por Sergio Pitol
La Nación
Los escritores y los artistas que
abandonaron sus países de origen sufrieron la influencia de
sus nuevos destinos e incorporaron las tradiciones de otras
tierras. Esa marca les sirvió para recrear el universo
literario y artístico que habían heredado. La amplitud de
visión y la riqueza creativa de Borges, Carpentier,
Vallejo, Reyes y Paz, entre otros, mucho les debieron a
los años vividos en el extranjero.
Hoy, hay una ola muy distinta de emigrados. Son casi
náufragos que llegan a las naciones del primer mundo en
busca de una vida mejor. A menudo son rechazados,
perseguidos, pero en esa muchedumbre se encuentran
seguramente los creadores que forjarán el tesoro espiritual
de las generaciones venideras ¿Qué causas -podría uno
preguntarse- obligarían a un escritor a abandonar su país
por varios años -o durante el resto de su vida- y qué
conexión se establece entre el destierro y la creatividad
literaria?
Aparecerá una infinita gama de causas y razones. La más
traumática, la verdaderamente trágica es la expulsión de una
persona o grupo de personas que comparten ideas sociales,
religiosas, lingüísticas, o que forman parte de minorías
étnicas, o cofradías diferentes, que los órganos del Estado
y a veces ciertas capas poderosas de la sociedad se resisten
a alojar en el seno de la nación; de manera que su vida, su
libertad física o de creación correrían peligro o, por lo
menos, su existencia, de permanecer en su propio país, sería
desdichada. Se trata siempre de “operaciones de limpieza”
para librar a un país de segmentos difíciles de absorber.
Cuando el exilio es voluntario, la estancia en el
extranjero no se concibe como destierro; la distancia de la
patria lejana puede ser favorable para la creación literaria
o artística. Piénsese en la emigración de los románticos
ingleses a Italia: Percy Bysshe Shelley y Mary Shelley,
Robert Browning y Elizabeth Barret Browning, John Keats,
Lord Byron, William Beckford, y tantos más,
viajaron por los países del Mediterráneo y casi todos
terminaron por instalarse durante largos períodos en Italia.
Nada de aquella fascinación renacentista, de aquella
suntuosidad de formas, de tejidos de fastuosos colores, de
naturalidad física, de gracia y de sensualidad que les
prodigaba Italia habían conocido ellos en la pluviosa
Inglaterra, la laboriosa, la práctica, la sobria, la
protestante, la utilitaria. Italia se convertía entonces en
un sueño plenamente realizado.
Más tarde, en la primera parte del siglo XX, desde la
suntuosidad modernista con que aquél se inició hasta las
vísperas de la Segunda Guerra Mundial, es decir durante el
periodo estrepitoso, lúdico y feroz de las vanguardias, una
pléyade de americanos, a cuyo genio se unía una intensa
curiosidad, y un fervor gnoseológico; escritores, músicos y
pintores llegados de la América del Norte y de la del Sur
recorrían diversos países hasta convergir final y
naturalmente en París.
Por lo general se trataba de artistas sin inhibiciones,
sin prejuicios hacia todo lo que de nuevo se producía
entonces en Europa. Abrazaron uno o varios ismos, pero
también, por contraste, descubrieron sus raíces y al llegar
de nuevo a sus países contaban con la ventaja de moverse de
un modo privilegiado entre una tradición nacional y una
emoción contemporánea, entre los fastos del pasado y los
nuevos conceptos europeos. Conocían lo que era válido en lo
nacional, y al mismo tiempo todo aquello que redujera los
límites de su imaginación se convertía en su enemigo.
II
Cuando a finales del siglo XIX y durante las primeras
tres décadas del que acaba de terminar alguien hablaba de
visitar Europa, se refería casi siempre a Francia; más
todavía: a París. Durante décadas ésa fue la meca de los
latinoamericanos, como del mundo entero, ya se sabe. La
soberbia e inmarcesible metrópolis. Si un escritor mexicano
aprendía un idioma extranjero, era casi seguro que el
primero, o el único, fuera el francés.
En París existían dos casas editoriales, la de Ollendorff
y la de la viuda de Bouret, que publicaban libros en lengua
castellana. Una vez aceptado un manuscrito en cualquiera de
esas dos casas, su autor se situaba ya en los círculos
literarios de todo el continente. Pedro Henríquez Ureña
publicó su segundo libro de ensayos, Horas de estudio, en
Ollendorff en 1910; Alfonso Reyes, su primero, Cuestiones
estéticas, en la misma casa en 1911. Había también allí dos
revistas literarias importantes en nuestra lengua, con
difusión en España e Hispanoamérica, La Revista de América,
dirigida por el peruano Francisco García Calderón, y otra
por el venezolano Rufino Blanco-Fombona. Rubén
Darío, la gran figura, publicaba en ambas revistas.
Un poco más tarde, en el periodo de entreguerras, no
había un joven escritor o pintor en América que no deseara
vivir en París. Algunos lo lograron con becas, con ayudas
familiares o con ingresos casi mendicantes. Los hijos de las
familias pudientes llegaban a estudiar carreras serias, las
de siempre: leyes, medicina e ingeniería. Raros eran los que
persistían hasta el fin.
A los pocos días de llegar habían conocido a la mayoría
de los latinoamericanos que la ciudad contenía. Leían
poesía, discutían de literatura, de política, de mujeres, de
los ballets de Stravinski y de Milhaud, de la pintura
de Picasso, del Ulises de Joyce, de la riña entre Breton y
Aragon. ¡Estaban al día! Recorrían las calles a todas horas,
conocían los cafés, las mejores y las peores vinaterías,
vivían extasiados y al mismo tiempo hartos de todo, sin
saber bien por qué; poco a poco comenzaron a moverse con
soltura dentro de la cultura francesa, es más, algunos
participaron activamente en los movimientos de vanguardia,
sobre todo en el surrealista. Pero también por caminos
distintos comenzaron a interesarse por la historia y la
literatura de aquellos vagos países que habían dejado a sus
espaldas y a rebelarse ante su atraso, sus injusticias, sus
caudalosos problemas.
Sin advertirlo casi, sin proponérselo, fueron
reconquistados por América. Puedo citar algunos nombres: los
cubanos Alejo Carpentier y Lidia Cabrera, los
venezolanos Uslar Pietri y Teresa de la Parra, el
uruguayo Enrique Amorim, los guatemaltecos Luis Cardoza
y Aragón y Miguel Angel Asturias, los chilenos
Gabriela Mistral y Vicente Huidobro, los peruanos César
Vallejo y César Moro, los mexicanos Alfonso
Reyes, Carlos Pellicer y al final Octavio Paz, y
muchos, muchísimos más. Gran parte de nuestra pintura se
forjó allá: Diego Rivera, Agustín Lazo, Rodríguez
Lozano, entre los mexicanos, el guatemalteco Carlos Mérida,
los cubanos Amelia Peláez y Wifredo Lam, el uruguayo
Torres-García, el chileno Matta, entre muchos otros,
unos participaron en el cubismo y el futurismo, otros en el
surrealismo.
Todos ellos conocieron a partir de un momento esa
experiencia que Julio Cortázar le refería en una
carta a Lezama Lima sobre cómo uno desde Europa comienza a
esbozar las líneas borrosas de nuestro continente, para
posteriormente irlas precisando, y ya no son sólo las del
propio país sino las de toda la América latina. Años más
tarde volverían a sus países convertidos en ciudadanos del
mundo, con un buen manejo de idiomas y una cultura forjada
en plena libertad, placer y rigor.
Su mayor interés, una vez de vuelta en América, era el de
empaparse del pasado y el presente de su país y fusionar, en
su obra, los diversos imaginarios y mitologías de una
colectividad, los ritos ancestrales, con los artificios
formales aprendidos en Europa. Con excepción de uno o dos de
los mencionados todos ellos hicieron una literatura
plenamente nacional pero sin prejuicios ni resabios
nacionalistas.
El caso de Borges es peculiar. Viaja muy joven a Europa.
Estudia en Ginebra y pasa después algunos años, los de la
Primera guerra mundial, en Mallorca, Sevilla y Madrid. En
esta última ciudad se adhiere a un movimiento de vanguardia,
el ultraísmo. De vuelta en Buenos Aires, repudió con
estruendo ese pasado inmediato europeo, sobre todo el
español. Decidió ser un criollo total y utilizar el lenguaje
de los criollos (“criollo” en la Argentina significa nativo,
y no hispánico como entre nosotros). Le llevó varios años
recuperar el equilibrio. Sin desistir del fervor por los
poemas gauchos, las milongas y los tangos de arrabal,
recuperó el viejo placer de la filosofía, las literaturas
clásicas, sobre todo la inglesa; se asomó también al mundo
oriental. A la mitad de su vida se había convertido ya en
nuestro escritor universal por antonomasia.
III
El esfuerzo de los latinoamericanos para no quedarse
atrás en el mundo, ni a la sombra de las metrópolis, ha sido
ímprobo, una larga y esforzada marcha desde la Independencia
hasta la hora actual. Partimos en busca de una deseada
madurez y en la cultura lo hemos logrado, no obstante las
mil trabas, reproches, barreras, zancadillas y asedios que
se nos han puesto. Parecería que una América buena marchara
hacia la utopía mientras otra, la perversa, pusiese todos
sus esfuerzos en liquidarla. Las fases más difíciles se
registraron en el siglo diecinueve. Las pruebas fueron
tremendas. ¿Cuántos de entre los pobladores lograban en 1820
orientarse sobre lo que significaba un término tan novedoso
como era el de “república”? Sólo un mínimo puñado perdido y
disgregado en la infinidad de un continente políticamente
virgen. En ese siglo se formó un sentimiento de americanería
andante. Se inicia con las enseñanzas de Andrés Bello,
que se pone al servicio de Venezuela -su país natal- y de
Chile, y enseña todo lo que había aprendido en su laboriosa
y larga estancia en Inglaterra, y culmina con Martí y Darío,
que recorren diversos países con un fervor cultural nunca
antes registrado.
Extranjeros en busca de radicación duermen en las calles
de Almería J. M. Vidal / EFENo he encontrado visión más
clara que la de Reyes para ilustrar esa larga marcha: “En
tanto que el europeo no ha necesitado asomarse a América
para construir su sistema del mundo, el americano estudia,
conoce y practica a Europa desde la escuela primaria […] La
experiencia de estudiar todo el pasado de la cultura humana
como cosa propia -sigue apuntando Reyes- es la compensación
que se nos ofrece a cambio de haber llegado tarde a la
llamada civilización occidental. Estamos en postura de hacer
síntesis y de sacar saldos sin sentirnos limitados por
estrechos orbes culturales como otros pueblos de mayor
abolengo. Para llegar a su conciencia del mundo, el hijo de
un gran país europeo no necesita casi salir de sus
fronteras. En cambio para llegar a Roma nosotros tuvimos que
caminar por muchos caminos. No así el que vive en Roma”.
La esperanza de Reyes en poder ver realizada una utopía
americana, su optimismo en el presente y en el destino de
nuestra América, es ferviente: “Hemos tenido que buscar la
figura del Universo juntando especies dispersas en todas las
lenguas y todos los países. Somos una raza de síntesis
humana. Somos el verdadero saldo histórico. Todo lo que el
mundo haga mañana tendrá que contar con ese saldo nuestro”.
No ha sido así, desgraciadamente aún no; pero nosotros
perseveraremos. Sobre los esfuerzos de un intelectual en la
periferia de las grandes culturas, para no quedarse
paralizado en un rincón de su aldea, cito una carta muy
aleccionadora del filósofo Cioran a su traductor en
España, el filósofo Savater: “Nunca me han atraído los
espíritus confinados en una sola forma de cultura. Mi divisa
ha sido siempre y continúa siéndolo, no arraigarse, no
pertenecer exclusivamente a una comunidad.
Vuelto hacia otros horizontes, he intentado siempre saber
qué sucedía en otras partes. A los veinte años, los Balcanes
no podían ofrecerme ya nada más. Ese es el drama, pero
también la ventaja de haber nacido en un medio “cultural” de
segundo orden. Lo extranjero se había convertido en un dios
para mí. De ahí esa sed de peregrinar a través de las
literaturas y de las filosofías, de devorarlas con un ardor
mórbido. Lo que sucede en la Europa oriental sucede también
en los países de América latina, y he observado que sus
representantes están infinitamente más informados y son
mucho más cultivados que los occidentales, irremediablemente
provincianos. Ni en Francia ni en Inglaterra he conocido a
nadie con una curiosidad comparable a la de Borges, una
curiosidad llevada hasta la manía, hasta el vicio, y digo
vicio porque, en materia de arte y de reflexión, todo lo que
no degenere en fervor es superficial, es decir, irreal…
Es la sed sudamericana lo que hace a los escritores de
aquel continente más abiertos, más vivos y más diversos que
los europeos occidentales, paralizados por sus tradiciones e
incapaces de salir de una prestigiosa esclerosis”.
Coda
Ahora bien, las migraciones de hoy día tienen
características diferentes de las anteriores. Me imagino que
alguna semejanza tendrán con las que ocurrieron en los
dominios del Imperio Romano durante y después del desplome
final. Los bárbaros, las tribus despreciadas se pusieron en
movimiento para ocupar los espacios vacíos.
Hace poco vi en Milán una magnífica e impresionante
exposición del genial fotógrafo Sebastián Salgado. El
tema era sólo uno, precisamente el de las migraciones, en
los diez últimos años, y en todos los continentes. Inmensas
muchedumbres marchan de un lado a otro, pueblos expulsados
de su lugar por un régimen político, por el miedo a los
combates en regiones en guerra, pero, sobre todo, por el
hambre. Son los hijos perdidos de la política neoliberal,
sus frutos. Países y continentes enteros en ruinas. Lo más
impresionante era el rostro de las mujeres. Más que temor
uno encontraba signos de fortaleza, de dignidad, la
seguridad de sobrevivir a todos los desastres. Junto a
ellas, sobre ellas, abajo de ellas revoloteaban parvadas de
niños. En algunas fotos, en los campamentos de socorro, los
niños dormían en el suelo, jugaban o aprendían a leer y a
escribir en unas salas pobremente improvisadas.
Al salir del Palazzo Regio, donde se exponía la obra de
Salgado, vi en las calles del centro de la ciudad, en la
misma inmensa plaza del Duomo y en sus alrededores, las
mismas caras contempladas en las fotografías: muchísimos
sudamericanos pobres, en especial de Perú, Bolivia y
Ecuador. Algunos paleaban nieve, otros vendían lo que
tenían, de todo, paraguas, juguetes folclóricos de sus
países, tejidos, fotografías, discos, videocasetes; otros
más tan sólo conversaban; africanos procedentes del çfrica
negra o del norte, de los países árabes, miles de asiáticos,
y una cantidad de europeos del Este o de los Balcanes mal
vestidos, pésimamente abrigados, poco aseados: albaneses,
kosovares, serbios, rusos, bosnios, búlgaros, rumanos,
bielorrusos, a saber de dónde más…
En la noche de Navidad la plaza se convirtió en una torre
de Babel. Imposible saber cuántos idiomas y dialectos se
emitían, unos juntos a otros, en aquel espacio cristiano,
cada uno custodiando un imaginario propio. Una inmensa
colonia de parias. Los pobres del mundo. Se percibía una
vitalidad primaria, una propensión al relajo, a la bulla. Es
la vida. Los italianos los detestan, como en todos los
países prósperos de Europa, pero no pueden deshacerse de
ellos. Los golpearán, encerrando a algunos en sus miserables
refugios y les prenderán fuego, los escupirán, les robarán
sus pobres harapos, les destruirán sus igualmente pobres
artesanías, violarán a sus mujeres y a sus hijas, pero
perdurarán, porque otros más seguirán llegando, debido a la
miseria de sus países, y algunos de ellos encontrarán
trabajo porque las tasas de natalidad de Europa son ahora
casi todas negativas; cada año disminuyen los nacimientos,
hay menos niños en Italia, en Europa entera, menos jóvenes,
faltan manos para ocuparse de los trabajos sucios y
fatigosos.
No soy sociólogo, muchísimo menos profeta, pero de esas
visiones invernales me quedó la convicción de que dentro de
cincuenta, o cien años, para fijar cifras nada lejanas, la
imagen de Europa quedará transformada por estos nuevos
pobladores.
El actual globalismo monetario, al empobrecer al extremo
su entorno, los ha despojado de sus lugares natales. En el
futuro serán los ciudadanos del mundo, y si no ellos
físicamente, sí parte de la marea infantil que los acompaña
por todas partes. La historia se repetirá, ellos
reemplazarán a las abúlicas civilizaciones incapaces de
procrear sus descendientes, como hace quince siglos los
godos, los visigodos, los normandos, los rutenos, los
magiares, los kazhubes, y tantos y tantos grupos temidos
entonces se “desbarbarizaron”, reconstruyeron algunas de las
ruinas y los áureos jardines que los fatigados romanos no
pudieron mantener, para dar inicio a otros estilos tan
majestuosos como los anteriores, el gótico por citar un
ejemplo soberbio.
Y el mundo, de eso no cabe duda, seguirá su larga, su
infinita marcha.
Por Sergio Pitol Para LA NACION - México, 2001