LA TERTULIA DEL PATIO
LAS CONSPICUAS RELACIONES ENTRE ARTE PICTÓRICO,
ESCRITURA Y LITERATURA
Fernando Ureña Rib
Decía Enrique Toda, un diplomático e intelectual
español de principios del siglo pasado, que “Nunca
conocerá la historia quien no empiece a aprenderla
desde Egipto.” Y la cultura antigua de ese país, con
su escritura jeroglífica, es probablemente el mejor
ejemplo de la eterna confabulación, de los ligámenes
ingénitos, naturales, ancestrales e inmemoriales
entre arte pictórico, visual, gráfico y el arte de
la palabra escrita. Al igual que estas, la escritura
es en sí una forma de comunicación visual. Aunque
también llegue a ser sonora, fonética y auditiva, si
se quiere. Y aunque existan formas de escritura
prácticamente imperceptibles al ojo humano y
lenguajes escritos que sólo podemos observar y
comprender a través de máquinas des codificadoras y
de sistemas de informática y electrónica, por ahora
nos interesará la escritura misma, la tradicional,
la de siempre, esa que aprendimos en el parvulario.
Al hablar de escritura nos referiremos a esos
signos, dibujados o impresos, de los que podemos
desprender y desgajar tantas ideas, imágenes,
símbolos y en suma, inspiración estética,
conocimiento. Son esos mismos signos que desde el
paleolítico y el neolítico aparecen en incisiones
rupestres y cuya existencia y objeto eran
indudablemente el de transmitir o comunicar el
pensamiento y dejar un testimonio de la rica
experiencia humana.
Partamos pues de Egipto. Del antiguo Egipto, allá
en el principio, hacia el final de la prehistoria,
en el período Badaeriense, es decir en el quinto
milenio antes de Cristo, cuando habría sido posible
establecer distinciones entre las artes gráficas,
pictóricas o visuales y eso que conocemos hoy como
literatura, es decir escritura creativa, poética y
narrativa. Un breve paseo por aquel emergente
imperio nos demostrará que en las escalinatas, en
las columnas, en las paredes de los templos, en los
corredores de los palacios, en las vasijas, en las
armas, en las vestimentas y en los laberintos
interiores de las pirámides se narraba esa
experiencia humana. Y así se contaban con ambiguos
caracteres y ambivalentes signos, las historias de
guerra o de amor de las primeras dinastías del
incipiente imperio.
Antes de proseguir, debo aclarar que el término
“ambivalencia” es usado aquí en el sentido de poseer
dos valores, y “ambiguo” en el sentido de
enigmático, de poseer dos caminos, dos modos de
interpretación o de lectura. Esto es muy cierto con
respecto a la escritura jeroglífica, porque los
expertos no cesan de diferir con respecto al
significado de esos caracteres, de esos símbolos y
pictografías. Esto es sólo la base para demostrar
que en sus orígenes, lo que llegó a ser palabra
escrita y lo que se desarrolló como imagen
artística, eran hermanas. Ambas formas de
comunicación se prestaban a una enorme cantidad de
percepciones, de interpretaciones y de lecturas.
El efecto de la escritura y del arte en el lector y
en el espectador ha sido siempre cautivante,
sugestivo, porque se advierten componentes mágicos.
En un principio tanto el arte de la pintura, como el
de la literatura nos referían al culto de los
dioses, a leyendas sobre la creación del universo, a
epopeyas en una mano divina intervenía para lograr
victorias, para avasallar otros pueblos.
Tanto las imágenes de estos dioses como sus nombres,
escritos, cantados o pronunciados, contenían
elementos mágicos e invocarlos o mirarlos no se
hacía sin reverencia, sin verdadera unción. No
sabemos si el artista creaba, extrayendo de su
imaginación, los ídolos, ni si el profeta o el
sacerdote componía su historia partiendo de la
figura concebida por este.
Lo que sí sabemos es que los antiguos egipcios
atribuyeron a su dios, Thot el origen de la
escritura, mientras los griegos pensaban que fue
Cadmo su iniciador; a su vez los escandinavos
aseguraban que es a su dios Odín a quien debemos
adjudicar el mérito por tan poderosa invención. En
la Biblia la tarea de escribir los orígenes del
pueblo escogido se le asignó a Moisés, quien además
de pastor, poeta y narrador, fue un legislador, un
historiador, un profeta, un arquitecto, un experto
en nutrición y en genealogía, un higienista, un
embajador, un gobernante y un auténtico líder de su
pueblo. Entre las disposiciones legales entregadas
por Dios a Moisés en la zarza ardiente, estaba una
que condenaba la idolatría. Quizás a esa ley se deba
que el pueblo hebreo no haya resultado tan prolífico
en cuanto a la creación misma de obras de arte. Y,
vaya paradoja, es precisamente por eso que los
griegos llamaban ateos a los judíos, es
decir: “gente sin dios”. Sin embargo, una gran
parte de la historia del arte se ha nutrido por
siglos de las historias bíblicas. Numerosas obras
maestras toman la literatura hebrea como punto de
partida para la creación artística.
Nos hemos ido lejos, ¿verdad?
¿Qué tal si regresamos ahora a nuestra isla, a
nuestro continente. Porque también aquí, entre
nosotros, existe una historia poderosa que reverla
las conexiones entre artes visuales y escritura.
Para probar esto, basta echar un vistazo a la Cueva
de la Mujer Maravilla, perdón a la Cueva de las
Maravillas. Y no sólo esas. El arte rupestre en
República Dominicana presenta altos niveles de
cantidad y calidad. Se cuentan por centenares las
cavernas dispersas por toda la geografía dominicana
que contienen muestras de este importante recurso de
comunicación. La isla de Santo Domingo atesora la
mayor acumulación de yacimientos arqueológicos
provistos de arte paleolítico parietal que se conoce
en todo el Caribe insular.
El Parque Nacional del Este es un gran
acontecimiento dentro del campo arqueológico del
arte rupestre. Cavernas como José Maria, Ramoncito o
Berna cuentan con centenares, y a veces con más de
mil variedades de diseños rupestres en sus entrañas.
Es preciso hacer notar que la temática y la calidad
de estas representaciones demuestran que había una
clara intención narrativa en estas pictografías y
petroglifos. La próxima vez que usted visite estas
cuevas, tenga en cuenta que basándose en esas
imágenes es posible recrear, una historia.
Recientemente viajé por México y Guatemala. Y es
interesante descubrir cómo existieron y perduran
allí, tanto en la cultura del Norte de América, de
Yucatán, como en toda Mesoamérica, formas
tradicionales en las que están unidas
inextricablemente el arte pictórico y el de la
escritura. Las estelas son el ejemplo clásico. Los
mayas del siglo ocho, por ejemplo, publicaban estas
estelas, que eran una especie de poste o pilar plano
y un tanto rectangular, que se dedicaba al Señor
Ubah Kawil de Copán. Se trata de incisiones y
relieves comparables a las formas esculturales del
Sudeste de Asia. Aquí se mezclan pintura, escultura,
escritura, narración y poesía. Y por supuesto,
magia. Se trata, sin dudas, de una obra colectiva.
Tal y como se utiliza hoy en día, en que artistas de
varias disciplinas reúnen sus talentos en una sola
pieza.
Mientras, también hay centenares de ejemplos de
esculturas aztecas y mayas que se asemejan a la
estatuaria de la Grecia Arcaica. E incluso la
superan, porque siguiendo ese orden, los libros
doblados pintados en el estilo posclásico Mixteca-Puebla
recuerdan los diseños figurativos empleados para la
filmación de dibujos o cartones animados de los
estudios cinematográficos del siglo veinte. Es justo
hacer notar que no se trata de influencias directas,
sino de una extraordinaria capacidad de innovación y
experimentación por aquellos artistas precolombinos
incomparables. En esa área, durante el preclásico
tardío, ocurre un cambio digno de atención. Tableros
en relieve en Monte Albán emplean signos de lugares
pictográficos para designar territorios conquistados
mientras aparece en la Costa del Golfo un sistema de
escritura precioso, con fonética completa en la
lengua Mixe-Zoque. En las tierras bajas Mayas, los
artistas crearon estelas (monumentos de piedra
enhiestos) describiendo escenas de las historias de
la creación, así como también enormes tableros de
máscaras que ornamentaban las fachadas de sus
edificios públicos de sus pirámides y de sus torres.
Ahora bien, el arte propiamente dicho se caracteriza
precisamente por la ambigüedad que mencionábamos y
por esa ambivalencia o plurivalencia. Una imagen, es
decir, una figura vale por mil palabras, decían los
chinos. Y la china, precisamente, es una cultura que
hasta el día de hoy hace una simbiosis entre
figuración y escritura. Los calígrafos chinos,
verdaderos maestros en ambos géneros, aúnan
escritura y artes visuales, porque prima el carácter
estético en sus realizaciones. Es decir, en ese
tipo de escritura hay aspectos puramente expresivos
desde el punto de vista de la forma, no sólo desde
el punto de vista del significado.
En fin, que imagen y palabra se identifican de
manera consciente desde siempre, ligadas a su enorme
poder mágico, religioso y evocador. Tanto en la
mente del hombre primitivo como en la del
contemporáneo, imagen visual, simbolismo gráfico y
palabra alternan su atención, y se traslapan de tal
modo que algunas veces dudamos de si la escritura es
una de las formas que adopta el dibujo o si es el
dibujo otra de las formas de la escritura. Esa
discusión ha estado presente especialmente desde que
se introdujeron las teorías estructuralistas a
principios y mediados del siglo pasado. Recordemos
los estudios de gramática comparada del lingüista
suizo Ferdinand de Saussure (1857-1913) y
posteriormente los del antropólogo Claude Levi
Strauss, (1908-)quien todavía vive en París.
Todos sabemos que esas dos artes (la escritura y la
pintura) se independizan desde tiempos tempranos.
El escriba se especializa y asienta y eterniza la
palabra del profeta, la del legislador, la del
gobernante, la del sacerdote, la del filósofo, la
del brujo. El escritor desarrolla su propia (o
colectiva) capacidad de fabulación. Surge la
teogonía. Homero en el siglo VIII a.C. y Hesíodo
Siglo VII a.C. crean dioses a la imagen y semejanza
del hombre. ¡Qué grandes fabuladores! Pero para que
sus historias fueran creíbles se necesitaba del
artista, del escultor.
Quizás sin Fidias, sin
Lisipo, sin Praxíteles sin, Escopas, sin Policleto y
muchos otros grandes maestros de la escultura
griega, el culto a las divinidades creadas por
Homero y Hesíodo habría sido improbable, ni se
habrían explicado las peregrinaciones que se hacían
en aquel tiempo.
El pueblo tenía que ver a Zeus, a Minerva, a
Dionisio. Debía tener una experiencia visual, física
con el dios. Esa experiencia física alcanzaba los
niveles de experiencia sexual en algunos templos,
como en el de Artemisa en Efeso, a orillas del mar
Jónico, de gran belleza y rodeado de las más
hermosas servidoras de la carne y del espíritu. Por
supuesto esas experiencias visuales y físicas daban
origen a un sinnúmero de nuevas aventuras y por
tanto, de nuevas historias para contar.
Mientras en Homero, Esopo, Hesíodo y en los grandes
filósofos griegos la escritura, la narración y la
fabulación alcanzaron niveles insospechados de
razonamiento y de estética, y mientras todo el flujo
de su pensamiento se desbordaba; el escultor, el
pintor, el dibujante cultivaban con esmero su
oficio, descubriendo los cánones de la figuración
con una exactitud tal que, ante la presencia de la
obra de arte, toda duda sobre la divinidad referida
en aquellos escritos era disipada. Ver para creer.
En resumidas cuentas, esa necesidad de ver y palpar
lo imaginado la completa el artista.
Tanto el escritor como el pintor o el escultor
trabajan en ese campo abierto, inmenso e
inescrutable que llamamos la imaginación. El arte
cifrado del escritor se apodera tanto de los dioses
que crea como de la palabra y les da alas, le
insufla su poder mágico. Esa palabra escrita se
transmite y nos da aliento en la derrota, alegría en
el triunfo, constancia y fortaleza en la batalla.
De las artes de la escritura y la pintura se
originan otras. Por ejemplo, de las festividades
dedicadas a Dionisio, quien según Heródoto era una
de las tres divinidades tracias junto a Artemisa y
Ares, se origina el teatro. Sus cultos incluían
piezas escritas para ser representadas públicamente
frente al pueblo y las autoridades. En el teatro el
pensamiento escrito se hace voz, se hace gesto, se
hace movimiento, danza, y se visualiza detrás de
máscaras, decorados y vestuarios cuidadosamente
pintados.
La música no se escribía. No se registraba
digitalmente como ahora, en discos compactos o en
cintas magnéticas. Aunque estuvo presente desde
tiempos primigenios, desde cuando la bíblica Ada,
mencionada en Génesis 4:20, dio a luz a “ Jubal,
padre de los que tocan la cítara y la flauta”,. La
música, hija del tiempo, llegó a escribirse luego en
folios. Pero, durante los cultos dionisíacos y en
las bacanales, se desvanecía en su propio acontecer
sin que de ella hubiese quedado memoria alguna. Qué
pena no tener a mano las grabaciones de Orfeo
mientras lloraba la irremediable pérdida de su amada
Euridice en las profundidades del averno. Por eso,
la escritura es la inseparable aliada de la cultura
musical universal, la que asegura su permanencia y
trascendencia. Y así como la escritura de novelas y
de cuentos se presta a no pequeña cantidad de
interpretaciones, las de una partitura musical son
tan variadas y tan válidas como intérpretes tuviera.
Esta escritura alcanzó en Italia modos sofisticados
donde el tono, la intensidad, el timbre y la
duración de las notas estaban fielmente
representados.
La hermandad de las artes continúa. El gran
desarrollo de los signos de la escritura y su poder
de comunicación del pensamiento se afinaron
muchísimo en el Oriente, en la India y en la Grecia
Antigua. Y la imagen visual adquirió rasgos
peculiares, se perfeccionó la manera en que el
hombre se veía a sí mismo, se representaba y se
comprendía en el contexto de su sociedad y de su
tiempo.
No es necesario repetir que arte de la pintura y el
arte de la escritura alcanzaron su mayor esplendor
durante el Renacimiento. Y es aquí donde
encontramos un ejemplo formidable de la hermandad
referida. La mayoría de ustedes recuerda el gran
escultor florentino Miguel Ángel Buonarrotti y han
escuchado que fue un excelente poeta. Y era un poeta
con todas las de la ley. Un poeta que encerraba en
sus versos, no sólo gran belleza formal sino una
honda sabiduría, fruto indudable de la reflexión a
que le obligaba (pienso yo) su trabajo de escultor
y muralista. Al igual que en sus pinturas y
esculturas, se advierte en Miguel Ángel una
apasionada fuerza interior, como si hubiera algo
que estuviera a punto de quebrarse o de ocurrir,
aguardando el momento oportuno que no es otro que el
de la minúscula eternidad del instante. Así como las
figuras de Miguel Ángel permanecen al borde de un
cambio, de una acción inminente, sus poemas revelan
gran intensidad, y un acentuado sentido de urgencia.
Al igual que sus esculturas, los poemas de Miguel
Ángel manifiestan tanto esa fuerza interior como un
gran cuidado en sus detalles. El verso favorito de
Miguel Ángel era el endecasílabo, verso que solía
alternar en sus madrigales con el verso conocido
como heptasílabo. Sin embargo, la calidad de su
poesía no desmedra ni de su pasión, ni de su fuerza
imaginativa. Me remito a los siguientes ejemplos:
¿Quién es aquél que por fuerza a ti me lleva,
hacia ti, ay, hacia ti,
tan amarrado aunque parezca suelto?
Si tú tanto me estrechas, sin cadena
Y sin brazos ni manos me has sujeto,
¿quién me defenderá del rostro bello?
Come fiamma piú cresce piú contesa
dal vento, ogni virtú, che ´l cielo esalta,
tanto piú splende quant`é piú offesa.
Tal como llama, que mientras más alta
más la combate el viento,
así a la ofendida virtud el cielo exalta.
La traducción es penible.
De la misma manera es conocida la prosa de Leonardo
Da Vinci. Aparte de sus aforismos y sus escritos
científicos, Leonardo era un narrador de fábulas que
poseía la virtud de la síntesis. Las moralejas de
sus fábulas poseen esa contundencia sentenciosa en
que confluyen tanto la sabiduría como la
observación.
“No hay consejo más leal que aquel que se da desde
una nave que se hunde”. Y en otra de sus fábulas
observaba Leonardo, en una frase tan actual entonces
como ahora, “A quien quiere hacerse rico en un día,
se le hará colgar en un año.”
Ese don de síntesis se manifiesta de manera singular
en su libro de cocina. Como ustedes recuerdan
Leonardo fue durante cinco años el jefe de cocina
del Conde de Sforza. Y recordarán que gracias a él
tenemos inventos de la culinaria que se utilizan
diariamente en hogares de toda la tierra, tales como
las servilletas y los manteles pequeños que se ponen
debajo de los platos.
Sabemos de García Lorca era un buen dibujante, que
Manuel Rueda era excelente pianista. Los ejemplos
son tantos que podrían resultar agobiantes. Pero en
fin, yéndonos por aquí y por allá nos encontramos
con uno de los pintores y poetas más refinados del
siglo XIX. Me refiero a Dante Gabriel Rossetti,
(1828-1882) fundador de la hermandad de los
prerrafaelitas. De su exquisita pintura quizás no
sea necesario hablar. Lo que sorprende en él es la
belleza y profundidad de su poesía. Intenté hallar
una buena traducción de sus versos, pero dicen que
los grandes poetas son intraducibles.
¿Por qué? Porque el elemento esencial de la poesía
no es la palabra. Y es aquí donde volvemos al
concepto de hermandad entre las artes de que
hablábamos al principio. El elemento esencial de la
poesía, al igual que el de la narrativa y la música,
al igual que el de la novela y la pintura y la
escultura es la imagen. La imagen lo es todo. No la
palabra. La imagen es todo aquello que es
perceptible, todo lo que es posible atrapar con los
sentidos. Por eso, cuando leemos a Neruda
imaginamos. Vemos, por decirlo así, raíces, alas,
volcanes inmensos. Cuando leemos a García Márquez o
escuchamos a Claude Debussy o a Mozart también
imaginamos. Sin embargo, imaginar no es sólo nuestra
capacidad de percibir imágenes, sino de producirlas.
La palabra es en manos del poeta lo que es el color
en las del pintor, o las notas que surgen de los
dedos del músico. Eso no es lo que importa.
Lo que verdaderamente importa comprender es que las
artes todas pertenecen a ese ámbito sagrado, a ese
recinto inmenso y poblado de seres malvados o
prodigiosos, a esos vastos parajes que incitan a la
aventura, a la fortuna, al amor, a los peligros.
Todo cabe en ese reino. Hay bufones y prelados,
malabaristas y ladrones, hombres tontos, generosos,
impíos. Se han abierto los enormes pórticos. “Thor
tut dich auf!!”..Ábrete Sésamo. Hemos entrado. Lo
comprendemos. Creo que estamos ya aquí. Hemos
llegado al Reino de la Imaginación.
FERNANDO UREÑA RIB