P asamos
aquel día abrazados. Sí, así como suena, casi veinticuatro horas
completas. Todo comenzó el sábado a las seis, cuando nos
despertamos. Le pregunté, tomándola por los hombros, «¿Qué quieres
hacer hoy?» «¡Ay, pasar todo el día así, abrazada contigo!»
Desayunamos tomados de la mano y aún para esas cosas tan simples
como cortar el pan, ella me seguía con su mano, sin desatarse de mi
cuello o poniendo sus brazos alrededor de mi pecho, acariciando mi
cabeza y luego se echaba sobre mi regazo todo el día.
Día que se
esfumó rápidamente entre caricias lentas, apasionadas y otras
dulzuras que no es el caso mencionar. Cuando debió recoger sus cosas
y ordenar sus papeles yo la seguí de cerca, rodeándola por la
cintura con mi brazo, estrechándola fuerte, besándola y cuando
debimos tomar la carretera yo sentía la palma de su mano sobre mi
cuello al conducir, o sobre mi muslo y mi pierna derecha que se
resistía a acelerar el auto y que hubiera deseado frenar y detenerse
en una de esas playas que hay cerca del aeropuerto para zambullirnos
y seguir abrazados bajo el agua, viendo los aviones partir el cielo
con su radiante línea de bruma.
Pero su avión también partía al
final de la noche, así que seguimos abrazados bajo los cocoteros de
la isla. Luego, en los ajetreados vestíbulos de las líneas aéreas,
ignoramos los llamados urgentes que mencionaban su nombre en los
altoparlantes, hasta que los guardianes de inmigración nos
separaron. Cuando ella atravesó las puertas de seguridad no se
volvió para mirarme. Su avión partió a las seis de esa mañana. Hasta
el último minuto quise imaginar su mano sacudirse y decir adiós
detrás de los cristales. No regresó jamás. Otro amor la esperaba.
Fernando
Ureña Rib
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