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Cuando María del Carmen
Ossaye me pidió que presentara en su acogedora galería de arte una
muestra en formato menor de mis desnudos, me dejé seducir por su
idea. Al poco tiempo emprendí la tarea llevado por una fascinación
intensa. Hacía tiempo anhelaba yo regresar a una pintura apasionada,
que erizara la piel, desprovista de discursos y metáforas, alejada de
la "conceptualidad" y la "intelectualidad",
cercana al íntimo universo de los sentidos.
Buscaba una pintura cuya materia dúctil pudiera palparse con la
yema de los dedos, donde el ojo del espectador siguiera con deleite la
huella del pincel y de su untura y en la que todos sus sentidos
recorrieran ese camino inenarrable que conduce del corazón a la mano
y al lienzo, ondeando las formas y atrapándolas para entregarlas
vivas, puras y auténticas a un espectador que olvidara ante ellas los
dogmas, los rótulos y la sutil demagogia de las palabras.
Me preocupaba observar que la tradición en el arte de pintar casi
se pierde hoy. Los encumbrados curadores de los museos modernos, la
miran con desdén, casi con saña. En las bienales el arte de la
pintura es el gran ausente y en su lugar las salas se atiborran de
viejos bártulos, presentados bajo ostentosas y falsas fanfarrias de
la novedad. Hasta aquí la canción desesperada.
Ahora es preciso volver al arte y al oficio de pintar, tan antiguo,
tan hermoso y tan humano. Es preciso quitarle de encima la urdimbre de
oscuras teorías y las penumbrosas especulaciones con que lo han
revestido. ¡Qué ocasión más feliz me ofrece esta vez María del
Carmen! Veinte desnudos de amor que pretenden restablecer esa íntima
comunión, ese idilio entre el arte y el espectador, y volver a la
figura humana, desnuda y radiante, desinhibida, libre. La de volver a
una pintura hecha con las manos para el deleite de los ojos, y del
alma.
Fernando Ureña Rib
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