|
LITERATURA DOMINICANA |
|
LAS
FÁBULAS URBANAS
DE
FERNANDO
UREÑA RIB
JOSÉ
ALCÁNTARA ALMÁNZAR
|
|

|
|
|
Un
artista, cualquiera que sea su oficio, sabe que existen vasos
comunicantes entre las artes. Tal vez por eso resulte tan difícil
dedicarse al ejercicio de una de ellas sin establecer al menos un
vínculo con alguna otra, sin haya ese trasiego de dúctiles
materiales que adoptan expresiones distintas según el hilo conductor
que las transmita. En el Renacimiento, época de artistas ecuménicos,
hallamos claramente ese nexo que une la poesía con la pintura y a
ésta con la ciencia. Miguel Angel, por ejemplo, era poeta y escribió
sonetos a Victoria Colonna. A su vez, Leonardo da Vinci tenia una
visión del mundo poblada de intuiciones filosóficas.
Más cerca en el tiempo,
encontramos escritores con una respetable obra en musicología, como
el caso de Alejo Carpentier, autor de una historia de la música en
Cuba y un delicioso libro de artículos que tituló Ese músico que
llevo dentro. Afición parecida vemos en el novelista checo Milán
Kundera, que posee brillantes ensayos acerca de la música, en
especial la de su compatriota, el compositor Leos Janacek, y su
Improvisación en homenaje a Stravinski". También tenemos el caso,
entre nosotros, poco común por cierto, de un magnífico pianista que,
como Manuel Rueda, fue también un escritor excepcional que
revolucionó nuestras letras.
El nombre de Fernando Ureña Rib
representa, en la República, el ejemplo del artista universal,
dotado de una curiosidad inagotable y de un versátil dominio de
varias artes. Él se mueve plácidamente en el mundo de las líneas y
colores de donde surgió, pero mantiene un constante diálogo con
otras que le resultan indispensables y que enriquecen su quehacer
intelectual. Exquisito dibujante y pintor, es también escultor,
crítico literario, narrador, con una sólida formación adquirida bala
la guía de su maestro Jaime Colson, en la Escuela Nacional de Bellas
Artes, donde se graduó como profesor de dibujo en 1968, y luego en
estudios realizados en España. Completó su formación con abundantes
lecturas, de las que tenemos noticias en sus escritos, en los que a
veces asoman un Benedetto Croce o un José Ortega y Gasset, y por
supuesto, su figura tutelar, el inolvidable poeta Pedro Mir, con el
que mantuvo un diálogo permanente hasta su muerte en el año 2000.
Estamos, pues, ante un pintor que
se distingue, entre los de su generación, por su diestro manejo de
varios lenguajes artísticos. Nacido en la Romana en 1951, ha tenido
una trayectoria ascendente desde su primera exposición individual en
1973. Su pintura, de la es imprescindible decir algunos rasgos antes
de pasar a su narrativa, se caracteriza por la belleza formal y el
predominio de una serenidad entroncada en la tradición clásica, por
el refinado erotismo y la espontánea sensualidad de sus desnudos,
por el movimiento incesante de sus figuras femeninas y los juegos
luminosos que dan a sus claroscuros ese sello tan personal que
poseen, por su maravilloso cromatismo de esencias antillanas, por la
magia, en fin, que se desprende de sus lienzos y que sin
intermediarios ni explicaciones de ninguna índole, seducen al
espectador desde el primer momento, debido a su carga onírica, la
ternura de sus rostros suaves y la perfección anatómica de los
cuerpos que pinta.
El mundo figurativo de Fernando
Ureña Rib está emparentado con la gran pintura universal de todos
los tiempos. Recuérdense sus mordaces rostros grotescos de los años
ochenta, en los que prevalece un propósito desacralizador y burlón
que remite al orbe esperpéntico de Goya, tan bien asimilado por
Fernando Ureña Rib mientras estudiaba en España. No es difícil
tampoco advertir en sus cuadros la rigurosa formación recibida en
Santo Domingo, sus referencias al mundo colsoniano, así como al de
otros maestros de la plástica nacional que como
Ada Balcácer y
Domingo Liz, entre otros, con consumados dibujantes y coloristas.
Fernando Ureña Rib presenta ahora
una nueva faceta de su obra, el libro titulados Fábulas urbanas, en
el que plasma una serie de imágenes en forma narrativa. El propio
artista dice, en el pre-texto de su obra: "Intuyo entonces que el
arte de escribir y el de pintar no son lejanos, quizá porque los dos
tomen como punto de partida la riqueza y la fuerza de una imagen".
Esta confesión es clave para comprender el perfil narrativo del
pintor, para quien "el arte es un elevado y complejo acto de
creación que consiste en la comunicación de las imágenes que pueblan
el mundo interior del artista."
Uno se siente tentado a
preguntarse de inmediato "Por qué ha escogido el término "fábulas"?
Éstas, en la preceptiva literaria, son ficciones alegóricas de las
cuales derivamos una enseñanza. ¿Quién no leyó, en sus años de
estudiante, alguna de Esopo, cuya sencillez encierra siempre una
aleccionadora moraleja? En las de Ureña Rib hay mucho de imaginación
y de invención, pero se afincan en la realidad interior de su
hacedor, que no busca dar lecciones si se queda en la simple
anécdota, sino que invita al lector a descubrir lo que está oculto
en las palabras.
Los treinta y dos relatos que
integran la obra Fábulas urbanas son por lo general breves y
están conectados entre sí por la figura del pintor, convertido en
protagonista o en narrador-personaje que atraviesa las páginas del
libro con mirada sorprendida, dejándose atraer por los detalles de
su entorno, donde descubre las grandezas de la vida. La presencia
frecuente de un personaje como Aura, simboliza la otredad buscada o
deseada que completa su universo." Aura, la muchacha que está
esperándote en el umbral viene del otro lado de las montañas, tiene
la piel del ébano y huele a lluvia y a café, " leemos en el relato
titulado "Trópico".
La ciudad como personaje --Santo
Domingo o Miami, poco importa- es un amasijo caótico tortuoso que
desasosiega al autor, pero que esto no puede prescindir de él. La
ciudad ejerce en Fernando un poder tan determinante como lo tuvo en
Italo Calvino para quien "Las ciudades, como los sueños, están
construidos de deseos y de miedos" o para Alejo Carpentier, eterno
enamorado de La Habana; o la fatalidad que el poeta Constantino
Cavafis atribuye a su Alejandría natal: "No encontrarás otro país ni
otras playas,/llevarás por doquier y a cuestas tu ciudad; /
caminarás las mismas calles,/ envecerás en los mismos suburbios /
encanecerás en las mismas casas,/ Siempre llegarás a esa ciudad; /no
esperes otra, / no hay barco ni camino para ti./ Al arruinar tu vida
en esta parte de la tierra, /la has destrozado en todo el universo".
Fernando encuentra en la urbe un
inmenso arsenal de situaciones y hechos para fabricar sus historias.
Son relatos fluidos, concisos, bien contados, sensuales, plásticos
en su concepción y desarrollo y en los que están presentes los
cuerpos, los abrazos y el placer sensorial que experimentamos bajo
la lluvia ("Celajes").
Son narraciones falsamente
cotidianas, con su toque de misterio y de caricias ("El Abrazo") y
las alusiones al desquiciamiento de la ciudad o al oficio de pintor
("Trópico"), "Vientos del Norte, Vientos del Sur", "La vida es tan
simple"). La ciudad es la cabeza de la hidra, donde las noticias
locales, el café con leche, los balcones y el puerto, se mezclan con
cierta absurdidad kafkiana o tienen un trasunto de alguna escena de
Hitchcock, por el espanto que provocan las aves que sobrevuelan
demasiado cerca del espectador ("La torre vigilada").
Abundan las imágenes que revelan
el oficio primigenio del autor: "El sol parecía una torta de maíz o
una rojiza e inmensa yema de huevo" ("La porteña"); "los campos eran
rojos de amapolas y al pie de las montañas el sol enrojecía el viejo
caserón" ("La toscana"); "azul intenso (...) verde esmeralda o
ambarino(...), gris tumultuoso" ("Adriana en su laberinto");
"Intenso azul (...) manchas blancas" ("Historia cíclica de la
felicidad"). Pero hay también impresiones auditivas, táctiles u
olfativas que redondean este mundo sensorial: "envuelto en los
olores de la capital (...), nos castigaba un olor de cerveza
derramada" ("El hombre de Otavalo").
La recurrente imagen de la
biblioteca, así como las numerosas referencias intertextuales,
indican el diálogo continuo del autor con pensadores diversos. Las
menciones se presentan como algo esencial y no como simples citas
librescas o fuegos artificiales del saber. A veces Freud, Nietzsche
o Lacan permiten reflexiones sobre el suicidio, el amor y la muerte,
o el trazado de personajes complejos y atormentados ("La porteña")
Sin embargo, estas situaciones, en
apariencia lejanas y con sabor a otros países, no desdibujan el
perfil antillano del autor ni disminuyen ese deslumbrante vigor de
sus historias, esa especie de mirada sobre sí mismo y el oficio de
pintar. Ahí están, palpitantes en su memoria el barco que "quedó
varado en el puerto de Sánchez" el hombre "que tomó el tren a San
Francisco y los recuerdos de Nagua, Pimentel, Cotuí, Castillos ("El
hombre de Otavalo"); el hacinamiento de los tugurios de Villa Juana,
el ruido de la Duarte con París, el Teatro Atenas y el Parque
Enriquillo, auténticos emblemas de la parte alta de la ciudad (La
bola de cristal): "La hora roja de la tarde", Sabana Perdida, los
haitianos ("El búfalo de Villa Mella"); la doméstica embrujada por
la oferta de uso extranjeros que intentan conquistarla para trabajar
como "camarera" en Francia, Italia, Grecia, Holanda, y ella acepta
porque se da cuenta de que su destino ha cambiado ("La salamandra").
El relato más extenso del libro,
"La vindicación de Omar", reúne características que oscilan entre el
informe policíaco y la ficción, a la manera de Borges. El mito, la
reelaboración de la historia y la reflexión filosófica convergen en
una narración que revela la vena novelística del autor y su
cuestionamiento de los supuestos consagrados por la Historia.
Resulta sorprende la coincidencia de este relato, escrito antes del
11 de septiembre de 2001, con los hechos ocurridos en la ciudad de
Nueva York aquel trágico día. El propio autor, sorprendido de su
hallazgo, confiesa que " En estos días se me hizo evidente que el
arte y la literatura, como ejercicios puros de la imaginación, son
asaltados por atisbos de premonición. Uno de mis textos más
ambiciosos, La vindicación de Omar, No está libre de augurios:"
El informe de John García, mayor
de una brigada de rescate de Nueva York, luego del arresto y
posterior enjuiciamiento de Joachim S. Bennazar y Nathán Cirineo de
Gaza en un parque de Brooklyn, la noche del 13 de diciembre, ´"bajo
la acusación menor de inicar una hoguera ilegítima en áreas
públicas" es un pretexto para indtroducir una larga reflexión sobre
las mentiras de la Historia, el Islam, el fanatismo religioso, y un
testimonio sobre el cataclismo social escenificado en las torres
gemelasd de la capital del mundo: "Ahora eres tú mi juez, al pie de
estas torres gemelas cuya destrucción ansío tanto como la mía".
Igual que en Memorias de
Adriano y Opus nigrum de Marguerite Yourcenar, o más
recientemente el Manuscrito carmesí de Antonio Gala, novelas
extraordinarias en las que ambos escritores cuentan, con palabras
nuevas, las grandezas y miserias del pasado, nos enfrentamos, en
Fábulas Urbanas - guardando las distancias de lugar- con un
severo juicio de la Historia y los tortuosos laberintos del poder
político. "La historia siempre es falsa" y "el hombre político es
siempre un actor" leemos en las páginas de este relato apasionante.
La "cruel economía de la guerra" alimentada con sutiles falacias,
nos aplasta. La religión "El arma más peligrosa de la historia" , es
la causante de numerosos desastres. Poder y sumisión basada en el
miedo son palabras que resumen el curso de la historia a través de
los siglos. Por último, la revelación que que la muerte "te llegará
en una gran ciudad, el último día del penúltimo siglo, pero no la
verás. Una enorme explosión y un ruido de voces y de luces ahogarán
tu último suspiro."
En este relato Ureña Rib
reelabora, en términos literarios, las consecuencias de la ceguera
religiosa y política y el horror de la guerra, asuntos que han
dominado a la humanidad desde la Antigüedad hasta nuestros días. La
explosión final es una metáfora de irracionalidad más absurda, por
encima de todas las contribuciones del conocimiento, los aportes de
la ciencia y la belleza de la poesía. De ese modo, el autor nos
conduce, por pasadizos inextricables, al encuentro con la
escandalosa realidad del mundo contemporáneo.
Antes de concluir, permítanme
expresar mi gratitud al pintor y expresar mi gratitud al pintor y
escritor y amigo. Hace casi veinte años, Fernando ilustró
generosamente Las máscaras de la seducción, libro hoy agotado, como
casi todos los míos. Era una colección de cuentos cuya irreverencia
captó muy bien el artista en sus dibujos a plumilla. Por ello le
quedé siempre agradecido, pero no había podido reciprocarle el
gesto. Hace sólo unas semanas, Fernando cedió la diapositiva de un
cuadro suyo, "El perdón", para el libro de Ida titulado El Amor
todos los días, que acaba de salir. Estoy , pues, más que contento
de ser un orgullos padrino de la obra que hoy ponemos en circulación
y de servir de enlace entre ésta y el público, a través de estos
breves comentarios.
La lectura de Fábulas urbanas
, de Fernando Ureña Rib, depara al lector momentos de verdadero
placer estético, al mismo tiempo que le pondrá en contacto con el
mundo interior del artista, cuya riqueza es sólo comparable con la
de su universo pictórico . Recibamos, pues, esta obra con los brazos
abiertos, confiados en la maestría del autor para manejar imágenes
entrañables que redescurbren un mundo conocido.
Abundan las imágenes que revelan
el oficio primigenio del autor: "El sol parecía una torta de maíz o
una rojiza e inmensa yema de huevo" ("La porteña"); "los campos eran
rojos de amapolas y al pie de las montañas el sol enrojecía el viejo
caserón" ("La toscana"); "azul intenso (...) verde esmeralda o
ambarino(...), gris tumultuoso" ("Adriana en su laberinto");
"Intenso azul (...) manchas blancas" ("Historia cíclica de la
felicidad"). Pero hay también impresiones auditivas, táctiles u
olfativas que redondean este mundo sensorial: "envuelto en los
olores de la capital (...), nos castigaba un olor de cerveza
derramada" ("El hombre de Otavalo").
La recurrente imagen de la
biblioteca, así como las numerosas referencias intertextuales,
indican el diálogo continuo del autor con pensadores diversos. Las
menciones se presentan como algo esencial y no como simples citas
librescas o fuegos artificiales del saber. A veces Freud, Nietzsche
o Lacan permiten reflexiones sobre el suicidio, el amor y la muerte,
o el trazado de personajes complejos y atormentados ("La porteña")
Sin embargo, estas situaciones, en
apariencia lejanas y con sabor a otros países, no desdibujan el
perfil antillano del autor ni disminuyen ese deslumbrante vigor de
sus historias, esa especie de mirada sobre sí mismo y el oficio de
pintar. Ahí están, palpitantes en su memoria el barco que "quedó
varado en el puerto de Sánchez" el hombre "que tomó el tren a San
Francisco y los recuerdos de Nagua, Pimentel, Cotuí, Castillos ("El
hombre de Otavalo"); el hacinamiento de los tugurios de Villa Juana,
el ruido de la Duarte con París, el Teatro Atenas y el Parque
Enriquillo, auténticos emblemas de la parte alta de la ciudad (La
bola de cristal): "La hora roja de la tarde", Sabana Perdida, los
haitianos ("El búfalo de Villa Mella"); la doméstica embrujada por
la oferta de uso extranjeros que intentan conquistarla para trabajar
como "camarera" en Francia, Italia, Grecia, Holanda, y ella acepta
porque se da cuenta de que su destino ha cambiado ("La salamandra").
El relato más extenso del libro,
"La vindicación de Omar", reúne características que oscilan entre el
informe policíaco y la ficción, a la manera de Borges. El mito, la
reelaboración de la historia y la reflexión filosófica convergen en
una narración que revela la vena novelística del autor y su
cuestionamiento de los supuestos consagrados por la Historia.
Resulta sorprende la coincidencia de este relato, escrito antes del
11 de septiembre de 2001, con los hechos ocurridos en la ciudad de
Nueva York aquel trágico día. El propio autor, sorprendido de su
hallazgo, confiesa que " En estos días se me hizo evidente que el
arte y la literatura, como ejercicios puros de la imaginación, son
asaltados por atisbos de premonición. Uno de mis textos más
ambiciosos, La vindicación de Omar, No está libre de augurios:"
El informe de John García, mayor
de una brigada de rescate de Nueva York, luego del arresto y
posterior enjuiciamiento de Joachim S. Bennazar y Nathán Cirineo de
Gaza en un parque de Brooklyn, la noche del 13 de diciembre, ´"bajo
la acusación menor de iniciar una hoguera ilegítima en áreas
públicas" es un pretexto para introducir una larga reflexión sobre
las mentiras de la Historia, el Islam, el fanatismo religioso, y un
testimonio sobre el cataclismo social escenificado en las torres
gemelas de la capital del mundo: "Ahora eres tú mi juez, al
pie de estas torres gemelas cuya destrucción ansío tanto como la
mía".
Igual que en Memorias de
Adriano y Opus nigrum de Marguerite Yourcenar, o más
recientemente el Manuscrito carmesí de Antonio Gala, novelas
extraordinarias en las que ambos escritores cuentan, con palabras
nuevas, las grandezas y miserias del pasado, nos enfrentamos, en
Fábulas Urbanas - guardando las distancias de lugar- con un
severo juicio de la Historia y los tortuosos laberintos del poder
político. "La historia siempre es falsa" y "el hombre político es
siempre un actor" leemos en las páginas de este relato apasionante.
La "cruel economía de la guerra" alimentada con sutiles falacias,
nos aplasta. La religión "El arma más peligrosa de la historia" , es
la causante de numerosos desastres. Poder y sumisión basada en el
miedo son palabras que resumen el curso de la historia a través de
los siglos. Por último, la revelación que que la muerte "te llegará
en una gran ciudad, el último día del penúltimo siglo, pero no la
verás. Una enorme explosión y un ruido de voces y de luces ahogarán
tu último suspiro."
En este relato Ureña Rib
reelabora, en términos literarios, las consecuencias de la ceguera
religiosa y política y el horror de la guerra, asuntos que han
dominado a la humanidad desde la Antigüedad hasta nuestros días. La
explosión final es una metáfora de irracionalidad más absurda, por
encima de todas las contribuciones del conocimiento, los aportes de
la ciencia y la belleza de la poesía. De ese modo, el autor nos
conduce, por pasadizos inextricables, al encuentro con la
escandalosa realidad del mundo contemporáneo.
Antes de concluir, permítanme
expresar mi gratitud al pintor y expresar mi gratitud al pintor y
escritor y amigo. Hace casi veinte años, Fernando ilustró
generosamente Las máscaras de la seducción, libro hoy agotado, como
casi todos los míos. Era una colección de cuentos cuya irreverencia
captó muy bien el artista en sus dibujos a plumilla. Por ello le
quedé siempre agradecido, pero no había podido reciprocarle el
gesto. Hace sólo unas semanas, Fernando cedió la diapositiva de un
cuadro suyo, "El perdón", para el libro de Ida titulado El Amor
todos los días, que acaba de salir. Estoy , pues, más que contento
de ser un orgullos padrino de la obra que hoy ponemos en circulación
y de servir de enlace entre ésta y el público, a través de estos
breves comentarios.
La lectura de Fábulas urbanas
, de Fernando Ureña Rib, depara al lector momentos de verdadero
placer estético, al mismo tiempo que le pondrá en contacto con el
mundo interior del artista, cuya riqueza es sólo comparable con la
de su universo pictórico . Recibamos, pues, esta obra con los brazos
abiertos, confiados en la maestría del autor para manejar imágenes
entrañables que redescubren un mundo conocido.
JOSÉ
ALCÁNTARA ALMÁNZAR
|
José Alcántara Almánzar
Un merecido premio por casi
cuatro decenios de trabajo
Estoy muy emocionado y feliz por la
presencia de todos ustedes. Su compañía
constituye un hermoso obsequio del amor
y la amistad, sin los cuales el galardón
que acabo de recibir carecería de
sentido. Antes de agradecer públicamente
a quienes lo hicieron posible,
permítanme contar la historia de un
zurdo contrariado que quiso ser músico y
acabó como oficinista; un sociólogo que
pasó su juventud enseñando, convencido
de que la educación redime a los
pueblos; un lector insaciable que
terminó siendo escritor, por mor de una
arraigada vocación, y encontró en la
literatura un recurso de supervivencia.
El breve relato de este sujeto comienza
con su nacimiento, la tarde del jueves 2
de mayo de 1946. Sus padres ?una pareja
casi iletrada que había emigrado del
este a la capital en busca de nuevos
horizontes?, lo llamaron José Gabriel.
Don Lolo, chofer; doña Ana, ama de casa;
ambos con principios familiares que
legaron a sus hijos en la Villa
Francisca de mediados del siglo pasado.
Esa barriada de obreros y modestos
empleados fue donde creció Josecito y
anduvo rumbo al colegio salesiano y soñó
una y otra vez con inasibles muchachas
en flor. Ese mozalbete encarnaba una
visible contradicción, casi un absurdo,
porque en vez de jugar pelota leía rimas
Bécquer y nunca pudo construirse un
cuerpo atlético ni aprendió a nadar,
aunque consultara manuales de culturismo
y natación moderna.
Nuestro señor don Quijote y los
místicos españoles fueron sus aliados.
Pasaba horas deleitándose con las
peripecias del enjuto caballero
manchego, o fascinado por el exquisito
fray Luis de León: "¡Qué descansada vida
la del que huye el mundanal ruido,…!” Un
orbe recóndito crecía a ritmo música
clásica y libros. Y surge la pregunta
inevitable: ¿Qué diablos hacía ese joven
taciturno, entre novelas y óperas, el
Siglo de Oro y Beethoven, sentado al
piano que doña Ana le había comprado por
sesenta pesos, empeñándose en tocar un
vals o una romanza? Así pasó la
adolescencia, solo, desterrado de su
propio entorno, en un voluntario
ostracismo interior que lo marcó para
siempre.
La vida se encargaría de aleccionarlo
cuando su hermano Hugo cayó preso por
aquel complot contra Trujillo en enero
de 1960. El mundo adquirió otro sentido,
hasta entonces oculto, y él descubrió
súbitamente las tenebrosas fauces de la
tiranía. Como si fuera poco, sobrevino
la dolencia cardíaca de don Lolo y se
acentuó la pobreza familiar que puso a
prueba tantas cosas. Y Josecito se lanzó
a trabajar, sin preterir la literatura
ni la música ni desprenderse de José
Ingenieros, que nutría sus ideales de
perfección. En el liceo nocturno Hostos,
aturdido por el golpe de Estado y la
Guerra de Abril, no tardó en sustituir
El hombre mediocre por el Manifiesto
comunista, utopía revolucionaria con la
que Marx y Engels encendieron las
hogueras de tantas generaciones en todo
el planeta.
Sin embargo, algo maravilloso
resplandecía a la distancia en el
sendero, aunque él no lo vislumbrara,
inmerso en los estudios, el trabajo en
Planeamiento Urbano y, desde 1969, su
ocupación de profesor. Ser maestro fue
para él una vocación imperativa que
comenzó en el Colegio Loyola ?su escuela
primigenia?, en un período de
alentadoras promesas y expectativas.
Allí conoció a Ida Hernández Caamaño,
que lo deslumbró con su belleza,
inteligencia y contagiosa simpatía. Al
principio intercambiaban lecturas e
inquietudes, pero él se enamoró
perdidamente, cautivado por la hermosura
y la alegría de aquella feminista medio
hippie, que estudiaba derecho y solía
bailar y cantar, acompañándose con la
guitarra. Él, sin “tigueraje” y de
escaso atractivo físico, pero
taurinamente obstinado, creyó que con
sólo fantasear tocaría el cielo. Y la
quimera se convirtió en realidad, a
golpe de palabras, cuando contrajeron
matrimonio el 17 de diciembre de 1971,
integrándose José como una especie de
hermano mayor a la familia Hernández
Caamaño.
Con Ida, en las buenas y en las
malas, José ha vivido experiencias
capitales. Juntos han conocido el amor
apasionado, la solidaridad, la
esperanza, el tedio nunca; y él
consolidó su vocación magisterial,
atravesando un vasto territorio habitado
por miles de alumnos: el Loyola, el
Domínico, la UNPHU, el INTEC, un college
de Alabama. Ella, también escritora,
magnífica para administrar, invertir,
cocinar, lo ha acompañado en sus afanes
de asesor editorial; ha sido apoyo y
testigo privilegiado en la publicación
de sus libros. Pero lo esencial es que
con ella procreó tres hijos que son su
principal razón de ser: Ernesto, bueno,
cabal, disciplinado; Yelidá, aguda,
sensible, cuyos ojos verdes encierran un
insondable misterio; César, impulsivo,
cariñoso, tan alto como su corazón. Con
ellos ha constatado que el amor es un
bien inconmensurable.
Así, Ida y José andan de la mano
desde hace casi cuatro decenios, en los
que han compartido un universo de
sentimientos y vivencias, por lo que ya
les sería difícil imaginarse separados.
Juntos han visto llegar la madurez, la
pérdida de las ilusiones. Después de
tanto batallar en clase, José tuvo la
dolorosa certeza de que era profesor de
un tiempo pasado, portavoz de unos
valores que ahora muchos consideran
obsoletos. De ahí su desencanto y retiro
de las aulas. Ambos han imaginado un
futuro promisorio para sus hijos y
nietos, en un país que han visto
transformarse y al que hoy miran con las
preocupaciones propias de su edad.
Conscientes de que el “arrabal de
senectud” se aproxima, enrumban sus
pasos con los ojos abiertos, y aunque
“saber es peor” ?punzante conclusión de
un inolvidable cuento de Juan Bosch?,
reconocen que la mirada alerta es
preferible al desdén de los apáticos.
Los últimos lustros los ha pasado
José como director cultural en el Banco
Central de la República Dominicana, que
él define como una entidad de elevados
quilates donde ha recibido lecciones
magistrales. En esa corporación,
trajinando de la biblioteca al museo,
con un programa de libros que ocupa
buena parte de su tiempo, ha llegado a
conocer mejor los laberintos del alma,
afinando destrezas para sortear los
escollos del devenir. Allí ha tratado de
ser útil a quienes han confiado en él,
lo que vendría un poco a responder la
reiterada pregunta: “¿Y qué hace un
escritor en un banco central?"
José recibe conmovido este premio en
su condición de narrador, ensayista y
crítico, por el trabajo de casi cuatro
décadas. Escribir ha sido para él
aventura, fervor, enigma. Por eso no se
cansa de repetir el aforismo de
Octavio Paz:
“Escribimos para ser lo que somos o para
ser aquello que no somos. En uno y otro
caso, nos buscamos a nosotros mismos. Y
si tenemos la suerte de encontrarnos
?señal de creación? descubrimos que
somos un desconocido”. Nadie elige ser
escritor o artista: lo es porque resultó
inevitable. De todos modos, no existe
obra literaria que valga la pena sin una
ética personal que la sostenga.
A José no le corresponde evaluar su
labor. Apenas decir que el cuento
constituye para él un orbe mágico de
búsquedas sin fin, con el que ha tratado
de llegar al corazón de su pueblo,
valiéndose de esa tensión e intensidad
tan características del género. Con el
ensayo ha explorado otras zonas, de la
semblanza al relato de viajes, de los
conceptos del oficio al análisis de la
sociedad y la cultura. Con la crítica se
ha propuesto una aproximación a las
obras de los demás, en un esfuerzo de
comprensión y explicación de los valores
literarios, ajeno a la malignidad y la
arrogancia, para reconocer méritos
ajenos y alentar vocaciones en ciernes.
Ignora si lo ha conseguido. Sólo sabe de
su deseo de ser libre en la creación
literaria, honesto en los juicios,
atinado en los análisis, con el mayor
rigor posible, en pos de una obra que se
despliega con paciente lentitud, al
margen de engaño, improvisación,
vulgaridad, estridencia.
En ese tránsito hacia esferas
intangibles donde conocimiento e
intuición son requisitos cruciales, ha
contado José con la guía y amistad de
grandes escritores dominicanos.
Imposible mencionar a todos, pero hay
cinco que fueron decisivos para él.
De Héctor Incháustegui Cabral, ese
“viejo león de dentadura postiza y
limadas garras”, aprendió sobre los
riesgos del poder para el escritor. De
Freddy Gatón Arce, poeta insomne y
empecinado viajero, las excelencias de
un trabajo meticuloso que no espera
recompensa. Del inmenso
Manuel Rueda,
el grave peso del rencor cuando un
artista excepcional se niega a
contemporizar con los mediocres. De
Virgilio Díaz
Grullón, caballero sin espada ni
armadura, la lección es que la humanidad
de un escritor enaltece su obra. Y de
Máximo Avilés Blonda, homólogo de los
varones bíblicos de su poesía, aprendió
las bondades de la vida familiar y las
inconsecuencias de un medio cultural
hostil.
José se aproxima al final de estas
palabras y procede a cumplir lo que
prometió al inicio. Gracias de todo
corazón a los honorables miembros del
jurado, integrado por el escritor
José Rafael
Lantigua, Secretario de Estado de
Cultura; los rectores magníficos de la
UASD, la PUCMM, la UNPHU, la UCSD, la
UCE, el INTEC, la Fundación Corripio.
Gracias también a las Academias de la
Historia, de Ciencias y los Bibliófilos,
por su respaldo. Mención aparte de su
especial gratitud a don José Luis
Corripio Estrada, doña Ana María Alonso
de Corripio: sus hijos Manuel, Lucía,
José Alfredo y Ana, por sus
consideraciones y su decencia, desde los
tiempos de la antigua revista ¡Ahora!
Muchos definen a don Pepín como un
riquísimo empresario. Se trata de una
visión incompleta y superficial, pues él
es también un sabio mecenas, que a
diario da invaluables lecciones de
austeridad, prudencia, pragmatismo.
Muy sentidas gracias a
Jeannette
Miller, la gran escritora de su
generación, por su amistad y hermosas
palabras, esperando honrarlas con obras
y acciones. Al historiador amigo José
Chez Checo, por su dinámico apoyo. Al
excelente músico y escritor Jacinto
Gimbernard; al historiador y maestro
Jorge Tena Reyes; a la amiga Pilar
Albiac, especie de “psiquiatra en su
hogar” de sus colegas de la fundación.
Trabajar junto a ellos constituye para
José un verdadero regocijo.
Especial agradecimiento a los Premios
Nacionales de Literatura de años
anteriores que expresaron su sentir. A
los que han escrito en la prensa; a los
le han enviado tarjetas, cartas,
mensajes electrónicos, o le han
telefoneado, demostrando así que el
afecto es el obsequio que acompaña al
premio.
Ya para terminar, José Alcántara
Almánzar desea agradecer a todos ustedes
por acompañarlo en esta memorable noche
y, aunque parezca un lugar común,
expresar su profundo amor y gratitud a
Ida, Ernesto, Yelidá, César, y a los
retoños Daniel y Natalia. En primer
término, por lo que significan para él,
y después por el tiempo que le han
regalado para soñar, abstraído en su
sillón de “viajero inmóvil”, mientras la
lectura allanaba el camino para
apropiarse de ellos, hasta convertirlos
en entes indispensables de su ser.
Santo Domingo, República Dominicana,
miércoles 25 de febrero de 2009.
Jacinto Gimbernard
“Se trata de un trabajador
permanente e infatigable“
Señoras y señores:
Esta noche tenemos la grata
encomienda de dar inicio a la sección
central de este acto dedicado a la
entrega del Premio Nacional de
Literatura, que anteriormente ha sido
conferido a diecinueve personalidades de
gran relieve en el territorio de las
letras. Este año, el más importante
galardón literario de la República
Dominicana ha sido otorgado, por
unanimidad de un jurado de rectores
universitarios, más el del Secretario de
Estado de Cultura –en representación del
Estado- y un miembro de la Fundación
Corripio, al cuentista, narrador,
ensayista, sociólogo, crítico literario
y educador José Alcántara Almánzar.
Los méritos de este hombre de la
cultura positiva y amplia, son extensos
y se adentran con bien ponderado
análisis, tanto en enjundiosas y
demandantes áreas del conocimiento
conductual humano, como en las
sutilezas, opacidades y entoldamientos
que se nos plantan enfrente en el vivir
y nos zarandean de sombra en sombra. De
misterio en misterio.
Lo importante es la sinceridad
valiente con que se tratan los asuntos.
Es poner delante de todo, la
autenticidad del sentimiento. En el
siglo catorce, Guillaume de Machaut,
compositor y poeta francés, maestro por
antonomasia del Ars Nova, o Arte Nuevo
musical francés, enseñaba que quien no
actúa conforme a su sentimiento,
falsifica sus palabras y su canto.
Permítanme que, por temeroso de las
traducciones, me remita a sus palabras
originales: “Qui de sentiment ne fait,
son dit et son chant contrefait”
Alcántara tiene un don de sinceridad
que está siempre presente en sus
producciones. Sus magníficos cuentos
están empapados de sentimientos
sinceros, cuidadosamente tratados, así
sus ensayos y toda su labor literaria,
trátese de producciones para consumo
público o no.
Se trata de un trabajador permanente,
infatigable, indoblegable, meticuloso
hasta casi bordear la orilla de lo
excesivo… pero todo es en obediencia a
una disciplina interna que él se
fabricó…imagino que con empecinado
esfuerzo…
Pedro
Henríquez Ureña en uno de sus
Ensayos en busca de nuestra expresión,
nos dice: “El ansia de perfección es la
única norma. Contentándonos con usar el
ajeno hallazgo, del extranjero o del
compatriota, nunca comunicaremos la
revelación íntima; contentándonos con la
tibia y confusa enunciación de nuestras
intuiciones, las desvirtuaremos ante el
oyente y les parecerán cosa vulgar…”
Existe en las artes un profundo
misterio: la sinceridad del sentimiento
creador, la subordinación de la técnica
al sentimiento palpitante.
Alcántara lo sabe.
Y lo transmite. Por tanto, lo
felicitamos calurosamente.
Muchas gracias.
Las palabras de
Jeannette Miller
Presentar a José Alcántara Almánzar
como ganador del Premio Nacional de
Literatura 2009, resulta para mí un gran
honor, y también una muy especial
distinción.
Primero, porque desde que emergió
como escritor a principio de los años de
1970, he seguido su obra con devota
atención, pudiendo comprobar las
cualidades maestras de su prosa como
cuentista, y su estricta y justa
capacidad para compilar y criticar la
literatura dominicana y universal en los
numerosos ensayos y antologías que ha
publicado; segundo, porque sé que son
muchos los intelectuales dominicanos que
habrían recibido con beneplácito la
invitación a hablar sobre él en una
ocasión tan memorable como la que hoy
estamos viviendo.
Hoy, todos los que vivimos la
escritura como vocación, festejamos el
que se haya hecho justicia a un ser
humano y a una producción que desde hace
tiempo figura en la historia de la
literatura dominicana como determinante.
Y cuando esto sucede en un país minado
por el padrinazgo y el amiguismo, los
que hemos escogido este quehacer como
forma de vida, celebramos cada triunfo
de la justicia como si fuera nuestro.
Por otro lado, estamos conscientes de
que premiaciones como la de José
Alcántara Almánzar resultan un ejemplo
de que todavía es posible creer en el
oficio de escritor en un contexto que, a
todos los niveles, parece estar
desplazado por la tecnología y lo
audiovisual.Y esta realidad resulta más
triste porque nosotros sabemos que sólo
a través de esa dinámica de comunicación
escritor-lector, los seres humanos
pueden encontrar lo mejor, o lo peor de
sí mismos, pero siempre en un ejercicio
de verdad, de sinceridad, de catarsis de
lo que tenemos en nuestro interior;
premisa necesaria para que escribir y
leer puedan convertirse en un ejercicio
de liberación. José Alcántara Almánzar
es y ha sido siempre un escritor en
permanente ejercicio de liberación. Sus
trabajos, profesionalmente impecables,
están respaldados por un nivel de vida
cargado de humanidad, una humanidad que
pregona su procedencia con orgullo, y se
endeuda con esa presencia familiar
solidaria -su mujer, sus hijos, sus
nietos- a quienes agradece en voz alta
el entorno necesario para poder haber
hecho su obra.
Todo esto unido a una personalidad
discreta, donde la humildad ha puesto
la justa proporción para que no se
confunda con la hipocresía, se suma a
una formación excepcional que abarca no
sólo la literatura, la historia y las
ciencias sociales, sino también la
música, las artes plásticas y la
cinematografía, convirtiendo a José
Alcántara en un brillante interlocutor
y en un amigo solidario y permanente.
Para quienes no lo saben, José Álcántara
Almánzar estudió sociología, y esa
formación le aportó el rigor y el
sistema de análisis que ha podido
aplicar en sus mejores trabajos
críticos, convirtiéndose en uno de los
tratadistas literarios más destacados en
el área del Caribe.
Autor, en 1972, de la Antología de la
literatura dominicana, una de las obras
nodales para conocer nuestra producción
literaria de los años 60, ya en esa
época el joven profesor del Colegio
Loyola, había logrado despertar en sus
discípulos, -que luego pertenecerían a
universidades como la Pedro Henríquez
Ureña o el Instituto Tecnológico de
Santo Domingo- un especial interés por
los libros.
Al año siguiente, en 1973, su primer
libro de cuentos Viaje al otro mundo
denuncia todo el maremágnum de
injusticia social, abuso y persecución
que definieron los años sesenta y
principios del setenta. En este libro
inicial, Alcántara se apoya en el flash
back, y en la inclusión de voces
distintas, para lograr un estilo
experimental y golpeante.
Desde entonces, José Alcántara
Almanzar se convierte en uno de nuestros
principales cuentistas jóvenes,
consolidando esa posición en 1983, al
obtener el Premio Anual de Cuento que
otorgaba la Secretaría de Educación y
Cultura por su libro Las máscaras de la
seducción.
Estricto equilibrio, manejo del
lenguaje y una atmósfera surreal que a
veces se confunde con universos mágicos,
podrían ser los términos para definir el
eje de la producción alcantariana.
Sinembargo, a esto hay que adicionar que
en sus estructuras narrativas, esas
palabras que cualquier lector puede
entender -y más que todo sentir- van
tejiendo situaciones aparentemente
inconexas, para crear un universo donde
la sique saca a flote, a través de
raccontos vivenciales, experiencias
dormidas o negada.
Un uso maestro de la lengua española,
donde no faltan alusiones a la música,
al cine, a la literatura y a la
historia, enriquece sus textos que
edifican secuencias melódicas en el
desenvolvimiento de la trama,
respaldadas por el ritmo que José
Alcántara maneja tan bien, consciente
de que la literatura es eso, ritmo.
Desde Flauvert hasta Juan Rulfo,
pasando por Borges, José Donoso, Bosch…
y muchos otros ecritores universales con
los que se identifica, en un fragmento
de su cuento El Zurdo el escritor
confiesa sus preferencias y es quizás en
ellas dónde podríamos encontrar sus
primeras influencias; porque hoy la
narrativa alcantariana se erige de
manera personal edificando sus propios
encuentros, de forma que todo el que
comienza un cuento suyo queda atrapado
por una mano que lo guía a través de
caminos que se abren a las posibilidades
de experiencias insólitas,
Su estilo aúna la
descripción-narración, de forma que la
una contiene a la otra sin permitir
desviaciones ni deslindes; igualmente su
trabajo no prescinde del trasfondo
sicológico, por lo que es capaz de
sorprender con finales inimaginables, al
igual que sucede con la vida.
Si queremos ser justos, habría que
repetir lo ya afirmado por Bruno Rosario
Candelier en un artículo que publicara
en el Suplemento Coloquio del periódico
Hoy, en enero de 1990; en la
cuentística nacional, José Alcántara
Almánzar “está llamado a ocupar un
sitial al lado de
Juan Bosch,
Hilma
Contreras y
Virgilio Díaz
Grullón.”
Por otro lado, la calidad y amplitud
de su trabajo literario le ha ganado
reconocimientos nacionales como el
Premio a la Excelencia Periodista, J.
Arturo Pellerano Alfau en 1996, y el
Caonabo de Oro, en la categoría de
escritor, en 1998
En el extranjero, sus textos han sido
incluidos en importantes antologías en
inglés, italiano, alemán, islandés y,
desde luego, en español.
Podríamos seguir enumerando logros y
reconocimientos, como la distinción de
“Profesor Meritorio” otorgada por el
Instituto Tecnológico de Santo Domingo,
en dos ocasiones; la inclusión de su
cuento La insólita Irene en el libro
Making Callaloo, 25 años de literatura
negra, prestigiosa publicación de St.
Martin's Press, Estados Unidos.
etcétera.
Pero lo que realmente importa hoy
sobre José Alcántara Almánzar, es la
establecida calidad de su obra
literaria, una obra realizada de manera
permanente y fructífera a lo largo de
toda su vida.
Esa sola condición lo hace merecedor
del premio que se le otorga; un premio
que la vida le tenía reservado desde
hace varios años y que hoy se le entrega
por haber permanecido en el ejercicio de
un oficio que requiere autenticidad y
verdadera vocación, pero sobre todo, y
en el aspecto narrativo, por la
capacidad de poder llevar personajes y
situaciones locales y cotidianos a
categorías universales, mediante el
manejo maestro de la palabra escrita.
Sí, José Alcántara Almánzar: una vida
y una obra donde la permanencia de la
honestidad y de la calidad testimonian
la presencia de esa Luz, única fuente
capaz de aportar lo bueno, lo verdadero
y lo bello a nuestro trabajo y a
nuestras acciones.
No puedo terminar sin felicitar a la
Fundación Corripio por la determinación
de mantener y prestigiar un premio
necesario para la valoración y el
desarrollo de la cultura dominicana.
También sé de seguro que con este
justo galardón a José Alcántara Almánzar,
Manuel Rueda, desde donde se encuentre,
estará orgulloso de haber sido el Primer
Director de esta Fundación; pero muy
especialmente resplandecerá de
satisfacción al ver que un talento que
él supo descubrir desde sus inicios, hoy
ha logrado, a base de méritos
irrefutables, escalar el más alto
peldaño de reconocimiento en el contexto
de la literatura nacional.(versión
resumida).
Escrito por: CAROLIN GUZMAN (c.guzman@hoy.com.do)
Sentimientos de amor, alegría y amistad
reinaron en una noche en que las
emociones estuvieron a flor de piel. Y
no era para menos, un gran escritor
recibía el reconocimiento en valoración
a su labor literaria de toda una vida.
José Alcántara Almánzar, en compañía de
su esposa, Ida Hernández Caamaño, y de
sus hijos, Ernesto, Yelidá y César,
manifestó lo feliz que se sentía al
recibir el Premio Nacional de Literatura
2009, que entregan la Fundación Corripio
y la Secretaría de Cultura.
El acto inició puntual, con un
concierto dirigido por Francois Bahuaud
en el que se tocaron piezas de Haendel,
Mozart, Rameau y Bahuaud, en un espacio
de 35 minutos, tiempo que sirvió de
antesala a una ceremonia caracterizada
por las expresiones de sinceridad y
reconocimiento hacia el galardonado.
Miembros de la Fundación Corripio,
representantes de universidades,
escritores, intelectuales, familiares y
amigos de José Alcántara Almánzar,
conformaron el público de este
encuentro, en el que cada uno de los
asistentes disfrutó el discurso
pronunciado por el homenajeado por la
demostración de amor y agradecimiento a
su familia, su humildad y por la pizca
de humor que confirió a sus palabras.
De su esposa e hijos, dijo en una
locución que realizó en tercera persona:
“Ella, también escritora, magnífica para
administrar, invertir, cocinar, lo ha
acompañado en sus afanes de asesor
editorial, ha sido apoyo y testigo
privilegiado en la publicación de sus
libros. Pero lo esencial es que con ella
procreó tres hijos que son su principal
razón de ser: Ernesto, bueno, cabal,
disciplinado; Yelidá, aguda, sensible,
cuyos ojos verdes encierran un
insondable misterio; César, impulsivo,
cariñoso, tan alto como su corazón. Con
ellos ha constatado que el amor es un
bien inconmensurable”.
José Alcántara Almánzar, al final de
su discurso, agradeció a los miembros
del jurado integrado por el escritor
José Rafael
Lantigua, quien no estuvo presente
por problemas de salud; a la Fundación
Corripio y a los rectores de las
universidades Uasd, Pucmm, Unphu, Ucsd,
Uce e Intec. También a las Academias de
la Historia, de Ciencias y los
Bibliófilos, por su respaldo.
De forma especial agradeció a José
Luis Corripio Estrada, presidente de la
Fundación Corripio, a su esposa Ana
María Alonso de Corripio y a sus hijos
Manuel, Lucía, José Alfredo y Ana, por
sus consideraciones y su decencia.
También agradeció a la escritora
Jeannette
Miller, quien pronunció un hermoso
discurso, en el que destacó la calidad y
amplitud del trabajo literario del
premiado.
Sin dudas, una noche muy especial
para Alcántara Almánzar y todas aquellas
personas que celebran el mérito de este
escritor.
|
|
|
|
|

|
|