M arina se tiende desnuda sobre un sofá que he
improvisado con almohadones y cojines en un rincón del taller donde
trabajo mis lienzos en la Isla de Brickell. Es como una chispa. Con su
presencia el gran salón se ilumina. Trabajo con esa joven brasileña
desde que un día me la trajo su compañero, Iván, llamándola
"Princesa".
Mientras yo arreglo las luces u ordeno la secuencia
de las poses, ella ata un pitillo de marihuana y fuma tranquilamente. Ha
desistido de convidarme. Sabe, que aunque ese es un mundo ajeno a mis
principios, aprendí de los holandeses la tolerancia. "La vida es
tan simple" me dice, contemplando el humo que asciende después de
inhalado. Y repite en su portugués de Curitiba "Tan simple,
nosotros somos quienes la complicamos ". No estoy de acuerdo, le
digo, intuyendo que esa será la discusión del día.
Es hermosa, y lo sabe. Tiene ojos que miran con
inocencia y un cuerpo menudo y flexible, de junco o de gacela. Se mueve
con gracia y en sus líneas el tono muscular se revela terso y afinado.
Los huesos asoman detrás de la piel clara, casi diciendo "Estamos
aquí, somos el secreto sostén de la hermosura."
Me gusta oírla y a veces creo que mi pincel sigue el
mismo tono sereno y sabio de su voz y sus palabras que no intentan
impresionarme, sino combatir la mudez del enorme espacio silente. Esa
voz serena y casi lejana se transforma en imagen. Me contó que desde
los diecisiete años recorre las pasarelas de Brasil y que su foto fue
apareciendo hasta el cansancio en las portadas de una veintena de
revistas. Lo dice sin vanidad. No se dejó cegar por los destellos de
las cámaras fotográficas de Londres o París. Ni por los halagos de
los modistas, maquillistas y peluqueros que la buscaban para los
desfiles de Milán, Dusseldorf o Tokio.
Lo más hermoso, lo más importante no era eso. Lo
mejor que le había ocurrido en su breve vida era enamorarse de Iván y
con él fue capaz de abandonar el delirante resplandor de las cámaras,
las flamantes limosinas, los perfumes, la lencería parisina y los
escotes profundos de los diseñadores italianos. "Lo más hermoso,
lo esencial, lo trascendente en la vida es el amor, esa cosa tan
simple." Me dice finalmente, aspirando y apretando en sus labios
(no sé cómo) la moribunda brasa del pitillo.
FERNANDO UREÑA RIB
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