Lluvias de Mayo
A mi madre,
Martha Rib Vda. Ureña en sus ochenta años.
H oy lloverá a las dos
- me dices y junto a la premonición se mezclan en tu mirada
gratas reminiscencias - Hay un relente de aguas. Comienza a
subir el olor peculiar de los goterones sobre el asfalto
ardiente. Sentada en la mecedora haces pespuntes y rematas
agujas todavía. El dedal y la aguja han estado contigo tanto
tiempo.
Lejos
en el recuerdo estamos nosotros sentados al quicio de la
puerta viendo cómo se borran las imágenes de la gente que se
apresura a refugiarse debajo de los aleros. Son las lluvias de
mayo. Súbitas, desproporcionadas, breves, intensas. Tu te
mueves de la mesa de corte a la máquina de coser, a la cocina.
Siempre entre vestidos de novias, cretonas, broches,
alfileres, encajes y lentejuelas.
El
ruido de las aguas sobre el techo de zinc ahoga tu orden de
"Nadie salga a bañarse bajo la lluvia" pero somos llevados por
el ineludible magnetismo de un chorro fresco y abundante que
se precipita sobre nosotros desde los caños del tejado.
Saltamos plenos de jubilosa alegría.
E sa noche lamentamos
no haber oído tu advertencia. Mantas para los pies frío,
tisanas de hojas de guanábana y limoncillo, cataplasma de cebo
de ovejo caliente para el pecho congestionado, jarabes y
unturas expectorantes y aquella cucharada horrible de aceite
de higuera. "Hay que estar bien para la escuela mañana" ,
dices con ternura y firmeza.
M ucho ha llovido
desde entonces. Es tanto lo que te debemos y tan poco lo que
podemos retribuirte. Lo que aprendimos de ti no podrá ser
escrito, pero tampoco podrá jamás ser olvidado. Acepta estas
flores como un símbolo de eterna gratitud.
Santo Domingo
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