yer
tarde, poco después de las dos, limpié de toda posible migaja una
prosaica bolsa de plástico y, con toda la intención de
devolverlos, coloqué en ella aquellos libros de Jacques Lacan que
tomé prestados de la Biblioteca hace unos meses. Para no
olvidarlos de nuevo enganché la funda repleta ahí, justo en ese
manubrio de bronce de mi puerta, donde los he vuelto a colgar esta
mañana.
El pesado manubrio bien
podría ser una pieza de colección de un imaginario Museo del
Kitsch. Lo compré en un mercado de pulgas en Moldavia y luego no
sabía qué hacer con él. Tiene forma de puño, con manga y gemelos,
y un índice acusador que me sirve para colgar las llaves o para
poner allí algún recordatorio. Debido al intenso calor que
proviene del mar o de los arenales, me vestí ligeramente y puse
suficiente dinero en mis bolsillos pues sabía que habría de pagar
a la Bibliotecaria (con una mezcla de dolor y placer) los recargos
correspondientes.
No me importaba. Habían
sido muchas las horas en que olvidaba las pesadas cargas de mi
soledad en la playa o sentado en un andén del puerto, tratando de
dilucidar aquella oscura madeja de palabras y de adentrarme en la
no siempre lúcida sicología del psicoanalista. Creo que debo
aclarar esa declaración que podría parecer presuntuosa: Después de
leer la interpretación que Lacan hace de Freud se requiere que uno
relea a Freud (tan eficaz y luminoso) para a su vez conciliarlo
con las tortuosas interpretaciones de Lacan a las cuales es
preciso volver a referirnos una vez releído Freud, lo cual solo
confirma la verdad de los ‘círculos viciosos’ de que hablaba Freud
y que en mi opinión no son otros que aquellas ‘eternas
recurrencias’ de Nietzsche.
Una enredadera de
llamadas telefónicas (entre ellas una obscena) me impidió salir
hasta pasadas las tres. En uno de los andenes del puerto, camino
de la Biblioteca, descubrí una fonda de pescadores y marinos,
desierta a aquella hora. A pesar del olor acre de sardinas y de
orines que me asaltó en la puerta decidí entrar y tomar un
refrigerio. Escuché unas milongas y fue entonces cuando recordé
haber oído que suelen tener allí una buena bodega de vinos traídos
de contrabando. Me ajusté con las liguillas negras mis pequeños
lentes ovales para lectura (que me aportan un cierto aire distante
e intelectual) y me dispuse a dar una última ojeada a Lacan, como
para derrumbar, consolidar o adoptar definitivamente sus oscuros
criterios sobre la libido, el delirio y el narcisismo.
Era esa hora vaga e
indefinida antes del atardecer en la que el día no resulta ser ni
una cosa ni la otra y que los ingleses aprovechan para tomar el
té. Pero el té en estas altas temperaturas no se justificaba.
Aunque no solía beber solo, desde hace ya unos meses la soledad
era precisamente mi excusa para acercarme sigilosamente a una
taberna y escurrir unas cuantas copas. Pedí un tinto que no tardó
en traerme un señor bajo, calvo y de bigotes que trajinaba en el
trasfondo, con camiseta y vozarrón de anunciador de partidos de
fútbol. Recubierto de plástico transparente, el mantel de tela a
cuadros rojos y blancos de la fonda me producía reverberaciones
ópticas que dificultaban la lectura, situación que se agravaba con
una repulsiva sensación de desaseo, al pegárseme el plástico a la
piel del antebrazo, como si fuera la viscosa gelatina del pescado
o la albúmina del huevo. Protesté. Pedí que enviaran la muchacha
de inmediato a limpiar concienzudamente el mantel que interfería
físicamente en mi comprensión de los textos.
Ella no tardó en llegar
con un paño húmedo y mirando por encima de mi hombro preguntó: "¿Lacan?
¿Vos leés a Lacan?" Ni a mí me fue posible disimular el asombro
que me causó su pregunta ni a ella su típico acento porteño. "¿Sos
profesor?" Siempre me pareció que más que un acento, aquellas
argentinas inflexiones de la voz, revelaban una actitud
extravagante que quizás no era otra cosa que un reprimido orgullo
o una mezcla de autocomplacencia y quejido. Eran una manera de
percibir el mundo y como ocurre en el tango (y hasta en ciertas
regiones del hipotálamo) exageraban ampulosamente el dolor y el
placer. Pero esta joven, a pesar del fuerte acento, no sonaba
petulante ni arrogante, como general y ligeramente suele pensarse
de los argentinos. "Estudiante." Mentí luego de algún titubeo,
suponiendo que aquello me acercaba estratégicamente a la edad de
la atractiva mujer que ahora aparecía justo frente a mí con su
boca rosada, su frente despejada y los ojos claros, luminosos, que
se quedaron fijos en los míos durante una ínfima fracción de
tiempo que bastó para establecer una conexión inmediata, una
complicidad.
" ¿Otra copa de vino? Esperá que ya vuelvo." Se alejó
por el estrecho corredor entre las mesas. Era alta, espigada, de
belleza contundente. La falda breve revelaba unas piernas firmes y
trabajadas, robustas desde el calcañar hasta las pantorrillas,
como las de las bailarinas. Hubiese querido que se quedase allí un
instante, detenida, aunque sin dejar de mover así las caderas que
se cimbreaban resueltamente al ritmo de una milonga. Por algún
momento permanecí ensimismado o ausente recreándome en el dulce
placer de la contemplación de esa gracia femenina que todo lo
cambia, que te atrapa y no te suelta, como las amarras de ciertos
barcos. Se sabía hermosa y observada de modo que andaba casi con
la ostentación y la insolencia de quien se cree en posesión del
mundo. Sentí un calor o un delirio que en ese instante no era
posible atribuir solo al vino. Aun dentro de mi ofuscación
momentánea me resultaba evidente que esa chica no pertenecía a
aquel lugar.
Me trajo otra copa de
vino y luego volvió con aire triunfante y un extenso manuscrito.
Era un estudio comparado sobre Freud y Lacan que ella dijo
preparar diligentemente para su tesis en la Universidad. Fui
hosco: "No me gusta Lacan, " le dije, "lo detesto. " Ella
protestó: "¿Por qué decís tal cosa? ¿Y por qué lo leés si no te
gusta? Andás con por lo menos siete libros de Lacan. " "Verás",
dije. "Él afirma que el amor es una forma de suicidio, por
ejemplo, y no estoy de acuerdo con esa insistencia suya en
comparar el amor y la muerte." Al decirlo noté una extraña
afectación en mi propia voz. La ye de suya no era la mía. "Mirá.
El acento porteño se contagia como la mala suerte, " notó ella
riendo. Imitando deliberadamente su manera de hablar le pedí una
tercera copa de vino y dije con picardía: "¿Me acompañás? Detesto
beber solo." Ella me advirtió que no le era permitido alternar con
los clientes, pero que su turno se agotaba a las cinco y que
tendría un par de horas libres. Nos sentaríamos en algún lugar a
discutir los problemas entre Lacan y Freud.
Al abandonar el
establecimiento oímos las maldiciones del anunciador de fútbol,
ella rió de nuevo y como conocía mejor el área me dejé guiar por
su auspicio. Caminamos largo rato. Me dijo que estaba muy cansada
de aquel trabajo fastidioso, que exigía permanecer largas y
dolorosas horas de pie, lidiando con marineros necios, de manos
atrevidas. Como quien se habla a sí misma para convencerse de la
validez de una decisión tomada previamente, explicó que las únicas
conveniencias de aquel trabajo eran el parentesco con su cuñado (
el hincha del Buenos Aires) y la cercanía del pequeño apartamento
donde vivía sola, a unos cuatrocientos metros.
Hacía calor. Nos sentamos
en una barcaza abandonada, ya cerca de los arenales y de la playa.
Según ella este era su lugar favorito por lo espectacular del
crepúsculo que se veía desde allí. El puerto quedó atrás y se veía
desolado. No sé si por el salitre del mar, por el rumor de las
aguas o por el graznar de los alcatraces y las gaviotas, sentí que
desde esa perspectiva el sol, la ciudad y el mundo se hundían en
la lejanía. Éramos ella y yo solos y unidos como si nos
perteneciéramos desde la eternidad. Habló de lo providencial y del
destino (noto que las mujeres no pueden evitar hablar sobre el
destino) y de lo feliz y significativo de nuestro encuentro. «Nada
es coincidencial ni fortuito. Todos los hechos del mundo se
relacionan y ocurren por una razón particular», me dijo
contemplando el horizonte que la humedad hacía brumoso.
Ella sacó de un bolso de
hilo amarillo su manuscrito, una botella de vino, un descorchador
y dos copas que yo me ocupé en llenar. Era un buen tinto, de
Mendoza. Poseía un aroma sensual, casi corpórea. Mientras ella
leía observé lo hermosos que eran sus pies descalzos: el arco
leve, los talones enrojecidos, los dedos alargados... Notó que la
miraba y Splash! Metió los pies en el agua y siguió
leyendo: "si bien Freud afirma que todo deseo es sexual, Lacan
va mas lejos..." Me quedé contemplando la manera en que nuestras
imágenes se deshacían y se rehacían en el vaivén del agua.
El sol parecía una torta
de maíz o una rojiza e inmensa yema de huevo. Tendré hambre, me
dije mientras ella leía: "...nadie sería capaz de negar la fuerza
motivadora del deseo, ya que en el siglo primero San Pablo
afirmaba que ‘ el deseo de la carne y el deseo de los ojos’ en lo
que puede entenderse como principio de acción que..." La imagen
reflejada de nuestros cuerpos en el agua se fundía con las últimas
luces del atardecer. Sin darme cuenta mis pies estaban ahora
también dentro del agua fresca y buscaron y encontraron los suyos.
"...pero el deseo es una carencia del yo, una sustitución... ".
Se había mojado su falda
con el jueguito ese de los pies y mis pantalones también estaban
empapados. Me miró furtivamente y sus ojos (ahora intensos)
volvieron rápidamente al texto que leyó distraída o mecánicamente,
perdiendo casi su fuerte acento porteño: "...el amor envuelve pues
una renuncia, una negación del yo." No recuerdo el instante
preciso en que nuestros cuerpos se zambulleron en la profundidad
del agua. Nadamos, jugamos, nos abandonamos y nos hundimos el uno
en el otro.
Aunque nunca pregunté,
por su lozanía y por la espontaneidad y arrojo de sus palabras y
gestos diré que no tendría la muchacha más de 23 años. Es esa edad
disyuntiva y determinante en que las mujeres suelen ser
fervientes, resueltas, sabiendo lo que quieren, tornándose osadas
y absolutamente poderosas. Nos reímos y me miró fijamente, como
buscando algo. Sus ojos claros eran inevitables. Sentí frío. Un
puñal hondo y placentero atravesaba mi pecho. Nos miramos largo
rato, en silencio. A su mirada asomaron preguntas que yo adiviné y
respondí con abrazos que ahuyentaron sus dudas.
Como había mencionado su
apartamento no estaba lejos. Subimos y nos secamos. Era un piso
pequeño al final de unas escaleras interminables. Estaba
organizado, nítido. Con ungüento de aceite de tortuga le di un
masaje a sus pies adoloridos por la larga jornada. Comimos algo
improvisado, discutimos, peleamos, y exploramos sobre el terreno
las sutiles alegaciones freudianas sobre el deseo y el sueño en un
diálogo que, no sé si por la influencia del vino o de los masajes,
se había hecho gradualmente apasionado, incontrolable, intenso,
tierno, apasionado... apasionado.
Inferí que la suposición lacaniana de que el amor es un acto narcisista era no solo
contradictoria sino inexcusable. Ella reprochó: "¡O buscás el yo
en el otro o no amás! Es simplícimo. La única razón por la que uno
ama a otros es porque uno se ama a sí mismo.
Terminamos el vino y la
noche como náufragos felices. Tomamos mate y arropamos nuestra
desnudez en unas cálidas frazadas de cuadros blancos y rojos cuyas
reverberaciones cromáticas no alteraron en lo mas mínimo mi grata
percepción de aquella beatitud, de aquel inesperado regalo de la
vida, pero sí la de mi sueño:
Un reloj desproporcionado machacaba
dolorosamente cada segundo. El amor era un tablero de ajedrez
enorme como el escenario de un teatro, con espectadores en
derredor y solo ella y yo, el rey y la reina, éramos las fichas
vivientes en aquel campo de batalla. La angustia del sueño
consistía en que debíamos transformarnos después de cada movida;
siendo alternada y sucesivamente peón o alfil o caballo o torre o
dama como sucede en el trayecto de una vida. Mi angustia aumentaba
por la presión del sonido del reloj y la rapidez con que era
preciso cambiar de indumentaria. Sin darnos cuenta el tablero se
convirtió en escalones gigantes (como en las absurdas perspectivas
de Eyscher) por los cuales debíamos subir o bajar sin que
volviéramos a encontrarnos. Al despertar, no sé por qué, Lacan
empezó a parecerme razonable.
Regresé esta mañana a
casa invadido de sus olores y del placentero recuerdo de su
presencia. Su cantar porteño adorna hoy cada palabra que pienso.
Siento el vaivén de sus ecos. Pero me siento drenado, aniquilado,
exhausto. Me llamó a las dos. Dijo que tiene que volver a verme
esta tarde, a las cinco. Ahora es ella quien ha empezado a dudar
de Lacan, mientras yo finalmente empiezo a entender todo aquello
del amor y la muerte, del suicidio, de la renuncia y de la
negación. Me siento tan contagiado de Lacan como de la bendita
joven porteña.
Esta tarde, sin embargo, no dejaré que nada me distraiga en mi
camino a la Biblioteca y prometo solemnemente entregar de una vez
por todas esos malditos libros de Lacan que he vuelto a colocar en
una bolsa que he limpiado cuidadosamente de todo vestigio de arena
y que he colocado sobre el dedo acusador, del pesado manubrio de
la puerta.