En el paraíso nadie toca la flauta como Eva.
La insuficiente
historia no lo registra. Sépase que numerosos detalles del paraíso
han sido perversamente ignorados o tragados por el voraz olvido de los
hombres. Créanme, yo puedo referir esta historia con plena
autoridad, porque la acompañé
durante sus largos años de aprendizaje.
Recuerdo que era una flauta transversal
y rígida, de oro
macizo. Es lo único digno de escucharse
en todo el paraíso. Sé incluso que la inventó
un ángel saltarín cuyo propósito era crear una trompeta, para tocar
alerta en sus ejercicios matinales de vigilancia.
Él guardaba el lado Este del jardín, a las puertas del sol, y
buscaba transformar en música el breve y sublime instante del
amanecer.
Eva encontró aquella flauta perdida
entre juncos y desde entonces no ha dejado de soplarla.
Yo era el único que le prestaba oídos, embelesado con su sonido
claro en las noches de luna.
A Adán no le importaba lo de la flauta.
Él solía perderse y ni Eva ni
yo le veíamos por largas temporadas. Dicen que se ocupa en negocios
oscuros, que juega en los casinos, que se emborracha o descifra
logaritmos. Otros afirman que se escapa para evadir el pago de los
impuestos que generan sus bienes raíces y la hacienda
que debe pagar por los extensos terrenos que ocupa el paraíso. Yo,
sin embargo, he estado siempre al lado de Eva,
enredado dulcemente en su cuello. Algunos sospechan, con malvada
razón, que soy su amante.
Aunque el paraíso tiene millares y millares de hectáreas,
los ecos de la flauta de Eva se
escuchan muy lejos, en los innúmeros valles y laberintos florales.
Las melodías flotan por los aires y yo las recojo para ella,
cimbreándome entre los lirios. Debo confesar, sin embargo, que
llevo muchas melodías en mi vientre. Otras, la mayoría,
aún flotan en los espacios anhelantes, o se prenden como frutos a
las ramas de los
árboles.
Dios, a quien le divierte jugar con el tiempo, suele traer a Eva sus
partituras favoritas. Eso que ustedes escuchan ahora, por ejemplo,
es el Concierto en Re mayor para flauta y
orquesta de Mozart,
que Dios escucha con placer cuando sale a cenar por alguna ciudad o
desea olvidarse de las
odiosas guerras de los
hombres.
Mienten quienes afirman que yo seduje a Eva o la induje
al pecado. Todo lo contrario, es ella quien aún me seduce, me
encanta y me enloquece. Es ella quien trata de parecerse
a mí con sus bailes del vientre y el sonido de su flauta sinuosa,
flexible y dúctil. Ella me imita y sigue con sus notas mis
movimientos y piruetas, mientras me deslizo milagrosamente por la yerba
mojada. Yo amo secretamente a Eva.
Soy la serpiente
del Edén.