Al
entrar usted a la recién inaugurada Art Miami 98 le asalta el
pensamiento: "¡Esto será la de Troya!". Un imponente y gratamente
desproporcionado caballo en bronce de Fernando Botero le da la
bienvenida a la feria. Usted observa que las grotescas e irónicas
figuras del colombiano están cargadas de una acogedora y casi
maternal ingenuidad, y sin embargo algo le hace sospechar que lo que
sigue no será tan apacible y tierno.
Quizás usted
supuso (y esperaba ) que al rozar el filo del 2,000, las más
urgentes y radicales ultra vanguardias del arte irrumpirían desde el
vientre del caballo deslumbrando el mundo con flamantes propuestas,
con hazañas visuales que le asombrarían por sus incendiarias,
insospechadas e inauditas revelaciones.
Contrario a
eso, al recorrer pausadamente los suntuosos salones del Miami Beach
Convention Center usted nota que las vanguardias palidecen y que en
su cansancio ya nadie proclama derrumbamientos ni nuevas rupturas.
No hay gritos, conflagraciones ni convulsiones. Acosada de una
siniestra arteriosclerosis la otrora valerosa y juvenil estética
de principios de siglo alcanza en los mejores casos una honrosa
senilidad y en otros desciende a la más lamentable y ruinosa
decrepitud. Ejemplo de esto descubrirá usted en los insufribles
desnudos fotográficos que exhibe una galería londinense. No se
detenga. Solo le causarán amargo disgusto y repulsión.
La Feria está dedicada a
honrar al chileno
Roberto Matta,
una de las más grandes, vigorosas y elogiadas figuras del arte de
nuestro siglo. El pintor surrealista estuvo presente para recibir
los honores de rigor durante las celebraciones de la inauguración.
De Matta
( quien cuenta doce años menos que el siglo, ) sorprenden su
vitalidad, su ironía y su chispeante humor.
Roberto Matta
compone sus pintura sobre la marcha, sin otra aparente estructura
que la del fluido acontecer del azar. La magia de sus
desfiguraciones nos atrapa porque no logramos descifrar si sus
dantescas criaturas han sido tomadas del limbo, del purgatorio o del
infierno. En la profunda oquedad de sus lienzos, un cancerbero o un
Conde de Ugolino, ruge enseñando los dientes.
La feria es
un instrumento efectivo para calibrar y medir no solo las corrientes
estéticas en boga, sino las tendencias del mercado. Ochenta y siete
galerías están presentes esta vez, representando 14 países. Aunque
participan unas cuantas, el mutis de las galerías dominicanas y
latinoamericanas es notorio esta vez, mientras galerías europeas y
de lejanas latitudes se acercaron en mayor número al codiciado y
promisorio mercado del arte en Norteamérica.
Una sección
de la feria ha sido dedicado a Proyectos e Instalaciones en el que
participan 16 artistas, explorando las nuevas tecnologías de video,
luces, sonidos y ordenadores. Se tratará de entretenerle o
asustarle, pero usted se quedará impertérrito ante cualquier intento
de tomadura de pelo o ante cualquier extravagancia porque para usted
se trata de tibias variantes sobre el mismo viejo asunto. Sin
embargo la impresión general es que en Art Miami 98 lo único
novedoso es la reconfirmación de viejos valores y la vitalidad de
los nuevos enfoques para el arte figurativo.
Una buena
pintura no solo deja advertir su presencia, sino que es siempre una
íntima y poderosa experiencia de comunicación. Por ejemplo la
pequeña pintura de Edgar Sánchez o la de Burton Silverman. Pero las
muestras de excelentes pinturas que renuevan la figuración son la
constante en esta Feria de Arte de Miami. Artistas jóvenes y maduros
de todas partes han regresado a la figuración con sorprendente
ahínco. Esa figuración abarca un amplio radio de modos y tendencias.
Julio Larraz sobredimensiona el objeto y lo expande hasta alcanzar
proporciones inverosímiles. Woffgang Peuker retoma el tema clásico
de las Tres gracias y el Minotauro y lo agiganta hasta la
perplejidad. También son frecuentes las socorridas figuraciones que
siguen con injustificada rigurosidad patrones académicos desfasados.
Tal es el caso de Horacio Torres. Es inexcusable que tan depurado
oficio se dedique a temas de intrascendente banalidad. No ocurre así
con Carlo Maria Marani, quien pinta con envidiable técnica un efebo
pleno de gracia e intemporal.
FERNANDO
UREÑA RIB