Aunque desde hace tiempo
conocía las pinturas de Dustin Muñoz, fue en la Convención
Date 04 de Puerto Plata cuando tuve la ocasión de conocer al
artista y admirar más cercanamente su trabajo pictórico.
A primera impresión la obra de Dustin Muñoz es un
intrincado laberinto de señales y de signos que apuntan
siempre a planos subsiguientes y cada vez más profundos, donde
no sólo se advierten ecos y sonoridades, sino toda una madeja
de senderos, de interpretaciones y de opciones posibles.
Puede usted, por ejemplo, aducir que la
obra de Muñoz nos refiere al apretado mundo de las fabelas y
de los barrios marginados. O a un microcosmos agigantado o a
los muros urbanos o a los amarres, ataduras, velámenes y nudos
de ciertos barcos o de ciertos sistemas políticos.
Lo cierto es que estas referencias visuales están
cargadas de sentido. Una luz las toca y las hace creíbles. El
color, generalmente en la onda de los sepias y las tierras, es
secundario ante la fuerza de las texturas y de la maraña de
manchas y veladuras con las que el artista consigue que
exploremos junto a él las casi infinitas e insondables maneras
de acercarnos a una imagen.