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Bestiario El sapo Topos Confabulario En verdad os digo
Pequeña semblanza de Arreola por Arreola (tomada de la introducción del
libro).
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EL SAPO
Salta de vez en cuando, sólo para comprobar
su radical estático. El salto tiene algo de latido: viéndolo bien, el
sapo es todo corazón.
Prensado en un bloque de lodo frío, el sapo se sumerge en el invierno
como una lamentable crisálida. Se despierta en primavera, consciente de
que ninguna metamorfosis se ha operado en él. Es más sapo que nunca, en
su profunda desecación. Aguarda en silencio las primeras lluvias.
Y un buen día surge de la tierra blanda, pesado de humedad, henchido de
savia rencorosa, como un corazón tirado al suelo. En su actitud de
esfinge hay una secreta proposición de canje, y la fealdad del sapo
aparece ante nosotros con una abrumadora cualidad de espejo.
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TOPOS
Después de una larga experiencia, los agricultores llegaron a la
conclusión de que la única arma eficaz contra el topo es el agujero. Hay
que atrapar al enemigo en su propio sistema.
En la lucha contra el topo se usan ahora unos agujeros que alcanzan el
centro volcánico de la tierra. Los topos caen en ellos por docenas y no
hace falta decir que mueren irremisiblemente carbonizados.
Tales agujeros tienen una apariencia inocente. Los topos, cortos de
vista, los confunden con facilidad. Más bien se diría que los prefieren,
guiados por una profunda atracción. Se les ve dirigirse en fila solemne
hacia la muerte espantosa, que pone a sus intrincadas costumbres un
desenlace vertical.
Recientemente se ha demostrado que basta un agujero definitivo por cada
seis hectáreas de terreno invadido.
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EN VERDAD OS DIGO
Todas las personas interesadas en que el
camello pase por el ojo de la aguja, deben inscribir su nombre en la
lista de patrocinadores del experimento Niklaus.
Desprendido de un grupo de sabios mortíferos, de esos que manipulan el
uranio, el cobalto y el hidrógeno, Arpad Niklaus deriva sus
investigaciones actuales a un fin caritativo y radicalmente humanitario:
la salvación del alma de los ricos.
Propone un plan científico para desintegrar un camello y hacerlo que
pase en chorro de electrones por el ojo de una aguja. Un aparato
receptor (muy semejante en principio a la pantalla de televisión)
organizará los electrones en átomos, los átomos en moléculas y las
moléculas en células, reconstruyendo inmediatamente el camello según su
esquema primitivo. Niklaus ya logró cambiar de sitio, sin tocarla, una
gota de agua pesada. También ha podido evaluar, hasta donde lo permite
la discreción de la materia, la energía cuántica que dispara una pezuña
de camello. Nos parece inútil abrumar aquí al lector con esa cifra
astronómica.
La única dificultad seria en que tropieza el profesor Niklaus es la
carencia de una planta atómica propia. Tales instalaciones, extensas
como ciudades, son increíblemente caras. Pero un comité especial se
ocupa ya en solventar el problema económico mediante una colecta
universal. Las primeras aportaciones, todavía un poco tímidas, sirven
para costear la edición de millares de folletos, bonos y prospectos
explicativos, así como para asegurar al profesor Niklaus el modesto
salario que le permite proseguir sus cálculos e investigaciones
teóricas, en tanto se edifican los inmensos laboratorios.
En la hora presente, el comité sólo cuenta con el camello y la aguja.
Como las sociedades protectoras de animales aprueban el proyecto, que es
inofensivo y hasta saludable para cualquier camello (Niklaus habla de
una probable regeneración de todas las celulas), los parques zoológicos
del país han ofrecido una verdadera caravana. Nueva York no ha vacilado
en exponer su famosísimo dromedario balnco.
Por lo que toca a la aguja, Arpad Niklaus se muestra muy orgulloso, y la
considera piedra angular de la experiencia. No es una aguja cualquiera,
sino un maravilloso objeto dado a luz por su laborioso talento. A
primera vista podría ser confundida con una aguja común y corriente. La
señora Niklaus, dando muestra de fino humor, se complace en zurcir con
ella la ropa de su marido. Pero su valor es infinito. Está hecha de un
portentoso metal todavía no clasificado, cuyo símbolo químico, apenas
insinuado por Niklaus, parece dar a entender que se trata de un cuerpo
compuesto exclusivamente de isótopos de níkel. Esta sustancia misteriosa
ha dado mucho que pensar a los hombres de ciencia. No ha faltado quien
sostenga la hipótesis risible de un osmio sintético o de un molibdeno
aberrante, o quien se atreva a proclamar públicamente las palabras de un
profesor envidioso que aseguró haber reconocido el metal de Niklaus bajo
la forma de pequeñísimos grumos cristalinos enquistados en densas masas
de siderita. Lo que se sabe a ciencia cierta es que la aguja de Niklaus
puede resistir la fricción de un chorro de electrones a velocidad
ultracósmica.
En una de esas explicaciones tan gratas a los abstrusos matemáticos, el
profesor Niklaus compara el camello en tránsito con un hilo de araña.
Nos dice que si aprovecháramos ese hilo para tejer una tela, nos haría
falta todo el espacio sideral para extenderla, y que las estrellas
visibles e invisibles quedarían allí prendidas como briznas de rocío. La
madeja en cuestión mide millones de años luz, y Niklaus ofrece devanarla
en unos tres quintos de segundo.
Como puede verse, el proyecto es del todo viable y hasta diríamos que
peca de científico. Cuenta ya con la simpatía y el apoyo moral (todavía
no confirmado oficialmente) de la Liga Interplanetaria que preside en
Londres el eminente Olaf Stapledon.
En vista de la natural expectación y ansiedad que ha provocado en todas
partes la oferta de Niklaus, el comité manifiesta un especial interés
llamando la atención de todos los poderosos de la tierra, a fin de que
no se dejen sorprender por los charlatanes que están pasando camellos
muertos a través de sutiles orificios. Estos individuos, que no titubean
en llamarse hombres de ciencia, son simples estafadores a caza de
esperanzados incautos. Proceden de un modo sumamente vulgar, disolviendo
el camello en soluciones cada vez más ligeras de ácido sulfúrico. Luego
destilan el líquido por el ojo de la aguja, mediante una clepsidra de
vapor, y creen haber realizado el milagro. Como puede verdse, el
experimento es inútil y de nada sirve financiarlo. El camello debe estar
vivo antes y después del imposible translado.
En vez de derretir toneladas de cirios y de gastar dinero en
indescifrables obras de caridad, las personas interesadas en la vida
eterna que posean un capita; estorboso, deben patrocinar la
desintegración del camello, que es científica, vistosa y en último
término lucrativa. Hablar de generosidad en un caso semejante resulta
del todo innecesario. Hay que cerrar los ojos y abrir la bolsa con
amplitud, a sabiendas de que todos los gastos serán cubiertos a
prorrata. El premio será igual para todos los contribuyentes: lo que
urge es aproximar lo más que sea posible la fecha de entrega.
El monto del capital necesario no podrá ser conocido hasta el
imprevisible final, y el profesor Niklaus, con toda honestidad, se niega
a trabajar con un presupuesto que no sea fundamentalmente elástico. Los
suscriptores deben cubrir con paciencia y durante años, sus cuotas de
inversión. Hay necesidad de contratar millares de técnicos, gerentes y
obreros. Deben fundarse subcomités regionales y nacionales. Y el
estatuto de un colegio de sucesores del profesor Niklaus, no tan sólo
debe ser previsto, sino presupuesto en detalle, ya que la tentativa
puede extenderse razonablemente durante varias generaciones. A este
respecto no está de más señalar la edad provecta del sabio Niklaus.
Como todos los propósitos humanos, el experimento Niklaus ofrece dos
pobables resultados: el fracaso y el éxito. Admás de simplificar el
problema de la salvación personal, el éxito de Niklaus convertirá a los
empresarios de tan mística experiencia en accionistas de una fabulosa
compañía de transportes. Será muy fácil desarrollar la desintegración de
los seres humanos de un modo práctico y económico. Los hombres del
mañana viajarán a través de grandes distancias, en un instante y sin
peligro, disueltos en ráfagas electrónicas.
Pero la posibilidad de un fracaso es todavía más halagadora. Si Arpad
Niklaus es un fabricante de quimeras y a su muerte le sigue toda una
estirpe de impostores, su obra humanitaria no hará sino aumentar en
grandeza, como una progresión geométrica, o como el tejido de pollo
cultivado por Carrel. Nada impedirá que pase a la historia como el
glorioso fundador de la desintegración universal de capitales. Y los
ricos, empobrecidos en serie por las agotadoras inversiones, entrarán
fácilmente al reino de los cielos por la puerta estrecha (el ojo de la
aguja), aunque el camello no pase.
INTRODUCCIÓN
Yo, señores, soy de Zapotlán el Grande. Un pueblo que de tan
grande nos lo hicieron Ciudad Guzmán hace cien años. Pero nosotros
seguimos siendo tan pueblo que todavía le decimos Zapotlán […]
Yo soy el cuarto hijo de unos padres que tuvieron catorce y que viven
todavía para contarlo, gracias a Dios. Como ustedes ven, no soy un niño
consentido […]
Nací el año de 1918, en el estrago de la gripa española, día de San
Mateo Evangelista y Santa Ifigenia Virgen, entre pollos, puercos,
chivos, guajolotes, vacas, burros y caballos. Di los primeros pasos
seguido precisamente por un borrego negro que se salió del corral […]
Como casi todos los niños, yo también fui a la escuela. Pero no pude
seguir en ella por razones que sí vienen al caso pero que no puedo
contar: mi infancia transcurrió en medio del caos provinciano de la
Revolución Cristera […]
Soy autodidacto, es cierto. Pero a los doce años y en Zapotlán el Grande
leí a Baudelaire, a Walt Whitman y a los principales fundadores de mi
estilo: Papini y Marcel Schwob, junto con medio centenar de otros
nombres más y menos ilustres… Y oía las canciones y los dichos populares
y me gustaba mucho la conversación de la gente de campo.
Desde 1930 hasta la fecha he desempeñado más de veinte oficios y empleos
diferentes… He sido vendedor ambulante y periodista; mozo de cuerda y
cobrador de Banco, Impresor, comediante y panadero. Lo que ustedes
quieran […]
De hoy en adelante me propongo ser un escritor asequible, y no sólo por
el bajo precio que ahora tengo en el mercado, sino por el profundo
cambio que se opera en mi espíritu y en mi voluntad estilística […]
Una última confesión melancólica. No he tenido tiempo de ejercer la
literatura. Pero he dedicado todas las horas posibles para amarla […]
Desconfío de casi toda la literatura contemporánea. Vivo rodeado por
sombras clásicas y benévolas que protegen mi sueño de escritor. Pero
también por los jóvenes que harán la nueva literatura mexicana: en ellos
delego la tarea que no he podido realizar. Para facilitarla, les cuento
todos los días lo que aprendí en las pocas horas en que mi boca estuvo
gobernada por el otro. Lo que oí, un solo instante, a través de la zarza
ardiente.
J. J. A.
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Tomado de: Juan José Arreola, Cuentos, Casa de las
Américas, La Habana, 1969.
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Última revisión: 24/07/01
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