Dragones y serpientes protegen la entrada. "Son pérgolas
coloniales", sospecha usted. Pero de pronto le asalta a la cara el
pubis de hierro de una mujer simbólica. Intuye que
será usted la víctima elegida. Notará que ella le apunta con el eje de
una espada que se convierte en lirio, que desde un punto central le
disparan sin yerro fuerzas magnéticas, telúricas.
Primero le golpearán en el rostro estas desafiantes esculturas de
Johnny Bonnelly. Luego le seducen sus vibraciones, su inconfesable
humor, la mordaz ironía y hacia el final
le asaltarán como adargas los agudos contrastes, las afiladas aristas,
y sobre todo el ingenio fresco e iridiscente de algunas vulvas
férreas.
Se sentirá atrapado y liberado al mismo tiempo y no sabrá cómo
zafarse de las tensas cadenas, como será desliado de las redes de
aquella mujer llamada Ciguapa que le observa desde el pedestal.
Advertirá los alambres de un fuselaje y creerá ver en las esculturas
pintadas algún plan bélico indescifrable, la oscura memoria de
hegemónicas transiciones del poder.
Johnny Bonnelly es realidad un descendiente de Vulcano, un forjador
de espadas. Viene de otro siglo. Ahora sus espadas son otras.
Vienen vestidas de amazonas, de diosas poderosas. No le será posible ya escapar al asedio.
Las esculturas de Johnny Bonnelly no están hechas para que usted se
vaya luego tranquilo a descansar.
Esas mujeres, esos dragones, esas serpientes que viven en sus
sueños se trasladarán ahora a los suyos y usted girará en la cama toda
la noche, perseguido por las más temibles fuerzas de la noche. La
agresiva sexualidad de estas esculturas continuará acechándole hasta
el amanecer y el recuerdo refulgente de los metales de su vientre le
hará soñar mil desvaríos. Es la antigua batalla de los sexos.
Aquí el pezón es un arma y de las piernas surgen garfios afilados.
Haga sahumerios, póngase escapulario, resguardos, camafeos y
acérquese a su propio riesgo. Pero acérquese, porque aunque de vueltas
y trate de escapar ya nada evitará el acto final de la seducción a que
le convocan las esculturas de Johnny Bonnelly.
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Fernando Ureña Rib