GUILLO PÉREZ
escudriña el paisaje y lo
reconstruye a partir de símbolos propios de su
cultura y de su pueblo. La
palma, la caña, la choza campesina y sobre todo el gallo de pelea,
son tomados como elementos compositivos que cimientan sus estudios
cromáticos. Sin el más leve asomo de temor, los azules de cobalto
se arrojan irreverentes sobre amarillos de cadmio, sobre rojos alizarinos, sobre verdes que parecen sacados directamente de la mar
turquesa.
Cada
obra es, pues, un planteamiento de posibilidades infinitas. El
contraste luminoso de las formas no es secundario a la elección de
su temática, casi siempre bucólica, cálida, tropical y etérea. Más
que el paisaje,
Guillo Pérez pinta las reverberaciones del paisaje, las ondas de
calor en las que el paisaje vibra, se estremece y canta.