MARÍA
VERÓNICA LEÓN
La conocí en Quito. En una cumbre. Corría el
año de 1996 y alcancé a ver a María Verónica trepada (y atrapada) en un andamio.
Ella trabajaba junto al maestro Oswaldo Guayasamín, en su taller, unos
enormes paneles murales que servirían para la Capilla del Hombre.
Cuando logró descender me extendió una mano embadurnada de acrílicos que yo
apreté gustoso. El viejo zorro la miraba emocionado. María Verónica
poseía la chispa de la juventud y esos ojos ávidos, ansiosos, capaces
de absorberlo todo.
Luego surcamos las noches de Quito y sus bares secretos. Hubo otros
encuentros. Ella fue invitada a exponer en el Museo de Arte Moderno y
presentó una enorme y chocante vagina ensangrentada, hecha de no sé
qué materiales. Se salvó de la inocente ira de los isleños y se
refugió en París.
Allí fui a visitarla. Su buhardilla no había de tener más de cuatro
metros cuadrados. De las cortinas del baño colgaban lienzos en proceso
de secado. A veces pinta retratos, y ciudades inhóspitas sacudidas
volcanes, huracanes y temblores. Ella se arroja desnuda sobre el suelo y pinta con una
pasión desbordada, cautivante, incontenible.
Y es esa pasión lo que distingue, en París y en el mundo, las
pinturas de María Verónica León. Porque pinta sin miedo. Con arrojo,
sin que nada se interponga entre ella misma y la materia efusiva, que
chorrea y se escapa buscando la imagen elusiva, vital y radiante,
definitiva, resuelta y libre.
Fernando Ureña Rib