LAS DANZAS APASIONADAS DE
EDMUNDO POY
Si la danza
contemporánea le parece extraña, pesada o sombría, usted no debería de
perderse la próxima función del coreógrafo Edmundo Poi. Probablemente
cambie de opinión, porque el grupo de danzas contemporáneas que él
dirige no acarrea ninguno de esos tintes. Al contrario, Poi demuestra
que la danza no tiene por qué ser árida ni aburrida, que puede ser
hilarante, ligera, divertida y sin embargo alcanzar al espectador con
un mensaje profundamente humano y trascendente.
Yo le vi hace poco en la Sala
Manuel Rueda, del Conservatorio. Un lugar que me parece perfecto para
la danza dominicana, que finalmente logra trabajar en un espacio
escénico estimulante, donde a los bailarines y coreógrafos les es
posible practicar, crecer y desarrollarse en toda su medida. Quienes
contemplamos un espectáculo de danza desde la aireada comodidad del
butacón, generalmente ignoramos la ardua fatiga que acompaña al
bailarín, las crujías de ensayos en lugares inhóspitos, las penurias
del montaje y la estrechez que han de superar coreógrafos y
productores. Pero los sacrificios de la hecatombe hacen valer cada
perla de sudor o de lágrima cuando llegan, finalmente, la exaltación y
el aplauso.
Edmundo Poi empezó la danza a una
edad tardía y sin embargo, la pasión intensa y la constancia de su
desarrollo posterior como bailarín y coreógrafo no le han permitido
desperdicio alguno.
El animado espectáculo de Poi
(que podría ser repuesto exitosamente) empieza con una nota fresca,
alegre y diáfana, cuya línea argumental no podía ser más sencilla: Las
jóvenes alumnas de un colegio de monjas juegan libremente durante la
hora del recreo. Estas danzas lúdicas y sensuales parten de un estudio
de las tradiciones infantiles y folklóricas.
Pero se trata además de un
estudio de la psicología femenina y de la adolescencia. La hilaridad
de estos bailes es provocada por los celos, las rivalidades y
querellas entre las jovencitas en su afán por sobresalir y avasallar a
las demás.
Las pasiones humanas, aún las más
viles, se manifiestan con frecuencia a una edad temprana. La
ejecución y el histrionismo de las muchachas es admirable y el público
no puede hacer menos que echar a reír de buena gana ante el poder de
su gracia deslumbrante.
Edmundo Poi nos descubre, en la
segunda parte del programa, otra de las tradiciones dominicanas:
Chochueca, el personaje libresco de nuestros cementerios, cobra vida y
se multiplica en tres piezas secuenciales: El primero de enero de un
año cualquiera, Cementerio de Penas..
Tres personajes centrales
caracterizan a un hombre, a una lesbiana y a un trasvesti mientras dos
coros, uno urbano y otro de Chochuecas se mueve con precisión y gracia
entre las transiciones. El coro urbano, de gente común, grotesca y
colorida y alegremente ataviada, representa las delicias e
incongruencias de este pueblo nuestro, capaz de sentir y expresar (por
ejemplo) en una vulgar bachata, el punzante dolor de la muerte.
Pero la muerte es cambio,
transición, ruptura. Y así lo entiende Edmundo Poi en sus
aparentemente triviales acertijos. Usted debe estar atento a los
símbolos y a la recurrente maraña de equívocos visuales, señales e
indicios que se entretejen en esta conspicua y animada historia, en la
que un hombre no acierta a definir su sexualidad o sus preferencias
mientras otro (¿otra?) se empeña en reafirmar la suya en medio de una
sociedad que de pronto se torna burlona, apática o intolerante. El
tema es tratado con magistral sapiencia, sin agresión ni recato. Cada
uno es cada cual. Cada quien ocupa su lugar, compone y cuenta su
propia historia, aceptando la vida como un tránsito, como un lugar de
encuentros.
La segunda parte del espectáculo
correspondió a las coreografías de Carol En las que participan
como bailarines, además de ella misma, Awilda, Fulano, Sutano y
Perencejo. Esta joven costarricense afronta exitosamente una tarea
coreográfica de gran magnitud y envergadura. Partiendo de algunas
ideas coreográficas de Limón y Martha Graham, Carol narra una
historia en varios niveles perceptivos. De gran plasticidad, dinamismo
y fiereza las bailarinas, con ligeras túnicas como atuendo, se
desenvuelven en un mundo masculino pleno de acrobacias y de juegos en
torno a una vieja poltrona que sirve de trono y que todos, a su vez,
se disputan. Una hermosa y memorable noche para la danza joven en la
República Dominicana.
Fernando Ureña Rib