LIBROS DOMINICANOS

 

LAS CONSPICUAS RELACIONES ENTRE

ARTES PLÁSTICAS, ESCRITURA Y LITERATURA

 

FERNANDO UREÑA RIB

 

 

LA TERTULIA DEL PATIO

 

LAS CONSPICUAS RELACIONES ENTRE ARTE PICTÓRICO, ESCRITURA Y LITERATURA

 

Fernando Ureña Rib

 

Decía Enrique Toda, un diplomático e intelectual español de principios del siglo pasado, que “Nunca conocerá la historia quien no empiece a aprenderla desde Egipto.” Y la cultura antigua de ese país, con su escritura jeroglífica,  es probablemente el mejor ejemplo de la eterna confabulación, de los ligámenes ingénitos, naturales, ancestrales e inmemoriales entre arte pictórico, visual, gráfico y el arte de la palabra escrita. Al igual que estas, la escritura es en sí una forma de comunicación visual.  Aunque también llegue a ser sonora, fonética y auditiva, si se quiere. Y aunque existan formas de escritura prácticamente imperceptibles al ojo humano y lenguajes escritos que sólo podemos observar y comprender a través de máquinas des codificadoras y de sistemas de informática y electrónica, por ahora nos interesará la escritura misma, la tradicional, la de siempre, esa que aprendimos en el parvulario.

 

Al hablar de escritura nos referiremos a esos signos, dibujados o impresos, de los que podemos desprender y desgajar tantas ideas, imágenes, símbolos y en suma, inspiración estética, conocimiento. Son esos mismos signos que desde el paleolítico y el neolítico aparecen en incisiones rupestres y cuya existencia y objeto eran indudablemente el de transmitir o comunicar el pensamiento y dejar un testimonio de la rica experiencia humana.

 

Partamos pues de Egipto.  Del antiguo Egipto, allá en el principio,  hacia el final de la prehistoria,  en el período Badaeriense, es decir en el quinto milenio antes de Cristo, cuando habría sido posible establecer distinciones entre las artes gráficas, pictóricas o visuales y eso que conocemos hoy como literatura, es decir escritura creativa, poética y narrativa. Un breve paseo por aquel emergente imperio nos demostrará que en las escalinatas, en las columnas, en las paredes de los templos, en los corredores de los palacios, en las vasijas, en las armas, en las vestimentas y en los laberintos interiores de las pirámides se narraba esa experiencia humana.  Y así se contaban con ambiguos caracteres y ambivalentes signos,  las historias de guerra o de amor de las primeras dinastías del incipiente imperio.

 

Antes de proseguir, debo aclarar que el término “ambivalencia” es usado aquí en el sentido de poseer dos valores, y “ambiguo” en el sentido de enigmático, de poseer dos caminos, dos modos de interpretación o de lectura.  Esto es muy cierto con respecto a la escritura jeroglífica, porque los expertos no cesan de diferir con respecto al significado de esos caracteres, de esos símbolos y pictografías. Esto es sólo la base para demostrar que en sus orígenes,  lo que llegó a ser palabra escrita y lo que se desarrolló como imagen artística, eran hermanas. Ambas formas de comunicación se prestaban a una enorme cantidad de percepciones, de interpretaciones y de lecturas.

 

El efecto de la escritura y del arte en el lector y en el espectador ha sido siempre cautivante, sugestivo, porque se advierten componentes mágicos. En un principio tanto el arte de la pintura, como el de la literatura nos referían al culto de los dioses, a leyendas sobre la creación del universo, a epopeyas en una mano divina intervenía para lograr victorias, para avasallar otros pueblos.

Tanto las imágenes de estos dioses como sus nombres, escritos, cantados o pronunciados, contenían elementos mágicos e invocarlos o mirarlos no se hacía sin reverencia,  sin verdadera unción.  No sabemos si el artista creaba, extrayendo de su imaginación,  los ídolos, ni si el profeta o el sacerdote componía su historia partiendo de la figura concebida por este. 

 

Lo que sí sabemos es que los antiguos egipcios atribuyeron a su dios, Thot el origen de la escritura, mientras los griegos pensaban que fue Cadmo su iniciador; a su vez los escandinavos aseguraban que es a su dios Odín a quien debemos adjudicar el mérito por tan poderosa invención. En la Biblia la tarea de escribir los orígenes del pueblo escogido se le asignó a Moisés, quien además de pastor, poeta y narrador,  fue un legislador, un historiador, un profeta, un arquitecto, un experto en nutrición y en genealogía, un higienista, un embajador, un gobernante y un auténtico líder de su pueblo. Entre las disposiciones legales entregadas por Dios a Moisés en la zarza ardiente, estaba una que condenaba la idolatría. Quizás a esa ley se deba que el pueblo hebreo no haya resultado tan prolífico en cuanto a la creación misma de obras de arte. Y, vaya paradoja, es precisamente por eso que los griegos llamaban ateos a los judíos, es decir: “gente sin dios”.  Sin embargo, una gran parte de la historia del arte se ha nutrido por siglos de las historias bíblicas. Numerosas obras maestras toman la literatura hebrea como punto de partida para la creación artística.

Nos hemos ido lejos, ¿verdad? ¿Qué tal si regresamos ahora a nuestra isla, a nuestro continente. Porque también aquí, entre nosotros, existe una historia poderosa que reverla las conexiones entre artes visuales y escritura. Para probar esto, basta echar un vistazo a la Cueva de la Mujer Maravilla, perdón a la Cueva de las Maravillas. Y no sólo esas. El arte rupestre en República Dominicana presenta altos niveles de cantidad y calidad. Se cuentan por centenares las cavernas dispersas por toda la geografía dominicana que contienen muestras de este importante recurso de comunicación. La isla de Santo Domingo atesora la mayor acumulación de yacimientos arqueológicos provistos de arte paleolítico parietal que se conoce en todo el Caribe insular. 

El Parque Nacional del Este es un gran acontecimiento dentro del campo arqueológico del arte rupestre. Cavernas como José Maria, Ramoncito o Berna cuentan con centenares, y a veces con más de mil variedades de diseños rupestres en sus entrañas. Es preciso hacer notar que la temática y la calidad de estas representaciones demuestran que había una clara intención narrativa en estas pictografías y petroglifos. La próxima vez que usted visite estas cuevas, tenga en cuenta que  basándose en esas imágenes es posible recrear, una historia.

Recientemente viajé por México y Guatemala. Y es interesante descubrir cómo existieron y perduran allí, tanto en la cultura del Norte de América, de Yucatán, como en toda Mesoamérica,  formas tradicionales en las que están unidas inextricablemente el arte pictórico y el de la escritura. Las estelas son el ejemplo clásico.  Los mayas del siglo ocho, por ejemplo, publicaban estas estelas, que eran una especie de poste o pilar plano y un tanto rectangular, que se  dedicaba al Señor Ubah Kawil de Copán. Se trata de incisiones y relieves comparables a las formas esculturales del Sudeste de Asia. Aquí se mezclan pintura, escultura, escritura, narración y poesía. Y por supuesto, magia. Se trata, sin dudas, de una obra colectiva. Tal y como se utiliza hoy en día, en que artistas de varias disciplinas reúnen sus talentos en una sola pieza.

Mientras, también hay centenares de ejemplos de esculturas aztecas y mayas que se asemejan a la estatuaria de la Grecia Arcaica. E incluso la superan, porque siguiendo ese orden, los libros doblados pintados en el estilo posclásico Mixteca-Puebla recuerdan los diseños figurativos empleados para la filmación de dibujos o cartones animados de los estudios cinematográficos del siglo veinte. Es justo hacer notar que no se trata de influencias directas, sino de una extraordinaria capacidad de innovación y experimentación por aquellos artistas precolombinos incomparables. En esa área, durante el preclásico tardío, ocurre un cambio digno de atención. Tableros en relieve en Monte Albán emplean signos de lugares pictográficos para designar territorios conquistados mientras aparece en la Costa del Golfo un sistema de escritura precioso, con fonética completa en la lengua Mixe-Zoque. En las tierras bajas Mayas, los artistas crearon estelas (monumentos de piedra enhiestos) describiendo escenas de las historias de la creación, así como también enormes tableros de máscaras que ornamentaban las fachadas de sus edificios públicos de sus pirámides y de sus torres.

Ahora bien, el arte propiamente dicho se caracteriza precisamente por la ambigüedad que mencionábamos y  por esa ambivalencia o plurivalencia. Una imagen, es decir, una figura vale por mil palabras, decían los chinos. Y la china, precisamente, es una cultura que hasta el día de hoy hace una simbiosis entre figuración y escritura. Los calígrafos chinos, verdaderos maestros en ambos géneros, aúnan escritura y artes visuales, porque prima el carácter estético en sus realizaciones.  Es decir, en ese tipo de escritura hay aspectos puramente expresivos desde el punto de vista de la forma,  no sólo desde el punto de vista del significado.

En fin, que imagen y palabra se identifican de manera consciente desde siempre, ligadas a su enorme poder mágico, religioso y evocador. Tanto en la mente del hombre primitivo como en la del contemporáneo, imagen visual, simbolismo gráfico y palabra alternan su atención, y se traslapan de tal modo que algunas veces dudamos de si la escritura es una de las formas que adopta el dibujo o si es el dibujo otra de las formas de la escritura.  Esa discusión ha estado presente especialmente desde que se introdujeron las teorías estructuralistas a principios y mediados del siglo pasado. Recordemos los estudios de gramática comparada del  lingüista suizo Ferdinand de Saussure (1857-1913) y posteriormente los del antropólogo Claude Levi Strauss, (1908-)quien todavía vive en París.  

 

Todos sabemos que esas dos artes (la escritura y la pintura)  se independizan desde tiempos tempranos. El escriba se especializa y asienta y eterniza la palabra del profeta, la del legislador, la del gobernante, la del sacerdote, la del filósofo, la del brujo. El escritor desarrolla su propia (o colectiva) capacidad de fabulación. Surge la teogonía.  Homero en el siglo VIII  a.C. y Hesíodo Siglo VII a.C. crean dioses a la imagen y semejanza del hombre. ¡Qué grandes fabuladores!  Pero para que sus historias fueran creíbles se necesitaba del artista, del  escultor. 

Quizás sin Fidias, sin Lisipo, sin Praxíteles sin, Escopas, sin Policleto y muchos otros grandes maestros de la escultura griega, el culto a las divinidades creadas por Homero y Hesíodo habría sido improbable, ni se habrían explicado las peregrinaciones que se hacían en aquel tiempo.  El pueblo tenía que ver a Zeus, a Minerva, a Dionisio. Debía tener una experiencia visual, física con el dios. Esa experiencia física alcanzaba los niveles de experiencia sexual en algunos templos, como en el de Artemisa en Efeso, a orillas del mar Jónico, de gran belleza y rodeado de las más hermosas servidoras de la carne y del espíritu. Por supuesto esas experiencias visuales y físicas daban origen a un sinnúmero de nuevas aventuras y por tanto, de nuevas historias para contar.

 

Mientras en Homero, Esopo, Hesíodo y en los grandes filósofos griegos la escritura, la narración y la fabulación alcanzaron niveles insospechados de razonamiento y de estética, y mientras todo el flujo de su pensamiento se desbordaba; el escultor, el pintor, el dibujante cultivaban con esmero su oficio, descubriendo los cánones de la figuración con una exactitud tal que, ante la presencia de la obra de arte, toda duda sobre la divinidad referida en aquellos escritos era disipada.  Ver para creer. En resumidas cuentas, esa necesidad de ver y palpar lo imaginado la completa el artista.

 

Tanto el escritor como el pintor o el escultor trabajan en ese campo abierto, inmenso e inescrutable que llamamos la imaginación.  El arte cifrado del escritor se apodera tanto de los dioses que crea como de la palabra y les da alas, le insufla su poder mágico.  Esa palabra escrita se transmite y nos da aliento en la derrota, alegría en el triunfo, constancia y fortaleza en la batalla.

 

De las artes de la escritura y la pintura se originan otras. Por ejemplo, de las festividades dedicadas a Dionisio, quien según Heródoto era una de las tres divinidades tracias junto a Artemisa y Ares, se origina el teatro. Sus cultos incluían piezas escritas para ser representadas públicamente frente al pueblo y las autoridades. En el teatro el pensamiento escrito se hace voz, se hace gesto, se hace movimiento, danza, y se visualiza detrás de máscaras, decorados y vestuarios cuidadosamente pintados.

La música no se escribía. No se registraba digitalmente como ahora,  en discos compactos o en cintas magnéticas. Aunque estuvo presente desde tiempos primigenios,  desde cuando la bíblica Ada, mencionada en Génesis 4:20, dio a luz a “ Jubal, padre de los que  tocan la cítara y la flauta”,. La música, hija del tiempo, llegó a escribirse luego en folios.  Pero, durante los cultos dionisíacos y en las bacanales, se desvanecía en su propio acontecer sin que de ella hubiese quedado memoria alguna. Qué pena no tener a mano las grabaciones de Orfeo mientras lloraba la irremediable pérdida de su amada Euridice en las profundidades del averno. Por eso,  la escritura es la inseparable aliada de la cultura musical universal, la que asegura su permanencia y trascendencia. Y así como la escritura de novelas y de cuentos se presta a no pequeña cantidad de interpretaciones, las de una partitura musical son tan variadas y tan válidas como intérpretes tuviera.  Esta escritura alcanzó en Italia modos sofisticados donde el tono, la intensidad, el timbre y la duración de las notas estaban fielmente representados.

La hermandad de las artes continúa. El gran desarrollo de los signos de la escritura y su poder de comunicación del pensamiento se afinaron muchísimo en el Oriente, en la India y en la Grecia Antigua.   Y la imagen visual adquirió rasgos peculiares, se perfeccionó la manera en que el hombre se  veía a sí mismo, se representaba y se comprendía en el contexto de su sociedad y de su tiempo.

No es necesario repetir que arte de la pintura y el arte de la escritura alcanzaron su mayor esplendor durante el Renacimiento.  Y es aquí donde encontramos un ejemplo formidable de la hermandad referida.  La mayoría de ustedes recuerda el gran escultor florentino Miguel Ángel Buonarrotti y han escuchado que fue un excelente poeta. Y era un poeta con todas las de la ley. Un poeta que encerraba en sus versos, no sólo gran belleza formal sino una honda sabiduría, fruto indudable de la reflexión a que le obligaba (pienso yo)  su trabajo de escultor y muralista.   Al igual que en sus pinturas y esculturas, se advierte en Miguel Ángel una apasionada fuerza interior,  como si hubiera algo que estuviera a punto de quebrarse o de ocurrir, aguardando el momento oportuno que no es otro que el de la minúscula eternidad del instante. Así como las figuras de Miguel Ángel permanecen al borde de un cambio, de una acción inminente, sus poemas revelan gran intensidad, y un acentuado sentido de urgencia.  Al igual que sus esculturas, los poemas de Miguel Ángel manifiestan tanto esa fuerza interior como un gran cuidado en sus detalles. El verso favorito de Miguel Ángel era el endecasílabo, verso que solía alternar en sus madrigales con el verso conocido como heptasílabo. Sin embargo, la calidad de su poesía no desmedra ni de su pasión, ni de su fuerza imaginativa.  Me remito a los siguientes ejemplos:

 

 

¿Quién es aquél que por fuerza a ti me lleva,
hacia ti, ay, hacia ti,
tan amarrado aunque parezca suelto?


Si tú tanto me estrechas, sin cadena
Y sin brazos ni manos me has sujeto,
¿quién me defenderá del rostro bello?

 

Come fiamma piú cresce piú contesa
dal vento, ogni virtú, che ´l cielo esalta,
tanto piú splende quant`é piú offesa.

 

Tal como llama, que mientras más alta
más la combate el viento,

 así a la ofendida virtud el cielo exalta.

 

La traducción es penible.

 

De la misma manera es conocida la prosa de Leonardo Da Vinci.  Aparte de sus aforismos y sus escritos científicos, Leonardo era un narrador de fábulas que poseía la virtud de la síntesis.  Las moralejas de sus fábulas poseen esa contundencia sentenciosa en que confluyen tanto la sabiduría como la observación.

 

“No hay consejo más leal que aquel que se da desde una nave que se hunde”.  Y en otra de sus fábulas observaba Leonardo, en una frase tan actual entonces como ahora, “A quien quiere hacerse rico en un día, se le hará colgar en un año.”

Ese don de síntesis se manifiesta de manera singular en su libro de cocina. Como ustedes recuerdan Leonardo fue durante cinco años el jefe de cocina del Conde de Sforza. Y recordarán que gracias a él tenemos inventos de la culinaria que se utilizan diariamente en hogares de toda la tierra, tales como las servilletas y los manteles pequeños que se ponen debajo de los platos.

 

Sabemos de García Lorca era un buen dibujante, que Manuel Rueda era excelente pianista. Los ejemplos son tantos que podrían resultar agobiantes. Pero en fin, yéndonos por aquí y por allá nos encontramos con uno de los pintores y poetas más refinados del siglo XIX. Me refiero a Dante Gabriel Rossetti, (1828-1882) fundador de la hermandad de los prerrafaelitas. De su exquisita pintura quizás no sea necesario hablar. Lo que sorprende en él es la belleza y profundidad de su poesía. Intenté hallar una buena traducción de sus versos, pero dicen que los grandes poetas son intraducibles.

 

¿Por qué? Porque el elemento esencial de la poesía no es la palabra. Y es aquí donde volvemos al concepto de hermandad entre las artes de que hablábamos al principio. El elemento esencial de la poesía, al igual que el de la narrativa y la música, al igual que el de la novela y la pintura y la escultura es la imagen. La imagen lo es todo. No la palabra. La imagen es todo aquello que es perceptible, todo lo que es posible atrapar con los sentidos.  Por eso, cuando leemos a Neruda imaginamos. Vemos, por decirlo así, raíces, alas, volcanes inmensos. Cuando leemos a García Márquez o escuchamos a Claude Debussy o a Mozart también imaginamos. Sin embargo, imaginar no es sólo nuestra capacidad de percibir imágenes, sino de producirlas. La palabra es en manos del poeta lo que es el color en las del pintor, o las notas que surgen de los dedos del músico. Eso no es lo que importa.

Lo que verdaderamente importa comprender es que las artes todas pertenecen a ese ámbito sagrado, a ese recinto inmenso y poblado de seres malvados o prodigiosos, a esos vastos parajes que incitan a la aventura, a la fortuna, al amor, a los peligros. Todo cabe en ese reino. Hay bufones y prelados, malabaristas y ladrones, hombres tontos, generosos, impíos. Se han abierto los enormes pórticos. “Thor tut dich auf!!”..Ábrete Sésamo. Hemos entrado. Lo comprendemos. Creo que estamos ya aquí.  Hemos llegado al Reino de la Imaginación.

 


FERNANDO UREÑA RIB

 

 

 

 

FERNANDO UREÑA RIB
OBRA PICTÓRICA

 

 

 

 

 

 

 
 
POESÍA DOMINICANA

 

franklin mieses burgos

CANCIÓN DE LA VOZ FLORECIDA

 

 

 

 

 

La poesía del dominicano Franklin Mieses Burgos sobresale en el ámbito de la poesía hispanoamericana por las sutilezas de su musicalidad, la rica profundidad de sus imágenes y la identificación plena entre los mundos físico y espiritual, que coinciden y se transubstancian creando hilos finísimos, vasos comunicantes que conducen a una eclosión etérea y al mismo tiempo apasionada. Esa conjunción abre espacios, sin embargo, para innumeras posibilidades expresivas. El asombro del poeta de ojos ardientes se pasea sobre su propia voz, que personifica y transforma en árbol o en llanto o en canción. Franklin Mieses Burgos es uno de los poetas más sólidos y conmovedores de toda la poética latinoamericana.

 

Fernando Ureña Rib


 

 

 

CANCIÓN DE LA VOZ FLORECIDA

Yo sembraré mi voz en la carne del viento
para que nazca un árbol de canciones;
después me iré soñando músicas inaudibles
por los ojos sin párpados del llanto.

Colgada sobre el cielo dolido de la tarde
habrá una pena blanca, que no será la luna.

Será una fruta alta, recién amanecida,
una fruta redonda de palabras
sonoras, como un canto:

maravilla sonámbula de un árbol
crecido de canciones, semilla estremecida
en la carne florecida del viento:
-mi voz.




ESTA CANCIÓN ESTABA TIRADA POR EL SUELO

Esta canción estaba tirada por el suelo,
como una hoja muerta, sin palabras;
la hallaron unos hombres que luego me la dieron
porque tuvieron miedo de aprender a cantarla.

Yo entonces ignoraba que también las canciones,
como las hojas muertas caían de los árboles;
no sabia que la luna se enredaba en las ramas
náufragas que sueñan bajo el cristal del agua,
ni que comían los peces pedacitos de estrellas
en el silencio de las noches claras.

Yo entonces ignoraba muchas cosas iguales
que eran todas posibles en la tierra del viento,
en donde la leyenda no es una hierba mala
crecida en sus riberas, sino un árbol de voces
con las cuales dialogan las sombras y las piedras.

Yo entonces ignoraba muchas cosas iguales
cuando aún no era mía
esta canción que estaba tirada por el suelo,
como una hoja muerta, sin palabras;
pero ahora ya sé de las formas distintas
que preceden al ojo de la carne que mira,
y hasta puedo decir por qué caen de rodillas,
en las ojeras largas que circundan la noche,
las diluidas sombras de los pájaros.




 

Franklin Mieses Burgos

 

 

Franklin Mieses Burgos
(1907 – 1976)



Nació y murió en la ciudad de Santo Domingo. Autor de una breve e intensa producción poética. Resalta por su exactitud a la técnica, su profundo lirismo y conceptos filosóficos de tinte existencial. Mieses Brugos fue uno de los iniciadores del movimiento literario de su país llamado "Poesía Sorprendida". Se determina por el acendrado Surrealismo y por su posición antidictatorial, en este caso, contra el gobierno del dictador Rafael Trujillo. Otros poetas que formaron parte de este grupo otros autores como Freddy Gastón Arce, Aída Cartagena y Gilberto Hernández Ortega, entre otros.

Fue, con el crítico y poeta chileno Alberto Baeza Flores y los poetas dominicanos Mariano Lebrón Saviñón y Freddy Gatón Arce, uno de los fundadores de La Poesía Sorprendida (1943-1947). Como anunció Alberto Baeza Flores en el primer número de la revista, “No sabemos si la poesía nos sorprende con su deslumbrante destino, si nosotros la sorprendemos a ella en su silenciosa y verdadera hermosura”. Ya en la contracubierta, se anuncia “estamos por una poesía nacional nutrida en lo universal, única forma de ser propia; con lo clásico de ayer, de hoy y de mañana; con la creación sin límites, sin fronteras y permanente; y con el mundo misterioso del hombre, universal, secreto, solitario e íntimo, creador siempre”. Así, por las páginas de la revista, pasaron Jules Supervielle, Paul Eluard, Robert Desnos, Pierre Reverdy, André Gide, Paul Claudel, James Joyce, George Santayana... para sólo mencionar los autores que aparecieron en los primeros tres números.

        Mieses Burgos fue, también, director ejecutivo del Instituto Dominicano de Cultura Hispánica y dirigió su revista, Hispaniola. Codirigió también la colección "La Isla Necesaria", la cual editó varios volúmenes de autores dominicanos.

        La poesía de Franklin Mieses Burgos, está caracterizada por un profundo lirismo: a veces existencial, otras veces política... y casi siempre surrealista. Su producción poética podía dividirse en tres categorías: la hermética, donde se manifiesta la influencia surrealista; la que sigue modelos clásicos (los sonetos); y la de temas populares. La primera, creemos, contiene quizás sus mejores poemas.
 

Podemos citar, entre sus múltiples obras poéticas, cronológicamente, las siguientes: Torre de voces (1929 –1936), Trópico íntimo (1930 –1946), Propiedad del recuerdo (1940 – 1942), Clima de eternidad (1944), 12 sonetos y una canción a la rosa (1945 – 1947), Seis cantos para una sola muerte (1947 – 1948), El ángel destruido (1950 –1952) y Al oído de Dios (1954 – 1960). Aquí presentamos un florilegio entresacado de varios de estos libros.

En cuanto a su poesía resumir algunas de las características que se encuentran en su poesía. Escribe al estilo tradicional con la misma facilidad con que escribe de acuerdo a la vena modernista y posmodernista. Al lado de una poesía sumamente elaborada y difícil encontramos poesía de formato popular, extremadamente musical y fácil. Puede seguir los moldes métricos de los antiguos como incurrir en los del momento vanguardista, etc.

Pero lo más admirable es que, bien escriba de una u otra manera, siempre se muestra auténtico en sus metros y temas. Emplea a veces metáforas sorprendentes, hasta llegar a lo audaz. Se nota con frecuencia mucho colorido sensual como substrato de lo onírico y psíquico y surrealista. Pero sobre todo ello, sobresale su apego al trópico: el sol, la vegetación exuberante y el mar. El mar es la marca común de casi todos los poetas isleños

Las nuevas formas de poesía tendrían en Franklin Mieses Burgos (1907-1976) a su figura puente. Mieses, autor de Sin mundo ya y herido por el cielo (1944), Clima de eternidad (1947) o Presencia de los días (1949), se caracterizó por su musicalidad lírica. Más sensual e imaginativo, casi lorquiano, fue Rafael Américo Henríquez (1899-1969), quien dirigió la revista La poesía sorprendida, editada de 1943 a 1947 y en torno a la cual se integraron importantes personalidades literarias dominicanas; además, escribió Rosa de tierra (1944).
 

 


LITERATURA

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Ureña Rib has seen his work exhibited around the World and holds a prominent position on the Art scene in his own country, but he admits to be particularly drawn to Montreal, which he visits annually. Renting a studio in the downtown Belgo Building, he immerses himself enthusiastically in the creative and diverse atmosphere of Montreal producing here his works.

FERNANDO URENA RIB

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Revisado: January 01, 1901
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