LOS GRANDES AMORES
Siempre podrás tener amoríos y aventuras, pero
los grandes amores tardarán vidas y siglos en consumarse. Te lo digo
porque a mí me ha pasado. Bueno, deja ya de lamerme las orejas.
Conserva tu distancia y escúchame, porque estoy tratando de
prepararte para otro plano de la existencia. Para que notes con
exactitud cuándo se harán presentes las coordenadas y captes el
momento en que el gran amor logrará consolidarse sin obstáculos y
crecer con asombrosa rapidez.
Bastará que se crucen unas miradas furtivas en un bar. O que al
levantar los ojos, que habían quedado prendidos del oscilar del agua
en el estanque, tu futura y aún desconocida pareja te devuelva una
mirada inquisitiva y dulce. O que en el parque en que él
acostumbrará a pasear su perro te quedaras absorta observando las
variantes formales que el viento insuflará en los cúmulos nubosos,
al tiempo que escucharás una voz tímida e invitante que te dirá
simplemente: “Hola, ¿cómo estas?” No se harán esperar las inocentes
preguntas sobre el pronóstico del tiempo, o la raza canina de la
mascota que él acariciará en tus brazos.
Las conversaciones posteriores dejarán entrever todo un espectro de
coincidencias, similitudes y afinidades sorprendentes que les irán
acercando mientras ustedes continuarán charlando e indagando
animadamente, tejiendo y destejiendo una intrincada madeja de sueños
inconfesados, hasta que en un lapso relativamente corto se
encontrarán ustedes ya descubriendo en el lecho los placenteros
misterios que el amor se hace regalar a través de los cuerpos.
Pero la clave para saber cuándo ha llegado el momento del gran amor
consiste en prestar atención a los detalles, que aparecen aquí y
allá con aparente insignificancia. Puedes llamarle augurios,
indicios o señales, no importa. Debes estar atenta y afinar tus
sentidos. Porque antes de que acontezca el gran encuentro sentirás
una sutil euforia y te sobrevendrán deja vues y premoniciones con
una frecuencia inusitada. En la mañana una mariposa entrará
revoloteando en tu cuarto y al caer la tarde un pájaro azul se
acercará a tu ventana entonando tristes trinos, y ya en la noche de
luna verás cómo una luciérnaga se posará sobre tu copa de vino en el
instante en que saboreas intensamente los goces de la soledad, y
creerás que se trata de un beso de la cómplice luna.
Conviene, sin embargo, ejercer cautela. Porque algunos amoríos te
llegarán disfrazados del gran amor, cargados de promesas, halagos y
caricias. Cuidado. Suelen ser trampas siniestras del azar que sólo
consiguen alejarte de la luminosa salida del laberinto. Parecen
caídos del cielo. Te arrobarán, te enajenarán. Poseerán casi todo lo
que siempre amabas en ti, lo que soñabas en el otro y lo que
esperabas del compañero fiel al gozo y al sufrir de tus jornadas.
Cuando esos amores hayan conseguido embaucarte empezarán a sacar
espuelas minuciosamente afiladas, perniciosas y te clavarán sin
conmiseración. Y tu consternación será grave, porque al poco tiempo
te asediarán, te maltratarán y te irán aniquilando, quemando y
asesinando poco a poco tus anhelos, tu dicha y tu ilusión.
Como lo antes expuesto resulta absolutamente impredecible, conviene
que te guíes por el instinto, mantengas tu buen olfato y continúes
disfrutando de tu vida en ese plano de la existencia sin tratar de
morderle las tres patas al gato amoroso.
El gran amor, ese que tarda siglos y vidas en consumarse podrá estar
simplemente ahí, durmiendo tranquilamente sobre tu lecho y puede que
no sepas que ese es tu gran amor. Y bastaría que lo trabajaras, lo
pulieras, le sacaras sus aristas y sus brillos. Aún si el tipo es un
ignorante, depravado y necio, un glotón asqueroso que no sabe ni
siquiera cómo untar el pan sobre la mantequilla, piensa que habrá
siempre un remedio. Algunos suelen ser drásticos, pero efectivos.
Puede que ese remedio esté en el botiquín del baño, en esos
frasquitos con bromuro de plomo y cianuro llamados Tres Pasitos, o
en la gaveta donde el desgraciado guardará la pistola H358 de la
Simpson que él insistirá en comprar desbancando los últimos ahorros
de toda tu vida.
Si te decides por estas soluciones radicales, habrás de saber que
podrías encontrar algunos años de cárcel y, lo que es peor,
regresiones en tus futuras reencarnaciones. Puede que regreses como
una mariposa anunciadora, o como un pájaro azul de triste trinar, o
como una luciérnaga con la misión de rondar las copas de vino de
gente solitaria en las noches de luna. Deja ya de agitar la cola, de
olisquearme y de morder mi pescuezo. Porque puede que te pase lo que
a mí y vuelvas a regresar a la existencia como este perro que soy,
cuyo dueño insiste en sacar a pasear a este parque lleno de
estanques azules y oscilantes. Has de tener paciencia, te he dicho.
Los grandes amores tardan vidas y siglos en consumarse. Te lo digo
porque a mí ya me ha pasado, buena perra.
FERNANDO UREÑA RIB

|