Aunque
en las Ninfas (la obra pictórica más reciente de Fernando
Ureña Rib) existen algunos rasgos que la emparentan
discretamente con el rico pasado del futurismo europeo de
principios de siglo (Bolla, Boccioni, Duchamps) y con
aquella incontenible pasión por atrapar el fenómeno de la
figura en movimiento; el desnudo en la pintura de Ureña Rib
se aleja hoy formalmente, de aquellos modelos o patrones y
reúne características muy propias que reafirman con solidez
la individualidad de su expresión plástica.
Una de esas características es la
inclusión, en la dinámica de los cuerpos danzantes, de
numerosos rastros cromáticos del pincel que son los que
conforman el conjunto de imágenes que se funden y se
traslapan vertiginosamente en una celebración incesante de
la belleza y la gracia del desnudo femenino. Con esta
muestra, en el Museo de Arte Moderno, parecería que la
pintura de Ureña Rib buscara la exaltación y la euforia, que
se alejara definitivamente de la pesada congoja de aquellos
maestros futuristas que creían ciegamente, según su
manifiesto, en la superioridad de las máquinas sobre el
hombre.
La pintura cinética de Ureña Rib
es, por el contrario, humanista. La figura humana, y de
manera particularmente obsesiva, la de la mujer, es la
protagonista en esta nueva serie. Aladas, esbeltas,
levitantes, contemplándose a sí mismas en un juego circular,
las Ninfas desnudas de Ureña Rib participan en los bailes de
algún rito ancestral. Las mueve un exquisito erotismo, una
sublimación del deseo. Los cuerpos se rozan sutilmente, se
trasparentan, se funden sin dejar de ser ellos mismos, como
si se tratara de las estelas o celajes de una ronda
perpetua, o de las míticas danzas de la fertilidad.
Y es precisamente aquí donde
encontramos otro de los rasgos que caracterizan la
formidable obra pictórica de Ureña Rib: En su manifiesto
deseo de recuperar para el arte la gracia y la belleza
(negada por los futuristas, ) y que el arte de principios
del siglo veinte parecía haber excomulgado para siempre.
Aunque nunca renunció a ella; Ureña Rib siempre creyó que
era posible hacer pintura de envergadura, sin abandonar la
belleza. Era preciso proceder con cautela, sin embargo.
Había que huir del kitsch y de esa belleza
superficial, complaciente y decorativa que había agotado
todos sus recursos frente a los flancos de una estética
contemporánea que daba énfasis a los aspectos intelectuales
de la obra de arte.
Gracias a su conocimiento del
cuerpo humano y a sus difíciles juegos visuales con la
anatomía en movimiento, la obra de Ureña Rib evita esos
pecados de ligereza. Por otro lado, el aura de los rostros y
la innegable energía de los cuerpos en transición no dan
lugar a complacencia alguna. La vorágine es envolvente y nos
atrapa con contundencia, de modo que no podemos menos que
sucumbir ante la dramática fuerza de estas imágenes que se
quedan durante mucho tiempo danzando en el trasfondo de la
memoria.