ARTE DOMINICANO

 

LA HORA DE LA MUJER EN LAS PINTURAS DE

FERNANDO UREÑA RIB

ELIZABETH PUIG

 

 

En el arte contemporáneo, la mujer (como imagen pictórica) perdió mucho del valioso terreno que había ganado, ya que la historia de la pintura no es otra cosa que una visión histórica de la mujer, de sus atributos físicos, de su manera de acicalarse a través de los tiempos y de su permanente insindencia en la vida del hombre. Sin embargo, el arte contemporáneo casi se puede decir que se la evade, que la evita, o bien que la representa como la víctima propiciatoria de los más horrendos desmembramientos bélicos.

No sé si este cambio (esa ausencia) reciente se deba a una escondida actitud misógena o a la sintomática alergia a la belleza que aqueja al arte de este siglo. El feísmo mantuvo el arte bajo su férula por mucho tiempo, y si se las compara a las de cualquier siglo anterior, observamos que las mujeres en la pintura del siglo veinte no despiertan el deseo de ser amadas, sino más bien compadecidas.

Desde los años setenta, la imagen de la mujer, (que muy discretamente se hizo presente en las búsquedas de nuevas formas de expresión plástica) mostraba un morboso deleite en reflejar los espantos del mundo. Sin embargo, una visión de la mujer agredida y atacada no era sostenible.

Todos recordarán que durante el creativo período del cubismo, las amables curvaturas de los contornos femeninos (como en la estética de Rubens, de Renoir y de Degas) fueron sustituidas por líneas rectas y duras que se entrecruzaban para enfatizar lo bizarro de un mundo veloz, estructurado por el hombre y carente de sensualidad .

En el ínterin, la abstracción posterior se desembarazó del añejo conflicto entre líneas curvas y rectas, eliminando a ambas. Pero ni los lúgubres planos monocromáticos del arte conceptual, ni los experimentos con símbolos (masculino, femenino, cruz, raya, flecha) lograron acercarnos con pasión, admiración o reverencia a la mujer de nuestros días. No así en las refrescantes pinturas que Fernando Ureña Rib presenta en el Palacio Consistorial de Santiago y en el Museo de Arte Moderno de Santo Domingo.

Un nuevo barroquismo cromático permite a las figuras femeninas entrelazarse, fundirse y surgir de manera alta y esplendorosa. Aquí la mujer triunfante vuelve a ser el tema central e idílico del arte. Se la presenta impúdica y fascinante, activa y poderosa.

La mujer, resuelta, desnuda y definitiva, en la obra de Ureña Rib, vuelve a ser inspiración y guía. La fuerza motivadora que fue para el arte y para la literatura desde siempre. Desde tiempos arcaicos y clásicos hasta los del Renacimiento y aún hasta principios de nuestro siglo la mujer era la portadora de antorchas y banderas.

Es una mujer (la Gioconda) la que sintetiza la búsqueda de la belleza en la Europa del siglo XV y mucho antes fue una mujer la que representó la victoria de Samotracia.

También es (no lo olvidemos) una mujer la que representa el triunfo de la República Francesa en el siglo XVIII. La mujer fue esencial a la pintura de Fantin Latour,de Delacroix, de Boucher, de Gauguin, de Tolouse Lautrec, de Puvis de Chavannes y de tantos otros.

La ausencia de la mujer en el arte de la segunda mitad del siglo veinte es, sino inexplicable, imperdonable. Sin embargo, del rico pasado mencionado a Ureña Rib le interesan solo sus aspectos esenciales. Formalmente su obra dista de ser la ilustración de viejas anécdotas paganas. Tampoco pretenden ser un estudio gráfico de la teogonía, de la cosmogonía o de la demiurgia de antiguos griegos y romanos. Ureña recrea, con devoción auténtica, una visión prospectiva y certera del futuro inmediato.

Aunque con una clara referencia a la antigüedad greco romana estas Ninfas alzan con alegría sus brazos hacia el futuro desde los frisos de una pintura que si bien vindica el mito y valora la tradición, la hace discurrir por los secretos de una figuración de depurado oficio. Así, renovada y fortalecida, esta procesión victoriosa de Ninfas se encamina hacia el siglo venidero.

La mujer ahora no es solo hermosa sino libre. La mujer luchadora y capaz, es un ser misterioso, mítico, consciente de sus poderes ancestrales. El mito, que se opone al logos, a la razón, se restablece. La mujer, en fin, como ser protector y benefactor de la naturaleza y de la vida. Estas Ninfas no son una ingenua y gratuita glorificación de la mujer como objeto, ni una banal alabanza de la belleza de sus formas. Lo que cuenta es un cierto espíritu, una actitud. Aquí la abstracción simbólica del mito asume toda su carga poética.

En estas escenas, no carentes de drama, Fernando Ureña Rib provoca y desencadena una energía que conmueve y arrastra al espectador, a quien también le pide con urgencia una reflexión. En un momento en que la pintura parecía haberle dado las espaldas no solo a la mujer, sino al arte de la figuración en general, Ureña Rib la retoma y la enaltece. Una danza continua y circular celebra a la mujer y la impregna de músicas rituales.

En los albores del nuevo siglo nos recuerda la sabiduría del hombre primigenio, cuando la mujer era la llamada a jugar un papel predominante. Así lo auguran estas Ninfas. Y así, al hacer esto, Ureña Rib recupera el arte para los sentidos, para el instinto, para la percepción. El arte no ha de ser discurso, ni el frío sufrimiento de la razón.

El arte como experiencia humana palpable, no como retórica. Aquí, en esta hora de la mujer, el arte es como los aromas o el alimento, como un jardín inmenso y misterioso que invade todos los sentidos. Así, a través de estas Ninfas, Fernando Ureña Rib nos ayuda a descubrir que el arte puede ser no solo grato y sensual sino tal como la mujer, una fuerza motivadora, de gran riqueza espiritual y alta, profundamente gratificante.

 

 

 

 

 

 


 

 

 

FERNANDO URENA RIB

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Pintura Orgánica de Fernando Ureña Rib

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Revisado: March 05, 2010
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