contrario, junto a generalizados
brochazos del todo abstractos abundan también imágenes de sorprendente
"naturalismo". Además, en el periodo 1958-66 Obregón privilegia un
colorido relativamente moderado, a predominante gris, aunque, acá o
allá, rescalde tan austera atmósfera con encendidas zonas de tonos
luminosos y cálidos: la sobriedad de esta paleta contrasta de plano
con la desbordante esplendencia de que hará gala el pintor en el
siguiente subperíodo. En tercer lugar, hasta 1966 usa todavía como
material pictórico el óleo, con el que logra atractivas calidades
plásticas de densidad matérica, texturados empastes, riqueza de
modulaciones tonales y sutiles transparencias; a partir de esa fecha,
en cambio, el cartagenero prefiere el acrílico, con lo que disminuirá
no poco la calidad de sus gradaciones tonales y sus veladuras. (...)
Embriaguez del color y reencuentro con la forma
A partir de 1966, Obregón desarrolla su segundo subperíodo
"figurativo-expresionista". Frente a la instintiva soltura del trazo
semiabstracto del período previo, Obregón, sin abandonar en ningún
momento los brochazos expresivos y estenográficos, desarrolla ahora
una abundante plétora de imágenes reconocibles, finamente trabajadas
en concordancia casi literal con las convenciones académicas: surgen
así elaborados personajes masculinos y femeninos, ángelas, anunciatas,
cóndores, toros, alcatraces, búhos, barracudas, mojarras, flores,
copas y otros seres u objetos de sorprendente verosimilitud
"naturalista". Acicateado, sin embargo, por su tormentosa ampulosidad
y su grandilocuencia gongorina, el maestro de Cartagena inmerge estas
imágenes tan "realistas" en una procelosa marejada de electrizantes
manchas amorfas, como para condimentar —y, al propio tiempo,
compensar— con una sobredosis de abstracción la pesada carga de
figuración exacerbada.
Por otra parte, frente a las asordinadas atmósferas grisáceas del
subperíodo 1958-66, Obregón prefiere ahora una paleta meridiana,
rezumante de colores brillantes, de tonos luminosos, de luces
refulgentes. Con esa su extraordinaria sensibilidad e intuición por el
color, nuestro artista nos regala en las obras de este último período
una auténtica pirotecnia lumínico-cromática, basada en súbitos
fogonazos de luz-color, en esplendentes fosforescencias, en
chisporroteantes timbres, en trepidantes contrastes de tintas y
valores. Eximio colorista, dueño y señor indiscutido de un exuberante
y fastuoso cromatismo, Obregón eleva ahora hasta la enésima potencia
aquellas arbitrarias licencias en el uso del color, que ya lo habían
distinguido desde los albores de su carrera artística: el capricho
toca ahora no sólo el registro inusual de los tonos usados, sino
también la manera y cantidad con que los distribuye, o la forma con
que los relaciona entre sí, sin escatimar en ningún momento
estridentes disonancias cromáticas.
Por otra parte, tras abandonar definitivamente el óleo, en 1966
Obregón adopta exclusivamente el acrílico, convencido de que, por su
fluidez, ligereza, trasparencia y rapidez de secado, es el medio
pictórico más pertinente para expresar su peculiar temperamento
artístico. Con el empleo del dócil acrílico, Obregón logra traducir
más veloz y eficazmente su gestualidad expresiva, al tiempo que puede
hacer aún más vivaces y fecundos los tremendos contrastes con los que
da vida y dinamiza a sus composiciones: contrastes entre colores
cálidos y fríos, entre tonos intensos y agrisados, entre valores
oscuros y luminosos, entre áreas barridas con suavidad y furiosos
trazos expresivos, entre uniformes fondos neutros y pinceladas
caligráficas a guisa de cursiva rúbrica, entre fragmentos morfológicos
reconocibles e inefables manchas abstractas, entre momentos de
silenciosa nada y torrenciales cataratas de gesto y verbo pictóricos,
entre secreto orden constructivo y aparente caos epitelial. (...)
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FICHA DEL MUSEO
ALEJANDRO
OBREGÓN
Biografía de Alejandro Obregón
José María Salvador
Nace el 4 de junio de 1920 en Barcelona, España. A los
seis años se radica con sus padres en Barranquilla,
Colombia. En 1929 se reinstala con su familia en
Barcelona. Estudia secundaria en el Stony Hurst College,
Liverpool, Inglaterra (1930-34), y en Boston,
Massachusetts, Estados Unidos (1934-36). En 1936
interrumpe sus estudios y trabaja en la empresa textilera
de su familia en Barranquilla hasta que en 1938 se enrola
como camionero e intérprete en las petroleras del
Catatumbo, Colombia. De regreso a los Estados Unidos,
frecuenta la Escuela de Arte del Museo de Boston
(1939-40). En calidad de Vicecónsul de Colombia, de 1940 a
1944 reside en Barcelona, España. Allí asiste en 1942 en
la academia de La Llotja y luego a los cursos libres de
dibujo y pintura en el Círculo Artístico, hasta que decide
proseguir por su cuenta su formación artística. A los 24
años de edad (1944), regresa a Colombia y enseña en la
Escuela de Bellas Artes de Bogotá. En 1945 presenta su
primera exposición individual en Biblioteca Nacional de
Bogotá. Un año más tarde se instala en Barranquilla, luego
de renunciar a su cargo en la Escuela de Bellas Artes de
Bogotá. En 1947 recibe en su taller al arquitecto Le
Corbusier, quien manifiesta poco entusiasmo por sus
trabajos. Tras esta visita su estilo se toma más
geométrico, ordenado y sintético. Testigo directo de la
sangrienta represión de la dictadura militar, realiza en
1948 el óleo Masacre. 10 de abril, que exhibe, con otros
cuadros de contenido político, en su exposición individual
en la Sociedad Colombiana de Arquitectos, pocos días
después de tan trágicos sucesos. Durante el tiempo que
dirige la Escuela de Bellas Artes de Bogotá (1948-49),
ejerce gran influencia sobre los artistas en formación. A
mediados de 1949, renuncia a dicho cargo para instalarse
en Francia. Tras un breve paso por París, se establece en
Alba-la-Romaine, cerca de Aviñón (1949-54). Allí trabaja
en composiciones estáticas de formas planas, sintéticas y
geometrizadas, de clara influencia cubista. En Francia
presenta exposiciones individuales en Montelimar (1953) y
en la Galería Creuze de París (1954). En 1955 expone en la
Unión Panamericana de Washington, D.C., participa en la II
Bienal de Sáo Paulo y en la III Bienal Hispanoamericana de
Barcelona, en la que obtiene un premio. A partir de 1956
comienzan a hacerse recurrentes en su pintura ciertos
objetos-símbolo de la fauna, flora y geografía de la costa
tropical en que vive. Inicia las series Cantaclaros y
Eclipses. Ese mismo año obtiene en Houston, Texas, el
primer premio en la Gulf Caribbean International
Exhibition. En homenaje a los estudiantes asesinados por
la dictadura durante las revueltas del 8 y 9 de junio de
1954, pinta el óleo Velorio. Estudiante fusilado, con el
que gana en Bogotá el Premio Guggenheim International.
Todavía en 1956 expone individualmente en la Sociedad
Colombiana de Arquitectos, en el Club de Profesionales de
Medellín y en el Museo La Tertulia de Cali. Un año más
tarde, después de ser testigo de las manifestaciones
populares y la sangrienta represión que precedieron a la
caída de la dictadura de Rojas Pinilla (10 de mayo),
aborda de nuevo en sus cuadros los temas de la violencia
política y social, como en Estudiante muerto, con el que
obtiene el segundo premio en el X Salón Anual de Artistas
Colombianos. Concurre a la IV Bienal de Sáo Paulo. Tras un
viaje de varios meses por Francia y los Estados Unidos
(1957-58), a partir de 1958 abandona la estructura
geométrica y acentúa cada vez más la espontaneidad del
trazo y la síntesis formal, comenzando así su período
expresionista, casi lindante ya con la abstracción. Ese
año gana el Primer Premio de la Bienal Hispanoamericana en
Madrid. En 1959-60 enseña en la Escuela de Bellas Artes de
Bogotá. En 1959 inicia la serie Cóndores y Mojarras,
presentadas entonces en dos muestras personales en Bogotá:
los Cóndores en la Biblioteca Nacional, las Mojarras en la
Librería Buchholz. Exhibe individualmente también en la
Obelisk Gallery de Washington, D.C. y en la Roland de
Aenlle Gallery de Nueva York. Por esas misma fechas gana
el Primer Premio en el Salón Anual de Barranquilla y una
mención de honor en la V Bienal de Sáo Paulo. En 1960,
fecha de inicio de las series Volcanes, Toro-Cóndor y
Mangles, abre muestras personales en la Galería El
Callejón de Bogotá, en el Instituto de Arte Contemporáneo
de Lima y en la Galería Sixtina de Sáo Paulo. Por esos
meses gana el Primer Premio del Salón Nacional de Cúcuta.
En 1961 inaugura exposiciones individuales en el Museo La
Tertulia de Cali, en la Galería El Callejón de Bogotá, en
el Club Barranquilla y en la Galería Sixtina de Sáo Paulo.
En 1962 obtiene por vez primera el Premio Nacional de
Pintura en el XIV Salón Anual de Artistas Colombianos con
la obra Violencia. Se desempeña como decano de la Escuela
de Bellas Artes en la Universidad del Atlántico,
Barranquilla (1962-63). En 1963, fecha de inicio de la
serie Barracudas, expone personalmente en la Galería
Sistina de Milán, al tiempo que interviene como artista
invitado en el Festival dei Due Mondi en Spoleto, Italia,
y en la Bienal de Sáo Paulo. Meses después, luego de
renunciar a la Dirección de la Escuela de Pintura de la
Universidad del Atlántico, viaja a Europa. En 1965
presenta una retrospectiva en la Galería Colseguros de
Bogotá. En 1966, data en la que abandona definitivamente
el óleo por el acrílico y en la que inicia la serie Los
Huesos de mis bestias, obtiene por segunda vez el Premio
Nacional de Pintura en el XVIII Salón de Artistas
Nacionales. Su obra se destaca en 1967 por varias muestras
personales en la Biblioteca Luis Angel Arango de Bogotá y
en el Museo La Tertulia de Cali, así como por la obtención
del Gran Premio Latinoamericano Francisco Matarazzo
Corinho en la IX Bienal de Sáo Paulo. Un año más tarde se
residencia definitivamente en Cartagena. En 1970 presenta
una importante muestra en el Center for Inter-American
Relations de Nueva York. En 1973 inaugura una amplia
individual en el Museo de Arte Moderno de Bogotá.
Posteriormente su obra se presenta en importantes
retrospectivas en el Museo La Tertulia de Cali (1979), en
el Salón Cultural de Avianca en Barranquilla (1981) y en
la Galería Esede de Bogotá (1981). De 1982 a 1983 una
amplia retrospectiva suya itinera por el Museo
Metropolitano de Coral Gables, Miami, Florida, el Museo de
Arte Moderno de Latinoamérica, OEA, Washington, D.C. y la
Galería Quintana de Bogotá. En 1983 su cuadro-mural
Amanecer en los Andes es instalado en la sede de la ONU en
Nueva York. En 1985 la importante retrospectiva Alejandro
Obregón. Pintor colombiano (106 obras de 1942 a 1985),
itinera por el Museo Nacional de Bogotá, la Maison de
l’Amérique Latine en Paris, y por Madrid. En años
sucesivos abre muestras individuales en el Museo de Arte
Moderno de Bogotá (1986), en la Galería Garcés Velásquez
(1987), en la Aberbach Fine Art Gallery de Nueva York
(1988), en la Galería Duque Vargas de Medellín (1989) y en
la Galería El Museo de Bogotá (1990). En 1990, al cumplir
el pintor 70 años, una amplia retrospectiva de su
producción de cinco décadas itinera por el Museo de
Monterrey, el Museo de Arte Moderno de México y el Museo
de Arte Moderno de Bogotá. En 1991 una selección de sus
obras maestras es organizada por el Centro Cultural
Consolidado de Caracas.
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