ARTE DOMINICANO

 

GILBERTO HERNÁNDEZ ORTEGA

LA MAGIA OCULTA DEL TRÓPICO

FERNANDO UREÑA RIB

 

 

 

 

Gilberto Hernández Ortega (1924- 1978) se adentra, como ningún otro pintor dominicano en la magia de los trópicos. Su obra revela ese estado alterado, inquieto e inquietante, que subyace en la aparentemente apacible imagen del hombre y la mujer del Caribe. Algo secretamente bulle, se agita y se estremece dentro de su obra.

Es un espíritu de magia, de duendes, de ciguapas y galipotes. Se advierten, sin resguardo, seres que se encadenan a otros cuerpos para hacerlos saltar o gemir en una posesión triunfante. La noche es propicia a la obra de Gilberto Hernández Ortega y desde fondos oscuros aparecen espectros vigilantes, ataviados o desnudos, famélicos, angustiantes.

Gilberto ejecuta su obra como si oficiara un rito sagrado, como si conjurara aquellos personajes, a veces malditos, arrastrados hacia un destino del cual no podrán ya escapar y al que nuestro pintor insufla un hálito de esperanza y redención. Su obra se hace, aparentemente, más placentera a partir de unas mujeres que traen canastos con frutas y con flores. Pero aún en esas imágenes, la noche de un oscuro destino las persigue y ellas tratan de escapar con ojos iluminados por un fuego interior, también ineludible.

Desde el punto de vista estético, la obra de Hernández Ortega es un trasiego de influencias autóctonas sumamente valiosas. En el coinciden sus predecesores (Josep Gausachs, Yoryi Morel, Fernández Diez) y sus contemporáneos (Eligio Pichardo, Liz) y sus alumnos privilegiados (Ada Balcácer, Ivan Tovar, Elsa Núñez)

 

FERNANDO UREÑA RIB

 

 

 

EVOLUCIÓN DE GILBERTO HERNÁNDEZ ORTEGA

 

Gilberto Hernández Ortega, con el propósito de popularizar el arte o de inducir al gran público a la comprensión y aprecio de la obra pictórica, celebró hace cerca de dos meses, con buen éxito en lo esencial artístico y en el propósito, una exhibición de su obra    más reciente en uno de los más populares establecimientos comerciales de la calle de El Conde, donde presentó alrededor de veinte cuadros, todos ellos reveladores del proceso evolutivo operado en el vigoroso pintor dominicano y Director de la Escuela Nacional de Bellas    Artes.

En efecto, la obra de Hernández Ortega se renueva en una continua evolución, prosigue y se transforma en lo actual. La fuerza de expresión, la afirmación excéntrica de si mismo, el arrebato creador están contenidos y elevados por  medio de una ordenación general del cuadro. Lo intrínseco y lo extrínseco se equilibran en lo bello, de lo que resultan cuadros poéticos cuyos colores y formas se sienten vigorosamente impulsados hacia la armonía.

Hay en su obra global el empuje energético en que se inflaman los estímulos, pero sin violencias. Por eso los cuadros de Hernández Ortega irradian fuerza. Y esa fuerza proviene, en general, de lo expresivo, esto es, de la emoción que cada hilo de color y cada dispersión de líneas justifica y realiza. Esto hace que en su línea de evolución hallemos claridad y simplificación. Simplificación del concepto pictórico y claridad en los signos y en los colores con que tal concepto se expresa.

En lo intrínseco persiste Hernández Ortega en la actitud polémica e interrogativa que habíamos señalado ya en su obra anterior y con la cual se sitúa ante su propia realidad, noblemente trascendida.  El artista busca lo inenarrable decíamos, tratando de traducir a formas y colores lo que está en su espíritu. Por eso, antes como ahora, la problemática de su pintura está contenida en el planteamiento de un clima espiritual. Clima espiritual que en su “óleoceras” o “acqua-ceras” según la propia designación  del artista aparece reflejado en signos que dan fuerza y concentración plástica a los elementos esenciales del cuadro, en el que no aparecen, como resultado de una simplificación del concepto pictórico llevada al máximo, representaciones innecesarias.

Pintura esencialmente plástica, fundamentalmente expresionista, sin entregas o delectaciones puramente abstractas, toda la obra de Hernández Ortega está revestida de un alto poder de sugestión y de revelación. Claro que cada uno de sus cuadros es la abstracción pictórica ética y estética de una realidad, pero hay gradaciones de abstracción en su esencial expresionismo.

 MANUEL VALLDEPEREZ

 

 

GILBERTO HERNÁNDEZ ORTEGA

 

 

Nació en Baní en 1924 y murió en Santo Domingo en 1978. Fue integrante del grupo Los Cuatro junto a Jaime Colson, José Gausachs y Clara Ledesma. Considerado como el exponente máximo de la plástica contemporánea. Se graduó en la Escuela Nacional de Bellas Artes en 1945 habiendo recibido previamente lecciones de pintura de parte de Celeste Woss y Gil Y José Gausachs. Aquí tuvo de compañeros a Fernández Díaz, Elsa Grunning, Marianela Jiménez, Clara Ledesma, Noemí Mella; Luichy Martines Richiez y Gloria Montilla.


Fue profesor de la Escuela Nacional de Bellas Artes.
Desde 1945, año en que egresó de la Escuela Nacional de Bellas Artes hasta 1950, presentó importantes exposiciones monográficas. Pero no sería hasta 1951 cuando participa fuera del país por primera vez en el Centro Venezolano Americano de Caracas. Entre las distinciones recibidas se destacan los premios de las Bienales Nacionales de los años 1952, 1958 Y 1974.


Su obra ha viajado a países como Argentina, Brasil, Israel, Estados Unidos, Taiwán y España. La pintura del maestro Gilberto Hernández Ortega manifiesta acentos expresionistas y marcada predilección por la figura humana. En sus retratos y elementos figurativos modula un estilo esquemático de trazo fuerte y desenvuelto. Las formas adquieren carácter estructural, ya que singulariza el juego rítmico de luces y sombras.

La mayoría de sus obras se caracterizan por tener los colores negros, los azules y los grises como sostén del entramado pictórico. Su lenguaje es comunicante y su síntesis conforma un poder expresivo, de autentico sentido social y antillano. Lo estilizado en su pintura es parte de la simplificación y la plasticidad directa, logrando con ella, que planos, volúmenes geométricos, texturas, imágenes, colores y símbolos proporcionen un homogéneo y rico diseño. Lo poético y lo mágico recrean una fantasía mitológica, de valor y contenido dramático ahondando en la interna naturaleza humana y en la fisonomía del paisaje.


Según apunta Jeannettte Miller: "En su proceso evolutivo se dan condiciones únicas: la continua presencia de nuestro ambiente y unas dotes de colorista impactantes. Inicialmente tenebrista y monocromático, sus temas sociales de los años 40 fueron caminando hacia una pintura mágica, barroca, por el abigarramiento de los elementos, donde lleva al máximo su capacidad de plasmar situaciones de misterio: figuras antiguas de carácter umbrío, dentro de un exuberante ambiente tropical conseguido a base de una técnica pictórica contrastante".

 

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Revisado: March 05, 2010
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