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NARRATIVA
LATINOAMERICANA |
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EL NAHUAL
FERNANDO UREÑA RIB
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EL NAHUAL
Son casi las
doce de la noche. Vicente cojea,
arrastrando una pierna. Se exaspera
al oír cómo el estruendo bombardea
el espacio y sus ondas lo
multiplican en reverberaciones
sucesivas. El fragor de las luces
estroboscópicas le aturde, le ciega.
Tropieza. Siente un dolor súbito en
la rodilla derecha. “¡Es el
menisco!”, maldice. Recuesta su
anatomía sobre una columna e intenta
recomponerse. Intranquilo y sudoroso
observa a los turistas bailar ritmos
extraños, pegando saltos, con
convulsiones y sacudidas, poseídos
por una histeria desenfrenada y
ajena a su mundo de pescador
tranquilo y solitario.
Vicente se empecina y sigue. Se
escurre a duras penas entre los
parroquianos, entre hombres jóvenes
que se estrujan unos a otros,
enfundados en modernas chaquetas de cuero
negro. En el atestado recinto, el
aire ahumado sofoca los gritos de
mujeres eufóricas que se le
abalanzan jadeantes, enloquecidas
por substancias que Vicente
desconoce. Le halan. Las rechaza.
Escapa. Sólo busca una mujer, la
suya. Una hechicera le ha dicho que
habría de hallar a Laura detrás del
bar, baba en boca, con mirada de
perro perdido, fría, el pulso débil
y la piel manchada y áspera.
Detrás del bar no hay otra cosa que
mugre, cerveza podrida, restos de
alimentos y botellas rotas. Intenta
meter la cabeza bajo el mostrador y
un hombrote de seguridad le da un
jalón por el hombro, lo tira del
codo, lo empuja y lo tumba de
rodillas sobre el piso. Esta vez el
dolor del menisco es inaguantable.
Rosa, una camarera de muchos años
que habla con el dejo maya de la gente de
Yucatán, interviene e impide lo
peor. Ella le ayuda a arrastrarse a
un pequeño cuarto contiguo y le echa
sobre un sillón azul, sentándose a
su lado. “Pareces estar fuera de
lugar. ¿Quién eres tú y qué buscas
aquí?” le preguntó Rosa apenas
recobró el aliento. “Busco a Laura,
mi mujer.”
Laura parecía una sirena fuera del
agua cuando Vicente la encontró en
Cayo Arenas, una noche de luna.
“Quiero que me lleves en tu barca,
pescador” le dijo sin mirarlo.
“Quiero que me lleves a ese cayo de
dunas que se ve allá a lo lejos. “
Bordearon el Arrecife de los
Alacranes, canales, rocas y
manglares. Ella se echó desnuda al
agua en un banco de corales y no
volvió a la superficie hasta tres
horas después, ebria de luna y sal.
Subió a la barca con un róbalo
grande y así desnuda se echó a
dormir sobre la proa. Vicente la
cargó en sus brazos y en su cabaña
la tendió sobre una hamaca de redes.
A la mañana siguiente rajaron el
pescado en dos y lo asaron sobre las
brasas con yerbas frescas.
Más o menos lo mismo continuó
ocurriendo cada luna, durante todo
aquel verano. Aparecía a medianoche,
los dos bogaban por una hora y luego
ella se zambullía, perdiéndose entre
algas y corales y no resurgía sino
hasta que el sol tocaba las primeras
nubes. Durante el día la cabaña de
Vicente no se abría y nada ni nadie
entraba ni salía de ella, salvo el
rumor marino. El amor era su pan y
su alegría. Amor que crecía y
menguaba como la marea según fueran
los días de luna, porque al decrecer
la luna Laura desaparecía al alba
sin decir adiós mientras Vicente
dormía los sueños del amor. Su
nombre y su manera de amar eran todo
lo que sabía de ella.
Al final del verano Laura no volvió
más. Y así fue como empezaron las
tribulaciones de Vicente, quien la
buscó cayo por cayo, manglar por
manglar, muelle por muelle. “Esto no
puede haber sido una ilusión. Yo
tengo que encontrarla”, se decía.
Una mañana, en esas búsquedas,
Vicente se enterró en un banco de
arena, lastimándose de mala manera
su rodilla derecha y aumentando su
angustia. Al final de la tarde y en
las noches iba a los bares del
puerto y en ellos apuraba un trago
de tequila o de mezcal.
Así, aturdido de tequila y sol, lo
encontró en un bar una tarde la
hechicera de Uxmal. “Ven a verme a
las diez,” le dijo, “Yo sé lo que
buscas.” Era un cuarto estrecho y
oscuro que olía a sahumerios de
incienso y de copal. “Hay una mujer
en tu vida.” susurró ella tomándole
sus manos y mirándole fijamente a
los ojos. “Pero no te conviene. No
te conviene. Tienes que oírme.
Tienes que oírme.” Repetía. “Si
quieres olvidarla tienes que tomar
hoy mismo, aquí, antes de la
medianoche, un baño de ortigas,
retama y sal.” “Quiero encontrarla.”
“No te conviene. No te conviene.”
Repetía. “Pero si eres fuerte,
entonces entra al Bar de La Iguana a
medianoche y la encontrarás detrás
del mostrador, baba en boca, con
mirada de perro perdido, fría, el
pulso débil y la piel manchada y
áspera.”
Rosa oyó la historia de Vicente con
una mezcla de miedo, asombro y duda.
Le dio un trago de pulque, lo ayudó a
incorporarse, y lo condujo de nuevo
al ruidoso salón y al bar para
mostrarle el único ser que había en
el mugriento piso, detrás del
mostrador. Atada con cadenas a una
viga, entre botellas rotas y restos
de pescado, estaba una iguana verde,
baba en boca, mirada de perro
perdido, fría, el pulso débil y la
piel manchada y áspera. “Se llama
precisamente Laura”, dijo Rosa.
FERNANDO UREÑA RIB
MÉXICO, DF. 24 DE SEPTIEMBRE DEL
2003
Escuchélo en la Radio de México
http://www.codigoradio.cultura.df.gob.mx/index.php/toihyo-nuestro-aliento/10487-maromas-tristes-fernando-urena
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FERNANDO URENA RIB
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Revisado:
May 02, 2013
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