Conocí a Mauricio Lasansky en una
visita que él hiciera a Altos de Chavón hace ya unos años. Lo que me
impresionó del hombre maduro, entrado en años fue su intensidad, su
pasión por el grabado y su minucioso énfasis en el detalle.
Y es esta pasión lo que indujo a Mauricio Lasansky a
abandonar su Buenos Aires natal y continuar estudios gráficos en Nueva
York, gracias a una beca de la Fundación Guggenheim.
Y es esa pasión del notable judío argentino la que otorga
al grabado calidades hasta el presente no logradas ni superadas. La
finura y precisión de la incisión en los intaglios, la densidad de los
negros, las sutilezas de la mediatinta y tantos otros valores que se
hacen perceptibles en el grano mismo de la plancha y luego en la
superficie del grabado, en la dinámica de la imagen y en la fuerte
sensación emocional que se desprende de cada una de sus obras,
particularmente aquella serie que fuera realizada en Nueva York para
conmemorar la exterminación de los judíos en la Alemania Nazi, y
titulada "Los dibujos Nazis".
Pero Lasansky es sobre todo un maestro, un maestro de
maestros, y su taller en la Universidad Aiowa alcanzó pronto fama
mundial, haciéndolo el símbolo de la más depurada técnica gráfica.
Mauricio Lasansky es considerado, junto a Antonio Martorell, uno de
los grabadores más importantes de América.
Fernando Ureña Rib
