Si
el 30 de Marzo del 2004 usted logró olvidarse (durante dos horas y
media) de las sandeces políticas y las penurias económicas dominicanas,
es posible que usted haya sido uno de los dichosos espectadores que
aplaudió esa noche la actuación de la soprano coloratura Natalie
Choquette. Un Teatro Nacional repleto, se deleitó con delirante
entusiasmo de la formidable cantante canadiense que demostró su vieja
premisa estética: “la ópera no tiene por qué ser aburrida.”Y no lo es.
Detrás del personaje de Prima
Donna desenfada y jovial, usted advierte un punzante mensaje
ulterior, la ironía irreverente y sabia que recuerda un tanto a Ionesco
y su teatro del absurdo, a uno los excéntricos personajes de Fellini, o
de Moravia, o a una de las graciosas e irrisibles novias de Chaplin. Y
ese mensaje nos refiere, sutilmente, a la trágica, situación de abuso y
abandono de la mujer frente a la dominación masculina.
Y es que Natalie Choquette desgaja
con encanto y humor la grave solemnidad de las galas operáticas y con
ingenio las desmitifica, humanizándolas, creando junto al espectador un
terreno común donde éste se siente a gusto, como en casa, como en un
restaurante o en uno de esos cabarets de Broadway. Si cerramos los ojos
a la plasticidad de las imágenes que propone y simplemente escuchamos la
voz tenemos las más puras interpretaciones de Gershwin, de Puccini, de
Bizet.
No se trata de una simple velada de
humor. La calidad de su ejecución vocal se debe tanto a una rigurosa
formación clásica como a una espléndida cultura musical. La talentosa
soprano juega casi inadvertidamente con las calidades resonantes de su
voz, que no sólo alcanzan registros muy altos, sino que se adentran en
el espíritu dramático del personaje.
Las sinuosidades y vibraciones se
alternan con chispeantes entremeses musicales en los que de buen agrado
participa tanto el director como toda la orquesta. Hay que hacer notar
la aptitud histriónica de la Diva que hace que todos se diviertan y
entren a ese espacio mágico y lúdico de la escena, donde los músicos
tocan y se ríen y el público aclama las ocurrencias de la vedette, que
cambia de ropaje para entonar un memorable tango, o una magistral aria
de Verdi.
Entonces notamos el mismo vuelo de
la inteligencia que atrapara Borges, quien haciendo literatura erudita,
se burla de algún modo de los literatos eruditos, o de Dalí, quien
haciendo pinturas técnicamente clásicas se burlara de los clásicos. Así
como el bufón, presente en muchas óperas, arroja a los pies del rey su
carga crítica y satírica, así esta “Diva Diviníssima” nos da mucho qué
pensar mientras recorre brevemente, la geografía musical del mundo.
Añádale el hecho de que Natalie Choquette demuestra notables aptitudes
circenses. No le importa hacer una caricatura de sí misma como gimnasta
rusa. Durante acrobacias extremas, Natalie continúa cantando de cabeza,
sin desafinar una sola nota.
Y es que su maestría no se limita a
la del canto. Al momento que nacía la (en Tokio) un tifón arrasaba la
ciudad. Desde muy joven la vida de sus padres (diplomáticos
canadienses) la obliga a recorrer el mundo. Buenos signos: Tremenda
energía, una inusitada dinámica y un espíritu cosmopolita acompañan a
esta extraordinaria mujer que habla hoy, sin acentos, más idiomas de los
que pueden contar con una mano.
FERNANDO UREÑA RIB