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un camino ancho transitaban tres brujas. La que venía a la izquierda
era gorda y pajosa, cojeaba de las dos piernas y sus tetas parecían
salírsele de la blusa que llevaba cogida por unos tirantes que casi
reventaban por la pesadez de sus calabazas. La bruja que venía a la
derecha apenas tenía pelos en la cabeza, era escuálida y gris. De
tan vieja, los pliegues de la cara y del cuello le colgaban hasta
las clavículas. Pliegues que se movían, abanicándola del calor
infernal que hacía en aquel camino tan ancho y polvoriento.
La del medio, sin embargo,
no parecía una bruja. Todo lo contrario. Como era muy joven supuse
que era la víctima inocente de aquellas malvadas hechiceras. Cuando
las vi me eché a un lado. Me escondí primero detrás de un tronco de
guayacán y luego me agaché tapándome entre unas guazábaras. Asustado
esperé que no me vieran. Pero me vieron. Me vieron y, lo que es
peor, me llamaron. Yo, que le traía a mi madre un bulto con pájaros
mareados, eché hacia atrás tres pasos, para que no me los robaran.
La de las tetas grandes insistió, mirándome fijamente y acercándose,
se bajó un poco el sostén y me dijo: «Ven... » Repitió: «Ven... y te
enseño algo bueno. »
Reculé. Reculé otros tres
pasos y vi cómo la de la derecha me hizo señas con la uña negra de
un dedo muy largo: «Ven pa’ acá... pa’ que sepas lo que es bueno,
muchachón.» Aquella mujer flaca, aunque tenía todos los dientes
entrecruzados, le faltaba uno, el del medio. Y por ese hueco sucio
entraba y salía una lengüita rápida que silbaba como culebra. Pero
su voz no. Su voz era de chicharra y me encogía los nervios y las
rodillas hasta dejarme paralizado al oírla acercándose a mí con su
uña sucia y sus jardines colgantes.
Pero entonces la muchacha
del medio las apartó y abriendo los brazos me dijo: «Ven». Era alta,
tenía los dientes parejos y la sonrisa se parecía a la de la virgen
de la capilla, cuando el arcángel Gabriel le anunciaba lo del parto.
Pero lo que más me gustó fueron sus ojos. Yo tendría diecisiete años
cuando eso y vivía detrás de la ermita de Santa María, en un campo
de San Cristóbal, criando gallinas en un corral y atrapando guineas
alzadas desde los pajonales de Hatillo hasta la sabana de Madre
Vieja, pero nunca había visto ni oído mentar nada igual.
Con las guineas yo era
rápido y tentado, pero no sabía nada de mujeres, que son muy
distintas. Recordé que mi padre me había dicho que había que tener
cuidado con las mujeres, porque saben demasiado. Así que aprendí a
esquivarlas. Las guineas son espantadas también y solo es posible
atraparlas a media noche, echándole redes mojadas encima cuando
duermen. A veces uno tiene que quedarse horas enteras acechándolas,
sin moverse, sin pestañear. Pero las mujeres no. Son más esquivas,
decía mi padre y saben más que las guineas, porque son siempre ellas
las que atrapan a los hombres.
Como eso no lo entendía muy
bien, lo primero que pensé fue ¿cómo voy a quedarme parado aquí y no
irme detrás de esa mujer que me está llamando? Ella se adelantó y me
miró sonriendo, abriéndome sus brazos. Nunca había sentido algo tan
lindo como aquella voz y aquellas manos de mujer, llamándome y
tocándome la cara con el perfume que tenía guardado en un pañuelo.
Sin saber cómo me encontré
de pronto en una casa azul donde nunca había estado. Afuera el sol
pitaba, había gallos peleando y perros locos que le ladraban a no se
sabe qué. No me importaba. Solo miraba embelesado los ojos de la
virgen que me sonreía y besaba mi frente sudorosa sobre el lecho
estrujado y ponía las manos sobre mi corazón asustado, calmándome.
Sentí en los ojos ardor de humo de fogones, aunque hasta entonces el
lugar solo olía a romero y albahaca. «Te preparan un baño», me dijo,
sacando un ramo de ortigas y entregándoselo a la flaca. Las dos
viejas trajeron la palangana de agua hirviendo y la flaca empezó a
castigarme con el ramo de ortigas. Luego vino la gorda y me untó el
cuerpo con cristales de sábila y me metió sin ropa en la palangana
de agua caliente. Las viejas murmullaban unas palabras raras y me
estrujaban con hojas y con yerbas, mientras la que se parecía a la
virgen me miraba, plantada en el dintel de la puerta, vestida con
una bata de algodón. Degollaron entonces una de mis guineas y
quisieron que yo bebiera su sangre caliente, pero no pude. Entonces
me dieron a beber miel de panal con mucho ron y gotas de angostura,
me envolvieron en un mosquitero y me trancaron con la del medio.
Ella se me echó encima
desnuda y durante mucho rato me dejé hacer todo lo que ella quiso. Y
eso ha seguido haciendo ella todas las noches, desde entonces.
Todavía hoy continúa envolviéndome en sus misterios, sin que yo
pueda escapar de sus redes. Anoche, tomándome un ron con miel por
fin le pregunté: «Dime, Aura, y ¿quien fue que te mandó donde mí con
esas dos brujas y esos sahumerios?» Ella se echó a reír y me lo
soltó de un tajo: «¡Fue tu padre, bobo, fue tu padre!