Un
artista, cualquiera que sea su oficio, sabe que existen vasos
comunicantes entre las artes. Tal vez por eso resulte tan difícil
dedicarse al ejercicio de una de ellas sin establecer al menos un
vínculo con alguna otra, sin haya ese trasiego de dúctiles
materiales que adoptan expresiones distintas según el hilo conductor
que las transmita. En el Renacimiento, época de artistas ecuménicos,
hallamos claramente ese nexo que une la poesía con la pintura y a
ésta con la ciencia. Miguel Angel, por ejemplo, era poeta y escribió
sonetos a Victoria Colonna. A su vez, Leonardo da Vinci tenia una
visión del mundo poblada de intuiciones filosóficas.
Más cerca en el tiempo,
encontramos escritores con una respetable obra en musicología, como
el caso de Alejo Carpentier, autor de una historia de la música en
Cuba y un delicioso libro de artículos que tituló Ese músico que
llevo dentro. Afición parecida vemos en el novelista checo Milán
Kundera, que posee brillantes ensayos acerca de la música, en
especial la de su compatriota, el compositor Leos Janacek, y su
Improvisación en homenaje a Stravinski". También tenemos el caso,
entre nosotros, poco común por cierto, de un magnífico pianista que,
como Manuel Rueda, fue también un escritor excepcional que
revolucionó nuestras letras.
El nombre de Fernando Ureña Rib
representa, en la República, el ejemplo del artista universal,
dotado de una curiosidad inagotable y de un versátil dominio de
varias artes. Él se mueve plácidamente en el mundo de las líneas y
colores de donde surgió, pero mantiene un constante diálogo con
otras que le resultan indispensables y que enriquecen su quehacer
intelectual. Exquisito dibujante y pintor, es también escultor,
crítico literario, narrador, con una sólida formación adquirida bala
la guía de su maestro Jaime Colson, en la Escuela Nacional de Bellas
Artes, donde se graduó como profesor de dibujo en 1968, y luego en
estudios realizados en España. Completó su formación con abundantes
lecturas, de las que tenemos noticias en sus escritos, en los que a
veces asoman un Benedetto Croce o un José Ortega y Gasset, y por
supuesto, su figura tutelar, el inolvidable poeta Pedro Mir, con el
que mantuvo un diálogo permanente hasta su muerte en el año 2000.
Estamos, pues, ante un pintor que
se distingue, entre los de su generación, por su diestro manejo de
varios lenguajes artísticos. Nacido en la Romana en 1951, ha tenido
una trayectoria ascendente desde su primera exposición individual en
1973. Su pintura, de la es imprescindible decir algunos rasgos antes
de pasar a su narrativa, se caracteriza por la belleza formal y el
predominio de una serenidad entroncada en la tradición clásica, por
el refinado erotismo y la espontánea sensualidad de sus desnudos,
por el movimiento incesante de sus figuras femeninas y los juegos
luminosos que dan a sus claroscuros ese sello tan personal que
poseen, por su maravilloso cromatismo de esencias antillanas, por la
magia, en fin, que se desprende de sus lienzos y que sin
intermediarios ni explicaciones de ninguna índole, seducen al
espectador desde el primer momento, debido a su carga onírica, la
ternura de sus rostros suaves y la perfección anatómica de los
cuerpos que pinta.
El mundo figurativo de Fernando
Ureña Rib está emparentado con la gran pintura universal de todos
los tiempos. Recuérdense sus mordaces rostros grotescos de los años
ochenta, en los que prevalece un propósito desacralizador y burlón
que remite al orbe esperpéntico de Goya, tan bien asimilado por
Fernando Ureña Rib mientras estudiaba en España. No es difícil
tampoco advertir en sus cuadros la rigurosa formación recibida en
Santo Domingo, sus referencias al mundo colsoniano, así como al de
otros maestros de la plástica nacional que como
Ada Balcácer y
Domingo Liz, entre otros, con consumados dibujantes y coloristas.
Fernando Ureña Rib presenta ahora
una nueva faceta de su obra, el libro titulados Fábulas urbanas, en
el que plasma una serie de imágenes en forma narrativa. El propio
artista dice, en el pre-texto de su obra: "Intuyo entonces que el
arte de escribir y el de pintar no son lejanos, quizá porque los dos
tomen como punto de partida la riqueza y la fuerza de una imagen".
Esta confesión es clave para comprender el perfil narrativo del
pintor, para quien "el arte es un elevado y complejo acto de
creación que consiste en la comunicación de las imágenes que pueblan
el mundo interior del artista."
Uno se siente tentado a
preguntarse de inmediato "Por qué ha escogido el término "fábulas"?
Éstas, en la preceptiva literaria, son ficciones alegóricas de las
cuales derivamos una enseñanza. ¿Quién no leyó, en sus años de
estudiante, alguna de Esopo, cuya sencillez encierra siempre una
aleccionadora moraleja? En las de Ureña Rib hay mucho de imaginación
y de invención, pero se afincan en la realidad interior de su
hacedor, que no busca dar lecciones si se queda en la simple
anécdota, sino que invita al lector a descubrir lo que está oculto
en las palabras.
Los treinta y dos relatos que
integran la obra Fábulas urbanas son por lo general breves y
están conectados entre sí por la figura del pintor, convertido en
protagonista o en narrador-personaje que atraviesa las páginas del
libro con mirada sorprendida, dejándose atraer por los detalles de
su entorno, donde descubre las grandezas de la vida. La presencia
frecuente de un personaje como Aura, simboliza la otredad buscada o
deseada que completa su universo." Aura, la muchacha que está
esperándote en el umbral viene del otro lado de las montañas, tiene
la piel del ébano y huele a lluvia y a café, " leemos en el relato
titulado "Trópico".
La ciudad como personaje --Santo
Domingo o Miami, poco importa- es un amasijo caótico tortuoso que
desasosiega al autor, pero que esto no puede prescindir de él. La
ciudad ejerce en Fernando un poder tan determinante como lo tuvo en
Italo Calvino para quien "Las ciudades, como los sueños, están
construidos de deseos y de miedos" o para Alejo Carpentier, eterno
enamorado de La Habana; o la fatalidad que el poeta Constantino
Cavafis atribuye a su Alejandría natal: "No encontrarás otro país ni
otras playas,/llevarás por doquier y a cuestas tu ciudad; /
caminarás las mismas calles,/ envecerás en los mismos suburbios /
encanecerás en las mismas casas,/ Siempre llegarás a esa ciudad; /no
esperes otra, / no hay barco ni camino para ti./ Al arruinar tu vida
en esta parte de la tierra, /la has destrozado en todo el universo".
Fernando encuentra en la urbe un
inmenso arsenal de situaciones y hechos para fabricar sus historias.
Son relatos fluidos, concisos, bien contados, sensuales, plásticos
en su concepción y desarrollo y en los que están presentes los
cuerpos, los abrazos y el placer sensorial que experimentamos bajo
la lluvia ("Celajes").
Son narraciones falsamente
cotidianas, con su toque de misterio y de caricias ("El Abrazo") y
las alusiones al desquiciamiento de la ciudad o al oficio de pintor
("Trópico"), "Vientos del Norte, Vientos del Sur", "La vida es tan
simple"). La ciudad es la cabeza de la hidra, donde las noticias
locales, el café con leche, los balcones y el puerto, se mezclan con
cierta absurdidad kafkiana o tienen un trasunto de alguna escena de
Hitchcock, por el espanto que provocan las aves que sobrevuelan
demasiado cerca del espectador ("La torre vigilada").
Abundan las imágenes que revelan
el oficio primigenio del autor: "El sol parecía una torta de maíz o
una rojiza e inmensa yema de huevo" ("La porteña"); "los campos eran
rojos de amapolas y al pie de las montañas el sol enrojecía el viejo
caserón" ("La toscana"); "azul intenso (...) verde esmeralda o
ambarino(...), gris tumultuoso" ("Adriana en su laberinto");
"Intenso azul (...) manchas blancas" ("Historia cíclica de la
felicidad"). Pero hay también impresiones auditivas, táctiles u
olfativas que redondean este mundo sensorial: "envuelto en los
olores de la capital (...), nos castigaba un olor de cerveza
derramada" ("El hombre de Otavalo").
La recurrente imagen de la
biblioteca, así como las numerosas referencias intertextuales,
indican el diálogo continuo del autor con pensadores diversos. Las
menciones se presentan como algo esencial y no como simples citas
librescas o fuegos artificiales del saber. A veces Freud, Nietzsche
o Lacan permiten reflexiones sobre el suicidio, el amor y la muerte,
o el trazado de personajes complejos y atormentados ("La porteña")
Sin embargo, estas situaciones, en
apariencia lejanas y con sabor a otros países, no desdibujan el
perfil antillano del autor ni disminuyen ese deslumbrante vigor de
sus historias, esa especie de mirada sobre sí mismo y el oficio de
pintar. Ahí están, palpitantes en su memoria el barco que "quedó
varado en el puerto de Sánchez" el hombre "que tomó el tren a San
Francisco y los recuerdos de Nagua, Pimentel, Cotuí, Castillos ("El
hombre de Otavalo"); el hacinamiento de los tugurios de Villa Juana,
el ruido de la Duarte con París, el Teatro Atenas y el Parque
Enriquillo, auténticos emblemas de la parte alta de la ciudad (La
bola de cristal): "La hora roja de la tarde", Sabana Perdida, los
haitianos ("El búfalo de Villa Mella"); la doméstica embrujada por
la oferta de uso extranjeros que intentan conquistarla para trabajar
como "camarera" en Francia, Italia, Grecia, Holanda, y ella acepta
porque se da cuenta de que su destino ha cambiado ("La salamandra").
El relato más extenso del libro,
"La vindicación de Omar", reúne características que oscilan entre el
informe policíaco y la ficción, a la manera de Borges. El mito, la
reelaboración de la historia y la reflexión filosófica convergen en
una narración que revela la vena novelística del autor y su
cuestionamiento de los supuestos consagrados por la Historia.
Resulta sorprende la coincidencia de este relato, escrito antes del
11 de septiembre de 2001, con los hechos ocurridos en la ciudad de
Nueva York aquel trágico día. El propio autor, sorprendido de su
hallazgo, confiesa que " En estos días se me hizo evidente que el
arte y la literatura, como ejercicios puros de la imaginación, son
asaltados por atisbos de premonición. Uno de mis textos más
ambiciosos, La vindicación de Omar, No está libre de augurios:"
El informe de John García, mayor
de una brigada de rescate de Nueva York, luego del arresto y
posterior enjuiciamiento de Joachim S. Bennazar y Nathán Cirineo de
Gaza en un parque de Brooklyn, la noche del 13 de diciembre, ´"bajo
la acusación menor de inicar una hoguera ilegítima en áreas
públicas" es un pretexto para indtroducir una larga reflexión sobre
las mentiras de la Historia, el Islam, el fanatismo religioso, y un
testimonio sobre el cataclismo social escenificado en las torres
gemelasd de la capital del mundo: "Ahora eres tú mi juez, al pie de
estas torres gemelas cuya destrucción ansío tanto como la mía".
Igual que en Memorias de
Adriano y Opus nigrum de Marguerite Yourcenar, o más
recientemente el Manuscrito carmesí de Antonio Gala, novelas
extraordinarias en las que ambos escritores cuentan, con palabras
nuevas, las grandezas y miserias del pasado, nos enfrentamos, en
Fábulas Urbanas - guardando las distancias de lugar- con un
severo juicio de la Historia y los tortuosos laberintos del poder
político. "La historia siempre es falsa" y "el hombre político es
siempre un actor" leemos en las páginas de este relato apasionante.
La "cruel economía de la guerra" alimentada con sutiles falacias,
nos aplasta. La religión "El arma más peligrosa de la historia" , es
la causante de numerosos desastres. Poder y sumisión basada en el
miedo son palabras que resumen el curso de la historia a través de
los siglos. Por último, la revelación que que la muerte "te llegará
en una gran ciudad, el último día del penúltimo siglo, pero no la
verás. Una enorme explosión y un ruido de voces y de luces ahogarán
tu último suspiro."
En este relato Ureña Rib
reelabora, en términos literarios, las consecuencias de la ceguera
religiosa y política y el horror de la guerra, asuntos que han
dominado a la humanidad desde la Antigüedad hasta nuestros días. La
explosión final es una metáfora de irracionalidad más absurda, por
encima de todas las contribuciones del conocimiento, los aportes de
la ciencia y la belleza de la poesía. De ese modo, el autor nos
conduce, por pasadizos inextricables, al encuentro con la
escandalosa realidad del mundo contemporáneo.
Antes de concluir, permítanme
expresar mi gratitud al pintor y expresar mi gratitud al pintor y
escritor y amigo. Hace casi veinte años, Fernando ilustró
generosamente Las máscaras de la seducción, libro hoy agotado, como
casi todos los míos. Era una colección de cuentos cuya irreverencia
captó muy bien el artista en sus dibujos a plumilla. Por ello le
quedé siempre agradecido, pero no había podido reciprocarle el
gesto. Hace sólo unas semanas, Fernando cedió la diapositiva de un
cuadro suyo, "El perdón", para el libro de Ida titulado El Amor
todos los días, que acaba de salir. Estoy , pues, más que contento
de ser un orgullos padrino de la obra que hoy ponemos en circulación
y de servir de enlace entre ésta y el público, a través de estos
breves comentarios.
La lectura de Fábulas urbanas
, de Fernando Ureña Rib, depara al lector momentos de verdadero
placer estético, al mismo tiempo que le pondrá en contacto con el
mundo interior del artista, cuya riqueza es sólo comparable con la
de su universo pictórico . Recibamos, pues, esta obra con los brazos
abiertos, confiados en la maestría del autor para manejar imágenes
entrañables que redescurbren un mundo conocido.
Abundan las imágenes que revelan
el oficio primigenio del autor: "El sol parecía una torta de maíz o
una rojiza e inmensa yema de huevo" ("La porteña"); "los campos eran
rojos de amapolas y al pie de las montañas el sol enrojecía el viejo
caserón" ("La toscana"); "azul intenso (...) verde esmeralda o
ambarino(...), gris tumultuoso" ("Adriana en su laberinto");
"Intenso azul (...) manchas blancas" ("Historia cíclica de la
felicidad"). Pero hay también impresiones auditivas, táctiles u
olfativas que redondean este mundo sensorial: "envuelto en los
olores de la capital (...), nos castigaba un olor de cerveza
derramada" ("El hombre de Otavalo").
La recurrente imagen de la
biblioteca, así como las numerosas referencias intertextuales,
indican el diálogo continuo del autor con pensadores diversos. Las
menciones se presentan como algo esencial y no como simples citas
librescas o fuegos artificiales del saber. A veces Freud, Nietzsche
o Lacan permiten reflexiones sobre el suicidio, el amor y la muerte,
o el trazado de personajes complejos y atormentados ("La porteña")
Sin embargo, estas situaciones, en
apariencia lejanas y con sabor a otros países, no desdibujan el
perfil antillano del autor ni disminuyen ese deslumbrante vigor de
sus historias, esa especie de mirada sobre sí mismo y el oficio de
pintar. Ahí están, palpitantes en su memoria el barco que "quedó
varado en el puerto de Sánchez" el hombre "que tomó el tren a San
Francisco y los recuerdos de Nagua, Pimentel, Cotuí, Castillos ("El
hombre de Otavalo"); el hacinamiento de los tugurios de Villa Juana,
el ruido de la Duarte con París, el Teatro Atenas y el Parque
Enriquillo, auténticos emblemas de la parte alta de la ciudad (La
bola de cristal): "La hora roja de la tarde", Sabana Perdida, los
haitianos ("El búfalo de Villa Mella"); la doméstica embrujada por
la oferta de uso extranjeros que intentan conquistarla para trabajar
como "camarera" en Francia, Italia, Grecia, Holanda, y ella acepta
porque se da cuenta de que su destino ha cambiado ("La salamandra").
El relato más extenso del libro,
"La vindicación de Omar", reúne características que oscilan entre el
informe policíaco y la ficción, a la manera de Borges. El mito, la
reelaboración de la historia y la reflexión filosófica convergen en
una narración que revela la vena novelística del autor y su
cuestionamiento de los supuestos consagrados por la Historia.
Resulta sorprende la coincidencia de este relato, escrito antes del
11 de septiembre de 2001, con los hechos ocurridos en la ciudad de
Nueva York aquel trágico día. El propio autor, sorprendido de su
hallazgo, confiesa que " En estos días se me hizo evidente que el
arte y la literatura, como ejercicios puros de la imaginación, son
asaltados por atisbos de premonición. Uno de mis textos más
ambiciosos, La vindicación de Omar, No está libre de augurios:"
El informe de John García, mayor
de una brigada de rescate de Nueva York, luego del arresto y
posterior enjuiciamiento de Joachim S. Bennazar y Nathán Cirineo de
Gaza en un parque de Brooklyn, la noche del 13 de diciembre, ´"bajo
la acusación menor de iniciar una hoguera ilegítima en áreas
públicas" es un pretexto para introducir una larga reflexión sobre
las mentiras de la Historia, el Islam, el fanatismo religioso, y un
testimonio sobre el cataclismo social escenificado en las torres
gemelas de la capital del mundo: "Ahora eres tú mi juez, al
pie de estas torres gemelas cuya destrucción ansío tanto como la
mía".
Igual que en Memorias de
Adriano y Opus nigrum de Marguerite Yourcenar, o más
recientemente el Manuscrito carmesí de Antonio Gala, novelas
extraordinarias en las que ambos escritores cuentan, con palabras
nuevas, las grandezas y miserias del pasado, nos enfrentamos, en
Fábulas Urbanas - guardando las distancias de lugar- con un
severo juicio de la Historia y los tortuosos laberintos del poder
político. "La historia siempre es falsa" y "el hombre político es
siempre un actor" leemos en las páginas de este relato apasionante.
La "cruel economía de la guerra" alimentada con sutiles falacias,
nos aplasta. La religión "El arma más peligrosa de la historia" , es
la causante de numerosos desastres. Poder y sumisión basada en el
miedo son palabras que resumen el curso de la historia a través de
los siglos. Por último, la revelación que que la muerte "te llegará
en una gran ciudad, el último día del penúltimo siglo, pero no la
verás. Una enorme explosión y un ruido de voces y de luces ahogarán
tu último suspiro."
En este relato Ureña Rib
reelabora, en términos literarios, las consecuencias de la ceguera
religiosa y política y el horror de la guerra, asuntos que han
dominado a la humanidad desde la Antigüedad hasta nuestros días. La
explosión final es una metáfora de irracionalidad más absurda, por
encima de todas las contribuciones del conocimiento, los aportes de
la ciencia y la belleza de la poesía. De ese modo, el autor nos
conduce, por pasadizos inextricables, al encuentro con la
escandalosa realidad del mundo contemporáneo.
Antes de concluir, permítanme
expresar mi gratitud al pintor y expresar mi gratitud al pintor y
escritor y amigo. Hace casi veinte años, Fernando ilustró
generosamente Las máscaras de la seducción, libro hoy agotado, como
casi todos los míos. Era una colección de cuentos cuya irreverencia
captó muy bien el artista en sus dibujos a plumilla. Por ello le
quedé siempre agradecido, pero no había podido reciprocarle el
gesto. Hace sólo unas semanas, Fernando cedió la diapositiva de un
cuadro suyo, "El perdón", para el libro de Ida titulado El Amor
todos los días, que acaba de salir. Estoy , pues, más que contento
de ser un orgullos padrino de la obra que hoy ponemos en circulación
y de servir de enlace entre ésta y el público, a través de estos
breves comentarios.
La lectura de Fábulas urbanas
, de Fernando Ureña Rib, depara al lector momentos de verdadero
placer estético, al mismo tiempo que le pondrá en contacto con el
mundo interior del artista, cuya riqueza es sólo comparable con la
de su universo pictórico . Recibamos, pues, esta obra con los brazos
abiertos, confiados en la maestría del autor para manejar imágenes
entrañables que redescubren un mundo conocido.
JOSÉ
ALCÁNTARA ALMÁNZAR