HILMA CONTRERAS
(San Francisco de Macorís 1913)
LA ESPERA
Como no contestó, una mano
cálida la sacudió por las rodillas. Entonces gruñó:
—Vete a dormir y déjame tranquila.
Pero la mano se alargó en una caricia. Josefina se
indignó.
—¿Te has quedado a dormir para eso? Se van a dar
cuenta, ¡vete!
La otra se tendió en la cama con medio cuerpo sobre
Josefina, cuyos músculos se contrajeron
defensivamente.
—¡Déjame! Te digo, Lucía, que me dejes.
Lucía rió en sordina.
—Eres cobarde, pero estás loca por abandonarte a las
caricias de mis manos.
—Baja la voz, te van a oír... No es verdad,
¡lárgate!
Josefina se revolvió en la cama. Todo aquello era
nauseabundo. Al sentir los labios carnosos sobre su
vientre tuvo un acceso de ira. Con los dedos
furiosos tirando de los cabellos de Lucía para
desprendérsela de encima, dijo amenazante:
—Si no te largas ahora mismo, grito. ¿Me oyes? Voy a
gritar con todas mis fuerzas.
—No lo harás... Tú le temes demasiado al ridículo
para armar un escándalo —se burló la otra—. Tamaña
cara pondrían tus hermanos si te vieran en cueros...
Volvió a reír echándole a la cara su aliento de
tabaco. Tenía formas hombrunas, casi corpulentas.
Comprendiendo que en semejante forcejeo llevaba las
de perder, Josefina se inmovilizó de repente, un
nudo en cada fibra. La mujer se sintió aliviada y
comenzó a acariciarla ávidamente, a restregarse, a
besarla. De pronto, se detuvo:
—¿Qué te pasa? ¿Estás muerta?... Tonta, no sabes lo
que te pierdes... O es que... Habla ¡Hay un hombre
en todo esto! ¡Idiota!
En el apartamento de enfrente hicieron luz. El hueco
de la ventana se recortó luminoso sobre la pared
detrás de la cama. Lucía murmuró ásperamente:
—Mira lo que has hecho. La vieja María nos ha
oído... Esa maldita nunca duerme.
Luego, dulcificando la voz, agregó:
—¿De verdad no quieres que duerma contigo? Un hombre
no es mejor, Josefina, créeme.
En el cuadro de luz de la pared apareció la sombra
de una cabeza. Llena de susto, la joven replicó
desfalleciente:
—Oh, por favor...
—Sí, tonta, me marcho. Yo tampoco quiero escándalo,
pero no tardarás en llamarme, estoy segura que me
llamarás porque no podrás conciliar el sueño después
que mis manos te han tocado. Esperaré... Ven tú a mi
cuarto, allí no podrá oírnos la escofieta ésa.
Masculló unas cuantas groserías más antes de
escurrirse malhumorada fuera de la habitación. Casi
al mismo tiempo la vecina apagó la luz y fue de
nuevo el silencio. Pasaron unos minutos. Un gato
maulló cerca, repercutiendo su reclamo en la
inmovilidad de Josefina. Entonces se dio cuenta de
que los latidos del corazón martillaban todo su
cuerpo. Se viró boca abajo. Como le resultó
insoportable el contacto tibio de la cama, decidió
levantarse. Después de correr el pestillo de la
puerta que daba a la habitación contigua, se dirigió
temblorosa al cuarto de baño. Abrió la ducha en la
oscuridad. El agua fría le arrancó un gemido, pero a
medida que le penetraba en la sangre le fue calmando
poco a poco el temblor. Chorreante, se acercó al
botiquín y encendió la luz. Al cabo de unos segundos
de contemplación, sonrió jubilosamente a la turgente
juventud de su pecho reflejado en el espejo mientras
decía:
-Te los guardaré puros, Amor, aunque sólo nos
encontremos en un mundo mejor.
OBRAS:
Cuatro cuentos (1953), Doña Endrina
de Catalayud (1953), El ojo de Dios: cuentos de la
clandestinidad (1962), La tierra está bramando
(1986), Entre dos silencios (1987), Facetas de la
vida (Cuentos y minicuentos) (1993).