Es una distinción presentar esta noche a
Fernando Ureña Rib, sobresaliente y significativo pintor dominicano
que vive la creación como una aventura y que está siempre abierto al
universo y a sus ostensibles y muchas veces ocultas corrientes
incesantes.
Decir la piel es un libro espléndido que nos obliga a detenernos y
pensar. Miramos atrás y miramos hacia delante. Aquí palpitan un autor
y una obra.
Decir la piel, decir el lienzo, decir los cuerpos, decir el mar...
Fernando me devuelve la frase, que ya no reconozco y que debo
apropiarme de nuevo. No es mía. Ahora nos pertenece. Pertenece a a
quienes se han sumado a estas fulgurantes orgías del silencio y han
enmudecido frente a las máscaras y los frutos marinos, frente a las
trampas de la luz y el deseo, frente a la lluvia y la luz de una
arrebatada sintaxis silenciosa.
Las máscaras dicen cuerpos, los cuerpos dicen máscaras. Es la
enmascarada dicción del placer, superados los trazos de las
vanguardias que atravesaron la centuria para llegar a fin de siglo y
reunirnos alrededor de un erotismo sabiamente dicho, que en ningún
instante se proclama como tal, sino que se vive y se dice y se hace y
se lee.
¿Qué se necesita para leer a Fernando Ureña Rib? Apenas un cuerpo y
unos atabales, apenas el deseo y la luz. La mayoría de los discursos
han desaparecido y apenas aparece la piel. ¿Quiénes están aquí?
Estamos nosotros, pero estamos nosotros reducidos al clamoroso cuerpo
que somos.
Y está bien que así sea, acaso porque nuestros cuerpos saben mucho
más nosotros. Mi cuerpo sabe más que yo. Prescinde de doctrinas y
conceptos y se arroja a la urbana corriente marina, donde encuentra
otro cuerpo y otra lengua, y donde la luz lo corona con una sabiduría
que desconoces los dictados innecesarios de la historia.
Fernando Ureña Rib parece decirnos que no somos en la historia.
Parece decirnos que somos en la piel y en las orquestas trenzadas de
la piel. Parece decirnos que los hallazgos estaban y están muy cerca
de nosotros, allí donde verdaderamente somos y donde verdaderamente
bailamos y donde verdaderamente deseamos.
Lo demás son los manuales. Lo demás son los museos.
Aquí suena una música. Aquí un mar se deshace en los pechos de una
doncella enmascarada. Aquí deseo.
Es arte es aventura. Salimos con la palabra o el trazo entre los
dientes. De los datos de una temporalidad avasallante salimos a una
intemporalidad de fiesta que no cesa. Lo repito: mi cuerpo sabe más
que yo. Nuestros cuerpos saben más que nosotros.
Lo que yo sabía -lo que nosotros sabíamos- es ahora historia
antigua. Está en los textos escolares y en las solemnes efemérides de
la centuria.
Esto no. Esta aventura nunca está escrita. Por más insistamos, esta
aventura no la escribe nadie. Es la aventura infinita de nosotros
mismos. Es el cuento de nunca acabar, humedecido por furiosas olas
oceánicas y por luces que salen del lienzo a rozar otras luces
siderales.
La piel es dicha de la piel.
Una gratuidad soberana recorre esta obra.
Las historias que tienen sentido son las que solo podemos decir
nosotros.
Las historias de Fernando solo las puede decir Fernando.
Es por eso que él está aquí. Es por eso que estamos aquí nosotros.
Su mirada jubilosa, sensual, penetrante es la deleitosa mirada del
deseo.
Sus cuerpos fueron arrojados al aire, a la luz, a la música, como
cascabeles o tamboriles de desatinos que nadie averigua.
Estamos ante la insólita paz y quietud del movimiento, ante la
inaudita mansedumbre de cuerpos que van tras otros cuerpos.
Es una cierta profanación que los ángeles cometen.
Estamos aquí, pero ya no estamos aquí.
El arte es una suerte de maravilla que desanuda los sujetos.
Estamos mudos ante nuevos nudos. Somos cómplices de estos cuerpos y
estas máscaras. Son ciertas aéreas y fastuosas complicidades, ciertos
atinados desatinos, ciertos fulgurantes juegos que jugamos cuando la
piel juega.
Hedonismos de la mesura, hedonismos del silencio, hedonismo de los
cuerpos enmascarados que no se pronuncian. Nada se dice aquí, pero
todo se dice. Nada se dice aquí, salvo la piel, que no dice nada.
Las líneas de Fernando no parten. Permanecen. Crecen. Están
creciendo. Como una tonadilla o una llama, están creciendo. No cesan
de crecer.
La piel, que es dicha, está dicha.
Basta la piel. Basta decir la piel.
ENRIQUILLO SÁNCHEZ
Santo Domingo, 19 de septiembre de 2000