n el arte
contemporáneo, la mujer (como imagen pictórica) perdió mucho del
valioso terreno que había ganado, ya que la historia de la pintura
no es otra cosa que una visión histórica de la mujer, de sus
atributos físicos, de su manera de acicalarse a través de los
tiempos y de su permanente insindencia en la vida del hombre. Sin
embargo, el arte contemporáneo casi se puede decir que se la evade,
que la evita, o bien que la representa como la víctima propiciatoria
de los más horrendos desmembramientos bélicos.
No sé si este cambio (esa ausencia) reciente se
deba a una escondida actitud misógena o a la sintomática alergia a
la belleza que aqueja al arte de este siglo. El feísmo mantuvo el
arte bajo su férula por mucho tiempo, y si se las compara a las de
cualquier siglo anterior, observamos que las mujeres en la pintura
del siglo veinte no despiertan el deseo de ser amadas, sino más bien
compadecidas.
Desde los años setenta, la imagen de la mujer,
(que muy discretamente se hizo presente en las búsquedas de nuevas
formas de expresión plástica) mostraba un morboso deleite en
reflejar los espantos del mundo. Sin embargo, una visión de la mujer
agredida y atacada no era sostenible.
Todos recordarán que durante el creativo período
del cubismo, las amables curvaturas de los contornos femeninos (como
en la estética de Rubens, de Renoir y de Degas) fueron sustituidas
por líneas rectas y duras que se entrecruzaban para enfatizar lo
bizarro de un mundo veloz, estructurado por el hombre y carente de
sensualidad .
En el ínterin, la abstracción posterior se
desembarazó del añejo conflicto entre líneas curvas y rectas,
eliminando a ambas. Pero ni los lúgubres planos monocromáticos del
arte conceptual, ni los experimentos con símbolos (masculino,
femenino, cruz, raya, flecha) lograron acercarnos con pasión,
admiración o reverencia a la mujer de nuestros días. No así en las
refrescantes pinturas que Fernando Ureña Rib presenta en el Palacio
Consistorial de Santiago y en el Museo de Arte Moderno de Santo
Domingo.
Un nuevo barroquismo cromático permite a las
figuras femeninas entrelazarse, fundirse y surgir de manera alta y
esplendorosa. Aquí la mujer triunfante vuelve a ser el tema central
e idílico del arte. Se la presenta impúdica y fascinante, activa y
poderosa.
La mujer, resuelta, desnuda y definitiva, en la
obra de Ureña Rib, vuelve a ser inspiración y guía. La fuerza
motivadora que fue para el arte y para la literatura desde siempre.
Desde tiempos arcaicos y clásicos hasta los del Renacimiento y aún
hasta principios de nuestro siglo la mujer era la portadora de
antorchas y banderas.
Es una mujer (la Gioconda) la que sintetiza la
búsqueda de la belleza en la Europa del siglo XV y mucho antes fue
una mujer la que representó la victoria de Samotracia.
También es (no lo olvidemos) una mujer la que
representa el triunfo de la República Francesa en el siglo XVIII. La
mujer fue esencial a la pintura de Fantin Latour,de Delacroix, de
Boucher, de Gauguin, de Tolouse Lautrec, de Puvis de Chavannes y de
tantos otros.
La ausencia de la mujer en el arte de la segunda
mitad del siglo veinte es, sino inexplicable, imperdonable. Sin
embargo, del rico pasado mencionado a Ureña Rib le interesan solo
sus aspectos esenciales. Formalmente su obra dista de ser la
ilustración de viejas anécdotas paganas. Tampoco pretenden ser un
estudio gráfico de la teogonía, de la cosmogonía o de la demiurgia
de antiguos griegos y romanos. Ureña recrea, con devoción auténtica,
una visión prospectiva y certera del futuro inmediato.
Aunque con una clara referencia a la antigüedad
greco romana estas Ninfas alzan con alegría sus brazos hacia el
futuro desde los frisos de una pintura que si bien vindica el mito y
valora la tradición, la hace discurrir por los secretos de una
figuración de depurado oficio. Así, renovada y fortalecida, esta
procesión victoriosa de Ninfas se encamina hacia el siglo venidero.
La mujer ahora no es solo hermosa sino libre. La
mujer luchadora y capaz, es un ser misterioso, mítico, consciente de
sus poderes ancestrales. El mito, que se opone al logos, a la razón,
se restablece. La mujer, en fin, como ser protector y benefactor de
la naturaleza y de la vida. Estas Ninfas no son una ingenua y
gratuita glorificación de la mujer como objeto, ni una banal
alabanza de la belleza de sus formas. Lo que cuenta es un cierto
espíritu, una actitud. Aquí la abstracción simbólica del mito asume
toda su carga poética.
En estas escenas, no carentes de drama, Fernando
Ureña Rib provoca y desencadena una energía que conmueve y arrastra
al espectador, a quien también le pide con urgencia una reflexión.
En un momento en que la pintura parecía haberle dado las espaldas no
solo a la mujer, sino al arte de la figuración en general, Ureña Rib
la retoma y la enaltece. Una danza continua y circular celebra a la
mujer y la impregna de músicas rituales.
En los albores del nuevo siglo nos recuerda la
sabiduría del hombre primigenio, cuando la mujer era la llamada a
jugar un papel predominante. Así lo auguran estas Ninfas. Y así, al
hacer esto, Ureña Rib recupera el arte para los sentidos, para el
instinto, para la percepción. El arte no ha de ser discurso, ni el
frío sufrimiento de la razón.
El arte como experiencia humana palpable, no como
retórica. Aquí, en esta hora de la mujer, el arte es como los aromas
o el alimento, como un jardín inmenso y misterioso que invade todos
los sentidos. Así, a través de estas Ninfas, Fernando Ureña Rib nos
ayuda a descubrir que el arte puede ser no solo grato y sensual sino
tal como la mujer, una fuerza motivadora, de gran riqueza espiritual
y alta, profundamente gratificante.