A mado Melo pertenece a
una nueva generación de artistas dominicanos que toma sus propias
circunstancias como punto de partida para la indagación plástica. Esas
circunstancias podrían ser tan aparentemente simples como la rica
flora de la isla o la inminencia luminosa del paisaje. Melo se deleita
en formas oblongas, lanceoladas, ovoides y con esos elemento
desencadena la aventura de las formas que se entrelazan y se mezclan
con particular encanto, como anémonas marinas, como vulvas raquídeas,
como cofias que se afincan en profundo suelo. En los vitrales místicos
de Melo asistimos a un orden. Pero a un orden primigenio que
fluye libremente desde una caverna acuosa y se expande voluptuosamente
y vuela en los espacios para ese orden creados. Una pátina de tiempo
parece acerar las superficies, moldearlas como si se tratara de
ínfimas moléculas milenarias, rescatadas del tiempo y del olvido.
Reminiscencias de Montilla y Tovar se advierten en su obra, pero la
calidez y sensualidad de estas formas ovoides nos permiten decantar
esos residuos y apreciar las luces ambarinas que atraviesan su obra.
Fernando Ureña Rib
Amado Melo presenta
actualmente una
exposición de sus osos en Berlín, y en Austria

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