LITERATURA DOMINICANA

 

EL ELOGIO DE LA LOCURA

DE DESIDERIO ERASMUS

ORLANDO ISAAC SOTO

 

 

 

 

ERASMO Y EL ELOGIO DE LA LOCURA

ORLANDO SOTO


Para leer a Desiderio Erasmo hay que tomarse una dosis de latín, griego y tener a disposición una amplia formación académica o un diccionario en latín y estar dispuesto a perder un poco de tiempo leyendo las anotaciones al pie de las páginas de su obra y desviarse un poco del ritmo de lectura.

Las personas que tienen la vastedad de conocimiento de los clásicos no tienen ninguna inconveniencia cuando encuentran nombres de los poetas, filósofos, y autores griegos o latinos, a los que echa mano el pensador medieval para elaborar su sátira a la idiotez, la ignorancia, la locura, la estupidez y todos sus sinónimos. ¿A quienes le son familiares nombres como los de Demócrito, Séneca, Juvenal, Aristófanes, Luciano de Samosata, Plutarco, Terencio, Homero, Pausanías, Ovidio, Hesíodo, Varro, Agustìn, etc. que no fuera sino un intellectual o un estudiante muy versado? De ellos y de los primeros traductores de la Biblia, como Jerónimo, Agustín, Tomás de Aquino, Orígenes, etc. hizo acopio el tratadista para elaborar su más conocida obra El elogio de la locura.

No es la locura, ese estado mental en que el individuo es atrapado por una condición sicótica o neurótica. No es la manifestación visible de un individuo que actúa fuera de si, de sus cabales, de manera irracional. No es la condición síquica producida por una enfermedad sicosomática, o por un accidente, una tragedia o esa desgracia que llenó de infelicidad a alguien.
Tampoco se trata de casos demenciales, como los de los personajes que trata el Dr. Antonio Zaglul en su libro Mis 500 locos.

La Locura es una diosa. Ella vino a la tierra primero que el hombre. Precedió a la Justicia, y la Hipocresía en Los Sueños de Francisco Quevedo.
Es hermana de la Lisonja. Está presente desde que nacemos hasta la muerte del hombre. Vive tanto en palacio de rey, como en el más oscuro tugurio.
Se manifiesta en el amor, y en los más bajos instintos del hombre. Es la inspiración de las guerras y de los odios. Se burla de sabios y sabihondos. Ha sido más elogiada que la sabiduría. La poseen los tontos, los débiles, los ignorantes, los creyentes, los ateos, el obispo, el sacerdote, el vicario y todo el prelado.

Hacen lujo de ella los abogados, y doctores. Sin ella el hombre no puede vivir. El maestro y el alumno la encomian. Por ella son los poetas y los filósofos. Es la inspiración y el motivo de la Teología. Sin ella no hubiera Evangelio. Sin ella tampoco salvación. Es locuaz, y habla sin ambages. Se revela en la pintura y la escultura. Sin ella no puede haber artes, ni Apeles ni Seuxis ni John Keats con su Oda a una urna griega.

Está en nuestra vida cotidiana. Está en los celos, el desamor y las pasiones. Está en el hombre mojigato y pelele; en la mujer dominante y en la dominada. En el héroe y en el esclavo. Por ella el hombre surcó los mares y se internó en el sinfín del universo. Es adorada en el altar del corazón humano.

Está en el vino y las mixturas. En los viejos, los niños y los jóvenes guiando sus vidas. La locura es femenina. Tiene de la mujer todos sus atributos fenomenológicos. Es compleja como ellas. También muy sensible y delicada. Está en los hombres dispuestos a sacrificarlo todo por el placer femenino.

Hay locuras seniles: el anciano que derrocha sus haberes para obtener a una jovencita. La amistad sin reservas, y de cualquier otro tipo. Cualquier relación – matrimonial, o extramatrimonial- está dentro de ella. Esta en el amor propio, que es “amigo especial de la lisonja.” Está en los feligreses que ofrecen sacrificios y ofrendas a los “santos”, para recibir un favor o un bien.

En el artista genial y en el mediocre que hace alardes de genialidad. Está en los que alardean de conocer de las Escrituras, son enemigos del estudio e impiden que lo hagan los fieles. Son los que hacen una introducción suave en su sermón y terminan gritándole a voz estentórea para infundir pánico al auditorio. La alaban los tontos, los lunáticos, los simples, que son felices con ella. Está en el que ama mucho pero recibe menos.

Ella está en el que tiene ese sentimiento de patriotería: los británicos se consideran los que tienen mejor atractivo físico, talento musical y cocina fina. Los escoceses, orgullosos de su nobleza y su conexión con la realeza así como su delicada dialéctica. Los franceses, su simpatía, y los parisinos demandan especial reconocimiento por su percepción teológica. Los italianos, de su cultura y elocuencia, y de ser la única raza de hombres civilizados. Los Venecianos, su ascendencia noble. Los Griegos, como los que dieron el origen a las artes , al mismo tiempo el honor de sus ilustres héroes del pasado. Los Turcos, demandan reconocimiento por su religión y acusan a los cristianos de superstición. Los Españoles, que no admiten rival en las glorias de la guerra. Los Alemanes, con vanidad hablan de sus artes mágicas.” (Cita de la misma Locura.)

No hay inspiración sin ella: en el plano teológico, Pablo dice: “Dios escogió salvar a los creyentes por la locura del Evangelio.” La sabiduría no está en la tierra, porque está en Dios mismo. El Elogio de la Locura comienza y concluye con una visión teológica. Porque es un libro con un poco de hermenéutica, de exégesis y de neoplatonismo, como todos los tratados del Renacimiento.





Orlando Isacc Soto
 

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Revisado: January 10, 2012
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