Fernando Ureña Rib
varía siempre las
expresiones de los rostros y las manos, apareja o agrupab las
criaturas con la misma convicción que pone en
sus imágenes de un solo personaje. Juega con la luz, con el claroscuro, con fuentes luminosas
surgidas de diferentes puntos del espacio.
Como los de su generación
por supuesto me refiero a los más dotados él no tiene miedo a las
dificultades anatómicas, a las leyes de la composición o a los rigores
de la perspectiva. El entrenamiento recibido se vuelve evidente placer.
Placer de triunfar sobre las exigencias técnicas de una mueca, de unos
dedos crispados, de un escorzo.
No tenemos que precisar cómo
Fernando Ureña Rib refería sus protagonistas, en gran medida, al medio
circundante, rasgo que se acentuará durante su estancia española. El
artista, muy joven entonces, quería ampliar sus horizontes, conocer
nuevos medios artísticos y culturales, otras costumbres, otros pueblos.
Ese deseo de enriquecimiento interior a través de los contactos
internacionales (siempre acompañado de una proyección de su obra), es
inherente al temperamento y a la personalidad de Fernando Ureña Rib.
Cabe señalar como poco común
que un pintor de 22 años recorra los caminos de las capitales de Europa
y a los pocos meses ya expone individualmente en un medio artístico de
tan difícil acceso. No obstante así sucedió. Saliendo de Santo Domingo
en Julio de 1973, él exponía en Madrid, luego en Soria, después en
Málaga, las tres veces en el 1974 y en lugares de prestigio.
Considero que ese periplo
europeo fue un viaje de estudios por excelencia. No solamente el recién
llegado se embriagaba de museos y obras maestras, sino que manifestaba
un sincero interés por los ambientes populares y auténticos, por la
gente sencilla, por esas escenas que reflejan la idiosincrasia de una
provincia, de una ciudad, de un barrio. Fernando Ureña Rib nunca dejaba
de pintar, y sus telas llevaban la huella de esa captación y
revelación... del viejo-nuevo mundo".
En esos cuadros malagueños y
madrileños latía el diario vivir vernáculo: el juego de ajedrez, la
discusión acalorada, la pausa restauradora del café lugareño. El
"forastero" del Caribe tenía un raro don de observación. Citaremos al
respecto dos mujeres lavando que me recordaron, por cierto, una
secuencia de la película "El amor brujo" de Carlos Saura, rodada muchos
años después.
Es hoy cuando se puede apreciar
mejor esa breve etapa, tan esencial para el despertar del artista. Esas
pinturas, colgadas en enero de 1975, profundizadas en la aplicación y la
selección del color, escrupulosas en la representación de una atmósfera
local, cobran relevancia. La veo como un paso positivo que refuerza el
oficio, varía modelos y enfoques reales en vez de la evasión hacía el
surrealismo extemporáneo e ingenuo que asechaba a Fernando Ureña Rib en
su primera Exposición individual.
Las inquietudes habían
encontrado una materia viva, al mismo tiempo que la contemplación de los
clásicos españoles y más cerca de nosotros, de Goya y Sorolla. Sin
embargo en un contexto temporal y espacial aislado, ese periodo
perfeccionador de los recursos plásticos podía aparentar una
bifurcación al costumbrismo.
Nada más alejado de los hechos.
Simplemente, en esa época decisiva, Fernando Ureña Rib centraba su
temática sobre el exterior, sobre los espectáculos que se desarrollaban
a su alrededor e indudablemente allí cabe inducir la impronta del
maestro Colson la realidad como soporte de la pintura le convenía.
Era
un proceso de transferencia más auténtico, más seguro, más sentido. El
crítico de arte español Rafael Puertas (a la sazón director del Museo de
Bellas Artes de Málaga) a pesar de que pretendía no atribuir importancia
a los vaticinios y a una postura "escolástica", predecía el porvenir del
joven artista en el campo de la figuración y situaba eclécticamente
entre el impresionismo, el fauvismo, expresionismo y realismo. No
estaba equivocado, sobre todo en su apreciación estilística, pero una
mirada retrospectiva aclara esa pluralidad de afinidades.
A pesar de que Fernando Ureña
Rib se graduó de Bellas Artes en 1969, la academia estatal destacaba
patrones formativos clásicos, siendo el impresionismo y el fauvismo las
tendencias "de avanzada" impartidas. El expresionismo
matizado y mediatizado era la gran escuela modernista
dominicana.
Fernando Ureña Rib no escapó a
esa filiación local y universal. Un óleo premiado de 1970,
"Apocalipsis", es probablemente el cuadro expresionista más " puro" que
haya producido. No obstante (volveré a tocar ese punto en el curso
de mi análisis), por razones lógicas, nunca ha sido ésta la corriente
que mejor lo define.
En el orden externo, ya habían
pasado la era dictatorial y las luchas estremecedoras por el retorno a
la democracia. En el orden íntimo, tampoco predominaba, como en otros
congéneres suyos, el desgarramiento de angustias y crisis personales.
Faltaba pues el espíritu
expresionista. Respecto al cromatismo contundente, a los ardores del
rojo en particular, no existía ninguna contradicción con la huella
fauvista si esa, incuestionable y por otra parte subconscientemente
Fernando Ureña Rib quería demostrar sus dotes de colorista, cuando la
mayoría de los observadores me incluyo entre ellos destacaba sus
calidades de dibujante. El tiempo ha equiparado ambas vertientes
Asimismo sucedió con los asomos
oníricos de la obra. Un juicio exclusivamente puntual y cualitativo
sobre los ámbitos imaginarios y la incursión surrealizante de la primera
exposición individual descartaba esa formulación a favor de los
trabajos más apegados a la realidad observable.
Tres lustros después aquel
intento de evasión hacia el sueño cobra un valor diferente: era ya el
germen de una creciente y paulatina atracción por los mundos interiores,
que ha culminando en una "reinvención" del mundo. Se puede considerar
esa variante temprana como estado inicial de una metamorfosis.
Asimismo, en ciertas curvas y líneas directrices, en posición y detalle
de manos, o en la vibración del color, se definían constantes, que en
otros contextos y soluciones plásticas volvemos a percibir, años más
tarde.
Fernando Ureña Rib estaba muy
consciente de un proceso que le ha caracterizado desde el despertar de
una vocación apremiante y de una permanente inquietud investigadora. Él
lo expresaba en 1974: "Mi búsqueda continuó después de aquella fase
necesaria. Experimenté nuevos caminos."
MARIANNE DE TOLENTINO