LA HORA DE LA MUJER
EN LAS PINTURAS DE
FERNANDO UREÑA RIB
En
el arte contemporáneo, la mujer (como imagen pictórica) perdió mucho
del valioso terreno que había ganado, ya que la historia de la pintura
no es otra cosa que una visión histórica de la mujer, de sus atributos
físicos, de su manera de acicalarse a través de los tiempos y de su
permanente incidencia en la vida del hombre. Sin embargo, el arte
contemporáneo casi se puede decir que se la evade, que la evita, o
bien que la representa como la víctima propiciatoria de los más
horrendos desmembramientos bélicos.
No sé si este cambio (esa
ausencia) reciente se deba a una escondida actitud misógina o a la
sintomática alergia a la belleza que aqueja al arte de este siglo. El
feísmo mantuvo el arte bajo su férula por mucho tiempo, y si se las
compara a las de cualquier siglo anterior, observamos que las mujeres
en la pintura del siglo veinte no despiertan el deseo de ser amadas,
sino más bien compadecidas.
Desde los años setenta, la
imagen de la mujer, (que muy discretamente se hizo presente en las
búsquedas de nuevas formas de expresión plástica) mostraba un morboso
deleite en reflejar los espantos del mundo. Sin embargo, una visión de
la mujer agredida y atacada no era sostenible.
Todos recordarán que
durante el creativo período del cubismo, las amables curvaturas de los
contornos femeninos (como en la estética de Rubens, de Renoir y de
Degas) fueron sustituidas por líneas rectas y duras que se
entrecruzaban para enfatizar lo bizarro de un mundo veloz,
estructurado por el hombre y carente de sensualidad .
En el ínterin, la
abstracción posterior se desembarazó del añejo conflicto entre líneas
curvas y rectas, eliminando a ambas. Pero ni los lúgubres planos
monocromáticos del arte conceptual, ni los experimentos con símbolos
(masculino, femenino, cruz, raya, flecha) lograron acercarnos con
pasión, admiración o reverencia a la mujer de nuestros días. No así en
las refrescantes pinturas que Fernando Ureña Rib presenta en el
Palacio Consistorial de Santiago y en el Museo de Arte Moderno de
Santo Domingo.
Un nuevo barroquismo
cromático permite a las figuras femeninas entrelazarse, fundirse y
surgir de manera alta y esplendorosa. Aquí la mujer triunfante vuelve
a ser el tema central e idílico del arte. Se la presenta impúdica y
fascinante, activa y poderosa.
La mujer, resuelta,
desnuda y definitiva, en la obra de Ureña Rib, vuelve a ser
inspiración y guía. La fuerza motivadora que fue para el arte y para
la literatura desde siempre. Desde tiempos arcaicos y clásicos hasta
los del Renacimiento y aún hasta principios de nuestro siglo la mujer
era la portadora de antorchas y banderas.
Es una mujer (la Gioconda)
la que sintetiza la búsqueda de la belleza en la Europa del siglo XV y
mucho antes fue una mujer la que representó la victoria de Samotracia.
También es (no lo
olvidemos) una mujer la que representa el triunfo de la República
Francesa en el siglo XVIII. La mujer fue esencial a la pintura de
Fantin Latour,de Delacroix, de Boucher, de Gauguin, de Tolouse Lautrec,
de Puvis de Chavannes y de tantos otros.
La ausencia de la mujer en
el arte de la segunda mitad del siglo veinte es, sino inexplicable,
imperdonable. Sin embargo, del rico pasado mencionado a Ureña Rib le
interesan solo sus aspectos esenciales. Formalmente su obra dista de
ser la ilustración de viejas anécdotas paganas. Tampoco pretenden ser
un estudio gráfico de la teogonía, de la cosmogonía o de la demiurgia
de antiguos griegos y romanos. Ureña recrea, con devoción auténtica,
una visión prospectiva y certera del futuro inmediato.
Aunque con una clara
referencia a la antigüedad greco romana estas Ninfas alzan con alegría
sus brazos hacia el futuro desde los frisos de una pintura que si bien
vindica el mito y valora la tradición, la hace discurrir por los
secretos de una figuración de depurado oficio. Así, renovada y
fortalecida, esta procesión victoriosa de Ninfas se encamina hacia el
siglo venidero.
La mujer ahora no es solo
hermosa sino libre. La mujer luchadora y capaz, es un ser misterioso,
mítico, consciente de sus poderes ancestrales. El mito, que se opone
al logos, a la razón, se restablece. La mujer, en fin, como ser
protector y benefactor de la naturaleza y de la vida. Estas Ninfas no
son una ingenua y gratuita glorificación de la mujer como objeto, ni
una banal alabanza de la belleza de sus formas. Lo que cuenta es un
cierto espíritu, una actitud. Aquí la abstracción simbólica del mito
asume toda su carga poética.
En estas escenas, no
carentes de drama, Fernando Ureña Rib provoca y desencadena una
energía que conmueve y arrastra al espectador, a quien también le pide
con urgencia una reflexión. En un momento en que la pintura parecía
haberle dado las espaldas no solo a la mujer, sino al arte de la
figuración en general, Ureña Rib la retoma y la enaltece. Una danza
continua y circular celebra a la mujer y la impregna de músicas
rituales.
En los albores del nuevo
siglo nos recuerda la sabiduría del hombre primigenio, cuando la mujer
era la llamada a jugar un papel predominante. Así lo auguran estas
Ninfas. Y así, al hacer esto, Ureña Rib recupera el arte para los
sentidos, para el instinto, para la percepción. El arte no ha de ser
discurso, ni el frío sufrimiento de la razón.
El arte como experiencia
humana palpable, no como retórica. Aquí, en esta hora de la mujer, el
arte es como los aromas o el alimento, como un jardín inmenso y
misterioso que invade todos los sentidos. Así, a través de estas
Ninfas, Fernando Ureña Rib nos ayuda a descubrir que el arte puede ser
no solo grato y sensual sino tal como la mujer, una fuerza motivadora,
de gran riqueza espiritual y alta, profundamente gratificante.