LA PINTURA CUNEIFORME DE ALEJANDRA TOLOSA
Sus imágenes me llegaron de pronto, al lomo de
fulgurantes señales cibernéticas, cabalgando distancias
infranqueables, atravesando sierras y planicies muy altas, hasta
llegar a mí en el trópico desenfadado y rítmico del Caribe. Me
llegaban desde las extensas llanuras que exploraran (al filo de la
espada) aquellos españoles asombrados, y aquellos jesuitas
visionarios, con su cruz, su libro y su bandera. Desde allí se
esparcen estas imágenes por el mundo, desde el paraje remoto y
ancestral donde tanto los cóndores como los indios observaban y
registraban, en sus vuelos y en sus cavernas, una de las aventuras más
impresionantes y cruentas que cuenta la historia humana: La del
Descubrimiento. Por supuesto, dicha por los vencedores la historia es
muy distinta.
Ahora, Naná
Tolosa nos relata visualmente y con notable poesía la callada leyenda
de los pueblos vencidos. Y es por eso que quise ir allí y ver
directamente sus imágenes, en Córdoba, Argentina. La memoria de
siglos de historia ha quedado atrapada en los muros de su ciudadela,
en sus conventos, en sus antiguas universidades. Y es allí donde
Alejandra Tolosa labra y cincela sus imágenes. Frente a la obra
misma, el espectador advierte que algo místico y solemne habita estos
paneles. Descubre que han sido pensados quizás como retablos, como
inscripciones para la cripta de algún templo olvidado, como
testimonios gravados con urgencia en la corteza de un árbol o en un
bloque de arcilla.
Este aspecto
testimonial es esencial a la obra de Naná Tolosa
Esta pintora
cordobesa, al igual que las águilas moras, posee una visión precisa e
incisiva. Una visión que alcanza distinguir, a pesar de las grandes
distancias del pasado remoto; los chamanes, los cascos, las banderas,
la espada tenebrosa. Es gracias a esa visión que ella nos cuenta su
manera de entender la historia. Porque para entender la envergadura
Descubrimiento es preciso también entender su sistemática
aniquilación, su desventura.
Ahora
respiran el aire puro de estas sierras seres humanos blancos y
mestizos, gauchos arrobados por la grandilocuencia del infinito cielo
y de las pampas baldías que esperaban al hombre para lanzar al aire
las simientes. Y eso hace Naná Tolosa. Pinta como si quisiera sembrar,
como quien deja una profunda huella, una incisión, una cicatriz, un
silente clamor, la angustia del paso de los seres humanos cayendo y
levantándose desde el furioso estertor de las batallas.
Pero en Naná
Tolosa todo está dicho con reverente intensidad, sin alharacas, sin
estridencias. El color es sobrio y apenas se aparta de las gamas de
tierra. El fondo, en cambio, es luminoso. Un patinado, gris y
brillante, nos recuerda la impresionante visión del granito y del
cuarzo, allá en las altas cumbres. La gubia y el afilado cincel sobre
la superficie maderada van dejando el rastro, la filigrana, de sus
símbolos. La talla es laboriosa, intensa. Frente a ellas el
espectador no puede menos que sentir reverencia. Pero en la misma
medida en que penetramos el arcano de códigos, enigmas, señales y
misterios presentes en la pintura cuneiforme de Alejandra Tolosa,
advertimos que algo sagrado palpita en ellas.