Considero que ese periplo
europeo fue un viaje de estudios por excelencia. No solamente el
recién llegado se embriagaba de museos y obras maestras, sino que
manifestaba un sincero interés por los ambientes populares y
auténticos, por la gente sencilla, por esas escenas que reflejan la
idiosincrasia de una provincia, de una ciudad, de un barrio. Fernando
Ureña Rib nunca dejaba de pintar, y sus telas llevaban la huella de
esa captación y revelación... del viejo-nuevo mundo".
En esos cuadros malagueños y
madrileños latía el diario vivir vernáculo: el juego de ajedrez, la
discusión acalorada, la pausa restauradora del café lugareño. El
"forastero" del Caribe tenía un raro don de observación. Citaremos al
respecto dos mujeres lavando que me recordaron, por cierto, una
secuencia de la película "El amor brujo" de Carlos Saura, rodada
muchos años después.
Es hoy cuando se puede
apreciar mejor esa breve etapa, tan esencial para el despertar del
artista. Esas pinturas, colgadas en enero de 1975, profundizadas en la
aplicación y la selección del color, escrupulosas en la representación
de una atmósfera local, cobran relevancia. La veo como un paso
positivo que refuerza el oficio, varía modelos y enfoques reales en
vez de la evasión hacía el surrealismo extemporáneo e ingenuo que
asechaba a Fernando Ureña Rib en su primera Exposición individual.
Las inquietudes habían
encontrado una materia viva, al mismo tiempo que la contemplación de
los clásicos españoles y más cerca de nosotros, de Goya y Sorolla. Sin
embargo en un contexto temporal y espacial aislado, ese periodo
perfeccionador de los recursos plásticos podía aparentar una
bifurcación al costumbrismo. Nada más alejado de los hechos.
Simplemente, en esa época decisiva, Fernando Ureña Rib centraba su
temática sobre el exterior, sobre los espectáculos que se
desarrollaban a su alrededor e indudablemente allí cabe inducir la
impronta del maestro Colson la realidad como soporte de la pintura
le convenía. Era un proceso de transferencia más auténtico, más
seguro, más sentido.
El crítico de arte español
Rafael Puertas (a la sazón director del Museo de Bellas Artes de
Málaga) a pesar de que pretendía no atribuir importancia a los
vaticinios y a una postura "escolástica", predecía el porvenir del
joven artista en el campo de la figuración y situaba eclécticamente
entre el impresionismo, el fauvismo, expresionismo y realismo. No
estaba equivocado, sobre todo en su apreciación estilística, pero una
mirada retrospectiva aclara esa pluralidad de afinidades.
A pesar de que Fernando Ureña
Rib se graduó de Bellas Artes en 1968, la
academia estatal destacaba patrones formativos clásicos, siendo el
impresionismo y el fauvismo las tendencias "de avanzada" impartidas.
El expresionismo matizado y mediatizado era la gran escuela
modernista dominicana.
Fernando Ureña Rib no escapó
a esa filiación local y universal. Un óleo premiado de 1970,
"Apocalipsis", es probablemente el cuadro expresionista más " puro"
que haya producido. No obstante (volveré a tocar ese punto en el
curso de mi análisis), por razones lógicas, nunca ha sido ésta la
corriente que mejor lo define. En el orden externo, ya habían pasado
la era dictatorial y las luchas estremecedoras por el retorno a la
democracia. En el orden íntimo, tampoco predominaba, como en otros
congéneres suyos, el desgarramiento de angustias y crisis personales.
Faltaba pues el espíritu
expresionista. Respecto al cromatismo contundente, a los ardores del
rojo en particular, no existía ninguna contradicción con la huella
fauvista si esa, incuestionable y por otra parte subconscientemente
Fernando Ureña Rib quería demostrar sus dotes de colorista, cuando la
mayoría de los observadores me incluyo entre ellos destacaba sus
calidades de dibujante. El tiempo ha equiparado ambas vertientes