Fernando
Ureña Rib obtuvo su título de Profesor de Dibujo el único que se
otorga en la Escuela Nacional de Bellas Artes en 1969, sanción
académica que afirmaba su precocidad.
Era discípulo de Jaime Colson.
¡Quién se hubiera atrevido entonces a desafiar el legado neoclásico del
maestro! Tampoco creo que a nadie se le hubiera ocurrido. Tan fuerte era
su impronta. Fernando Ureña Rib, joven no solo "ferviente y entusiasta"
sino respetuoso, se adhirió naturalmente a una filiación. Así sucedió
con los artistas de la misma generación y las promociones siguientes.
Esta autodisciplina propició una figuración realista, ribeteada de
romanticismo con repentinos asomos expresionistas. En efecto linaje no
implica anquilosamiento en el nacimiento de una personalidad propia.
Fernando Ureña Rib sí hubiera podido decir "El arte es humanismo".
Su
pintura se fundamenta en la representación del hombre y de la mujer,
rasgos y cuerpos armoniosos (mesuradamente colsonianos), retratos de
estados anímicos, miradas contemplativas o inquisitivas. El mundo del
amor, de la tentación, de las libaciones estaba presente traduciendo
tanto las vivencias y fantasmas de un ser recién salido de la
adolescencia, como los recursos plásticos.
Fernando Ureña Rib variaba las
expresiones de los rostros y de las manos, aparejaba o agrupaba las
criaturas con la misma convicción que ponía en sus imágenes de un solo
personaje. Jugaba con la luz, con el claroscuro, con fuentes luminosas
surgidas de diferentes puntos del espacio.
Como los de su generación
por supuesto me refiero a los más dotados él no tenía miedo a las
dificultades anatómicas, a las leyes de la composición o a los rigores
de la perspectiva. El entrenamiento recibido se volvía evidente placer.
Placer de triunfar sobre las exigencias técnicas de una mueca, de unos
dedos crispados, de un escorzo.
MARIANNE DE TOLENTINO