CUENTOS DOMINICANOS

 

LA INICIACIÓN

FÁBULAS URBANAS DE

FERNANDO UREÑA RIB

 

 

 

PINTURA AL ÓLEO DE FERNANDO UREÑA RIB

 

 

LA INICIACIÓN

 

Por un camino ancho transitaban tres brujas. La que venía a la izquierda era gorda y pajosa, cojeaba de las dos piernas y sus tetas parecían salírsele de la blusa que llevaba cogida por unos tirantes que casi reventaban por la pesadez de sus calabazas. La bruja que venía a la derecha apenas tenía pelos en la cabeza, era escuálida y gris. De tan vieja, los pliegues de la cara y del cuello le colgaban hasta las clavículas. Pliegues que se movían, abanicándola del calor infernal que hacía en aquel camino tan ancho y polvoriento.

La del medio, sin embargo, no parecía una bruja. Todo lo contrario. Como era muy joven supuse que era la víctima inocente de aquellas malvadas hechiceras. Cuando las vi me eché a un lado. Me escondí primero detrás de un tronco de guayacán y luego me agaché tapándome entre unas guazábaras. Asustado esperé que no me vieran. Pero me vieron. Me vieron y, lo que es peor, me llamaron. Yo, que le traía a mi madre un bulto con pájaros mareados, eché hacia atrás tres pasos, para que no me los robaran. La de las tetas grandes insistió, mirándome fijamente y acercándose, se bajó un poco el sostén y me dijo: «Ven... » Repitió: «Ven... y te enseño algo bueno. »

Reculé. Reculé otros tres pasos y vi cómo la de la derecha me hizo señas con la uña negra de un dedo muy largo: «Ven pa’ acá... pa’ que sepas lo que es bueno, muchachón.» Aquella mujer flaca, aunque tenía todos los dientes entrecruzados, le faltaba uno, el del medio. Y por ese hueco sucio entraba y salía una lengüita rápida que silbaba como culebra. Pero su voz no. Su voz era de chicharra y me encogía los nervios y las rodillas hasta dejarme paralizado al oírla acercándose a mí con su uña sucia y sus jardines colgantes.

Pero entonces la muchacha del medio las apartó y abriendo los brazos me dijo: «Ven». Era alta, tenía los dientes parejos y la sonrisa se parecía a la de la virgen de la capilla, cuando el arcángel Gabriel le anunciaba lo del parto. Pero lo que más me gustó fueron sus ojos. Yo tendría diecisiete años cuando eso y vivía detrás de la ermita de Santa María, en un campo de San Cristóbal, criando gallinas en un corral y atrapando guineas alzadas desde los pajonales de Hatillo hasta la sabana de Madre Vieja, pero nunca había visto ni oído mentar nada igual.

Con las guineas yo era rápido y tentado, pero no sabía nada de mujeres, que son muy distintas. Recordé que mi padre me había dicho que había que tener cuidado con las mujeres, porque saben demasiado. Así que aprendí a esquivarlas. Las guineas son espantadas también y solo es posible atraparlas a media noche, echándole redes mojadas encima cuando duermen. A veces uno tiene que quedarse horas enteras acechándolas, sin moverse, sin pestañear. Pero las mujeres no. Son más esquivas, decía mi padre y saben más que las guineas, porque son siempre ellas las que atrapan a los hombres.

Como eso no lo entendía muy bien, lo primero que pensé fue ¿cómo voy a quedarme parado aquí y no irme detrás de esa mujer que me está llamando? Ella se adelantó y me miró sonriendo, abriéndome sus brazos. Nunca había sentido algo tan lindo como aquella voz y aquellas manos de mujer, llamándome y tocándome la cara con el perfume que tenía guardado en un pañuelo.

Sin saber cómo me encontré de pronto en una casa azul donde nunca había estado. Afuera el sol pitaba, había gallos peleando y perros locos que le ladraban a no se sabe qué. No me importaba. Solo miraba embelesado los ojos de la virgen que me sonreía y besaba mi frente sudorosa sobre el lecho estrujado y ponía las manos sobre mi corazón asustado, calmándome. Sentí en los ojos ardor de humo de fogones, aunque hasta entonces el lugar solo olía a romero y albahaca. «Te preparan un baño», me dijo, sacando un ramo de ortigas y entregándoselo a la flaca. Las dos viejas trajeron la palangana de agua hirviendo y la flaca empezó a castigarme con el ramo de ortigas. Luego vino la gorda y me untó el cuerpo con cristales de sábila y me metió sin ropa en la palangana de agua caliente. Las viejas murmullaban unas palabras raras y me estrujaban con hojas y con yerbas, mientras la que se parecía a la virgen me miraba, plantada en el dintel de la puerta, vestida con una bata de algodón. Degollaron entonces una de mis guineas y quisieron que yo bebiera su sangre caliente, pero no pude. Entonces me dieron a beber miel de panal con mucho ron y gotas de angostura, me envolvieron en un mosquitero y me trancaron con la del medio.

Ella se me echó encima desnuda y durante mucho rato me dejé hacer todo lo que ella quiso. Y eso ha seguido haciendo ella todas las noches, desde entonces. Todavía hoy continúa envolviéndome en sus misterios, sin que yo pueda escapar de sus redes. Anoche, tomándome un ron con miel por fin le pregunté: «Dime, Aura, y ¿quien fue que te mandó donde mí con esas dos brujas y esos sahumerios?» Ella se echó a reír y me lo soltó de un tajo: «¡Fue tu padre, bobo, fue tu padre!

FERNANDO UREÑA RIB

 

 

 

 

 

 

FERNANDO URENA RIB

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Pintura Orgánica de Fernando Ureña Rib

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Revisado: March 05, 2010
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