¿ES UREÑA RIB UN PINTOR DEL
DESNUDO?
Vuelve
la columna a ocuparse de la pintura después del deleite que me
produjo el catálogo de Fernando Peña Defilló introducido por la
escritora, periodista y crítica Jeannette Miller. Nadie vaya a
ponerse a pensar que soy un seguidor de la pintura, un arte al que
se llega no sólo por la admiración a un autor, que es lo menos, sino
por los conocimientos que se tenga de las líneas y los colores.
Nunca olvidaré al
poeta Héctor Incháustegui Cabral. Una vez le confesé que me daba
brega entender cierta pintura, y su reacción, con esa característica
contemplativa suya, fue que había que interpretar los colores antes
que la imagen. Todavía sigo en la confusión. Por ejemplo cuando me
topé con
Vicente Pimentel en un cuartucho en Villa Francisca, el maravilloso
mundo de Marcio Veloz Maggiolo, me fascinó su estilo, que era a la
sazón figurativo. Creí que había descubierto un paraíso. El giro que
asumió luego en París, Francia, no lo entiendo.
Lo juzgo por fotografías de su exitosa labor
por tierras europeas. No quiero decir que poseo la verdad. Es
simplemente una impresión a distancia. Pero lo admiro. Imposible
pasar por alto su genialidad y, como antes, confío en su intuición
para la selección y en su experiencia en el arte. A veces en el afán
de ganar simpatía o dinero, el pintor llega a contradecirse al
hablar para explicarse. Eso lo advierto constantemente.
En ocasiones dicen
que ‘‘el arte es un elevado y complejo acto de creación que consiste
en la comunicación de las imágenes que pueblan el mundo interior’’ y
en otras entienden que las imágenes son otra realidad, intangible y
paralela a la sensible del mundo exterior. Aquí debe haber, creo yo,
una dualidad inexplicable. Pero con todo, no quiero decir, que el
artista debe estar o está equivocado. Esto no debe significar, en
modo alguno, una desregulación, sino simplemente una manera de jugar
con la imaginación.
El fenecido poeta
Pedro Mir, que era múltiple en sus expresiones, hablando de Fernando
Ureña Rib,
decía que al mismo tiempo que rompía con el signo y el símbolo, lo
que significaba romper con el abstraccionismo en su conjunto y con
toda la cháchara antiestética que arrastraba consigo, reivindicaba
la belleza. En tal sentido el autor de ‘‘Hay un país en el mundo’’,
no le importaba la escuela a la que podría estar involucrado el
autor de ‘‘Decir la piel o las discretas orgías del silencio’’. Le
interesaba, eso sí, la visión y las manos del arte, que en
definitiva, son los factores que valen para elevar los sueños y
potenciar la realidad de todo artista. A diferencia de otros
catálogos de pintores dominicanos, el presente no está circunscrito
a la visualización de un sólo crítico, llámese Cándido Gerón,
Marianne de Tolentino, Jeannette Miller, Humberto Soto Ricart, por
solo citar cuatro, sino de varios.
Este es, ciertamente,
una selección de opiniones de diversos críticos que, como asevera el
propio pintor, revelan la diversidad de los espectadores frente a su
obra, para agregar de modo enfático que sus imágenes son el intento
de demostrar que el arte no ha de apartarse de la gracia ni de la
belleza’’. Yo agregaría, pese a mi ignorancia, el dramatismo,
naturaleza y dinamismo.
Tengo en mis manos el
catálogo de
Ureña Rib y
considero que no es necesario profundizar mucho para arribar a los
secretos de este artista. El mismo se explica con palabras que
describen su inteligencia y fines de cada una de sus creaciones.
Maneja por añadidura la pluma igual que el pincel y en consecuencia
expresa sus sentimientos al unísono de las imágenes que plasma.
Recuerdo, a propósito
de esta dualidad, un pensamiento del novelista español Pío Baroja,
quien se caracterizaba por su visión como algo activo, que dice así:
‘‘El hombre debe tener la sensibilidad que necesita para su época y
para su ambiente; si tiene menos, vivirá como un menor de edad; si
tiene lo necesario, vivirá como un adulto’’.
La obra de Fernando
Ureña Rib
es amplia y da espacio para escoger desde el retrato hasta el
desnudo, desde el bodegón hasta la dinámica corporal, predominando,
por las reproducciones del catálogo, una explosión impulsiva de
pasión por el desnudo.
Hay en él una
capacidad innata para escenificar ostentosamente esta característica
pictórica, la cual quizás sea el punto que más eleva y sostiene el
valor de las piezas del catálogo, que es una genuina representación
de su pintura. Acaso cabe preguntar si en él aplica aquel
pensamiento del filósofo alemán Arturo Schopenhauer: ‘‘El estilo es
la filosofía de la mente’’.
FRANCISCO COMARAZAMI
El autor es periodista.
Listín Diario. Santo Domingo, República Dominicana.