RAFAEL BARRADAS
(1890 - 1929)
Prototípico exponente de una respuesta americana: su redescubrimiento
de España. Rafael Pérez Barradas o Barradas, como así más sencillamente
se le conoce hoy, era hijo de un humilde pintor que no variaba mucho las
motivaciones de sus cuadros, casi reducido al repertorio a naturalezas
muertas con naranjas, más jugoso el tema que la pintura.
El hijo del quieto artista tomó la revancha de la libertad. De su
progenitor aprendió la manera como se mojan y secan los pinceles y lo
demás lo realizó él solo. En cierto modo es un autodidacta que asombró a
los críticos europeos por lo proteico de sus aventuras plásticas, todas
exitosas. Así lo dijo, Manuel Abril.
Desde su adolescencia, en tren de filial desquite en vuelos y expansión,
comenzó por desatender las dimensiones objetivas, distorsionándolas en
imágenes humorísticas. Fue caricaturista apuntador del mundo artístico y
literario de su ambiente. Compréndase bien esta primera faceta en
sentido afirmativo del caricaturista: un hombre inteligente para
discernir en la comedia humana y saber expresar esa gran paradoja de
todo gran caricaturista como lo fue Barradas, de un humor atrevido con
la más fraternal adhesión a su modelo, porque el caricaturista genuino
ríe y ama con su personaje. Las caricaturas de Barradas en las que
apuntó a tinta la bohemia ciudadana de plásticos, escritores y gente de
teatro, así como de tipos humildes del deambular callejero, están
reunidas en las hojas de la publicación “El Monigote”, cuya dirección
encabeza acompañado de amigos, otras aparecieron en “La Semana”, y otras
han permanecido inéditas; son de trazo muy suelto, muy volanda, como
dibujaban los españoles de su tiempo, tal el inolvidable Fernando
Fresno, pero mientras éste y la mayoría de los caricaturistas
identificaban sus modelos por los rasgos físicos de sus rostros, Rafael
Barradas a menudo consideraba la figura en su actitud total. Las más
bellas caricaturas de Barradas son las de siluetas interpretando de una
manera de estar parado o posando en la vida. Manera de mirar del artista
que no cambiará cuando más tarde, en vez de personas determinadas
(caricatura del escritor Aurelio del Hebrón, pseudónimo de Alberto Zum
Felde) fije en pintura sus tipos símbolos (alguno de su serie de
“Magníficos”).
Cuando se fue a Europa, al terminar la adolescencia, desde donde debía
solo regresar en sus días finales, ya muy quebrantada su salud, dejó
totalmente cortada esa labor de caricaturista uruguayo, pero su
humorismo lo mantuvo latente en todo el correr de su existencia,
aflorando nuevamente en forma decidida en el “clownismo”, percepción de
la cómica pirueta circense que advirtiera al ejercitar las visiones
simultaneístas de la farragosa vida ciudadana o en la serie de
“Estampones montevideanos”, su postrer trabajo que prepara para su
retorno a la patria, en adhesión a los festejos del Centenario de 1930 a
los que su existencia no alcanzó a hacerlo partícipe.
Esta importante serie de dibujos acuarelados – “Los novios”, “Los
cajetillas”, “El doctorcito” entre otros – es el recuerdo fiel del
Montevideo de sus años de juventud, antes de sus peregrinajes por los
caminos del mundo; la desenvoltura obtenida en sus cuadros del período
que llamará vibracioncita la aplicó aquí para ensamblar a manera de
recortados “collages”, sus evocaciones, plenas de participantes
nostalgias, de los amoríos al pie del balcón, de los arreglos de las
casa cursis de su ciudad natal nunca olvidada, el Montevideo de 1910. En
carta del pintor dirigida al poeta Julio J. Casal en 1919, el que
durante muchos años con fidelidad cordial y admirativa, ornara su
revista “Alfar” con los dibujos de su amigo, refiere el artista que
extenuado de andar a pie por los caminos de España en procura de
estabilización en los grandes centros de arte de aquella nación, se
quedó dormido en una cama del Hospital de Santa Engracia en Zaragoza:
“...dormí mucho en mi cama Nª 14 y cuando desperté pude ver un albarán
sobre mi cabeza, con un marquito de hoja de lata que decía “Rafael Pérez
Barradas; nacionalidad uruguaya (Montevideo), Profesión, pintor
vibracionista”.
Personalidad rica y múltiple en sus transcendencias; las diferentes
facetas de su labor que consideradas separadamente se instalarían en muy
buenos sitiales del arte de la primera mitad del siglo XX, tienden a
confundirse y enturbiar valores si se les trata en su obra entera en una
consideración lineal o se la exhibe, como fue muy frecuente después de
su muerte, en retrospectivas con un muestrario de sus movimientos.
Preferible sería desglosar de su obra y acción diversos aspectos lo que
hemos de intentar, considerándolos en sus límites, pero aptos para
integraciones más extendidas que hasta hoy no se le han reconocido en
plenitud. Es difícil que se pueda despertar el interés por las “obras
completas” de un autor polifacético, antes de consagrar uno a uno sus
aciertos parciales.
1) Hay en Barradas un caricaturista cuyo valor es independiente de los
méritos de sus otras obras que no le acrecienta interés extraño – como
ocurre con el ejemplo clásico de las malas caricaturas del genial
Leonardo da Vinci – ni tampoco le disminuye la categoría.
2) Situación idéntica sucede con el dibujante ilustrador de tanto libro
de niños y alta literatura y escenógrafo en la que solo la confrontación
con los ejercitantes de esos géneros decorativos pueden dar su dimensión
que creemos grande.
3) Corresponde que los guardianes del futurismo permitan el ingreso para
confrontación en su historia del “Vibracionismo” de Barradas.
4) Que de una vez por todas se reconozca el importante aporte con que
algunos cuadros de la serie de los "Magníficos” y de su “Epoca Mística”
enriquece la escuela expresionista de la tercera década de la centuria
actual. Estamos obligados los latinoamericanos a preocuparnos por el
reconocimiento de la contribución ya olvidada de los compatriotas al
arte de occidente, debido al alejamiento de la obra de los artistas,
centros europeos donde ellos realizaron sus faenas , proyectores de
fama, centros donde se organizan las grandes exposiciones colectivas o
se editan densos y sabios libros, sobre determinadas escuelas de
pintores.
Así la inserción de Carlos Federico Sáez al “ottocento”; el del mexicano
Diego Rivera al cubismo; el caso de Rafael Barradas merece una detención
especial respecto a contribuciones y tan útiles reconocimientos
internacionales tanto para América como para Europa. Lo haremos
finalizando este estudio. Cuantitativamente se percibe la primacía del
dibujante en el conjunto de la obra de Barradas. Numerosísimos dibujos a
lápices, negros o de color, con leves realces de acuarela algunos de
ellos, tomados los unos directamente de lo natural, divagados los más en
el taller (o en el café) hacia cuentos donde deleita con la frescura de
su gracia que siempre lo acompañó, como croquis para sus bellísimas
ilustraciones de numerosos libros infantiles – los dibujos y el color de
las escenas de “El hermanito Tim” mantienen su prístina frescura – o
para libros de famosos autores que alrededor del año 1919 edita
Biblioteca Estrella: Dickens, Rodenbach, Turgueneff, Lope de Vega, etc.
También trazan sus lápices proyectos de escenografía teatral, ya que
Barradas fue el escenógrafo favorito de Gregorio Martínez Sierra y
Catalina Bárcena, de lo que ha dejado lujosa constancia en el libro Un
teatro de arte en España. Con apuntes de interpretaciones de Catalina
Bárcena, que ya el artista dibujaba en sueños, realizó en 1921 una
exposición en “El Ateneo” de Madrid. Derrochó en los papeles una
espiritualidad sugestiva, sí que provocativa de otros ensueños que
cabían dentro del siempre amplio contorno de su dibujo. La altitud
decorativista de esos dibujos y acuarelas acucia la creatividad
fantasiosa de quienes los contemplan.
Cabe decir que Barradas, aún en los dibujos sin destino, había
adelantado la ilustración e incitaba a que se le agregara el cuento. No
es por tanto extraño que gustaran tanto de él los literatos con quienes
mantuvo un trato frecuente y fraternal que no debe dejar de señalarse al
caracterizar la entera personalidad de este artista. Bajo la
denominación de “Vibracionismo” expone Barradas sus nuevas pesquisas del
arte en el año 1918 en Barcelona. Vibracionismo es: la titulación que da
a su aprehensión interpretativa del futurismo italiano, ansioso y
apresurado testigo del dinamismo de la vida moderna. Son sus visiones,
movedizas, fragmentadas y simultaneístas en procura de la vibración
perenne de la imagen del motivo.
Se hallan los cuadros de Barradas alejados de la vertiente más dramática
del futurismo que era la de Umberto Boccioni y atraído por las pulcras
organizaciones de Gino Severini, cuyos cuadros de los “bal-musette”
parisinos inspiran telas del pintor uruguayo. Alcanza Barradas dentro de
su vibracionismo conquistas señalables. Mil caras del ajetreo extremo de
“Puerta de Atocha de Madrid”
"Atocha" 1919, Oleo sobre lienzo 53 x 66 cm .
o del hacinamiento de cascos, chimeneas y cargas de “puerto de
Barcelona” se enlazan en un dinamismo vertiginoso, en un solo plano y
con colores vivos que apoyan el cabrilleo de la sensación. Las dos obras
que citamos son otros tantos aciertos de una imposición apriorística.
Mas esta pintura que en esos momentos afiliaba a grandes artistas como
expresión universalista, ponía al margen sus condiciones de dibujante de
carácter, del notable figurativista que había en Barradas, del dibujante
ilustrador, cuyos diseños son fábulas o deliciosos cuentos. En la
figuración de los tipos del pueblo español o en la pintura de temario
sagrado que es su culminación pictórica, está el último gran mensaje de
las manos de este artista.
A los cuadros con tipos populares españoles llamóle el pintor “Los
Magníficos”: “El hombre de la alpargata”, “Obrero en la taberna”,
“Castellanos”, etc. Barradas significó la dignificación de las anónimas
clases humildes, labriegos, obreros u hombres del mar, por la
monumentalidad de la plástica. Hay aquí una exaltación verdadera de la
forma: ésta es ancha, amplia, revestidos los personajes como con una
armadura hecha con sus propios perfiles. En la única actitud del
estatismo absoluto, estas figuras imponen la gravedad de sus ricas
presencias, sin gestos, ni rictus, con los ojos siempre vacíos, con alma
de eternidad. Figuras delineadas a grandes trazos continuados, sumarios
en su mayoría, tras el análisis de lo significativo, sostenidos los
espacios con un sordo color de tinta plana que mantiene con consistente
tensión los recortes lineales.
Hay aquí también puntos culminantes en las densidades de atmósferas
pictóricas los grises de “Molinero de Aragón”
Molinero aragonés, ca.1924 Oleo sobre tela, 117 x 73 cm.
o la endurecida esquematización de sus dos versiones de “Castellanos”, o
lucimiento de trato de la materia en “El hombre de la Boina Vasca”. La
interpretación típica que dejó Barradas es superior, sin duda, a la que
por los mismos años realizara Joaquín Sorolla para la Spanish Society of
New York. Le aventaja Barradas en su fuerza plástica, consiguiendo con
las imágenes de las endurecidas vidas españolas la presencia de singular
relieve expresionista que las emparentan con las del belga Constant
Permecke, reconocido y divulgado como incuestionable "jefe del nuevo
expresionismo belga". Por los mismos años de estos cuadros ha de pintar
algunos excelentes paisajes de Hospitalet. Seguramente que esa España
enérgica y creyente ayudó a la elección de temas religiosos y sagrados,
impresionándolo fuertemente. (Para su propio velatorio dispuso que lo
revistieran con el sayal de un monje).
En un temario anterior, el novicio religioso fue repetidamente dibujado
por Barradas, con una consideración de sus líneas más puras. En la
“Primera Comunión”, uno de sus óleos más divulgados, una niña vestida de
blanco, con traje de circunstancia, está rodeada por un paisaje
participante de un momento de felicidad. La “Epoca Mística”, sus cuadros
con temas sagrados (La Virgen y el Niño”, “Jesús”, “Adoración en el
Establo”, “La Anunciación”, “La Madre Perla”, etc.) que constituyen su
serie final de óleos representan a un expresionista, si es que se quiere
reconocer al expresionismo con los atributos que sus tratadistas
especiales lo analizan; por ejemplo Franz Roh, en Realismo Mágico al
trazar el esquema del expresionismo le señala: “objetos estáticos;
muchos asuntos religiosos; rítmico; extravagante; sumario; grandes
formas; cálido; sustancia cromática espesa; deja ver el trabajo, la
“mano”; la factura; deformación expresiva”. Un ajuste perfecto entre
principios y resultados. Si comprobamos la alta calidad y autenticidad
de estas pinturas debe entonces advertirse con asombro – una vez más –
que esta rica porción del expresionismo no ha sido aprovechada como
corresponde y de acuerdo a su categoría.
Rafael Pérez Barradas nació en Montevideo en 1890 y falleció en la misma
ciudad en 1929. Pese a la contundencia de estos datos cabría ampliar
para el arte la nacionalidad de este uruguayo, hijo de padre y madre
españoles y casado con una mujer provinciana de España. En las dos
patrias – en la suya y en la de familia – actuó y una perfecta simbiosis
de influencias de ambos países explica el carácter de sus labores. Para
los problemas culturales que se plantean a diario sobre la relación,
sumisión, enfrentamiento y libertad de las relaciones entre el arte de
América y Europa es importante considerar en su elucidación el aporte de
Barradas, o como hemos dicho anteriormente el “Caso Barradas”. La mayor
parte de su obra, la pintó en España. Esto es incontrovertible porque es
histórico. Allí se le consideró como a un renovador, más aún, como valor
absoluto. Eugenio D’Ors en su “Salón de Otoño” de 1924, en el cual
realiza una tremenda catarsis del arte de sus compatriotas, lo coloca en
sala de privilegio entre José Gutiérrez Solana, cuya percepción de la
España Negra goyesca le fue suficiente para mantener su vigencia con
dignidad y distinción, y Juan Gris, que debió trasladarse a París para
sostener su cubismo universalista.
Barradas estableció una tercera posición inédita al dar una nueva
expresión en la reciprocidad de relaciones culturales entre Madre Patria
y los países de nuestro Continente, relaciones generalmente englobadas
en el término Hispanoamericanismo. A veces dudamos si Rafael Barradas
que en los años mozos partió hacia España, tierra de sus padres, desde
donde regreso – nos repetimos – sólo para morir, configura, por su rango
mayor a un prototípico pintor de hispanoamericanismo, o por la función
allí realizada, al descubrir nuevas formas estéticas en viejas entrañas
que no eran del todo ajenas, con él se inicia en pintura y en palabra
trastocada, un Américohispanismo que cabría reconocer.
Es indudable que obtuvo grabaciones definitivas y nuevas de los tipos
del pueblo español por haber mirado sus actitudes con pasmo americano,
de una América a la que siempre le es difícil reconocerle un estilo;
retomo sin encargos la pintura de asunto religioso, lo que ya no ocurría
en España (toda imagen religiosa era encargada y los encargadores
imponían sus gustos) y saltando sobre prejuicios, inquietó con
avancismos a la pintura de España.
A su regreso, Barradas entregó al Uruguay la obra entera de un gran
artista nativo de neta inspiración hispánica. Por su mirada que llegaba
desde muy lejos para redescubrirse a sí mismo, por su desprejuicio
localista como extranjero, a la vez que libre de las ataduras académicas
habituales en aquellos ambientes, llegó él también a la tarea de una
universalización, de una nueva afirmación del carácter y la fe
españolas, cuando ya las primeras únicamente se servían como atracción
pintoresca, y las segundas transitaban trillos harto conocidos de
ejercitantes mercenarios. Porque también el uruguayo Barradas
redescubrió a España.
Documento tomado de : Las Artes Plásticas del Uruguay : desde la época
indígena al momento contemporáneo / José Pedro Argul. -- Montevideo :
Barreiro y Ramos, 1966.
|